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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 2 de abril de 2005
Corrida de toros


FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Puerto y Ventana de San Lorenzo (de diferente presentación. Mansos, con peligro, difíciles para la lidia. Algunos barbearon e hicieron hilos. Segundo y cuarto pitados en el arrastre. El mejor, el 3º).

Diestros: 

  • Antonio Barrera. Estocada un poco trasera y atravesada (palmas); dos pinchazos, estocada entera (silencio).
  • Sebastián Castella. Cuatro meteysacas, estocada contraria (palmas); media estocada (palmas).
  • Antón Cortés. Dos pinchazos, aviso antes de tiempo, estocada en su sitio (saludos desde el tercio); dos pinchazos, descabello (silencio).

Incidencias: Castella fue atendido en la enfermería de una «herida inciso contusa en la cara anterior del tercio inferior del muslo izquierdo con una trayectoria ascendente de 25 centímetros, que interesa piel, tejido celular y vasos superficiales sin lesión aponeurótica. Pronóstico leve».

Banderillero que saludó: Antonio Layu, de la cuadrilla de Cortés, en el 3º.
 
PresidenteGabriel Fernández Rey.

Tiempo: soleado, con viento.

Entrada: tres cuartos de plaza.


Las imágenes del festejo

LOS PROTAGONISTAS

Antonio Barrera
"Estoy muy disgustado porque venía a Sevilla con mucha ilusión y me voy como vacío. El lote no me ha ayudado nada y aunque he intentado hacer las cosas bien y quedar por encima de mis dos toros. He estado con muchas ganas y con mucha firmeza pero no me ha ayudado nada la corrida. El primero se ha rajado y el segundo ha hecho cosas muy feas. Estoy bastante desilusionado porque haya intentado estar muy firme ha sido imposible."
Sebastián Castella
"Ha sido una pena haber fallado con la espada porque el sexto no ha servido para nada. En el primero he estado muy entregado y creo que la gente lo ha visto. He disfrutado al natural al igual que la Maestranza. Estoy convencido de que al menos le habría cortado una oreja. He estado muy feliz delante del toro y he disfrutado mucho, sobre todo por la reacción del público. El último ha sido un desastre porque si le subías la muleta la enganchaba y si se la bajaba se caía. Al menos el público ha visto que estoy arreando y queriendo. Espero que pueda estar muy pronto de nuevo en Sevilla."
Antón Cortés
Parte médico:
"Herida inciso-contusa cara anterior de tercio inferior de muslo izquierdo, con una trayectoria ascendente de 25 cm, que interesa piel, tejido celular y vasos superficiales sin lesión aponeurótica. Se intervino bajo anestesia intradural. Pronóstico leve."

 

 

 

Realiza: Emilio Trigo


Crónicas de la prensa: PortalTaurino, ABC, El País, El Mundo.


Crónicas de Festejo

PortalTaurinoMANUEL VIERAAntón Cortés, encanto y delicadeza en el natural

Y, sin embargo, y a pesar de la mansa y decepcionante corrida de Puerto de San Lorenzo, se ha podido disfrutar de una notable faena con la izquierda a cargo de un joven torero de Albacete, que se recrea en lo que hace, aunque, otra vez, se equivocó en el epílogo con la espada. Antón Cortés le realizó al tercer toro de la tarde un trasteo rebosante de encanto y delicadeza. No cabe otra mejor forma de hacer el toreo al natural para confirmar la difícil naturalidad de quien lo ejecuta con el detalle y el duende de los que se definen artistas. Y Cortés lo es. Toreo de contenidos emocionantes y de precioso estilo al dibujar el largo y hondo natural. 

Hubo momentos de gran belleza en las tandas con la izquierda al toro más destacado de la mansa y complicada corrida, el lidiado en tercer lugar. Fue el natural largo y lento, de mano baja y acompasada, el punto más alto de su expresividad. Los de pecho y un cambio de mano que resultó excelso, abrocharon las cuidadas series de Antón Cortes, que después no supo firmar con la espada. Otra vez la compleja suerte de matar le hizo peder un trofeo de vital importancia. 

Pero estos toreros dotados de la chispa y la sutileza en sus particulares formas, andan con el valor y la serenidad justa para completar esos instantes bellos, pero que escasamente son después transcendentales. Cortés, que se gustó y gustó con la capa en ambos toros, no pudo, o supo, remontar vuelo con el flojo y soso sexto. Muletazos de exquisito trazo, pero sin ajuste, sin continuidad, sin emoción. Al final, sólo el recuerdo de un bello natural. 

