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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 4 de abril de 2005
Corrida de toros

No lo había visto nunca así. Nunca. Todavía siento la emoción de la tarde...
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Palha. Bien presentados en general, excepto el 1º, fuera de tipo. De diferente juego. El 4º dio la vuelta lenta al ruedo en el arrastre.

Diestros: 

  • Pepín Liria. Tres pinchazos, aviso, meteysaca, más de media; rueda sin puntilla (saludos desde el tercio). Tres pinchazos, estocada en su sitio; rueda sin puntilla (vuelta al ruedo).
  • José Luis Moreno. Pinchazo que escupe, estocada en su sitio; rueda sin puntilla (saludos desde el tercio). Media que escupe, trasera y tendida, dos descabellos (silencio).
  • Javier Valverde. Pinchazo, menos de media al revés, dos pinchazos, aviso, tres pinchazos, estocada tendida, seis descabellos (silencio). Pinchazo que escupe, pinchazo sin soltar, estocada y descabello (silencio)

Incidencias: las banderas a media asta y el palco maestrante, que se mostró desierto, simbolizaron duelo por el fallecimiento de SS el Papa.

PresidenteJuan Murillo.

Tiempo: soleado, agradable.

Entrada: tres cuartos de plaza.


Las imágenes del festejo

 

LOS PROTAGONISTAS

Pepín Liria
"Me ha merecido la pena la lucha que llevo en esta profesión y lo que yo he sentido esta tarde en Sevilla. Siempre he dicho que tenía la ilusión por seguir luchando y se ha visto claramente. Estas faenas son de las que a algunos toreros les valen para dos o tres vueltas a España y espero que a mi también me sirva. Todo lo que ha acontecido creo que demuestra que estoy en un grado de madurez importante. Siempre he dicho que cuando me embistiera un toro tendría la oportunidad de torearlo como yo lo siento y al final ha tenido que ser en este marco de Sevilla. Por tardes como la de hoy me merece la pena seguir luchando en esta profesión. Aunque otros años ha habido algún toro de Cebada Gago otro de Torrestrella… no había habido una faena cuajada y completa, y la sensación de poner de acuerdo a todo el mundo no la había tenido hasta hoy."
José Luis Moreno
"Mi primer toro siempre iba arrollando y nunca e ha metido en la faena pues ha desarrollado mucho genio. No era ni mucho menos lo que yo esperaba de mi actuación en Sevilla así que no puedo decir demasiadas cosas de una tarde en la Maestranza que me esperaba de forma muy distinta a la que ha sucedido."
Javier Valverde
"Estoy en Sevilla y como quiero estar muchas tardes aquí, creo que la forma es esta: quedarme quieto, estar muy firme con el toro y que vea la afición de esta plaza maravillosa que he venido a jugarme la vida. Me la he jugado en el primer toro, a mi me ha merecido la pena porque la gente me lo ha reconocido y espero poder volver a jugármela en muchas corridas como la de hoy."

 


Realiza: Emilio Trigo


Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, ABC, El País, El Mundo, Diario de Sevilla, Siglo XXI.


Crónicas de Festejo

PortalTaurinoMANUEL VIERAPepín Liria, simplemente toreó

No lo había visto nunca así. Nunca. Todavía siento la emoción de la tarde. La inmensa faena ahí está, para quien quiera recordarla, y para quien se atreva a definirla. Lo que le hizo Liria al bravo toro de Palha fue todo un pequeño milagro de frescura y… de toreo. Todo un conjunto de pases, de muletazos con ambas manos, que configuraron un apasionante trasteo. Toreo para apreciar, degustar y gozar en la dinámica del clásico silencio maestrante y el espontáneo crujir de tendidos y gradas cuando el toreo que abajo se hace desvela sus sentimientos más profundos.

La faena de Pepín Liria a “Espada”, negro mulato de 525 kilos, lidiado en cuarto lugar, ha sido absolutamente modélica, sorprendente por la enorme riqueza de las formas y por la tremenda hondura con que interpretó el natural. Liria se recreó en su toreo, en el amplio repertorio de pases que conformaron una obra para recordar siempre.
Tanto penetró en la gente el trasfondo auténtico y estético de su toreo, que para muchos de los que lo han visto esta tarde, ha sido todo un feliz descubrimiento.

