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Feria de San Miguel

REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 26 de septiembre de 2004
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Hermanos Tornay. Desiguales de presentación, mansos en general.

Diestros: 


Entrada:
tres cuartos de plaza.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla

LOS PROTAGONISTAS 

Dávila Miura
"Estoy contento por cortar una oreja en Sevilla, siempre es muy importante. Sobre todo por las opciones que me ha dado mi lote. He intentado aprovechar las quince arrancadas que sabía que iba ha tener mi primer toro y se le ha hecho todo muy bien. Además, el toro de salida hacía cosas raras por el pitón izquierdo, creo que no veía por ese lado aunque en corto lo ha acusado algo menos ese defecto. Me he ido a los medios para empezar de rodillas que es algo que no es habitual en mi y venía a la Maestranza dispuesto ha que pasara algo. El segundo ha sido un toro con muchos problemas y muy desagradable para estar delante de el, nunca se ha entregado y me ha hecho pasar miedo."
Jesús Millán
"Creo que mi lote no ha servido para nada, ni para arrimarse ni para estar a gusto. A pesar de que el toro no ha tenido transmisión alguna le ha dado algunos muy despacitos y templados pero la cosa no se caldeaba. Ese ha tenido algo de calidad, pero era para una plaza de segunda donde se cambia con un solo puyazo. Estoy muy contrariado porque había depositado muchas esperanzas en la tarde de hoy."
Manuel Jesús "El Cid"
"Ha sido imposible los dos. La corrida en líneas generales no ha servido. Ha sido una pena veníamos con gran ilusión tanto Manolo Tornay como yo, pero ha estado vacía. Creo que no era el último de banderillas negras, ya que se había picado y había estado cerca de tirar al picador...muy manso si, pero de estos salen muchos y de todos los hierros. Muy complicado en general y ha desarrollado guasa. Una lástima no poder triunfar en mi Sevilla con la gran temporada que estoy realizando."

 

Realiza: Emilio Trigo

 


PortalTaurinoMANUEL VIERA.  Y al final... decepción

El hecho, a veces, parece irreversible. Así lo creen y así lo han dicho mis vecinos de localidad ante la impotencia: “La Fiesta es definitivamente maltratada”. “Esto, tarde o temprano, se va de las manos”. No se puede acudir con más ilusión a una plaza de toros como acudieron hoy los muchos aficionados que ayudaron a completar más de los tres cuarto del aforo de La Maestranza. Y al final… decepción.

El Cid, en estado de gracia en este final de temporada, era un  seguro reclamo, una esperanza, una apuesta segura. Quizá  por esto, y hoy más que nunca, merezca el  torero de Salteras una especial consideración por lo hecho. Aunque lo hecho ha sido poco. Pero merece, El Cid, que se le reconozca el esfuerzo que supone estar  delante de semejantes mansos. Tiempo lo suficientemente prudente para valorar la capacidad y el sentido de la expresión  en la interpretación de un toreo que tiene inmediata repercusión en los tendidos y transmite notables efectos emocionales.

El Cid sólo pudo hilvanar una bella tanda de lentos y largos  muletazos  con la diestra al manso tercero. Después no pudimos deleitarnos con el natural porque el descastado toro dijo no seguir. Una pena. Al sexto, otro animal de iguales características que el tercero, condenado por capricho a banderillas negras, le pudo sacar, con técnica y valor y aprovechando las descompuestas embestidas en busca de la huida, algunos pases con ambas manos que enseguida provocaron el goce en el espectador.

Cuando Dávila Miura le cortaba la oreja al noble  primero, el  toro más potable de la seria y desigual corrida, tras una faena minuciosamente elaborada, muy auténtica y ejecutada con la originalidad de sus formas, nos la prometíamos felices. Pero no llegó a más la tarde. Los mansos, flojos y descastados toros de Tornay decepcionaron por su comportamiento y tiraron por tierra las ilusiones de los de arriba, y de los de abajo, que las tenían, y mucha.

Dávila no lo dudó, y allá  se fue, a los medios, de rodillas, para demostrar firmeza y comenzar con excelsos muletazos esa faena que resultó muy personal, de gran calidad y de una encomiable elegancia. Eduardo toreó muy despacio y  remató su obra con  media estocada que le valió la oreja. Con el cuarto poco pudo hacer.  Nula opción le dio el manso animal. No obstante le agradecieron su firme disposición.

Jesús Millán hizo gala durante toda la tarde de una firmeza fuera de toda duda. Su toreo de capa  tuvo sabor. Las verónicas trazadas al segundo, ajustadas y rítmicas,   gustaron, aunque la pulcritud de los buenos naturales pasaron inadvertidos por culpa de la nula transmisión del inválido toro. Con igual ganas anduvo con el flojo quinto. Un toro sin humillar y sin clase al que, igual que el segundo, no mató bien.
   