El problema mayor al que se enfrentan los deseosos de un triunfo necesario y vital en una plaza como esta, es que el toro no le obedezca. Se olvide del torero, se le marche a tablas cansado de la pelea. El primero de la esperada corrida fue un toro manso que decepcionó a Antonio Barrera que venía presto a conseguir lo soñado. Y no pudo ser. Pase cambiado en los medios. Muleta puesta muy adelante en los cites con la derecha. Buena la primera tanda con la diestra. Y se acabó. Intentos vanos por conseguir faena en la querencia del manso y desilusión. Con el flojo cuarto, muy protestado, se pasó impotente en el largo metraje de un trasteo que careció emoción. Todo lo más que pudo exponer el sevillano fue decisión y ganas, que ya es decir con semejantes animales.

Castella no es torero para quienes esperan encontrar novedades en lo desconocido. El diestro de Beziers está demasiadas veces a merced de sus toros, y sus formas no convencen demasiado. El manso y peligroso segundo le volteó en los primeros intentos de torear con la izquierda, infiriéndole una cornada superficial en el muslo izquierdo de veinticinco centímetros, que le fue intervenida en la enfermería de la plaza al finalizar la lidia del quinto. El toro de Puerto de San Lorenzo fue un barrabás que buscaba al torero sin piedad. Sebastián Castella lo intentó, sin demasiados recursos, entre tarascadas y desarmes por ambos pitones. Respiramos tranquilos cuando acabó tras estocada caída precedida de tres pinchazos. Con el flojo quinto muy poco de lo hecho llegó a los tendidos.


El País. ANTONIO LORCAPeligro inminente

Los dos primeros toros de Puerto de San Lorenzo salieron al ruedo con el peligro en el semblante. Bien presentados, eso sí, y astifinos, pero abantos, distraídos, mansos hasta decir basta, broncos y dificultosos, llevaron el ¡ay! a los tendidos en cada embestida, convertida con gañafón que buscaba un trozo de muslo torero que llevarse a la boca.

Durante la primera media hora se presagió la cogida que, afortunadamente, sólo quedó en una voltereta sin graves consecuencias de Sebastián Castella cuando iniciaba la faena con la muleta en la zurda. El suyo, segundo de la tarde, fue un toro literalmente imposible para el toreo, una alimaña que no atendió a los capotes, salió suelto de los caballos y esperó a los banderilleros con intención de hacerles una mala faena. Después del susto reseñado, el toro desarmó al torero, tiró derrotes a diestro y siniestro, y si no está listo el de luces, hoy estaría convaleciente en una cama de hospital.

No tuvo mejor suerte Barrera en el que abrió plaza. Manso de libro y con ideas malignas en la cabeza, se lo puso muy difícil al torero sevillano, quien, no obstante, lo recibió en el tercio final con un pase cambiado por la espalda, dando muestras de un valor encomiable. Porfió con gallardía, con valor y con raza y consiguió algunos muletazos realmente estimables. Pero el animal era un cobarde, se rajó, se refugió en tablas y todavía, allí, Barrera le arrancó dos circulares bien trazados.

El peligro inminente, el olor a hule, acabó ahí, por fortuna. A continuación, llegó el turno de los toros inválidos y descastados que, al menos, permitieron el aburrimiento sin grandes sobresaltos.

Y allí estuvieron Barrera y Castella dando lo mejor y lo peor de sí mismos, voluntariosos siempre, pasar sacar un pase limpio de toros sin alma de bravos que nunca se emplearon en la pelea.

Barrera se puso muy pesado, dio muchos pases y no dijo nada. Pero se empeñó en aburrir de verdad y aún tuvo tiempo de dar manoletinas tras una labor anodina como si se viera obligado a poner colofón a una tarde de éxito.

Tampoco le acompañó el sentido de la medida a Castella en su segundo, también descastado y ayuno de casta como los demás. Con una voluntad que nunca le abandonó, dio pases y más pases hasta que el público le pidió la hora.

Los mejores momentos los protagonizó Antón Cortés, a quien le correspondió el toro más noble, el tercero, con el que consiguió momentos de bella factura. Tiene sabor y sentimiento este torero, pero se dirige al toro a voces, lo que está muy feo, y arquea mucho la figura, lo que tampoco es muy estético; pero toreó con gusto y profundidad por verónicas de salida, por derechazos largos, después, y un natural enjundioso dio paso a otros tres de gran belleza antes de precipitarse a la hora de matar y echarlo todo por la borda. El último era un inválido que el presidente se negó a devolver para no prolongar el aburrimiento general, y allí estuvo Cortés en una pelea despegada cuando el animal conseguía mantenerse en pie. Lo intentó por ambas manos, le robó algunos muletazos, y el toro le quitó la muleta mientras el público huía de la quema y desorientaba al toro que no encontraba el momento de cuadrarse para la hora final. Mató mal otra vez y se apagaron las ilusiones de una tarde joven, con aspiraciones, valiente y con perfiles toreros a la que sólo faltó sentido de la medida para no aburrir. Pero es comprensible el interés por agradar...


