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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del martes, 20 de abril de 2004
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Hermanos
Guardiola Domínguez
y Herederos de
Salvador Guardiola Fantoni (desiguales de presentación,
faltos de bravura y casta; sin fuerzas ni fijeza. El cuarto fue
devuelto por
flojo)
Diestros:
- El
Califa (dos pinchazos, media
estocada, aviso, cuatro descabellos. Silencio; tres pinchazos,
estocada caída, saludos)
- Antonio
Barrera (media perpendicular.
Silencio; pinchazo hondo que escupe, descabello. Silencio)
- Sergio
Aguilar (estocada trasera,
saludos desde el tercio; dos pinchazos, bajonazo -municipal-
descabello, silencio)
Presidente: Gabriel Fernández Rey
Entrada: más de media
Tiempo: soleado
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Guardiola, nuevo descalabro torista
Que en una corrida de las denominadas toristas, lo más ovacionado sea la eficacia del cabestrero Florito tiene miga ¡Viva la casta! ¡Viva la bravura! En el tendido se cruzaban alabanzas, con guasa, mucha guasa, por el juego y presentación de las dos últimas corridas ¡Viva los cebadagagos! ¡Viva los guardiolas! Y venga saludos y a darle a la sin hueso. Que si yo he venido de Valencia.... Que si la tarde es espléndida... Comentarios del personal, por doquier, para entretenerse ante un espectáculo denigrante. Como continúe así el tramo torista, conozco de algunos aficionados que se atan con grilletes en sus casetas de feria. Y luego dirán que el público no va a los toros ¿A los toros?...
Los astados de Cebada Gago no hicieron honor a esa bella palabra ni en su morfológica. Arrobas de carne en exceso, incluso alguno, como el cuarto, abueyado, parecía haberse escapado de la parada de cabestros. ¿Y en juego? Ahí, cobramos el reintegro, con el cuarto, que lo habían dejado de sobrero ¡Como andan de olfato! Pero lo demás, exasperó a todos, a los toreros y al respetable.
El Califa lo pasó muy mal con el descompuesto y mirón que abrió plaza. Un animal siempre atento al bulto, hasta que se le tiró al pecho al valenciano, que se libró de una cornada cantada de milagro.
En el cuarto, el único toro potable del encierro, El Califa apostó fuerte, pero le faltó picardía y temple. Picardía para cuajar las veinte buenas arrancadas que tuvo un astado con buen tranco, y mejor calibre a la hora de mover la muleta. En los medios, dando distancia, comenzó con una serie vibrante -cuatro y el de pecho- que levantó el ánimo del del torero y del público. En la segunda, hubo menos intensidad emocional. Con la izquierda, templó más en una serie cortísima, la más templada. Y sobre la zurda terminó lo que quedó en un esbozo de faena bien construida, pero sin resolver a lo grande. Para colmo, El Califa, volvió a mostrarse como un pinchaúvas -¿una broma del destino?-, con un toro bautizado con ese nombre. La labor de José Pacheco fue acogida con ese silencio de la Maestranza que tanto duele, un veredicto inapelable por una labor que no cobró altura.
Antonio Barrera estuvo entonado en las verónicas de recibo al segundo. El toro se acabó en dos puyazos -en el primer sangró sobremanera-. Tan justito quedó, que perdonó a Sergio Aguilar, que se había quedado vendido al perder pie en su quite. Luego, Barrera insistió en vano ante el animal, un marmolillo.
Muy atento, Antonio Barrera protagonizó un quite salvador, a cuerpo limpio, a Manolo Corona, que salió apurado de un par de banderillas al quinto. El diestro sevillano, en los tercios, movió bien la franela en una primera tanda con la diestra, que resultó vibrante. La segunda, por ese pitón, tuvo menos intensidad. Con el toro quedándose ya corto y rajado, acabó metido entre los pitones.
Sergio Aguilar, en su presentación como matador de toros en la Maestranza, apuntó las mismas cualidades que fijó como novillero: seriedad, quietud, valor sereno. Pero su lote fue infumable. El madrileño gustó mucho en las cuatro verónicas a pies juntos con las que recibió al tercero de la tarde, un monumento al valor sereno y el temple, y en un quite por chicuelinas bien cincelado, que también caló en los tendidos. Pero tras el tercio de varas de rigor, el toro se derrumbó como un castillo de naipes. Sin emoción, su labor no fue tomada en cuenta.
