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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del sábado, 24 de abril de 2004
Corrida de toros
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LAS IMÁGENES DEL
FESTEJO
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Más
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FICHA TÉCNICA
Ganadería: Juan
Pedro Domecq (bien presentados y en tipo, de diferente juego:
1º, 4º y 4º aplaudidos en el arrastre; 3º, 5º-bis y 6º, que recibió
pitos, sin fuerzas ni fijeza. El 5º fue devuelto por debilidad en los
cuartos traseros)
Diestros:
- Javier
Conde (media estocada. Silencio y pitos; estocada un poco
contraria y tendida, descabello, aviso y cuatro descabellos. Vuelta al
ruedo)
- César
Jiménez (pinchazo, estocada caidita. Saludos desde el tercio;
estocada casi entera. Silencio)
- José
María Manzanares. Debutaba como matador (pinchazo que
escupe, estocada desprendida y trasera. Silencio; estocada entera.
Silencio).
Banderilleros que saludaron: Vicente Yagües El Chano
y Manuel Valverde, de la cuadrilla de César Jiménez, en el 2º.
Presidente: Gabriel Fernández Rey.
Tiempo: soleado, un poco de aire.
Entrada: Lleno, con huecos.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla,
TorosComunicación
La polémica sobre la escenificación en el arte de Javier Conde ha sido frecuente, especialmente hace unos años cuando el malagueño exageraba de forma frecuente su improvisado toreo de inspiración. Sin embargo hoy, Conde, ha sido en La Maestranza un artista con más naturalidad y lleno de magia, un torero, un volcán de sensaciones.
La verdad es la verdad la diga quien la diga. Y unas veces las dice uno y otras la dicen otros. Esta tarde la ha dicho un malagueño con un toreo distinto, auténtico y mágico.
La obra de Javier Conde ha sido trascendental, como lo es la de todos los genios, sean de la época que sean. Pero lo cierto es que Conde ha producido un desgarrón básico en el tejido del arte de torear, y ha concretado con unas formas donde la magia y el duende se mezclan con una increíble sensibilidad plástica que cautiva y seduce.
La contemplación del largo y lento natural. La improvisación en la ligazón del trazo. Los increíbles cambios de mano para hilvanar eternos pases circulares con bellos naturales. Los desmallados trincherazos. Los cites de espalda. Los grandiosos pases de pecho. Razones, todas, suficientes que definen lo que es posible encontrar en la interpretación admirable de un toreo sublime.
Javier Conde, creó ese momento en que lo real se trasmutó en toreo imaginario y la vida halló una vía de escape, con un toro hecho a modo de tan peculiar torero. Con un toro chico, flojo, que fue necesario no picar, noble como él sólo, de pronta embestida y fijeza sin límites. Con el toro idóneo para el torero idóneo. Faena memorable, la que realizó el malagueño al cuarto “juanpedro”. Faena que rompía con lo establecido y poseída por la pasión. Faena completa y admirable que acabó sin la rúbrica de la obligada estocada. Una lastima.
A Conde no le gustó el soso primero, y quizá por ello no se esforzó en el intento del obligado cruce para el cite. Desistió del natural y acabó pronto con la espada.
La corrida de Juan Pedro Domecq adoleció de casta y de fuerza, aunque resultó noble y sin complicaciones. La pronta y fija embestida del cuarto, el mejor, y el pastueño ir y venir del segundo destacaron sobre los demás.
Y fue con este segundo de la tarde, con el que Cesar Jiménez se lució con la capa en bellos lances a pies juntos y verónicas lentas y muy de verdad en el quite. Para después construir una faena, con algún que otro altibajo, pero con muletazos de una belleza terrible y una extraordinaria fuerza, que de inmediato llegaron a los tendidos. Ya con el toro muy apagado, unos largos y eternos naturales, ligados y muy ajustados pusieron punto final a un trasteo con pinceladas de un parsimonioso y buen toreo que nos agasajó la vista y los sentidos. El falló con la espada le privó de un merecido trofeo. Al desrazado quinto, lidiado como sobrero, poco tiempo tuvo para el obligado intento de lucimiento. El toro, agotado y sin casta en sus adentros, se echó antes de entrarle a matar.
El joven Manzanares se encontró con el inválido tercero, y con el flojo y descastado sexto. Y así, claro, al nuevo matador alicantino se le esfumaron los ánimos. Sólo algún que otro natural de buen trazo a su primero, y un esporádico muletazo en redondo a su segundo, certificaron su presentación como matador de toros en esta plaza. Ahora toca esperar.
