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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 7 de abril de 2005
Corrida de toros

El Cid abre de nuevo la puerta del Príncipe
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Victorino Martín. Bien presentados, bravos y encastados.

Diestros: 

  • José Ignacio Uceda Leal. Estocada en su sitio, rueda sin puntilla (silencio); estocada en su sitio (saludos desde el tercio).
  • El Cid. Estocada un poco caída, rueda sin puntilla (dos orejas); estocada caída y muy baja, rueda sin puntilla (oreja). Salió por la puerta del Príncipe.
  • Luis Vilches. Dos pinchazos, más demedia estocada (saludos desde el tercio); media estocada, pinchazo que escupe, aviso, pinchazo sin soltar, dos descabellos, media estocada (silencio).

Incidencias: El Cid sufrió un varetazo sin consecuencias al salir de la suerte de matar a su primero.

Banderillero que saludó:  Luis F. Fernández Zamora Jocho, de la cuadrilla de El Cid, en el 5º.
 
PresidenteAntonio Pulido.

Tiempo: soleado, caluroso al principio.

Entrada: lleno.


Las imágenes del festejo

 

LOS PROTAGONISTAS

José Ignacio Uceda Leal
"He visto un lote complicado, más de público que de torero, nunca acababa de rematar los pases, ha tenido una embestida incierta porque no podías darle dos pases iguales. Ha sido muy molesto, lo peor que ha tenido es que ha sido muy gazapón, no se paraba y de esa forma es imposible colocarse."
El Cid
"Ahora estoy disfrutando delante de la cara de los toros y hoy se ha demostrado. He tenido dos toros que no han tenido mal fondo, dos toros de torero, a los que había que tragarle mucho. Cortarle la oreja al segundo toro ha sido de gran mérito porque me ha tenido enganchado dos o tres veces. Gracias a Dios las cosas me están saliendo y estoy teniendo un inicio de temporada que ni soñando. Me he senito mucho toreando al natural, ya que por el pitón izquierdo ha sido más claro. Había que llevarlo muy tapado porque el toro no era tonto."
Luis Vilches
"El tercero ha sido un poco sosote, fue a más aunque le faltó un poquito de celo. El sexto ha sido muy complicado, mirón, creo que al menos he estado firme porque esta corrida era así. De todas formas, si llego a meter la espada en mi primero, creo que le habría cortado la oreja."

Realiza: Emilio Trigo

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, ABC, El País, El Mundo, Diario de Sevilla, Siglo XXI.


Crónicas de Festejo

PortalTaurinoMANUEL VIERAApoteosis de El Cid

Decía José Hierro que la poesía “hace lo que dice” y eso se logra gracias y sobre todo al ritmo. Pues el rítmico pulsear de El Cid dotó al sutil natural de igual expresión poética. Excepcional. Lo ocurrido esta tarde es sencillamente excepcional. Se encontraron un toro bravo y un torero, y claro está, no le quedó a ambos más remedio que celebrar el encuentro. El resultado fue una faena emocionante, modélica, dotada de una expresividad tangible, que penetró en la gente por el trasfondo estético y de verdad del toreo de Manuel Jesús El Cid. Bellísimo el natural. Hondo, lento, eterno… Pero hubo más: faena virtuosa, deslumbrante, al complicado por encastado quinto, con ese difícil equilibrio entre el valor y el arte. No es fácil definir lo sucedido. Porque el toreo del sevillano de Salteras es algo tan poco visto, que no hay, quizá, ejemplos equiparables a lo hecho.

El Cid ha vuelto a estar sublime en La Maestranza con un toro bravo, el segundo, y simplemente sensacional con el complicado y ya citado quinto. Nada suena a fortuito, cuando el toreo aparece con madurez y fluye con naturalidad.

La versión del natural y la ligazón encuentran en El Cid un intérprete exquisito. Una vez más nos deleitamos absortos con el natural interminable de muleta arrastra, de rítmica despaciosidad, de auténtica verdad, hilvanado y rematado. Circulares ajustados con lentitud pasmosa…Toda una propuesta de arte, teoría y práctica, de un torero de Sevilla y en comunión constante con quienes gozan desde arriba. La espada volvió a entrar con firmeza y las dos orejas no tardaron en llegar a sus manos.