No se desanimó Aguilar, que recibió al sexto con una larga cambiada de rodillas en el tercio. A la verónica, con el toro sin celo alguno, no logró lances de interés. Con la franela, ante la visión de un toro-anuncio, con sangre de hornchata, se metió en su terreno, en una labor imposible; entre tanto el personal abandonaba los tendidos al grito de "¡¿A la tercera, con los cuadris, será la vencida?!...
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Así, imposible.
Sirva lo mismo de lo contado ayer para definir lo de hoy. No hay nada de lo ocurrido hoy que diferencie lo ocurrido ayer. El preámbulo torista de la feria está llenando de pesimismo a más de uno.
Algo está cambiando en una familia de merecido prestigio ganadero. Guardiola no es Guardiola. Toros como los lidiados esta tarde no merecen llevar tan arraigado nombre ganadero. Lo que antaño se denominaba reserva de la bravura es ahora una fábrica para reproducir animales mansos, descastados, feos, grandullones, inválidos y sin una pizca de emoción.
Este no es el toro de Guardiola. ¿Por qué lo han cambiado? ¿Por qué el desprestigio de unos toros agotados y moribundos? ¿Por qué han permitido este desaguisado? Cualquiera sabe.
No es esto, ni mucho menos, un alegato a favor del dramatismo fácil. Ni un aprovechamiento desahogado de los acontecimientos. Sólo el resultado de otra tarde desoladora que inevitablemente comienza a ser familiar. Quiera Dios que pronto cambie.
No hay más historia que contar. La emoción no existió. Solo Sergio Aguilar dejó patente su torería no más pisar el albero y recibir con lentos y rítmicos lances a pies juntos al tercer guardiola. Fue lo único que hizo despertar del tedio. Todo lo demás fue un vano intento del madrileño para hacer pasar por la tela la nula embestida del inválido toro. El desrazado y grandullón sexto se le paró nada más iniciar la faena de muleta. Y así, imposible.
El Califa lo pasó muy mal con el primero. Fue este un manso y orientado toro que buscaba al torero con saña. Se la jugó, José Pacheco, y lo mató como pudo. Al sobrero que hizo cuarto, el más noblón de la corrida, se lo llevó a los medios y consiguió allí trazar buenos muletazos. Sin duda, fueron los naturales lo más ilusionante de la efímera faena del diestro valenciano. Las escasas fuerzas del desproporcionado animal no dieron para más.
Otras ilusiones, las del sevillano Barrera, se truncaron con el descastado segundo. Vibrante en el toreo de capa, no pudo después hacer pasar por su muleta, ni una sola vez, al manso mulo. Con el destartalado sexto principió faena con esperanzadores muletazos con la diestra. Pero para no ser meno que los que ya estaban en el desolladero, el noble guardiola se paró.
El
País. ANTONIO
LORCA. La metamorfosis de Guardiola
La sima de Guardiola es tan profunda como alta fue antaño la cima a la que se encumbró por la bravura de sus toros. Antes eran la alegría de la casa; salían pidiendo guerra, se encelaban con los caballos; bravos y alegres en banderillas, llegaban incansables a la muleta, y así acabaron con más de una incipiente carrera de aspirante a figura. Ahora no pasan de ser animales bicornes con cuatro patas, y, además, inanimados, amorfos, enfermos o muertos en vida. Nadie se explica tan extraña metamorfosis. Y, bien pensado, ¿habrán pasado por el estado de mariposa?
Lo cierto es que esta ganadería antes era buena y ahora es mala. Sin más. No hay explicación científica posible que explique tan peculiar evolución del toro. Y alguna tiene que existir, porque no es normal. Resulta extraño, ¿verdad?
¡Ay, si los taurinos, los que dicen amar a esta fiesta hasta los tuétanos, quisieran...!
Lo cierto es que ésta era la segunda corrida esperada como torista y fue un segundo petardo clamoroso. Fue una auténtica pena comprobar cómo una divisa legendaria, que tiene la dehesa plagada de premios ganados a pulso por toda la geografía taurina, quedara hecha un guiñapo en el ruedo de sus mejores triunfos.
En el recuerdo más cercano permanece el nombre de la ganadera María Luisa Domínguez y Pérez de Vargas, esculpido en un azulejo colocado en esta plaza, como acta notarial de tardes inolvidables.
Pero parece que han transcurrido siglos, y sólo han pasado unos años, una prueba más de la rapidez de la decadencia.
Conclusión: no hay toro. Y sin toro no hay fiesta. Sin toro todo es falso. Sin toros, los toreros se asemejan a caricaturas de sí mismos. Sin toros, fin, se acabó.