Este gladiador de Cehegín que ha peleado con auténticas alimañas, y se ha agotado en la plaza hasta la extenuación para así ganarse, año tras año, un puesto digno en el escalafón de matadores, hoy ha sabido deslumbrar con ese difícil equilibrio entre valor y toreo.

Muy decidido se fue a portagayola, a por todas. El toro de Palha salió suelto de los primeros lances y no demostró bravura en el caballo. Un quite por verónicas, y sobre todo la media, prologaron una faena sin apenas reposo. Se sucedieron los muletazos por los dos pitones. Naturales se llaman unos. Y lo fueron auténticos por su ajuste, por su ritmo, por su temple, por el tiempo infinito de su trazo, por su ligazón. Oro puro del mejor toreo. Pero… no mató. La vuelta al ruedo de apoteosis. Con el descastado primero, derrochó su acostumbrado valor y unas inmensas ganas de agradar. Con constancia y buena técnica logró estimables derechazos y algún que otro natural ligado. Con la espada mal. 

José Luis Moreno pasó por Sevilla sin hacer ruido. Complicado y con peligro fue el manso, serio y astifino segundo. Alguna tanda con la diestra consiguió hilvanarla. Poco más. Trasteo que vino a menos en una labor a la defensiva por las malas condiciones del animal. Con el feo y grandullón quinto, poco pudo hacer. En los inicios de faena dijo el mulo no andar, y todo se quedó en el intento.

Igual suerte corrió Javier Valverde. Valiente como nadie se llevó a los medios al peligroso tercero que se le revolvía con malas intenciones a mitad del pase. Aguantó miradas asesinas, secos parones, tarascadas… hasta conseguir sueltos muletazos. Labor destacada que después no supo rematar con la espada. Con el agotado sexto que se apagó tras la primera vara no tuvo otra opción que demostrar su valor. 

De la corrida de Palha, muy seria, complicada, con desigual hechuras, destacó el cuarto, un excelente toro en la muleta, aunque no tan bravo en el caballo. Una minoría pidió la vuelta en el arrastre, inmediatamente concedida y que nadie protestó.


El Mundo. CARLOS CRIVELLPepín Liria, a la altura de un gran toro

De nuevo surgió el milagro en la Maestranza del toro y el torero en plenitud. El toro portugués de Palha lidiado en cuarto lugar, llamado "Espada", fue bravo en dos puyazos y embistió con fijeza, temple, largura y repetición. Un extraordinario toro que cayó en las manos de Pepín Liria. El torero murciano estuvo a la altura de tan bravo animal. La conjunción de un toro bravo y un torero capaz encendieron la mecha pasional que tanto necesita esta Fiesta.

Palha ha vuelto a Sevilla por la puerta del triunfo. De los seis astados presentados, sólo el que abrió plaza, muy voluminoso y alto, desentonó de una corrida pareja, con los kilos justos y bien preparada en alimentación y fondo físico.

Al encierro se le ha castigado duramente en el caballo. El toro de triunfo recibió dos varas de Antonio Amo con fijeza y empuje, la sangre le llegó a la pezuña y embistió con raza hasta su muerte. Su lunar fue que escarbó en una ocasión, lo que me parece poca pena para quitarle nota. El quinto, otro toro bravo, fue castigado en exceso y se apagó. El toro segundo, menos vistoso, se dejó torear en distancia

Pepín Liria había sorteado en primer lugar un toro grandullón que fue noble pero con poco gas. Liria le anduvo con oficio y solvencia.

El momento culminante de la corrida fue la lidia del cuarto. Pepín Liria se fue a portagayola; el toro no quedó fijo en el capote y los lances no fueron tan emocionantes como en otras ocasiones. La suavidad del animal quedó patente en los quites de Liria y Moreno. Pepín, que de esto sabe mucho, se fue a brindar a la plaza.

¿Ha sido el último toro de Pepín en una Feria de Abril? Si mata con acierto a ese toro le hubiera cortado las dos orejas. Con dos orejas en el esportón, Pepín podría pensar que era el mejor remate para su larga trayectoria en la Maestranza.

