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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 3 de abril de 2005
Corrida de rejones


FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Murube (correctos de presentación y juego, difíciles por momentos).

Rejoneadores: 

PresidenteAntonio Pulido.

Tiempo: soleado, agradable.

Entrada: tres cuartos de plaza.


Imágenes del festejo

Crónicas de la prensa: PortalTaurino, ABC, El País, El Mundo, Siglo XXI.


Crónicas de Festejo

El País. ANTONIO LORCADevaluada puerta del Príncipe

El rejoneador portugués Rui Fernández salió a hombros por la Puerta del Príncipe sin pena ni gloria. La verdad es que no mereció tan alto galardón. Iba feliz, como cualquiera al que se lo lleven en volandas por tan sagrado arco maestrante, pero le debe dar las gracias al presidente del festejo, que le hizo el regalo de su vida.

Cortó dos orejas de saldo porque el usía, de pañuelo flojo toda la tarde, se empeñó en echar por tierra la categoría de la plaza. Y no es que sea veleidoso el tal presidente, pero ayer no tuvo su día. Lo cierto es que renunció a poner orden, actuó como si el espectáculo de rejoneo fuera de tono menor y la Maestranza se hubiera convertido en una plaza portátil.

Y eso no está nada bien. El rejoneo no es menor en el precio de las entradas, lo cual no es ninguna broma; ni lo es en la importancia de los premios que se conceden. Y estamos, además, en pleno abono de la afamada Feria de Abril, que algún respeto merece, y en un templo del toreo, -más respeto añadido-. Es verdad que el público es distinto, festivalero y aplaudidor hasta la exageración, pero la exigencia debe ser la habitual en este coso, imprescindible para no abundar a la decadencia del espectáculo.

Pues el presidente se olvidó de prestigio, categoría y exigencia, se contagió de la euforia colectiva e infligió un rejonazo en los costillares a la Maestranza. Ahí queda eso.

Pero ¿qué fue lo que hizo Rui Fernández? Pues que tuvo una actuación simplemente airosa: clavó rejones al quiebro, templó bien a dos bandas y se alivió como todos sus compañeros al clavar a la grupa. A la hora de matar lo hizo con un rejón en los bajos que produjo un derrame abundante de sangre y la muerte fulminante del animal. Y fulminante y sorprendentemente, el presidente sacó dos veces el pañuelo blanco y se cubrieron de gloria el rejoneador, que no se lo creería, y el usía, al que es de esperar que le pese como una losa tan desafortunada decisión.

En general, el espectáculo resultó divertido para un público nada exigente, pero, en realidad, no aportó nada nuevo al arte del rejoneo. Los caballeros se adornaron, clavaron con facilidad, corretearon a granel, pero adolecieron de personalidad propia, calcados unos de otros. Se alivian todos, eso sí, al clavar siempre a la grupa en lugar de hacerlo al estribo, como mandan los cánones. Pero, qué más da si se trata de conseguir el aplauso fácil. Unos están especializados en el quiebro; otros, en el violín, pero casi todos clavan alargando tanto la mano que parece el extremo de un brazo mecánico. Es decir, hubo poco toreo.

Sobrio y técnico se mostró Leonado Hernández. Se enfrentó al toro más parado de la tarde, dejó la impronta de buen caballista y mató mal. Mejoró Luis Domecq respecto a actuaciones precedentes. Más entonada y alegre, clavó con acierto y mató de un rejón en lo alto. La suerte del violín la inició Martín Burgos. Al quiebro y al violín, más difícil todavía, colocó una banderilla. Falló en el tercio final y nos libramos de otra Puerta del Príncipe. Álvaro Montes rememoró a Javier Buendía con la suerte de la garrocha y se mostró muy espectacular y despegado casi siempre. A buena altura Sergio Galán, aunque abusó de las pasadas en falso.


PortalTaurinoMANUEL VIERAUna Puerta del Príncipe de poca monta

Un viejo asunto que siempre trasciende  en forma polémica:  ¿como se puede contentar sólo a una minoría sin perjudicar el prestigio de tan importante plaza?. La clave: Saber distinguir  la paga del trigo y obrar en consecuencia.

El público que asiste a las corridas de rejones es muy diferente al de toreo a pie. No por ello menos entendido, ni mucho menos, pero sí distinto, menos exigente, más festero. Este público, no el aficionado, aplaude y se divierte más con lo banal que con lo auténtico, más con lo espectacular que con las clásicas y auténticas formas. Mas con el alarde que con la pulcritud de una buena lidia. Y es así como lo debe de interpretar quien arriba decide. Quien da y quita sin obviar, claro, la reglamentación vigente.

