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Festejo de abono
REAL
MAESTRANZA DE
SEVILLA
Tarde del Domingo de Resurrección, 11 de abril de
2004
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrealta
(bien presentados, faltos de casta).
Diestros:
- Enrique
Ponce. Pinchazo, estocada entera trasera y atravesada (palmas);
tres pinchazos, aviso, media estocada (palmas).
- Dávila
Miura. Estocada tendida (oreja), dos pinchazos, estocada tendida
(saludos desde el tercio).
- El
Juli. Media estocada (palmas); estocada en su sitio (oreja).
Entrada: hasta la bandera.
Saludó: José Antonio Carretero y Emilio Fernández.
Incidencias: se guardó un minuto de silencio por las victimas
del atentado terrorista del 11 de marzo.
Presidente: Juan Murillo.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, ABC, Diario de Sevilla
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Dávila y El Juli, feliz reencuentro.
En verdad somos ingenuos, y quienes acudimos a esta tradicional cita, colocada como aperitivo del gran ciclo, soñamos, aún a riesgo de un mal despertar, con toros, y toreros capaces de hacer la más pura y ortodoxia tauromaquia, un arte, ni más ni menos, a disposición de quienes sólo podemos aspirar a emocionarnos con él. Y se abrió el telón… y hubo toros y hubo toreros, aunque no demasiadas emociones.
A la bien presentada corrida de Torrealta, noble como ella sola, le faltó fuerza. La necesaria para que la calidad de las embestidas de algunos de los toros transmitieran la esperada emoción a los tendidos. Destacó el segundo, y sobre todo la bondad del sexto.
A estas alturas pocos dudan de que Enrique Ponce es uno de los grandes maestros del toreo de los últimos años. Aunque no estoy seguro de que esta afirmación agrade en absoluto a quines aún le niegan tal condición. Desde siempre el toreo del valenciano ha tenido el doble componente técnico y auténtico, por una parte, y profundo y estético por otra. Así lo demostró, Ponce, en la faena al complicado cuarto. Un trasteo lleno de interés que permitió disfrutarlo, aunque quizá fuese tan imperfecto como atractivo. Hubo en los muletazos del diestro de Chiva un increíble uso del temple, una disposición rítmica que hizo sentir la emoción del toreo por instantes. Un toreo basado en el equilibrio y la serenidad, en el valor de quien lo interpreta. Y es que cada muletazo, esta vez con la diestra, rezumía fragilidad e intimidad. El fallo continuado con la espada le privó de un justo premio. Antes, con el parado primero, no fue menor el interés que despertó con sus clásicas formas.
Si hay algo verdaderamente llamativo en la tauromaquia de Dávila Miura, es contemplar como ha evolucionado su toreo. El sevillano es un torero singularmente coherente, que nunca se aparta del camino de la verdad. Muestra su preferencia por lo auténtico, y así lo hizo saber con el segundo, un buen toro al que solo le faltó algo de fuerza, Eduardo lo dejó venir para hilvanar después tandas vibrantes con la diestra, lentas y largas, profundas y bien rematadas con los pases de pechos. Faena medida, celebrada, digna de contemplación a la que sólo le faltó continuidad con la izquierda. La buena estocada ayudó a la concesión de la oreja. Más altibajos tuvo el trasteo al cuarto, donde hubo ligazón en algunas tandas con la derecha y poco ajuste con la izquierda. Esta vez la espada no entró.
Hay un sintomático momento en el que el torero decide que el talento no basta, que hay que recurrir al aval del valor para hacer cosas absolutas, infalibles y definitivas. Y definitiva fue la decisión de El Juli, en el ecuador de la faena, para conseguir al fin lo que se proponía: triunfar. Porque el madrileño comenzó con un leve atisbo de monotonía. Los pases se sucedían uno tras otro sin interés. Todo lo que le hacia al boyante sexto, a primera vista, parecía frío, como si viniera de paso, pero si lo
analizamos veremos que lo que en el ruedo pasó lo hizo un torero con fe en lo que hacía, y escondido, o no, en sus formas. El Juli demostró ser el torero cabal que en él se busca y un prefecto estoqueador. El madrileño gustó con la capa en unas ajustadas chicuelitas al tercero, y sobre todo en un torero remate a una mano. Correcto en banderillas, desistió después clavar al sexto. La perfecta estocada a este último de la tarde bien mereció la oreja.