Ninguno se salvó de la quema para sonrojo del ganadero. A ninguno le quedaba una gota de casta en el cuerpo. Y entre todos protagonizaron una tarde más de profundo sopor, de decepción profunda, de hastío general.
Todos los toros salieron al ruedo sin vida, beodos o enfermos, quién lo sabe, pero inservibles para eso que llamaban lidia.
Y allí había tres toreros necesitados de triunfos, como casi todos en la vida, pero desarmados ante la imposibilidad manifiesta de sus oponentes.
El Califa se llevó, quizá, la peor parte, porque le tocó el único peligroso, de auténtica mala uva del encierro, que desarrolló sentido, y se lo hizo pasar muy mal al torero. El Califa no mostró muchas aptitudes lidiadoras, ésa es la verdad, pero el toro era un regalo. Quiso enmendarse ante el descastado cuarto, consiguió algunos derechazos aprovechando el viaje, y hasta le tocaron la música sin venir a cuento, porque la faena era triste como la embestida cansina del animal.
Antonio Barrera lo intentó, pero no pudo ser porque aquello era imposible. Su primero era una nulidad total, y quiso pelearse con el quinto, pero la pelea parecía de broma.
El más joven, Sergio Aguilar, ejecuta un torero estático, que resulta frío cuando los toros no le acompañan. Se lució en unas verónicas a pies juntos y un garboso quite por chicuelinas en el tercero, y dio algunos pases sin ton ni son al sexto, mientras el público, desesperado, abandonaba los tendidos.
Por cierto, volvió Florito, devolvió con rapidez al toro devuelto y se ganó una gran ovación.
ABC. Zabala
de la Serna. Guardiolas inválidos de alma y bravura
Como devuelvan toros por falta de bravura y casta, Florito se hace figura en Sevilla. Por esa regla de tres, la corrida entera de Guardiola debió volver a los corrales. Y media cabaña ganadera. No se observó una invalidez distinta en el cuarto que la de su alma mansa de marmolillo. Pero el presidente, ante las protestas, ordenó a El Califa moverlo, que ya es lo que faltaba, que el usía de turno se crea que su mando en los corrales en el reconocimiento se amplía al ruedo. Y no señor. Los motivos que no haya visto en el tiempo de lidia transcurrido, una vez ejecutados los dos puyazos, no le otorgan ninguna potestad para mandar a los toreros, así con las manitas muertas, que peguen un capotazo para allá y otro para acá para tratar de hallar las razones que engordan las protestas. Algo avistó el palco en el pétreo toro para asomar el pañuelo verde, una cojera tal vez. El mayoral de Las Ventas resolvió breve y fácil por segundo día consecutivo. Florito, el callado sabio de los corrales, como una vez le bautizamos en un reportaje en ABC, el más seguro fichaje de Eduardo Canorea para abril, ahorra tiempo, que en una tarde insufrible como ésta se agradece doblemente.
Como de agradecer fueron los lances de acompañamiento, a pies juntos, con que Sergio Aguilar saludó al tercero, y su quite por chicuelinas, firmes las zapatillas en el albero. Aguilar quiere seguir la senda de José Tomás, lo cual no es mala cosa. Al menos se parece una enormidad en su apostura, en la forma de presentar el capote, en la manera solemne de andar. Lo malo de las copias, o digamos mejor influencias, es que casi siempre se acaban heredando más los defectos que las virtudes, patrimonio natural del artista original. Apenas castigaron al guardiola en el caballo -éste sí que podía haber sido devuelto-. Con todo y con eso, nada más principiar la faena de muleta, con la izquierda en el mismo platillo, rodó como una pelota. Ni las templadas medias alturas aliviaron su lastre de fuerza y mansedumbre, y se fue apagando como un candil sin alcohol. Cobró una estocada defectuosa pero suficiente. No hace bien la suerte, algo que quedó más patente con el inmóvil sexto.
El Califa pasó las de Caín con un buey que embestía a oleadas, sin fijeza ninguna. En una de ellas lo desarmó y le enganchó un pitonazo en el pecho para dejarlo seco. Con semejante prenda se atisbaron más las carencias técnicas de José Pacheco, que despegó en las primeras series diestras de la faena al cuarto bis. Impuso la ligazón, que es lo que hace que lo suyo suba por los tendidos por encima de la estética o la plástica de su toreo, e incluso arrancó a la banda del maestro Tejera un pasodoble. Mas el guardiola mantuvo la tónica desinflada de sus hermanos: para cuando El Califa agarró la izquierda, su mejor arma por su mejor muñeca, poquito había ya que sacar. No mató ni ahora ni antes, y la cosa se difuminó.