ABC, ZABALA DE LA SERNA. Cortés se queda a mitad de camino

Un amable lector de ABC Sevilla en Salteras se ha ofendido terriblemente con la crónica del pasado Domingo de Resurrección a El Cid. Nada más lejos de mi intención que faltar a los saltereños con la exaltación de la adopción de Manuel Jesús Cid por Sevilla, que le otorga un certificado de calidad y una patria taurina. Precisamente el acento taurino es lo que no ha entendido el amable lector en la frase «ser de Salteras es ser de ninguna parte», afirmación que no pretende borrar a Salteras del mapa ni de la historia, la suya extensa y profunda como manifiesta en su carta al Director, tan documentada que más que tres columnas en la sección bien podría haber merecido una Tribuna. Traspasa sin embargo el amable lector la frontera de la amabilidad con palabras como villanía. Y ahí pierde la pequeña parte de razón que pudiera poseer su mala interpretación, seguramente por culpa de mi pésima expresión, con lo cual vayan por delante las disculpas. Seguro que brindaremos la próxima vez que el torero que nos une abra la Puerta del Príncipe arropado por todos los saltereños.

Dicho esto, el único toro de Puerto de San Lorenzo que marcó un camino claro de triunfo fue el tercero. Y Antón Cortés se quedó a mitad. Cortés le tocó la fibra sensible de la verónica a la Maestranza, la vena sentimental, que desde que se retiró Romero no hay quien levante pasiones con el capote. El gitano de Albacete se sintió más en los lances a derechas, más hundido y asentado en las zapatillas, con mayor peso específico. Volaron los oles como hacía tiempo. El toro, mansito y dulce, volvió a ir como la seda en un quite por gaoneras de Antonio Barrera. Se presentía faena de cante grande, cante jondo. Pero Antón Cortés cantó bajito. Tanto que casi no se oía entre la algarabía de una faena que apuntó y no rompió, más coreada que real. La gente le ponía imaginación para redondear lo que no se redondeaba. De hecho no hubo serie redonda; sí retazos, apuntes, y algún muletazo suelto que enganchó, como excepción, la embestida desde adelante. Y es que pecó el torero de esperar siempre con la muleta muy retrasada, así que el pase completo se reducía a un cuarto de pase. Entre la rayas, con el toro basculando ya hacia tablas, se atisbaron naturales que continuamente despedían los viajes hacia las afueras, menos uno que trazó hacia adentro, cumbre. Como un molinete con la izquierda. Como uno de pecho de aquí a la eternidad. Y en el resto, la afición sevillana empujando, alentando y jaleando a Cortés, que es torero con ese toque de distinción que cae a la vera del Guadalquivir como agua al campo. Sólo le falta hacerlo, y hacerlo precisamente con toros así. Toreros de su corte resolvían una temporada en tardes como la de ayer. Luego se precipitó con la espada, y la posibilidad de la oreja se marchitó como las ilusiones de toda una Maestranza que se entregó porque sabe dónde habita lo especial. Poco más quedó para el recuerdo que los esbozos del saludo al sexto, que blandeó mucho. Y un cambio de mano. Y otros errores con la espada.

El lote de Cortés fue el lote de la corrida. El peor lo sorteó Castella, sin recursos y a merced del peligrosísimo y avisado segundo. Lo volteó con sequedad para matarlo al citar con ingenuidad al natural. Mal trago pasó hasta para meter la espada entre aquellas finas dagas. Al descastado quinto le endosó una faena machacona.

En esa línea reiterativa también transcurrió la obra de Antonio Barrera al bastorro cuarto, bastote en todo. Al que abrió plaza, suelto y corretón, lo lidiaron en mil y pico capotazos, fatal. El toro metía la cara abajo y en principio volvía a la muleta. Sólo en un principio, antes de rajarse, antes de que Barrera le buscase las vueltas cerca de las maderas con alegría y una estocada en lo alto.

Parte facultativo: Castella fue atendido en la enfermería de una cornada superficial de 25 centímetros en el muslo izquierdo. Pronóstico leve.