Diario de Sevilla.
LUIS
NIETO. Dávila apuesta de nuevo fuerte y El Juli crece en madurez
La tarde fue agradable en muchos sentidos. En lo climatológico hasta prácticamente su epílogo y en lo artístico, donde no acabó de rematar la cosa debido al escaso juego de los toros de Torrealta. En cualquier caso, vimos a un Eduardo Dávila Miura siempre auténtico, con sus virtudes y sus defectos por esa valentía de no taparse, en una actuación en la que puntuó en su debut en Domingo de Resurrección; y a un Julián López El Juli, que continúa subiendo peldaños en esa madurez que está a punto de alcanzar cuando apenas ha entrado en la edad veinteañera. Y en tercer lugar, daba gusto ver la plaza de toros de la Real Maestranza de gala, acicalada, compuesta para su día grande en el que no cabía un alfiler.
Los momentos más importantes, de una tarde salpicada de instantáneas con prestancia, llegaron en el sexto, un toro que no se entregó en los primeros tercios, pero que tuvo un pitón izquierdo muy boyante. El Juli, que no quiso banderillearlo, nos permitió deleitarnos con dos pares soberanos de ese magnífico peón que es José Antonio Carretero. Luego, el diestro, en los tercios, anduvo algo precipitado al manejar la tela con la diestra. Pero en el toreo al natural dictó una buena lección. Templó en una primera tanda. Se gustó en una segunda serie. Y en una tercera surgieron naturales largos y mandones. De nuevo por el pitón derecho, con el toro ya en la mano, emocionó a los tendidos en otra serie de máxima quietud y notable ligazón. Como postre, se relajó en unos naturales sueltos ceñidísimos, que remató con un farol, que alumbró al torero para cerrar la faena y propinar una estocada en la que se volcó sin titubueos al volapié.
En su anterior, el tercero, un astado de escaso trapío, con la cara anovillada, y sin entrega, en sus embestidas el madrileño ganó terreno toreando con primor a la verónica, banderilleó con acierto y se mostró porfión en las afueras en una labor con altibajos. Con los palos cosechó tres grandes ovaciones en un primer par muy apretado en su reunión; un segundo con derroche atlético y un tercero, arriesgadísimo, por los adentros.
Dávila Miura, como siempre, o casi siempre, toreó a pecho descubierto. Dio siempre distancia al toro en los medios y apostó muy fuerte. De hecho, el trofeo que ganó en esta ocasión fue más por su actitud que por su aptitud. Tulipán, tan blando como la mantequilla, estuvo al límite en sus fuerzas y lo cuidaron en los primeros compases. Hubo protestas de la parroquia. Penosa fue la visión del pitón izquierdo como una alcachofa tras salir del primer puyazo. Pero lo mantuvieron en el ruedo. Y en los medios, con un Dávila generoso, dando distancia y sin forzar las embestidas, el animal fue sacando a flote su calidad. Dávila, con intermitencias, consiguió pases aislados templados. Pero por encima de todo, se ganó el respeto al tirarse con rectitud en una estocada bien ejecutada, que quedó muy tendida. Fue premiado con una de las orejas de menos peso de las que ha cortado este torero en Sevilla.
Al quinto, un toro con problemas, que no llegó a romper y al que se le tapó la salida en el tercio de varas, Dávila Miura le enjaretó una faena bien armada, basada en la diestra, destacando una serie en la que arrastró la muleta por la arena.