El País. ANTONIO LORCA. Frustración

La tarde fue una esperanza frustrada, una emoción efímera, un desencanto de lo que pudo ser y no fue. Los toros, paradigma de la basura ganadera, no permitieron el toreo. Entre la mansedumbre, la falta de casta y la invalidez -prácticamente, ninguno sangró en el caballo-, todo quedó en un suspiro.

Y a fe que los toreros lo intentaron. Tanto es así que se vivieron momentos estelares, pero demasiado fugaces y aislados. El que tuvo más opciones fue Dávila Miura, que se mostró experimentado, sobretodo ante su primero, un manso de embestida incierta al que entendió muy bien por redondos, con gusto y torería. Se peleó con el manso cuarro y fue aplaudido.

Millán se cayó en la cara de su primero cuando lo toreaba con primor a la verónica, y él mismo se hizo el quite milagroso. Después, el que cayó fue el toro. No pasó de anodino en el quinto, otro sin fuelle. El comienzo de faena de El Cid fue brillantísimo: redondos templadísimos que cerró con el de pecho de pitón a rabo; pero el toro se rajó. Se la jugó de verdad ante el manso y peligroso sexto y tuvo detalles de torero grande.


Diario de Sevilla.  LUIS NIETO. Sólo un rayo de luz en tarde aciaga

Corrida de Manuel y Antonio Tornay, de desigual presentación y descastada en su juego, predominando la mansedumbre. El primero, único potable del encierro, noble, aunque con escaso fuelle; segundo, inválido; tercero, muy descastado, pitado en el arrastre; cuarto, mansísimo, quinto, a la defensiva y, sexto, mansísimo, pitado en el arrastre.

Como la amanecida entoldada del cielo sevillano, de nuevo el mal juego de los toros fue como una losa plomiza que amenazó constantemente a los toreros. En el bello marco maestrante, con los tendidos nutridos de un público expectante, la tarde, aciaga por el ganado, se abrió con un rayo de luz, un rayo luminoso y preciso, que supuso la faena de Eduardo Dávila Miura al toro que abrió plaza, único potable de un pésimo encierro de Tornay, dispar en sus hechuras y con el denominador común de la mansedumbre en sus embestidas.

Dávila Miura tuvo ante sí el único astado que ofreció ciertas posibilidades para el triunfo. El sevillano no pudo lucirse con el capote con un animal que se cruzaba constantemente y que se dejó pegar en varas para acudir a la muleta en contadas ocasiones con nobleza. El diestro apostó fuerte y supo medir la faena. En esas dos claves estuvo gran parte del éxito. Citó desde el platillo, sin probatura alguna. Y cuando el negro y astifino animal entró al galope se echó de rodillas para una tanda con chispa, puro fogonazo. Debió comprobar el torero que el toro entraba remiso en cada pase. Por eso, de pie, no le forzó en la siguiente tanda. Sería en la tercera cuando afloró el mando y la banda de Tristán se arrancó con el pegadizo y bello pasodoble de Dávila Miura. Con el toro algo remiso, el espada sacó otra tanda de menos entidad, a la que sumó un circular invertido. Y con el cornúpeta, sin fuelle y rajado, Dávila asentó con firmeza las zapatillas para exprimir las escasas embestidas que le quedaban por el pitón izquierdo. Media estocada en la yema fue suficiente para ganar un trofeo merecido.

El castaño cuarto, mansísimo, se frenó en la capa y en el tercio de varas a poco se marcha a la dehesa. Le consiguieron propinar un real puyazo. Aún así, en banderillas echó la cara por las nubes. Dávila, de nuevo, no se anduvo por las ramas. Muleta a la izquierda. Pero aquello era un mulo con cuernos. A base de tesón, de mucho tesón, logró sacarle una valiosa tanda con la diestra, dentro de una labor meritoria.

El zaragozano Jesús Millán pasó prácticamente inadvertido con un mal lote. Con el inválido segundo logró los únicos destellos destacables, al recibirle de manera vibrante a la verónica y hacerse él mismo un quite milagroso, cuando ya estaba casi cogido en la arena, tras perder pie. Con la muleta se excedió de metraje con un animal inválido.

Jesús Millán no estuvo lúcido ante el colorado quinto, que se defendió de principio a fin.

El Cid, muy arropado por un nutrido grupo de partidarios, se jugó la cornada ante sus dos galafates. El tercero, descastado. Y el sexto, de feas hechuras. El tercero, suelto en los lances de recibo, se dejó pegar en varas y le faltó temperamento en la muleta. El Cid, en las afueras, le engarzó cuatro derechazos y un pase de pecho muy largo en una tanda esperanzadora. Pero en la segunda, el manso se marchó a tablas. Lo sacó de allí el saltereño. Pero el regalito se quedó como petrificado. Lo único que movía eran sus ojos. A un lado y a otro. Como hizo en la suerte suprema. El Cid lo despachó de una certero estoconazo.