Definir lo que la retina guarda parece imposible –vean sino las instantáneas que aquí mostramos de ese otro exponente del arte de la fotografía taurina: Matito-. 

El poder y la técnica, la sinceridad de sus formas y sus extraordinarias dotes para recrear la belleza del natural quedó demostrada en la faena al nada fácil quinto. Tan minuciosamente elaborado fue el trasteo que la genialidad de los interminables pases de El Cid provocaron una enorme fuerza emocional en los tendidos. Faena de dos orejas, que sólo quedó en una por la fatalidad de una mala estocada. El Cid con su segunda Puerta del Príncipe sube hasta el infinito el listón de la feria.

De la buena corrida de Victorino Martín, seria como ella sola, con un trapío impresionante, con las complicaciones propias de la raza, brava en ocasiones y con emocionante peligro en otras, han destacado el segundo por su gran fijeza en la muleta, el cuarto por bravo, y el quinto por encastado. Corrida para lidiar y torear, para emocionar, para triunfar. 

Lo hizo El Cid, y lo pudo hacer Luis Vilches si no le pesa tanto la responsabilidad de la tarde. Luis no dio toda la dimensión de su toreo hoy en La Maestranza. Ni con la capa, ni con la muleta. No obstante, es obvio que no es fácil torear a estos toros dando continuidad y tersura al muletazo con la panza del engaño. Al diestro de Utrera le costó conseguir la ligazón con el tercero, un toro con extraordinaria fijeza por el lado izquierdo. A pesar de ello, y sin la impecable precisión rítmica de su toreo de otras tardes, Luis estuvo notable en algunos momentos. Tanto es así que si llegar a meter la espada hubiese paseado una oreja. Pero está claro que el utrerano está condenado a no ser matador. Nunca, ni antes ni ahora que ha demostrado ser uno de los mejores toreros del momento. La faena al sexto, que le buscaba con complicada e intermitente embestida, no tuvo continuidad. Aislados y estimables muletazos con ambas manos que fueron generosamente jaleados. 

A medio camino se quedó Uceda Leal. Con demasiadas precauciones comenzó faena al primero, reservón pero no inservible. Uceda nunca mandó en el toro. Sólo en las postrimerías del trasteo hizo atisbos de enfadarse con el victorino, pero nada consiguió. La estocada, de premio. Con el extraordinario cuarto, se lució en los lances a la verónica. Acompasados y muy de verdad. Después no pudo, o no supo, estar en sintonía con la fijeza de ese otro buen toro de Victorino. Solo su innegable encanto en la ejecución del natural permite perdonar cierta banalidad en otras fases de la faena. Con la espada volvió a demostrar su acostumbrada seguridad.

Conclusión: Tarde para hacer afición, y recordar siempre.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. El Cid de Salteras, amo de la Maestranza

Desde que aquel Giraldillo de granito –José Tomás– saliera en la feria de 2001 dos veces por la Puerta del Príncipe y cambiara una tercera por la de la enfermería, no había sucedido un hecho histórico de este calado. El Cid, tras su salida a hombros el pasado Domingo de Resurrección, volvió a atravesar la puerta mítica tras una actuación en la que hubo decisión y nuevamente una mano izquierda prodigiosa. El Cid de Salteras, a fecha de hoy, es el amo incuestionable de la Maestranza.

Con sus huestes en los tendidos, que empujaron con fuerza a la hora de abrir la Puerta del Príncipe y aplaudieron todo cuanto hizo, aquello fue como un paseo triunfal de un torero cuajado con huesos duros, que cabalga sin agobios ante una ganadería tan encastada y difícil como es la de Victorino. Las huestes ayudaron lo suyo. No importó el inoportuno bajonazo al quinto y pidieron mayoritariamente el trofeo que le dio el pasaporte para la gloria. Más allá de este matiz, el torero volvió a dar una talla importante de autenticidad y de valor. Victorino fue el otro gran protagonista de la tarde. Encierro con menos kilos que en los años anteriores, pero con cuajo, con trapío irreprochable. Corrida muy encastada, con muchísimos matices y transformaciones en cada ejemplar. Por momentos, aquello fue un río de verdad en el toreo y una catarata de bravura. Un espectáculo grande que convulsionó a los tendidos.