El
País. ANTONIO
LORCA. Novillos de peluche
Vaya por delante que los toros que salieron ayer al ruedo de la Maestranza eran impropios de la categoría que dicen que tiene esta plaza. Novillos mejor presentados han salido a este ruedo en cualquier festejo veraniego. Pero a ver quién es el guapo que le pone el cascabel al gato y adopta la decisión de rechazar una corrida de Juan Pedro Domecq en Sevilla, y se expone a la suspensión del festejo en sábado de preferia. Pura ciencia ficción.
La realidad es mucho más cruel. La autoridad aprueba una corrida impresentable a sabiendas de que el público festivo no se sentirá defraudado ni herido en su dignidad ni en su cartera.
Y así ocurrió. Salieron uno a a uno, sin trapío, sin pitones, sin hechuras de toro, inválidos por más señas, y sólo se devolvió el quinto, cuando otros tres debieron seguir el mismo camino.
Después está su comportamiento. El ganadero ha conseguido desnaturalizar el toro bravo y convertirlo en un novillo de peluche, blandito, dulce, frágil, y tan suave que dan ganas de acariciarlo. El ganadero ha erradicado de sus pagos el toro poderoso, con cuajo y seriedad, que impone respeto y miedo.
Y el público festivo, tan contento y feliz.
A estos novillos los matan tres jóvenes considerados artistas que, en líneas generales, ejecutan un toreo de acompañamiento y se olvidan de aquellas reglas tan obsoletas de parar, templar y mandar. Toreros que más parecen bailarines, muy ceremoniosos, pendientes de su compostura, empalagosos en las formas y cursis hasta la exageración en momentos de auténtico trance personal que rozan la más absoluta ridiculez. Ellos, como los toros, han cambiado el poderío por la suavidad de las formas, y su toreo es tan efímero como sus contoneos.
Pero a muchos les entusiasma y están en su derecho. A Javier Conde, por ejemplo, se le escapó un gran triunfo por el mal manejo del descabello. Su faena al magnífico cuarto de la tarde levantó al personal de sus asientos por su gran plasticidad. Lo citó de largo por el lado derecho y consiguió tres buenas tandas de redondos, en los que sobresalió la calidad del animal, aunque hubo ligazón. Entró en trance al tomar la zurda y dibujó el larguísimo pase de pecho y después tres circulares abrochados con un pase del desprecio que llevaron el delirio a los tendidos. Es Conde torero de inspiración y creatividad, pero parece más pendiente de sí mismo que de su toreo. Mejoró, no obstante, la negativa impresión que había dejado en su primero, manso y descastado, ante el que se mostró sin ideas y temeroso.
Tampoco le anda a la zaga en cursilería César Jiménez, si bien toreó con más hondura a su primero, al que citó desde los medios en un pase cambiado por la espalda que repitió tras ser desarmado y cerró con un magnífico de pecho.
Embarcó la embestida por el lado derecho, pero mejoró mucho en una tanda de naturales largos y templados. Un garboso molinete dio paso a un pinchazo que esfumó toda posibilidad de triunfo. Antes había toreado bien a la verónica y en un ajustado quite por chicuelinas. El quinto era un muerto en vida.
El más joven, Manzanares hijo, ha quedado inédito por la invalidez de su lote. Parece, sin embargo, que es el que menos se mira en el espejo y más torea. Tiene buenas maneras y torería en sus ademanes. Pero los artistas de Domecq le dieron calabazas.

El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Divino Conde con un 'novillo' ejemplar
Más que antagónicas, las empresas de La Maestranza y Las Ventas parecen complementarias; se descuelga Morante de la Puebla de Sevilla, y Toresma le abre los brazos. Huyen de Madrid Conde, Jiménez y Manzanares, y viene Canorea y los coloca a los tres de golpe en un mismo cartel. Bien estuvo esa contratación compensatoria, pues Jiménez anduvo más fresco y menos amanerado y mecanizado que la temporada anterior; y Javier Conde fue el acabose.
Se dirá que, con esos novillos, el acabose es pan comido; pero otros, con parecido material, no pegan un pase. José Mari Manzanares anduvo entre ausente y desmotivado. Si bien un natural en el que cerraba plaza encandiló a sus partidarios. Junto a esa joya, muchos trapazos, muchos enganchones y mucho fueracacho.
Por cierto, y ya que he traído a colación a Morante de la Puebla, si es verdad que en Barcelona algunos van a publicar un manifiesto pidiendo la vuelta de José Tomás para contrarrestar la campaña antitaurina del Ayuntamiento, yo me apunto a esa vuelta y a un manifiesto también por la vuelta y amnistía del atribulado Morante de la Puebla. Toreros así, tan frágiles y a la vez tan indispensables, no pueden perderse. Ahora que Morante ha bajado a los infiernos oscuros de su soledad, a ver si por algún milagro de la ciencia o de la voluntad halla la luz. Yo pido para él también un manifiesto y una amnistía.