Hoy se abrió la emblemática Puerta del Príncipe para  que por ella saliera un torero, porque torero es también quien lo hace a lomos de una cabalgadura. No es mi intención quitarle merito al triunfo del caballero portugués. Pero orejas tan fáciles y honor tan sublime no casan de ninguna manera. Perjudica a  Sevilla,  y a  los que consiguieron  ese sueño  en excepcionales e históricas tardes de toros. Y la de hoy, ni fue excepcional ni quedará en el recuerdo por lo sucedido en el ruedo.

La situación es del todo absurda. No he visto en toda mi vida de aficionado una salida a hombros con menos pasión, en la plaza y fuera de ella.

Los toros de Murube, nobles y sosos, le restaron emoción a la tarde. Así las cosas, Leonardo Hernández  intentó con su buena monta y no menos experiencia estar por encima del descastado primero. Luis Domecq  toreo despacio y clavó arriba, haciendo todas las suertes en los medios y con exquisita pureza. Mató de un certero rejón y consiguió el deseado trofeo. Más vibrante ejecutó la lidia Rui Fernándes. El cite de frente,  andando desde la  larga distancia y en rectitud hacia el toro,  las banderillas al quiebro, y sobre todo, la espectacularidad del rejón de muerte, le certificaron  dos orejas -ya quedó dicho- excesivas. La buena monta, la despaciosidad de las suertes, las piruetas tras clavar banderillas, los quiebros para clavar al  violín, y de manera muy especial, la exactitud al dejar los palos en todo lo alto a una y dos manos, fue lo mejor de  todo lo realizado por Martín Burgos, que perdió   la oreja tras matar mal y necesitar del descabello. Muy entonado, y ejecutando la suerte de la garrocha con perfección de maestro a la salida del toro, estuvo Álvaro Montes. El joven caballero de Jaén, aunque espectacular en sus formas, realizó un toreo sin aspavientos, acompasado, despacio, saliendo andando de las distintas suertes, adobado con piruetas y otros adornos, pero dejando las banderillas , sobre todo las cortas, arriba y muy reunidas, Mató bien y paseó un trofeo bien ganado. Distinta suerte tuvo Sergio Galán. El madrileño lidió el manso y parado sexto, sin opción para transmitir ni una pizca de emoción, a pesar de emplear toda su sabiduría y valor para llegar a los tendidos.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  Extraña Puerta del Príncipe para Rui Fernandes

Ecos de tañidos fúnebres en las tristes nubes del cielo; recuerdos del Papa del 82 en el cementerio de la Almudena, un sermón de vida sobre los muertos, las lápidas borradas y las flores marchitas. Madrid emprendió de madrugada el camino de peregrinación hacia ese mar de tumbas marmóreas que dicen camposanto. Madrid, ciudad de nichos a la espera de las Bienaventuranzas, de la palabra del Mensajero divino; Madrid siempre pendiente de la redención y la esperanza. Por los canales de televisión han emitido imágenes de Juan Pablo II en viajes mil kilométricos, en estadios rebosantes de juventud, en duelos por la libertad contra dictadores bananeros, pero ninguna de la predicación dirigida en La Almudena a todos los muertos que nos agolpábamos sobre los otros muertos, queriendo creer que el final no acaba en los pudrideros que pisaban nuestros pies, que esto no termina en un silencio de pino y piedras.

Silencio más profundo que el que la Maestranza guardó en memoria del Predicador que venció al comunismo. Silencio que se debió respetar durante un paseíllo que rompió a los acordes de la banda del maestro Tejera. Un paseíllo desnudo de trombones y trompetas hubiese sido más indicado, todavía más en sintonía con las luctuosas banderas que apenas ondeaban a media asta con negros crespones.

El toro de Murube quiso silenciar a Leonardo Hernández, quien con los conocimientos de la veteranía le ayudó con la elección de los terrenos, cerca de tablas, para evitar su parada condición en los medios. Alegró Hernández el ambiente, y a dos manos sumó puntos, para perderlos después con las rosas y el rejón que despena.

Mucho peor fue el horrible bajonazo con el que Luis Domecq pasaportó a un buen toro. Y cortó una oreja por una faena pulcra y académica, sin brillos ni mayores glorias que contar.