El Cid recogió al segundo toro en lances con buen aire. Dio el primer toque de atención en un quite a la verónica. Y como sucedió en su primera actuación, no dudó en que había que darlo todo. Así lo quiso atestiguar con el brindis, dedicado al público. Un público muy afectuoso, que le aplaudió en exceso en las dos primeras tandas con la diestra, en las que hubo sólo medios pases. Pero el de Salteras, que es zurdo, se echó la franela a la izquierda, a su mano. Y ahí surgió la magia y afloró el toreo al natural de más quilates del momento. Enganchó al toro tras los vuelos de la muleta y a base de toques ligó unos bellísimos muletazos, que revolucionaron a la plaza, totalmente rendida. En la segunda, con el toro a menos velocidad, cuajó un par de naturales de ensueño, con un pase de pecho fenomenal. Aunque a los victorinos –él lo sabe perfectamente– no se les puede alargar las faenas para que no aprendan, apostó nuevamente fuerte en otra serie en la que enjaretó tres muletazos de altura y aguantó lo suyo cuando el toro se le paró debajo. De nuevo, remate con otro pectoral notable. La preparación de la suerte suprema la remató con un pase de pecho sensacional. Entró en la suerte contraria y a cambio de un estoconazo el toro le propinó un varetazo en el glúteo. Eso fue otro golpe decisivo para que el público, enfervorecido, pidiera las dos orejas, que el presidente no tardó en conceder.

El quinto no fue un toro tan claro. Había que tragar. Después de unos lances de tanteo, El Cid destacó en un quite por verónicas. Comenzó por el pitón izquierdo sin dar con la distancia idónea. Con la izquierda, de nuevo volvió a surgir el grandioso torero del natural. Y la siguiente tanda bajó en intensidad. Por la derecha, únicamente cuajó una buena tanda. Luego, precipitaciones cuando el astado le apretó. Mató de una estocada muy caída y cayó una oreja benévola.

Luis Vilches hubiera cortado una oreja a su primer toro de no fallar con la espada, algo que ya le sucedió el año pasado con otro victorino. En los medios, con la derecha, la primera tanda resultó algo acelerada. En la segunda y tercera hubo menos recorrido y en consecuencia menos intensidad. Sin embargo, por la izquierda trazó dos buenos naturales. Los pases de pecho fueron notables. Le sobró la última tanda, en la que el toro le tropezó la muleta, el público se enfrió y la música dejó de tocar. Con el sexto, demasiados enganchones, lo que hizo que el toro desarrollara y se lo pusiera muy difícil. Es de alabar su esfuerzo en una labor dilatada que remató muy mal con los aceros.

A Uceda Leal le abandonaron los hados o tenía los cables cruzados. Lo mejor, en eso dio una lección a sus compañeros, la ortodoxia a la hora de matar tanto en ejecución como en colocación, en sendas estocadas. Su labor al que abrió plaza, un toro complicado, estuvo marcada por varios enganchones iniciales. Dio la sensación de que no llegó a dominar al toro. Al cuarto lo toreó muy bien a la verónica. Sin embargo, tras una buena serie por el pitón derecho, no llegó a acoplarse con un astado que humillaba extraordinariamente.

El espectáculo fue formidable. Uno con su pureza y el otro con sus toros encastados triunfaron a lo grande. Más allá de matices, de trofeos, de salidas a hombros, El Cid y Victorino abrieron al alimón, con la emoción desbordada que se creó, ese maravilloso portón que se conoce como grandeza de la Fiesta.


El País. ANTONIO LORCA. El Cid, otra vez por la puerta del Príncipe

Con toda seguridad, esta crónica parecerá exagerada. Y lo será, sin duda, porque es un puro sentimiento después de presenciar en la Maestranza uno de los momentos soñados por cualquier aficionado: el toreo puro, el toreo eterno, el arte de la tauromaquia en plenitud.

Los autores, un torero apodado El Cid y un toro de Victorino, blando, pero de encastada nobleza, que se fundieron en una perfecta simbiosis de armonía.