Toreo de fantasía
Quedamos pues en que los toros de Juan Pedro fueron una novillada ejemplar; unos torillos recentales y comodísimos que posibilitaron, en especial el cuarto, el toreo de fantasía que Javier Conde no había podido soñar en el primero. Soñar, esa es la palabra: sueño, sentimiento y fantasía; quietud y temple. Javier Conde, al que la gente se le puso de uñas en el que abrió plaza, ascendió a los cielos con el noble y enrazado novillo cuarto: tres tandas de derecha, una de izquierda y los consiguientes engarces de remate y un pase de pecho sobrenatural armaron el alboroto. La faena empezó en el 10 y acabó en el tendido de enfrente, pero la torería de Conde disimuló el peregrinaje. Falló con el descabello, mas los ánimos apenas se enfriaron.
No sé qué pensará Baura y su máximo exégeta Martín Ferrand, pero a mí me inquietan más estas corridas que lo de Barcelona, «Ciudad Antitaurina». Sé que esto no va a tranquilizar a Salvador Távora, portaestandarte de los ejércitos defensores de la fiesta. Pero lamentaría que la bobada de los ediles de la Ciudad Condal generara un sentimiento político anticatalanista desproporcionado. Y que conste que uno ha sido charnego en Cataluña, como fue maqueto en el País Vasco y cristiano entre la morisma.
Me preocupa más, para el futuro de la fiesta, sus tendencias autodestructivas y la capacidad suicida de los taurinos para la aniquilación del toro de lidia con todos sus atributos. Me alarman novilladas como la de ayer que pasan por corridas de toros y que, encima, son aplaudidas; disparate de toros, aunque posibilitaran el arte de Conde, las verónicas a pies juntos de César Jiménez rematadas con una primorosa larga y su bien construida faena en su primero en especial por la derecha, que bien pudo haberle dado una oreja.
Y me inquieta mucho más el conformismo de aficionados y críticos; han bastado en esta feria dos toros nobles de cuadro, dos toros de ejemplar casta de Jandilla, aunque devaluados por la manipulación; ha bastado el lujo torero de Rincón y Javier Conde, para que la basura contextual de tantos momentos y tantos simulacros de toro se haya olvidado. Y, lo que es peor, para desdeñar la naturaleza de los vitorinos.
Eso es lo preocupante y sé que este argumento no va a convencer a Salvador Távora, el fundador del legendario grupo de teatro La Cuadra. Le sirva o no, yo le estimulo a que siga en la lucha y me ofrezco, incondicional, como escudero. De su proyecto de reforma de la corrida, vuelta al maridaje entre el toreo de a pie y el toreo a caballo, hablaremos otro día.

TorosComunicación.
Francisco
Mateos.
La magia de Javier Conde crea ilusiones efímeras
La magia de Conde, Javier Conde, llegó a la Maestranza. O más bien cabría preguntarse si esa magia la trajo un toro desde la finca Lo Álvaro en El Castilloe las Guardas, en plena sierra sevillana, un toro de Juan Pedro Domecq. Porque un mago -creadores de ilusiones al fin y al cabo, ilusiones efímeras además- no es nadie si no tiene varita mágica, a lo Harry Potter. En la varita residen todos los secretos del mago ilusionista. Y ese cuarto toro de Juan Pedro fue la varita mágica para un Conde transformado en creador de sueños y diseñador de ilusiones. El toro, el cuarto de lidia, fue noble, humilló y tuvo recorrido. Tenía el defecto de la querencia a toriles, y quizá el malagueño debiera haberlo cerrado algo más a los tercios de sombra. Con un toro 'a modo', Conde dibujó un toreo estético y plástico, pero esta vez con hondura y con menos 'trance' y puesta en escena. Cierto es que no se rompió con el toro, pero hubo solemnidad y hasta pellizco de verdad en los remates por bajo, y mucha verdad en los de pecho. Tenía su gran triunfo en la mano pero tras la estocada el toro se amorcilló y el malagueño falló con la cruceta. Antes, en el primero de la tarde, no estuvo bien, sin colocarse y tocarlo para que embistiera.