Evidentemente, si la obra de Domecq se premió con un trofeo, en justicia, por contraste, la faena de Rui Fernandes valía dos. Por chispa, vibración y entrega. Quebró con exposición en rejones, galopó con imán a dos pistas y volvió a jugársela en dos últimos cambios al pitón contrario, uno de ellos duramente tropezado y sin éxito por tanto. Hoy en día algunos rejoneadores han convertido las rosas que creó don Ángel Peralta con romanticismo en auténticas escarolas. Tales clavó Rui, muy reunido y atinado en su colocación con el resto de la ferretería. Bastó la efectividad desprendida del rejonazo último para que el público se desatase.

Ligera monta

Mató Martín Burgos por arriba, y esa honradez le acarreó un aviso y la pérdida de la oreja. El acero se había hundido con inocua travesía. Conclusión: más vale tirar por la calle de en medio como sus compañeros, que al personal igual le da. No se le hubiese quedado en el albero la efímera gloria obtenida con su ligera monta y unos cuantos violines cartageneros.

Peso específico contuvieron los lances camperos, garrocha en mano, de Álvaro Montes, que pasó del ortodoxo registro del principio a la heterodoxia populista del final. Las piruetas en la cara, las corvetas y la breve agonía del astado le auparon al carro de los triunfadores.

Sergio Galán se estrelló contra el toro más dañino de la corrida, que embestía a arreones, sin ritmo y con violencia, dificilísimo de templar y esquivar.

Al final, Rui Fernandes atravesó la Puerta del Príncipe. Por lo que se ve, las corridas de seis rejoneadores no abaratan sólo el presupuesto, sino también la categoría de la plaza. No es la primera vez que un caballero sale a hombros de la Maestranza hacia el Guadalquivir con dos orejas. Parece lógico al contar con un único toro. Y también extraño ahora: Hermoso de Mendoza había luchado por el rejoneo hasta situarlo en una posición de dignidad con los carteles de tres caballeros frente al toreo a pie. La modalidad del sexteto supone un evidente paso atrás, un retroceso y un sopor de caballos. Si me dan a elegir, prefiero las colleras, la vuelta a los cuatro jinetes. Es más espectáculo.


El MUNDO. JAVIER VILLAN.  Rejoneadores y la 'solución Távora'

Parecía que la Presidencia no se ponía de acuerdo sobre la segunda oreja a Rui Fernandes, mas al final cayó el trofeo y con él se redondeó el triunfo del caballero portugués. Antes, Luis Domecq, haciendo alarde de su clasicismo y sobriedad habituales, había conseguido un apéndice; pero el verdadero alarde de Luis Domecq fue un rejonazo espectacular que fulminó al murube. Ahí no hubo indecisión en el palco presidencial; el rejonazo bien merecía la oreja. Vino después la apoteosis del joven maestro portugués.

La tarde comenzó nubosa y concluyó radiante de sol; empezó con un minuto de silencio por la muerte del Papa Wojtyla y acabó entre estruendos de ovaciones. Para abrir plaza, Leonardo Hernández lució discretamente su madurez. Y para abrir la segunda parte del festejo, el madrileño Martín Burgos lució una jubilosa espectacularidad: en dos pares al quiebro y al violín, en las piruetas delante de la cara del toro. Martín Burgos le ha cogido gusto a esta modalidad del violín y de esa forma clavó una rosa en todo lo alto. Aunque mató mal, deja abierto en La Maestranza un razonable crédito.

Pese a todo, las corridas de seis rejoneadores son un coñazo. Habíamos logrado librarnos de las infames colleras, afrenta del pobre toro, y hemos venido a dar en este amontonamiento. Valorado como se merece el noble arte del rejoneo, ¿por qué no centrarlo en festejos de tres rejoneadores? Puede que sea un problema laboral y de justicia distributiva: trabajo para todos. Mas si se trata de un problema de empleo, prefiero la solución Távora, el reencuentro entre el toreo de a pie y el de a caballo que encierra, además, una higiénica ambición histórica. Hace tiempo que Salvador Távora viene defendiendo un tipo de corrida a la vieja usanza, que supondría una auténtica revolución: rejoneadores en vez de picadores. Figuras del rejoneo en el empeño de sangrar, ahormar y descubrir las condiciones del toro. Es decir, arte ecuestre en vez de carnicería alevosa; rejón, en vez de vara de detener, que no detiene sino que destroza.