Enrique Ponce tuvo en suerte el peor lote. Con el remiso toro que abrió plaza, se esforzó hasta conseguir sacarle pases con sacacorchos. Con la izquierda estuvo más centrado en una faena marcada por la paciencia y el buen pulso.
Con el difícil cuarto hizo un esfuerzo importante. Pasó apuros en los lances de recibo. Brindó al público e hizo concebir esperanzas. Pero el valenciano terminó la faena por donde debería haberla comenzado: doblándose con el toro, domeñándole. En su labor, anduvo despegado cuando manejó la franela con la derecha. Y por el pitón izquierdo, por el que arriesgó una barbaridad, sufrió un achuchón que pudo acabar en un percance. A la hora de matar, con el toro echando la cara por las nubes, Ponce se salió de la suerte.
El Juli, todavía un chaval en edad, ascendió un peldaño hacia una madurez torera que se atisba cada día más sólida y Dávila Miura, que jugaba en casa, apostó fuerte y también ganó un trofeo en el estallido inicial de la temporada sevillana. Ambos puntuaron en la Maestranza.
El País. ANTONIO
LORCA. Espléndida primavera
La tarde, de espléndida primavera. Huele a azahar y la brisa aún contiene aromas de incienso. La Maestranza se muestra radiante, majestuosa, cautivadora... Una maravilla. ¡Qué regalo para los sentidos! ¡Qué placer poder admirarla en esta fecha tan señalada! ¡Qué alegría reconocer las caras de otros años, íntimos amigos de quince días y desconocidos después! La plaza, de bote en bote: mujeres guapas a cientos y los mejores estrenos para sus acompañantes, que la ocasión lo merece. Cuesta imaginar que la Resurrección pueda tener mejor corolario que la visión de esta Maestranza preciosa, íntima y grandiosa.
Lo dicho: una maravilla. Así reza el tópico de cada año que tanto gusta en esta ciudad.
La pena es que el tópico fue lo bonito. El sol se apagó, las sonrisas se helaron y se esfumó el olor cuando se puso en marcha una pantomima de corrida de toros que salvó en el último momento El Juli, enrabietado ante su propia vulgaridad, y consiguió los momentos más emocionantes de la tarde con unas tandas de pases por ambos lados ceñidos y hondos que culminaron con una magnífica estocada.
Casi todo lo demás, para el olvido. Casi todo lo demás, impropio del tópico de la primavera sevillana: los toros, muy justos de fuerzas y casta; el público, triunfalista y aplaudidor; el presidente, benévolo, y los toreros, vulgares y a merced de los toros.
Se salvó, dicho queda, por los pelos El Juli, quien a mitad de una larga faena se embraguetó y toreó de verdad a un toro sin especiales dificultades. Más recorrido tuvo su primero, al que no se picó y el público aplaudió al picador. El Juli quitó por chicuelinas con suficiencia y, después, se mostró muy por debajo de las condiciones de su oponente.
El sevillano Dávila comprobó el mucho cariño que le tienen, pero su toreo careció de dominio y profundidad. Una oreja de escaso peso cortó en su primero, y le aplaudieron su toreo despegado en el quinto.
Y Enrique Ponce escuchó aplausos por pasar de un lado a otro a un moribundo, y no le pudo al único toro que planteó dificultades -el cuarto- con un toreo sin apreturas y muy ventajista.
En vista de lo cual, el tópico se llevó con prisas a la primavera y volvió el frío.
ABC.