La faena fue de menos a más por parte del toro y del torero. Si bueno fue el de Palha, el toreo de Liria creció en largura e intensidad, hasta el punto de recrearse al natural lejos de la imagen fabricada a lo largo de su vida torera de gladiador con toros fieros. Tandas por ambos pitones de seis o siete pases muy templados y con el regusto de las buenas obras.

Era faena de dos orejas. Se palpaba el triunfo grandioso. Además, Pepín no suele fallar en estas ocasiones. Tres pinchazos, tres, se llevaron las orejas, la gloria y muchas cosas más.

La vuelta al toro fue de clamor; la de Liria aún más clamorosa. Así se escribe la historia. No pudo sumar dos nuevos trofeos a su bien repleto baúl de orejas sevillanas. Pienso que con la natural rabia que esta situación provoca, Pepín Liria no ha toreado su último toro en Sevilla en Feria de Abril. Se le han quedado dos orejas de un toro de Palha en el camino y quiere volver al ruedo maestrante para quitarse el mal sabor de boca de los tres pinchazos.

El salmantino Javier Valverde dio un curso de valor seco y sereno en sus dos toros. Sin ninguna concesión a la galería, el espada atornilló las zapatillas en el tercero, aguantó parones de escalofrío y pinchó como un principiante. Se la volvió a jugar con el parado sexto. Valverde ha dejado muy alto su pabellón.

Menos suerte tuvo José Luis Moreno, al que cabe imputarle que no le dio sitio al segundo y dejó machacar al quinto en el caballo. Para el cordobés fue una tarde gris que no le abre ninguna puerta.


El Mundo.
JAVIER VILLÁNGloria y tormento del toro de lidia

Hubo dos momentos cumbre ayer en La Maestranza: las alturas de la gloria y de la bravura y el abismo, del terror y la mansedumbre. Las dos tuvieron un final parecido: la maldición de la espada. A Liria se le fueron las dos orejas de un bravo palha al que se dio la vuelta al ruedo; y a Valverde no se le escapó nada porque, después de los infinitos pinchazos y descabellos y después de las temerosas insidias de un peligroso animal de las que salió indemne, bastante era no haber terminado en la enfermería.

Bravo por Pepín Liria y bravo por Javier Valverde; pero, sobre todo, bravo por un ganadero que echó una corrida muy seria en la que hubo de todo, mayormente, problemas y dificultades. De no haber salido ese cuarto toro de la gloria, la buena facha y el trapío de los toros portugueses habrían sido un mal sueño.De hecho, lo fueron; mas ya se sabe que, en toros, un momento de esplendor borra todas las pesadillas.

El primer palha fue un toro oscuro que si brilló un poco fue por la autoridad de Pepín Liria: un toro tardo que, de pronto, se arrancaba con cierta claridad y algún acelerón como en la primera tanda de naturales. Se atemperó en la segunda serie y ahí consiguió Liria sus mejores muletazos. Por el pitón derecho había tomado la muleta a regañadientes, mas con cierto recorrido.Nada comparable, empero, al interminable viaje que tenía el cuarto.A quienes califican de cojonero, que lo es, al diestro murciano, demostró Pepín en el cuarto, con la capa, que también puede ser un estilista: güevos, ante el inmenso portón de chiqueros, de rodillas; y fina caligrafía de la verónica, en los medios, con una media de fantasía.

El que resultó de fantasía fue el toro: alegre, claro, con fuerza y codicia y sin rencores; por la derecha y por la izquierda.Pepín citaba de largo, se arrancaba con confianza y generosidad el animal y, cuando llegaba a jurisdicción, Pepín Liria lo enganchaba, jugaba la muñeca y remataba el muletazo con garbo y torería: dos series con la derecha ligadas y vibrantes y dos por la izquierda, limpias y fecundas; puede que alguna más. En el albero estaba la emoción de un toro y la gallardía de un torero. Pepín Liria, que se había afligido a la hora de matar a su primero, volvió a fallar con el estoque; pero la sensación de torero cabal persistía mientras al toro se le daba la vuelta al ruedo.