Alguien debe decirle a César Jiménez que ser ceremonioso en el toreo no es caer en remarcadas posturas o cursis andares, tan rectos que parece estar en contra de la naturalidad del toreo. Parece este Jiménez un torero demasiado estirado, demasiado mayestático y de posturas forzadas al brindar, andar, hacer gestos o indicaciones a la cuadrilla, al saludar en el tercio... A su primero le cuajó buen toreo de capote y en la muleta se enroscó muy de verdad al 'juampedro' a la cintura, perfectos de trazo. El toro se fue viniendo abajo, pero antes había dado el juego necesario para que este César de Madrid redondeara una faena de mucho gusto. Su segundo fue devuelto por otro inválido, y este sí se quedó en el ruedo (?).
Manzanares apenas tiene barba en la cara... pero va de maestro. En el noble pero blando primero jugó a torero artista; será que eso, el arte, también se hereda... o so le han dicho. Lo cierto es que en este primero aburrió al personal. En el sosote último, lo
mismo
Diario de Sevilla.
LUIS
NIETO. Ramalazos de arte de Conde
El malagueño Javier Conde se metió en el bolsillo al público de la Maestranza por una faena que malogró por el mal uso del verduguillo. Si les cuento que Conde no se perdió con excesos de teatralidad entre serie y serie, no me creerán. Pero fue así. El malagueño deslumbró con ramalazos de arte, dentro de una obra sobre ambas manos y toreo fundamental, en la que primó, eso sí, el acompañamiento a un toro mansito, que iba a su aire. Conde apenas esbozó lances de interés al recibir a este sobrero, castaño, que no se entregó en ningún momento de la lidia, pero que tuvo nobleza y movilidad. En la muleta, el torero dibujó con la diestra muletazos con sello muy personal en dos series, en las que, más relajado que de costumbre, estiraba el brazo y remataba atrás. Todo ello con naturalidad y verticalidad. Pero fue faena de golpes artísticos, que algunas veces brotaron a borbotones, con parte del público deslumbrado y la banda de Tristán amenizándola. Entre esos ramalazos, con la izquierda, atrapó al toro, de largo, en un semicircular invertido de bella composición. Entre esos fogonazos, remató con la zurda una tanda en un pase de pecho interminable en el que obligó tanto al toro en círculo, que acabó casi enroscándoselo a la cintura. Entre esos carteles de toros que dibujó, el remate de una serie, desmayando la figura, en una composición que hizo saltar al público como un resorte. Y entre esas mágicas imágenes, las capeínas finales, en las que la figura quieta del hombre contrastaba con el movimiento del toro tras la muleta. Conde, que había alargado un punto la faena, después de una estocada desprendida, echó mano del verduguillo antes de que sonara un aviso, entre tanto propinaba cinco golpes, que fueron una lamentable rúbrica a una obra personalísima y bella, con algunos toques de inspiración. Estocada, cinco descabellos, un aviso... pero al público estaba ya desatado y pidió una oreja que no fue concedida. Habría cobrado los dos trofeos, de matar a la primera. Entre bulerías, Conde, a medio llorar, inició su agridulce vuelta al ruedo.
Al que abrió plaza, el malagueño lo recibió con algunos lances de buen corte. Y en la muleta, fuera de cacho, desplazó en muchos momentos al noble animal hacia fuera para ganarse a pulso los pitos del respetable.
César Jiménez también estuvo a punto de triunfar en su primero, un buen toro en su conjunto, que acusó una tremenda voltereta en su condición física. El madrileño lo recibió con buenas verónicas a pies juntos, volvió a gustarse con la capa en un quite de tres hermosas verónicas y una gran media. Y en los medios, en un inicio en el que tuvo que acortar la distancia, insistió en dos ocasiones en pases cambiados por detrás que impresionaron a la parroquia. Luego, un desarme. En las afueras, con la diestra, ligó en una primera tanda, muy ovacionada, y se arrancó la música. El madrileño se superó en una segunda serie por ese pitón, metido en el terreno del toro, al que imantó en su muleta, que movió con más lentitud y gusto. La primera tanda de naturales surgieron largos; pero al toro se le acabó la cuerda. El epílogo, con unas vulgares manoletinas, fue en tono menor. Con todo a favor, falló a espadas.
Con el quinto, un astado sin clase, ni recorrido, que llegó a echarse en la muleta, estuvo voluntarioso en un trasteo sin historia.
Manzanares, impreciso e inmaduro, pasó inadvertido con un lote inválido. Un grito que salió del tendido, con mucha guasa, reflejó la carestía de emoción: "-¡Música, maestro!", entre tanto el torero propinaba pases sin mérito alguno.
El alicantino dejó una pobre impresión en el que cerró plaza. No se entiende un comienzo de faena doblándose con un toro sin poder, ni la acumulación de pases sin sentido en otro trasteo sin emoción alguna.