En el último acto, el respetable, descorazonado, pidió a voces la devolución del sexto –el público debe saber que a un manso no se le debe cambiar–. El presidente lo mantuvo en el ruedo. Aunque se resistía, Espinosa lo picó con eficacia. Y el usía lo condenó de manera severa a banderillas negras. El Cid se jugó la cornada en cada pasaje de la lidia. Consiguió una primera tanda, emotiva, con la diestra. Luego, el toro se marchó...volvió a huir...buscó toriles. El sevillano no se desesperó y le robó pases ¡Vaya tarde la que le proporcionó a El Cid el ganadero, que es su apoderado, para más inri!

Antes de que una luna redonda, plateada y luminosa se asomase al cierre, en plena noche, El Giraldillo ofició de notario de esa ruina ganadera que para muchos estaba cantada.


ABCZABALA DE LA SERNA Dávila se aferra al único toro de una infumable mansada y corta una oreja

Marcaba el reloj las ocho en punto, el Giraldillo miraba hacia la playa de Sevilla que es El Puerto de Santa María y el sol se despedía de las últimas tejas de la Maestranza. Dávila Miura se perfilaba para mandar al mundo de los mansos al castaño cuarto, que para más inri nunca humilló. Dávila había construido una faena sorda en los medios, sin eco en los tendidos pese a su mérito firme, que al final fue reconocido con una ovación en el tercio. El búfalo huyó incluso de su sombra en varas, asustado hasta del sonido de los estribos y la voz de los piqueros. Aquí ocurrió el único pero de la actuación de estupendo lidiador del diestro sevillano: los caballos no se mueven en el sentido de las agujas del reloj. Remató Eduardo con la espada una tarde muy positiva, que se estrenó con la oreja merecida y justa del que abrió plaza.

Todo lo hizo a favor del toro, con generosidad. Le cuidó sus mermadas facultades en el peto, al que no quería ver ni en pintura, y le concedió distancia larga en la apertura de obra, plantado en los medios de rodillas, tremendamente templado. Siguió en el son de la templanza sobre la mano derecha en dos series logradas, ligadas y tersas, reunidos los muletazos con su figura, que se desencuadernó más al natural, forzada, tocando los viajes con fibra hacia las afueras para que, tal vez, no se repitieran las feas coladas que se sucedieron en el capote por ese lado. Faena de nivel técnico y notable muletero, marcada por la buena educación de Dávila para favorecer al toro, una virtud que siempre ha sobresalido en su toreo. Acabó el bicho rajado, en la línea de toda la corrida de Tornay. Pero había durado lo suficiente, con nobleza y entrega por el pitón derecho, para que en la plaza quedase el grato sabor del trofeo.

Los pitones del toro de Jesús Millán se convirtieron en las escobillas de un coche de Scalextric nada más derrotar en un burladero. Dos brochas que coronaban una anatomía terciada y feble hasta el extremo. Millán anduvo denso, reiterativo, sin ideas y sin sitio. No recuperó posiciones con el quinto, sin clase y remiso a embestir. Voluntad sin más. O de más.

El Cid poco pudo obtener con el tercero, de recogida cuerna y escaso ánimo. Le duró una serie, lo suficiente para demostrar en su tierra el momento por el que atraviesa. Colocación cabal para citar y ligar. Se acabó la tanda de derechazos y se terminó el toro, huidizo desde entonces, en fuga permanente.

Vaya papelón

La guinda de la infumable bueyada de Tornay la puso el aleonado sexto. Ni El Cid ni su cuadrilla estuvieron con recursos y reflejos para lograr picarlo con eficacia, metiéndole debajo del jaco y tapándole la salida, maniobra perfectamente válida en situaciones semejantes. El caballo se movió al revés -como en el cuarto- y apenas lo sangraron. El presidente quizá se precipitó al cambiar el tercio y condenarlo a banderillas negras, toda vez que ya había tomado dos varas, aunque de mala manera y de refilón. Menos mal que el toro se desinfló (porque el efecto de los luctuosos rehiletes no lo tengo yo muy claro) ante un Cid otra vez muy seguro, por encima de su lote. Vaya papelón el del bueno de Manolo Tornay, apoderado y ganadero en esta ocasión.

Nota: Incomprensiblemente en una plaza de la sensibilidad de Sevilla no se guardó un minuto de silencio por el XX aniversario de la muerte de Paquirri, una fecha redonda para haber recordado a un torero tan querido y admirado a la vera del Guadalquivir.