No es posible contar lo vivido. Porque no se puede contar la belleza. Hay que verla, deleitarse y extasiarse con ella, y permitir que surja a borbotones la más honda de las emociones.

Es muy difícil torear al natural mejor que como lo hizo ayer El Cid a su primer toro; es difícil encontrarse con un toro bravo y noble, de larga embestida, fijo y encelado en la muleta. Y así, de la mano de un consumado artista y de un toro encastado, nacieron las más bellas pinceladas que pueda producir la imaginación del aficionado más exigente.

Comenzó El Cid con la mano derecha en dos tandas cálidas, pero de escasa hondura. Se pasó la franela a la zurda, y, poco a poco, con parsimonia, fue surgiendo la inspiración en una tanda de naturales de excelente belleza, única, profunda, lentísima. El delirio, la conmoción absoluta llegó en la segunda, el animal embebido, la plaza en pie, y los naturales interminables, perfectamente ligados con el de pecho verdadero. Y aún hubo una tercera, mejor quizá -los ojos ya no ven, sólo atisban, emocionados-, de toreo excelso, solemne, majestuoso.

Cuando El Cid se fue a por la espada, la Maestranza estaba conmocionada ante la plenitud del toreo artista. Y las gargantas explotaron cuando el torero cobró una estocada hasta la bola y el toro, extraordinario colaborador, cayó sin puntilla.

Volvió el torero a las andadas en el quinto, un toro de menos recorrido, al que metió en la muleta con mimo y una técnica perfecta. Lo pasó en redondos con templanza y mando. Se vio en dificultades hasta que decidió cruzarse, y lo toreó por naturales con hondura. Mató de un feo bajonazo, y la faena no tuvo la profundidad de la anterior, pero toda su labor confirmó que El Cid ha devuelto la alegría a esta fiesta; que es un privilegiado que ayer consiguió un triunfo histórico al abrir por segunda vez en esta feria la deseada puerta del Príncipe.

Honor y gloria también para el ganadero. Envió una corrida preciosa, astifina, que cumplió sobradamente en el caballo y tuvo un comportamiento encastado, con las dificultades propias de ese hierro. Pero triunfó, una vez más, Victorino Martín.

Uceda Leal y Luis Vilches quedaron ensombrecidos por el sol deslumbrante de su compañero de terna. Al madrileño le faltó decisión para dar el paso definitivo ante dos toros que no le ofrecieron facilidades, ante los que pareció afligirse. Lanceó muy bien a la verónica a su segundo y recetó una magnífica estocada al otro. Dos naturales, dos redondos, uno de pecho, toreo aislado, en fin, sin continuidad...

Y Vilches, muy valiente y seguro, demostró que quiere ser torero de verdad. Aguantó miradas que valen un mundo, trazó una extraordinaria tanda de naturales a su primero y se jugó el tipo en el otro.

El público se agolpó en el paseo de Colón para contemplar a un héroe, a un artista sevillano.

¿Una crónica exagerada? Quizá, pero así es la emoción que produce la belleza...


El Mundo. JAVIER VILLÁN. ¡Viva Salteras y viva Galapagar!

Las tres tandas de naturales de Manuel Jesús al segundo reconcilian a uno con el Cid Campeador, con la Historia de España, con el toreo de todos los tiempos y con el género humano en general.Hace falta tener mucha fe en un diestro y en el género humano, tal como está el arte de Cúchares y tal como está la Humanidad.

En aras, pues, de la fraternidad universal, estoy dispuesto a afirmar, después de lo visto ayer en La Maestranza que todos los españoles son justos y benéficos como quería que fuesen la Constitución de Cádiz; y que la ganadería brava está en su edad de oro. Y que los hombres en general y los políticos en particular, enzarzados en guerras de banderías, son menos cafres de lo que parecen. A su lado, el toreo no sólo es grandeza, sino humanismo puro. ¡Viva El Cid y viva toda su parentela! Y ¡viva Victorino Martín por los siglos de los siglos!