El tercer palha era un saco de maldades y perversiones. Pero, después de un primer tercio sin mayor relumbre, Javier Valverde se hizo el amo. Literalmente: un torero con mando en plaza y esquivando cornadas. Un Javier Valverde firme e imperturbable que tragó lo que no está ni en los escritos ni en la tradición oral. Hubo un instante, al final de la hirsuta pelea, en que la gente contuvo el aliento y se pararon los corazones: de miedo o de respeto.

El único corazón que latía en la plaza era el de Valverde. El toro le miraba y daba un paso hacia la diana del pecho; volvía a mirarlo y avanzaba otro paso hacia el corbatín. Así, hasta que tuvo a tiro al torero castellano. Y le avisaba, en silencio, pero elocuentemente, con el lenguaje de los ojos y de la mirada que es el más expresivo: torero irresponsable, te voy a matar.Aguantó Javier Valverde y no se le alteró ni un músculo del cuerpo y, con un toque de muleta, vació la incierta y tremebunda embestida.¿Toque de muleta o latido de corazón blindado? No lo sé; la gente liberó tensiones y adrenalina, los tendidos respiraron y la música siguió callada. Lógico; de haber tocado algo hubiera tenido que ser La heroica; la banda de La Maestranza no está para sinfonías, sino para pasodobles, churumbelerías y, con frecuencia, frivolidades arbitrarias. Ciertamente, sólo se celebra con corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas lo excelso y lo exquisito: lo memorable. Pero también en el sentimiento trágico del miedo, en el terror y en el pánico hay algo de excelso. O, por lo menos, de inquietante.

El momento clave de Javier Valverde estuvo en su tormento, instante, por trágico, irrepetible. Como en la vieja tragedia, fue la purificación colectiva por la piedad y la compasión con el héroe. Se aflojó la tensión en el sexto y era lógico; la intensidad tiene sus límites humanos. Y con frecuencia es irrepetible. El toro mansote y opaco no enviaba los siniestros mensajes que mandaba constantemente el tercero.

Entre estos dos polos, la posibilidad trágica y la insinuación de la gloria, José Luis Moreno pasó inadvertido. Le costó descubrir las pocas posibilidades que ofrecía su lote; tanto le costó que ni siquiera las descubrió y los palhas acabaron pareciendo peor de lo que eran. El segundo le tiró dos viajes insidiosos al dubitativo torero cordobés y el quinto se le diluyó entre el ser y el no ser. Anda sin sitio este buen torero que pudo llegar a mucho y ojalá no sea del todo tarde para recuperar el tiempo perdido.Apenas le dan bola y, cuando se la dan, se halla sin sitio. Y si algo no puede un torero perder ante los palhas es, precisamente, el sitio.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Liria malogra su mejor faena en Sevilla con un gran 'palha'

La corrida de Palha, que volvía después de tres lustros a la Maestranza, mantuvo el interés de principio a final. De los seis toros del encierro, variados en hechuras y en juego, destacó sobremanera el cuarto, de nombre Espada, un negro mulato de 530 kilos cuya mejor virtud fue la movilidad y que en la muleta embistió como una máquina. Cayó en manos de Pepín Liria, quien firmó la faena de su vida en Sevilla, pero que malogró al fallar, precisamente, con la espada. Una faena en la que hubo verdad, gallardía, prestancia, gusto, con series largas y muletazos ligados y sentidos. Vamos, un Liria en una línea artística muy lejos de su habitual imagen de guerrero. Y, por supuesto, todo con valor. El público rugió una y otra vez. Un Liria, grande, muy grande. El valiente de Cehegín lo recibió de rodillas con una larga cambiada a portagayola muy comprometida. El toro se frenó algo en la salida. En esos primeros compases ni el animal fue franco ni Liria estuvo acertado, ya que tuvo que tomar el olivo al perder la capa. El diestro, convencido en las cualidades del toro, dibujó, en un quite, dos medias verónicas de muchos quilates. Y apostó fuerte, muy fuerte en la muleta. Con la derecha, citó desde el mismo platillo al toro, que acudió muy largo para una tanda vibrante. Esa serie tuvo continuación en otra similar. En la tercera, Liria tuvo que acortar la distancia. Entonces nacieron cuatro muletazos soberbios, que hicieron saltar al público como un resorte, rematados con un pase del desprecio muy torero. Al natural ligó otra serie con fibra y arte. Y la siguiente con la zurda, con pulso, tuvo empaque. Añadió otra tanda con la derecha magnífica. Una faena sin fisuras, muy bien abrochadas las series, con preciosos pases de pecho, del desprecio o con bellos remates. Increíblemente, como si tuviera prisa, sin tener al toro cuadrado, se volcó en la suerte suprema: un pinchazo, dos, tres... y la estocada. El toro, sin emplearse de salida, cumplió bien en el caballo y fue una auténtica máquina de embestir en la muleta, con movilidad y franqueza, aunque le faltó mayor humillación. Si se tienen en cuenta esos matices, la vuelta al ruedo podría considerarse como algo generosa. Antes de la vuelta al anillo, al torero se le saltaron las lágimas como a un niño. Se le habían esfumado dos orejas por una faena memorable.