El MUNDO, JAVIER VILLAN. Entre el tedio y el riesgo, brotes de toreo 

Los toros, malos tirando a pésimos. Y los toreros hicieron lo que pudieron y alguno de ellos, como Cortés, más. Barrera y Castella se la jugaron. Malos presagios oscurecieron el albero de La Maestranza nada más salir el primer toro de Puerto de San Lorenzo; hizo todo lo malo y de peor estilo que puede hacer un manso; intentó saltar al callejón, huyó de los capotes, desdeñó el caballo, alborotó en banderillas y descolocó de mala manera al peonaje. ¿Qué busca un toro en el callejón y qué motiva ese afán de saltar las tablas y dar un susto a los que en el callejón se aposentan? ¿Es una huida hacia el campo perdido o un sentimiento agresivo de venganza? Más parece huida, aunque bien pudieran ser ambas cosas.

Nadie vio nada en ese fugitivo animal, sino instinto sanguinario y mansedumbre a espuertas; nadie, salvo Antonio Barrera que brindó al público y, en los medios, le dio un pase cambiado por detrás de escalofrío. El desabrido y tosco animal aguantó dos tandas de derechazos mandones y los subsiguientes pases de pecho. Luego, salió de naja a su querencia natural: las tablas. Allí Antonio Barrera, ora cortándole el camino, ora dándole todas las ventajas, se metió en gresca y en reyerta imponiéndose claramente.

Después, de manera poco ortodoxa aunque fulminante y letal, metió la mano y le cazó con un espadazo arriba. Saludó desde el tercio y no hubiera sido mal premio una vuelta al ruedo que va cayendo en desuso. A Antonio Barrera parece que le va la marcha; dio la sensación de encontrarse más a gusto en el fragor de la pelea con el primero que con las bondades cojitrancas del cuarto. Claro que de las bondades de los toros cojos no hay que fiarse; a lo peor, fue eso lo que oscureció la mente de Barrera. El toro se aburrió de blandear y doblar las manos; el torero se aburrió de pegar trapazos sin que ninguno sea digno de recordación y el público se hartó del toro y del torero.

Otra vez Sebastián Castella por los aires. Castella no vuelve la cara ante el peligro, ni tuerce el gesto, ni descompone el ademán ni se le conturba el ánimo. Da igual lo que tenga delante: toro noble o toro perverso. En los mansos hay también grados; está la mansedumbre tonta y boyal y la de mala sangre, una mansedumbre asesina que sólo busca herir.

Momentos de angustia

Este toro de El Puerto de San Lorenzo era un toro raro y navajero; un matón y un jaque que amagaba por el pitón derecho, en apariencia el peor, y pegaba y soltaba la cornada por el izquierdo. Una vez le levantó a Castella los pies del suelo, nada más echarse el francés la muleta a la izquierda, y en dos ocasiones más le desbarató la compostura. Se empeñó Castella en matar decorosamente a tan indecoroso enemigo, cuando lo procedente era irse a los bajos sin miramientos; muerte indigna era lo que un marrajo indigno se merecía. El quinto no era marrajo ni nada que se le pareciese; era la viva encarnación de la mansedumbre sosa. Pero Castella se las arregla siempre para ponerle un poco de picante al asunto y, en un par de veces, se vio apurado y acosado. Pese a todo, un tedio plano, pétreo e infinito, un sopor de siglos se abatía sobre La Maestranza. Un aburrimiento tan sin remedio que, unánimemente, la gente pidió al francés que abreviara el trámite.

Acaso la gente estuviera esperando el vuelo del misterio, la concreción del milagro que Antón Cortés había insinuado en el tercero e, incluso, más que insinuado materializado en unos cuantos muletazos. Antón Cortés y las verónicas que arrancaron olés desde el subsuelo de La Maestranza, desde lo profundo de los corazones taurinos: abierto el compás y los brazos en ensoñación.

La misma ensoñación, la misma languidez de un inmenso pase de pecho que duró un tiempo inmemorial. Fue un momento cumbre este pase de pecho en el tercero; un momento cumbre en sí mismo y también por lo que vino después: toreo de derecha reposado, despacioso y largo, prólogo de dos tandas de naturales también de ensoñación y sentimiento lánguido. Y entre medias, para coser la faena y darle estructura compacta, cambios de mano por delante y trincherazos.

Metido en su propio sueño, que era a la vez el sueño del noble toro, Antón Cortés dejó pasar el tiempo y el bicho se le puso andarín e incierto. Mató mal, equivocando el momento y los terrenos.Aquí concluyó la posibilidad del milagro y la recreación del misterio; el inválido que cerraba plaza manseaba y tenía malas intenciones. El pulso de Cortés y la inspiración de algunos muletazos parecieron que podía remontar el vuelo. Pero allí ya nada quedaba por hacer y todo el pescado estaba vendido.

 

Otros festejos de la temporada. Carteles, resultados y crónicas