Si creyera que con la prohibición de las corridas los celtíberos, incluidos vascos y catalanes, iban a ser más civilizados, firmaría ahora mismo su abolición. Pero no hay que engañarse; las corridas son un síntoma, no una causa. Y las enfermedades no se eliminan quitando los síntomas sino yendo a la raíz. En cualquier caso, muy grandes tienen que ser los objetivos y muy generosa la intención, para privarnos a los bárbaros íberos del toreo al natural de El Cid, del toreo al natural de Vilches y de la media verónica que dio en un quite al quinto y de las estocadas de Uceda Leal.La raíz del mal de Iberia, -permanente aunque con crisis cíclicas radicalizadas- es el nacionalismo centrípeto y los nacionalismos centrífugos; y también el fanatismo del que las corridas son sólo una expresión. Además, de vez en cuando surge la casta y el toreo a raudales como los de ayer y uno se pone a reflexionar.

Raúl del Pozo lo decía admirablemente el otro día en este papel: con idéntico entusiasmo los ibéricos le metemos fuego a una catedral o llevamos a la hoguera a un infiel; este es un país de herejes y de inquisidores; y, por fortuna, de toreros como El Cid. Siempre el fuego en nuestra historia. El Cid estuvo colosal y mucho más colosal en el quinto, que tenía todas las dificultades del mundo. El segundo acabó pareciendo excepcional gracias a las manos en que cayó. El Cid empezó a manejar al victorino en un quite por verónicas que tuvo una especial virtud: descubrir la seguridad en sí mismo y su capacidad para ir ahormando los toros a conveniencia.

Amo y señor

Tras leves escaramuzas por la derecha el victorino descolgó por un pitón izquierdo de ensueño. Tres tandas de naturales, tres; apenas una docena de muletazos tan memorables que consagran por siempre un torero. ¡Viva Salteras, pueblo de El Cid, y viva Sevilla entera! Y ¡viva Victorino Martín, el labriego sabio, el buen aficionado, de Galapagar! A punto estuvo el quinto, con dos parones asesinos y dos miradas criminales, de quitarse de en medio a El Cid. Pero el hombre de Salteras está embalado y no hay nada que lo retire: torería pura, voluntad de hierro. Tras las verónicas, tras la apertura solemne y majestuosa por bajo en la faena de muleta, El Cid fue amo y señor de la tarde, del mundo y de toda la torería. Volvió a acreditar una izquierda prodigiosa y una derecha muy templada; y la culminación ritual de los pases de pecho. Con más eficacia que ortodoxia le ha cogido el sitio a la espada. En su segundo, para asegurar la Puerta del Príncipe se fue a los bajos y en su primero atacó como un león y salió con la taleguilla rota allí donde la espalda pierde su honesto nombre, o sea el culo.

Uceda sigue siendo la mejor espada del momento; responsable y director de lidia, estuvo siempre en su sitio, menos a la hora de torear al cuarto, un toro de bandera que se le marchó. A Vilches se le fue una oreja de oro de ley, que tenía asegurada, mayormente por su toreo al natural. Ayer Vilches perdió un trofeo en La Maestranza, pero demostró que si le dejan y, sobre todo, si deja de ser un pinchauvas, puede llegar muy alto: colocación impecable, muleta de terciopelo, sobre todo al natural. El victorino tercero era muy chico pero le sobraba casta. Naturales despaciosos suavísimos y un pase de pecho inmenso. En el sexto, con más problemas y con la gente descortésmente en desbandada, se eternizó pinchando.Y a cada pinchazo, oleadas de espectadores huyendo hacia los vomitorios. ¡Qué vergüenza en el templo del toreo!


ABC. ZABALA DE LA SERNA. El Cid vuelve a salir por la Puerta del Príncipe y se consagra como máxima figura

De la mano de Victorino tenía que ser y con la mano izquierda había de llegar la segunda Puerta del Príncipe consecutiva para El Cid, que le encumbra como máxima figura del toreo. Las manos, la del ganadero y la zurda, son las que le han lanzado a Manuel Jesús durante años y años, durante toda la temporada pasada, cuando se despachó la camada entera de la A coronada. El Cid, guardián del secreto del toreo eterno, tras hacerse sevillano el Domingo de Resurrección, se convirtió ayer en la máxima figura del momento.