En el toro que abrió plaza, que no llegó a romper, Pepín Liria consiguió lo mejor en una tanda con la izquierda, en lo que resultó una labor difícil, que resolvió mal con la espada.

Javier Valverde también estuvo a una gran altura en su primer oponente. Un toro muy musculado y peligroso. Tiró la moneda al aire en una primera tanda con la diestra en el mismo platillo, aguantando al toro, que galopó tras la muleta. Buenos muletazos. El toro sabía latín. Y en la siguiente se le tiró al cuerpo. El salmantino tragó hasta decir basta. En los medios, una y otra vez, dejó su cuerpo y sus muslos a merced de una alimaña que le radiografiaba. Sólo le faltó pedirle la documentación. Pese a las constantes miradas aviesas, el torero, sin ningún tipo de alharacas, arrancó pases valiosos, con enorme valor. Hubiera conseguido premio. Pero para no ser menos que su compañero también falló con los aceros.

Valverde arriesgó de nuevo ante el sexto. De salida, una larga de rodillas en las rayas. El toro, con escasas fuerzas y noblón, resultó muy soso y, en consecuencia, el trasteo no levantó vuelo.

José Luis Moreno hizo tablas con el manso segundo. El torero cordobés, en una labor desigual, únicamente caló en el público en una tanda con la diestra en la que dio larga distancia al astado.

Al quinto toro lo masacraron en varas. Se le atisbó calidad. Pero el animal llegó reventado a la muleta. Fue imposible el lucimiento. Moreno resolvió con un arrimón que no caló en el público.

La sucesión de imágenes del espectáculo, con esa faena memorable de Liria, se cerró con una ovación también memorable para el torero de Cehegín, ayer más artista que nunca, con las lágrimas a flor de piel antes de una de las vueltas al ruedo más imponentes que se recuerdan en la Maestranza.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Pepín Liria torea como un día soñó

Todo torero sueña una noche la faena de su vida. Sevilla o Madrid por escenario, como marco onírico; el toro, de superlativa nobleza, para sentir cada muletazo, para ligar toreo y público en un solo ole. Pepín Liria convirtió ayer en realidad el sueño, rompiendo los límites, y los clichés, de su estética, de su sentido del temple. Despacio, saboreando el exquisito toro de Palha, en series que vibraban con el mentón hundido en la pechera. Merecido canto esta vez a la estética, después de tanta épica y tantas batallas a muerte. La comunión entre los tres elementos de las tardes de gloria -toro, torero y público- se consumó. Sé que a quien no contemplase al matador de Murcia crecido y entregado en los brazos del buen gusto y la lentitud le costará creerlo. La única línea que se mantuvo vigente del Liria de siempre fue la colocación al hilo y holgada; el resto no se lo imagina nadie. Un trincherazo, una trincherilla, derechazos con son, naturales maduros...

La fruta no cayó porque Pepín, Pepín, -¡qué lejos quedaba este grito de guerra de Pamplona con el rugido profundo de mar de Sevilla!- perdió el Norte con la espada, sin hacer la suerte como Dios exige, sin colocar al toro en suerte como Dios manda. Se diluía la portagayola, un quite con una media para guardar y, sobre todo, la faena soñada, el prado verde después de tanto vagar por los desiertos del miedo. Pinchó tres veces, tres veces que negaron la gloria; al toro portugués lo pasearon en una vuelta al ruedo que ensalzaba su extraordinario juego en la muleta -aun sin terminar de humillar-, sus repeticiones, su prontitud y alegría por encima de la bravura demostrada en el caballo y pasando por alto el par de ocasiones en que hoyó el albero.