Que nadie se alarme, ni siquiera el gremio de los picadores, que siguen llevando oro en la chaquetilla, reminiscencia ilustre de viejos tiempos de gloria. Esta corrida con toreros y rejoneadores complementarios, en principio, sería una excepción; como lo es en cada Feria la corrida de rejones que levantó recelos e incomprensión cuando hace años se le ocurrió a Angel Peralta, creo recordar. Antes de los Peralta, se trataba del «número del caballito», que abría plaza en algunos festejos; y si me equivoco agradecería que alguien me corrigiera.

Alvaro Montes no necesita abrirse crédito, pues ya lo tiene y suficientemente consolidado. Perfecto en la suerte de la garrocha y seguro y magistral toda la tarde, menos en el defectuoso rejón de muerte. Montes, cada vez más cuajado, casi todo lo hizo bien. Clavar al violín ya no es especialidad de Cartagena ni torear con la grupa es privilegio de Moura o de Hermoso de Mendoza; con mayor o menor virtud ya lo hacen todos.

Yo creo que el que mejor lo hace es Sergio Galán, aunque ayer una banderilla se le fuera al brazuelo; no fue una tarde brillante; fue una tarde heroica y a contracorriente; el murube, el garbanzo negro de la corrida, era un marmolillo. Todo lo tuvo que hacer Galán. Total que pese a la salida a hombros de Rui Fernandes y de algunas otras cosas, antes que a una corrida de seis rejoneadores, yo me apunto a la solución Távora. Y de paso, abandonaría la mala idea que Carlos Ilian y quien suscribe venimos meditando: premio al picador más sanguinario de cada Feria y superpremio al más sanguinario de la temporada. Ya lo intentamos en vida de dos amigos inolvidables, Joaquín Vidal y Apaolaza. A pesar del entusiasmo de los cuatro, nadie nos hizo caso; así que ahora que sólo somos dos, más algún que otro voluntario, menos. Así que, aunque sólo sea por la cosa de los picadores carniceros, convendría considerar la solución Távora.


Siglo XXI. IGNACIO DE COSSIO. No despunta, arrasa 

Primero Madrid, luego Valencia y ahora Sevilla. Nació en el corazón de Portugal, en la ganadera comarca del Ribatejo a la vera de los temibles Palha y Conde de Cabra nada más y nada menos, y creanme tiene valor y torería para llenar siete barcos. Con la corrida excepcional que lidió ayer Murube, el portugués sobresalió a lomos de un caballo bayo de nombre “Joselito” que también estuvo cumbre. En un palmo de terreno recetó dos quiebros espeluznantes con magistral ejecución. Rui sabe enseñar los pechos de su caballo al toro, sin necesidad de conciertos al violín ni piruetas circenses, templando en cada envite y siempre al hilo del pitón, asumiendo un riesgo consciente nada usual. Dominó el galope de costado versus Mendoza pero ayudándose de suavísimos cambios de mano y pitón, amén de los trincherazos que nos supieron a gloria. Repito corrida extraordinaria de Murube, a excepción del 1º y 6º, como para cortarle 8 orejas, 4 rabos y hacer el toreo fundamental que nadie se atrevió a igualar la gran maestría de este joven que arrasa por donde pasa llamado Rui Fernández. Ahora sólo te queda Bilbao.

Leonardo Hernández con un toro muy soso hizo todo lo posible por levantar el ánimo de la plaza que como la del toro desfallecía por segundos. Un par a dos manos pisando los terrenos del toros y un templado toreo de costado fue lo más destacado en una actuación breve a cuenta del oponente que tuvo la desgracia de tocarle. Luis Domecq siempre en su línea toreó para el aficionado siempre de frente y con suavidad, desgraciadamente su labor no trascendió más allá de los doscientos aficionados de verdad al toreo a caballo que asistimos a estos festejos hoy en día en la Maestranza. Rui Fernadez hizo historia en la Maestranza y prácticamente todo queda apuntado con anterioridad salvo un pequeño desliz en un quiebro en donde fue alcanzado por el burel en un descuido sin mayores consecuencias. Dos rosas, que parecieron dos docenas, y el estoconazo final pusieron el broche de oro a una tarde vibrante por parte del buen torero lusitano. Martín Burgos y Álvaro Montes, destacaron uno por suertes secundarias y populares como los quibros al violín y las piruetas para levantar a un público que pronto se sentó tras ejecutar la suerte más suprema. Sergio Galán le tocó el peor y más complicado de encierro y todo se quedó en buenas maneras. En definitiva, corridón de Murube y éxito apoteósico de un portugués que se ha hecho con el cetro de su patria y ya pocas plazas se le resisten a su paso.

 

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