Antonio Barrera, tras meses inactivo por una lesión de rodilla, se estrelló con el segundo, que hacía hilo y se paraba, y con el quinto, de pavorosa cabeza e inmenso cuerpo (seiscientos catorce kilos), que se desplazó en la línea del sobrero cuarto, durando muchísimo menos. Una serie de derechazos y sanseacabó.
Los hondos y orondos guardiolas, versión Villamarta, inválidos de alma y bravura, se subieron al desastroso carro de las corridas de Cebada Gago y José Luis Pereda; hoy los cuadri -dicen que viene un hermano del toro premiado el pasado año como el mejor de la Feria- y mañana los victorinos deben cambiar el panorama de la, hasta ayer, desesperante semana torista, que no ha calado en el público sevillano a la vista de los menos de tres cuartos de entrada diarios.

El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Resignada desesperación
Otra vez La Maestranza en pleno ovacionó a Florito por su eficacia con los cabestros: como en Las Ventas. Y dar tratamiento de figura a un mayoral de bueyes, es exagerado. Al fin y al cabo, aunque sea de agradecer una eficacia que abrevie tostones eternos como los del otro día, no pasa de ser un trabajo auxiliar de matadero. Enhorabuena a Florito por los tres minutos escasos que invirtió en envolver al desahuciado guardiola y llevárselo a los corrales; pero cada cosa en su sitio. Contribuyó, eso sí, a aliviar la desesperación que a esas horas ya eran insuperables en La Maestranza.
Ante toros como el primero de ayer, José Pacheco, El Califa, que es título de rango superior, va a quedarse en moro de a pie sin califato y sin nada. Es penoso ver a aquel torero que arrastraba la izquierda en un toreo al natural, desgarrado y puro, sin saber qué hacer delante de un toro, aunque tenga aviesas intenciones como el manso primero. No sé qué le desconcertó más: si el imprevisible arreón del manso que se tragó malamente tres muletazos seguidos o la docilidad blandengue del sobrero que se lo tragaba todo.
Con este sobrero cojo, blando y noble, El Califa pasó de la desesperación al limbo. Apenas se tenía en pie el guardiola, embestía desfalleciente y El Califa empezó a flotar en una nube de algodón, llena de muletazos también algodonosos. Agradeció la concurrencia la suavidad de toro y de torero y ovacionaba a los dos. Mas con la espada reapareció la desesperación como sentimiento personal y catarsis general.
La alegre galopada hacia el caballo fue lo más florido del segundo y en ella se agotaron promesas y discursos de toro bravo. No había sitio por el que meterle mano y Antonio Barrera alcanzó parecidos niveles de desesperación a los que había accedido poco antes José Pacheco. Es difícil elucidar la desesperación de los toreros. No es comparable a nada, no depende sólo de ellos mismos, sino también de públicos y toros. Lo cual la configura como una variante indescifrable de la tragedia. Parece un sentimiento efímero, una circunstancia pasajera, mas se asienta en el ánimo de los toreros con una determinación implacable.
Muy desesperados tenían que estar los toreros de ayer ante sus toros para descomponer el gesto y cambiar la color de su cara con la facilidad y perplejidad con que lo hicieron. Desconcertado Barrera ante la inmutabilidad de hielo y piedra de los guardiolas.En momentos así, uno se explica la espantada de Morante, que también debe haber sido cosa de desesperación sin límites, desesperación absoluta ante un triunfo imposible y una gloria lejanísima y esquiva; sobre todo teniendo en cuenta que Morante era, es, un elegido de los dioses, que ciegan, dicen, a los que quieren perder.El Califa, Barrera y Sergio Aguilar no son criaturas divinas, sino mortales, cuyas aspiraciones, aunque sean inmensas y legítimas, hay que circunscribir a su justa medida: sobrevivir en este abrupto mundo del toro y labrarse un decoroso porvenir.
Pareció que Sergio Aguilar podía escapar a ese vendaval de desesperación que devastaba La Maestranza, pero tampoco. Al final, después de dibujar la verónica leve a pies juntos y rematar la tanda con una suavísima larga, su primer toro se le acabó antes de tiempo. El otro salió ya acabado. Alguien pidió su vuelta a corrales, aunque sin excesivo convencimiento. A esas horas, la desesperación era un estado de ánimo colectivo apacible y resignado, por paradójico que esto pueda parecer. Era una desesperación muy rara; como si después de ver los patéticos guardiolas de ayer se avecinara el fin de los tiempos, el apocalipsis taurómaco. Pero esos tiempos hace tiempo que se vienen anunciando.
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