Fue el toro de una corrida muy desigual, con dos ejemplares (primero y quinto) para Bilbao, con diversidad de hechuras que plasman la diversidad de sangres que corren por los palhas. Por comportamiento, tras el lujo del cuarto, hubiese destacado el susodicho quinto, si no fuese porque José Luis Moreno lo machacó en el caballo. Éste sí servía, infinitamente más que el anterior de su lote, con el que se prendó la gente, sin meditar cómo entraba al trapo al paso, midiendo, mintiendo. Y al natural rebañaba. Otra historia es que a Moreno le faltase esa decisión que demostró sólo en dos tandas de derechazos, que encima enseñaron lo que el palha no era.

Desgraciadamente, el éxito del festejo se perdió por la espada. La de Pepín Liria y la de Javier Valverde. Había estado el salmantino tremendo en los medios, hecho un león con un morlaco incierto y distraído. Le aguantó todo y más con un valor seco, bárbaro. Avanzada la faena, hubo un parón de terror que Valverde soportó sin inmutarse. La reiteración en pinchar en lo alto le privó del premio que hubiera ratificado con contundencia que es torero recuperable.

El sexto, cabezón, armado y recortado como el segundo, se frenó sin romper nunca, y Valverde, sereno y laborioso con la franela, volvió a desesperarse con la tizona.

Sólo queda por contar que Liria muleteó con oficio al enorme y enmorrillado primero, sosote, lento, un poco Foreman, pero que como te cruce un guante vas a la lona. Interesó la corrida de Palha en su abanico de hechuras y comportamientos, sin perder una mano. Y entusiasmó aquel toro de bandera con el que Pepín soñó la faena de su vida.


El País. ANTONIO LORCA. Gloria y fracaso de Pepín Liria

Pepín Liria dibujó ayer una de las más bellas páginas taurinas que imaginarse pueda. Pero todo lo echó por tierra a la hora de matar, fíjese usted. La solemnidad, la majestuosidad y la alegría de un torero maduro frente a un toro bravo se hizo añicos en un instante. Así es la vida: de la gloria al fracaso en un abrir y cerrar de ojos.

Había tocado el cielo con los dedos, pero falló una, dos, hasta tres veces antes de cobrar la definitiva estocada. Había pintado una obra de arte, alegre, vibrante, dominadora y suave al mismo tiempo; había llevado la más intensa emoción a los tendidos, pero fue incapaz de firmar su gran faena.

Ahí queda para quien se quiera consolar lo bien hecho, pero fracasó un maestro en sazón para tristeza de todos. Al toro cuarto le dieron la vuelta al ruedo con todo merecimiento, pues si bien cabeceó en la primera entrada al picador, se dejó pegar con fijeza en la segunda, persiguió en banderillas, y fue largo, encastado y codicioso en la muleta. Y no era un toro artista, dócil y blando, sino agresivo y poderoso. Un toro encastado y bravo para un torero artista.

Lo recibió Pepín con una larga cambiada en la puerta de chiqueros; hizo después un quite de una verónica y dos medias con mucho empaque. Tomó la muleta, se llevó la montera al corazón y brindó al respetable.

Toro y torero protagonizaron una verdadera sinfonía taurina de enorme profundidad. Uno, incansable en sus embestidas; el otro, en el sitio justo, con personalidad y maestría, saboreó tandas diversas por ambos lados, trazadas con templanza, hondura y autenticidad. El delirio se apoderó de los tendidos al tiempo que uno y otro se fundían en una obra intensa y vivísima.

Liria montó la espada, y... qué mala suerte. Fracasó el consumado artista, mientras el toro recibía los honores reservados a los animales bravos.

Fue esta lidia del cuarto la más emocionante de una tarde que no dio un respiro al aburrimiento. La corrida de Palha estuvo muy bien presentada; toros con cuajo, astifinos, poderosos, cumplidores en el caballo y, a excepción del cuarto, distraídos, correosos, duros, inciertos y broncos. Toros que exigían toreros de una pieza, auténticos valientes capaces de aguantar miradas y parones que ponían los vellos de punta.