Dueño y señor de una diestra zurda, como dice el Barquero, los naturales brotaron en la Maestranza con la lentitud de la lluvia templada, con la parsimonia cuajada de una muñeca flexible como una rama de olivo, flexible la cintura como un junco, flexible el cuerpo y acompasado para marcharse tras los viajes con el pecho, con el empaque de los grandes. El victorino araba la tierra con el hocico, con la templanza de los mexicanos saltillos. Los vuelos de la muleta se abrían a rastras con una profundidad infinita, tanta que El Cid se quedaba abierto en el cite ligado para el siguiente muletazo, y cuando surgía, la plaza rugía como un volcán, un rugido verde mar, un bramido que se rompía por debajo de la pala del pitón contra las rocas del subsuelo. Antes de la eclosión de la faena, dos tandas diestras destacaron por los broches de pecho, sorprendido el torero sevillano en el primer pase de cada una. Amarró El Cid las orejas con un estocada rinconera -la cornada sobrevoló la salida del volapié- y soltó dos palomas de paz al viento.

Apostó la vida con el quinto, pura fibra, puro trapío de victorino, duro pedernal. Y El Cid con la cabeza fría y el corazón caliente para crecerse en su valor, para creerse que es figura y volar entre los brazos y los hombros en una procesión que lo mecía como a una talla del Crucificado camino del Guadalquivir. La estocada baja le quitó de redondear en cuatro los trofeos.

Victorino entró en Sevilla con una corrida de categoría, fina de todo, encastada, cualitativamente superior a todas las lidiadas en 2005 y a la mayoría de 2004. En esa calidad no sumó el cuarto, el más tobillero y el más de público. El toro reponía, cada vez más rápido, y Uceda se amontonaba atacando, ingenuo en su honestidad de buscar lo auténtico, perdiendo la acción y, al final, la partida. La estocada pasada trajo una muerte lenta y la total comunión del respetable con el albaserrada motorizado, de los que vienen y nunca se acaban de ir. El fantasma de aquel toro de El Ventorrillo en Madrid regresó con sus cadenas mentales. El fenomenal espadazo al que abrió plaza -el que menos humilló-, las verónicas perfectas al narrado cuarto, muletazos de clase y su disposición quedaron en agua de borrajas.

Vilches causó buena impresión en los naturales al armonioso tercero, de franco pitón izquierdo. Pero el contraste con la magnitud anterior de El Cid pesó lo suyo, como cierta rigidez y la finalización de la obra a la baja por el peor lado. En el sexto, listo como su dueño, ofensivo y engallado, faltaron recursos, rodaje y espada, nunca voluntad.


Siglo XXI. IGNACIO DE COSSIO. Sentando cátedra

Si revolucionó la Feria de abril el pasado Domingo de Resurrección, ayer sentó cátedra sobre cómo torear al natural. Manuel Jesús “El Cid”, saltereño y catedrático del natural, ejerció de maestro y dejó firmada su última lección con tres monumentales tandas ralentizadas a más no poder en el segundo de la tarde. No se parece a Manolete, ni al Cordobés, tiene su sello propio e inconfundible. Si estuvo cumbre durante la lidia más lo estuvo sobre su mágica izquierda frente dos toros exigentes solo aptos para catedráticos honoris causa por la Universidad de Salteras. Muletazos largos, bajando las manos y en un palmo de terreno, que más se puede pedir a este nuevo coloso.

Vilches con mucha clase y oficio también brilló con un lote deslucido al que fue incapaz ejecutarle dos buenas estocadas en el aire de las de Uceda. Pese a todo el madrileño fue barrido del mapa en todo lo demás por la tormenta sevillana con el mejor lote de la tarde. Se le fue vivo el mejor de la corrida lidiado en cuarto lugar. Adios “Misero”, te encargaré una misa en tu honor por sobrevolar suavemente el albero como un gigantesco B 52. Pese a su gran clase con el cuarto volvió a descubrirnos su constante preocupación por la estética y el trazo corto, mal asunto y sin visos de solución. Me quedo con la segunda Puerta del Príncipe consecutiva del nuevo héroe de Sevilla llamado Manuel Jesús El Cid, por la gloria de Dios.


Otros festejos de la temporada. Carteles, resultados y crónicas