La corrida de Juan Pedro Domecq adoleció de falta de trapío, de casta y de fuerzas. Pero Javier Conde, con sus chispazos de arte, y César Jiménez, con su seriedad, lograron un espectáculo ameno.
ABC. Zavala
de la Serna. Sordera personal con el toreo de Conde
Padezco una sordera grave con el toreo de Javier Conde. Sus sonidos no baten las membranas de mis tímpanos y tampoco me conmueven el espíritu. Y sufro. Sufro porque veo que los tendidos se agitan y hacen la ola puestos en pie, y a mí no me remueve el alma. Empiezo a deducir que soy insensible a Conde, a sus paseos, a sus desmayos. Como Rodríguez Marchante al cine de Medem o yo mismo a las películas de Almodóvar. No me colmo como el resto. Lo grave es que veo las verónicas acartonadas de César Jiménez y oigo los oles que las corean, ¿tal vez de las mismas gargantas que coreaban los lances de Curro hace un lustro?, y no conecto. Me estoy perdiendo algo, el toreo de Conde y de Jiménez de momento, que se anuncian en todas las ferias de tronío. Menos en Madrid, claro. Por San Isidro no aparece una monada de Juan Pedro Domecq como la de ayer ni de coña, ¡qué agradable! Ya es casi el último punto con el que acabo de aceptar que mi ser es de otra época. Digo casi porque me falta José Mari Manzanares, otro que no quiere pisar Las Ventas, al menos con la sinceridad de reconocer su falta de preparación. Manzanares júnior me produce desasosiego, otra forma de lacerarme: con esas condiciones y ese empaque, qué tiempo más bonito está perdiendo. Es al que más lamento de los tres artistas de ayer, porque sí que me resultan audibles algunas voces de sus muletazos, aunque sea con la lejanía del lenguaje de los delfines. Y creo que podría traducirlos si le bajase la mano a algún toro, que ayer no había material para eso, o si no les quitase la muleta de la cara en cuanto le repitieran dos veces. ¡Con la escasez que tenemos!
Jiménez disfrutó del mejor torete de la corridita de Juan Pedro, un colorao con la cara lavada y 526 kilos en la tablilla. Coreó la Maestranza sus lances de cartón piedra, su apostura de muñeco de tarta de primera comunión, todo vestidito de blanco. Yo, obvio es, no vi sobre este albero las verónicas de Curro Puya ni de Cagancho, pero las fotografías de aquellos lances que despertaron poesías creo que no las inspirarán las de César Jiménez. Salvo que mis creencias se equivoquen, lo cual es muy posible a tenor de los votos de la mayoría. Y en democracia ya se sabe que las minorías pierden, salvo las nacionalistas. Los muletazos cambiados por la espalda y los derechazos acompañando el viaje noble del juampedro me dejaron indiferente, como los naturales sin rebozarse, cuando la faena caía en picado en la nada absoluta. Perdió con la espada, con un pinchazo y una estocada rinconera, una oreja que no se merecía. Las cualidades y las calidades del astado superaron las suyas que no comprendí. Devolvieron al quinto y apareció el sobrero, el más toro por fuera y el menos toro por dentro, que incluso se echó en mitad del tercio de muerte muerto, lastrado de los cuartos traseros, huérfano de casta.
La hora de Javier Conde sonó con un cuarto sin cara y rajadito, un mansito que embistió fácil y bobilísimo. Y, a pesar de que Conde le enjaretó una tanda de derechazos con la mano baja, a veces con un embroque notable, otras con la figura por un lado y la embestida por otro, como algunos naturales a favor de querencia, donde repitió circulares invertidos, y un pase de pecho interminable que sí capté para mi tranquilidad, no percibí la sensibilidad de ese arte que levantaba los graderíos en un clamor. Conclusión: mi sordera me produce mala leche. Pero la culpa es sólo mía. Si no descabella cinco veces tras un espadazo atravesado, en lugar de una sola oreja le hubieran solicitado las dos, equiparando lo suyo con la faena sobria y auténtica de César Rincón del día anterior. El gentío, como el torero, se quedó sin oreja, mas satisfecho, y eso sin contemplar la faceta más barroca y coreografiada del matador malagueño, que si la ven se desbocan por los tendidos. El que abrió plaza, buenecito y rebrincado, no le transmitió la inspiración necesaria.
Manzanares se dobló incomprensiblemente con el sexto, un anovillado ejemplar, uno más, quiero decir. Le quebró lo poco que portaba en su interior. Al anterior, un jabonero sucio sin fuelle ni poder, le sacó un derechazo cumbre, y cuando le iba a repetir le privó del engaño. Un pase de pecho recordó al viejo Manzanares, aunque como está no se sabe quién es el viejo.
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