En el primero se mostró Liria como un torero hecho y derecho frente a un toro complicado al que no le dudó ni un momento.

La disposición de Javier Valverde da para escribir un libro. Es valiente hasta dar miedo, pero es un pinchauvas de mucho cuidado. La plaza le reconoció sus muchos méritos al aguantar coladas impresionantes y conseguir algunas tandas ligadas hasta exprimir las descastadas embestidas de sus oponentes. Pero guardó un respetuoso silencio ante el festival de pinchazos con el que deleitó a la parroquia. Como no se enmiende...

Y José Luis Moreno quedó como un convidado de piedra. Le tocaron dos toros apagados, pero su concepción del toreo es muy tosca y moderna. Una tanda de redondos aceptables y pare de contar. Se colocó mal, al hilo del pitón, y se desilusionó muy pronto. Estuvo, pero no se le notó. Ayer sólo brillaron un toro y un torero. Casi nada.


Siglo XXI. IGNACIO DE COSSIO. De acero y hojalata

Por fin volvió la emoción a la plaza. Cuanto hacía que no veíamos sembrar el terror en el ruedo, que se lo digan a Liria, Moreno y Valverde, que tuvieron que bregar lo suyo. En esta ocasión el acero no estuvo en el lado de los toreros, que por cierto estuvieron hechos unos pinchaúvas toda la tarde sino en el de los toros y muy especialmente en el cuarto forjado en la fragua de Santarem. Los toros de Joao Folque no saben humillar y se entretienen fijos en los engaños, a acudir a cada cite en milésimas de segundo como cuando se presiona el gatillo de una escopeta. ¡Bin, ban , bun! los toreros a bailar.

“Espada” que así se llamaba el bendito animal se dejó hacer de todo. Liria postrado de rodillas, lo recibe con todos los honores. “Espada” velozmente salta sobre su cuerpo con la gracia de un fado. Espeluznante larga cambiada que me hace atragantarme con el helado. Pronto llega el sosiego con el quite del murciano. Dos verónicas a cámara lenta casi ciegan la tarde. Bien torero, bien. Pepín cita de largo y el de Palha que no le duda ni un instante acude presto al envite mostrando un viaje largo lleno de posibilidades. El murciano dibuja tres primeras series con la diestra limpias, inmaculadas sin un enganchón, ¡Qué delicia Pepín! Cambia de mano y se produce el milagro del natural, bella suerte nacida en el centro del ruedo. ¡Olé!, cruje la plaza. El toro va a más y Liria lo sabe. Muleta al hocico y vuelve a tirar del toro que responde con un son encomiable. ¡Vaya toro, primer candidato para el mejor de la feria! Nadie mira al torero, todos seguimos disfrutando con el toro, y que toro fue. Finalmente Liria ha hecho caso y vuelve por su mejor pitón con dos series que, pese a su gran temple, no llegan a la altura de la largura de la embestida del toro. La banda suena como nunca bajo el sol primaveral en la Maestranza. Momento cumbre, la espada llega llena de hojalata y el triunfo apoteósico se disfraza de vuelta al ruedo bajo el rostro del torero hecho un poema de Miguel Hernández, infectado por un turbio acero. Adiós, faena de consagración, adiós glorioso negro toro de Portugal.

Moreno inseguro en todo momento no lo vio claro en su primero que pedía línea recta y distancia y en el cuarto toda una torre eiffel de toro arrancó una pobre faena basada en series muy cortas. ¡Pero que más se le puede pedir a un torero que tiene la desgracia de torear tan poco! Valverde estuvo heroico y hasta artista con un manso lleno de guasa, corrido en tercer lugar. Todavía recuerdo vivo y actual en mi memoria dos pases de pecho engarzados en el cuello y esas manoletinas tan apretadas como dormidas bajo el embrujo de sus muñecas charras. En el que cerró plaza estuvo un pelín reiterativo con la diestra y todo se diluyó con la memoria de aquel “Espada” que hizo honor a su sangre brava.

 

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