FERNANDO
CARRASCO. El querer de Dávila y la raza de El Juli
Que el Domingo de Resurrección es santo y seña en el orbe taurino no hace falta escribirlo muchas veces. Y que el coso del Baratillo es otra cosa -sin ánimo alguno de ombliguismo- pudo comprobarse ayer. Llenazo de los que hacen época y entradas agotadas desde la mañana. Éxito de público y también tarde en la que en el ruedo se vieron cosas importantes, muy importantes algunas de ellas. Dos toreros consagrados, Enrique Ponce y El Juli, y uno, Eduardo Dávila Miura, que busca su sitio en lo alto del escalafón. Increíble el arrimón que se dio el valenciano ante el bastote y peligrosísimo cuarto. En el caso del madrileño, raza especial, cuajando una faena a mucho más en la que el toreo al natural alcanzó cotas muy altas. El sevillano volvió a dar otro toque de atención. Tuvo el mejor lote, pero también supo torearlo en los mismos medios. Y es que el diestro de la Macarena se encuentra en un momento excelente.
Dávila dio al segundo sitio, distancia y, en los medios y sin obligarle en demasía, consiguió que la nobleza que tenía en sus entrañas no la desperdiciase. Repetía el astado y el torero le tomaba el pulso en series diestras ligadas y acompasadas en las que la principal virtud fue la colocación y el no dar tirones. A menos iba el torrealta y a más el torero, que se creció al natural. Los ayudados finales prologaron una estocada tendida de efectos rápidos. La oreja fue a las manos de Eduardo.
El quinto, al que dieron lo suyo en el caballo, apretó para los adentros de salida, poniendo en aprietos al matador con el capote. Hubo ritmo en las series, siempre guardando la distancia para que el toro se arrancase de lejos. Asentadas las zapatillas, la faena transcurrió por los compases diestros, en redondos cuajados y bien rematados con los de pecho. Estuvo templado el sevillano en una maciza faena. Pero la espada no entró hasta la tercera ocasión, disipando el más que probable trofeo.
Prometedor arranque
Toreó con gusto El Juli al tercero con el capote y se ajustó en un quite por chicuelinas realmente bueno. Le dio la réplica Ponce por delantales. Lucido tercio de banderillas y prometedor arranque por bajo. Nobleza tenía el astado pero, a medida que transcurría la faena, se iba desinflando. De más a mucho menos y El Juli sin poder remediarlo. No hubo para más.
Todo se solventó con el que cerró plaza, un toro muy bonito de hechuras que no se empleó ni en el capote ni en el caballo pero que propició un gran tercio de banderillas de José Antonio Carretero. No terminaba de romper cuando llegó a la muleta hasta que Julián dijo «aquí estoy yo» y, a partir de la tercera tanda, hacerse con las embestidas de su oponente, tirando de él con firmeza y templanza y rematar los muletazos atrás de la cadera. Lo mismo cuando se echó la pañosa a la izquierda y en tres tandas puso a todos de acuerdo. Aguantaba El Juli, clavadas las zapatillas, mientras pasaba el astado. Siempre en el sitio, el toque justo para vaciar las embestidas y, de nuevo en el sitio, enjaretar otro y otro muletazo. Tuvo raza la faena pero también consistencia. Dejó la estocada de la tarde que, por si sola, valía la oreja.
Para el final hemos dejado a Enrique Ponce, que no quiere decir que pasase desapercibido. Porque si se inventó la faena al que abrió plaza, al cuarto, el toro con más peligro de toda la tarde, le expuso una enormidad. Ansias de novillero en quien ya ha demostrado, a lo largo de quince temporadas, todo en esta profesión. Su primero no fue un toro claro ya que se frenó de salida, esperó en banderillas y se defendió con un molesto cabecear. Pero a Enrique parece que nada le aburre. Lo fue sobando y sacándole más partido del que tenía. Por encima, muy por encima, un Enrique Ponce sobrado de todo y recurriendo incluso al toreo de cercanías.
Firmeza de Ponce
En el cuarto, el del peligro a raudales, el Ponce batallador, de pegarse un arrimón de espanto, tragar lo indecible haciéndose con las embestidas de un enemigo que buscaba con saña, revolviéndose siempre, el corbatín del torero. Faena de ¡ay! en las gargantas, pero también de una firmeza pasmosa. No se arredró el valenciano, siempre buscando el más difícil todavía para conseguir enjaretar los muletazos. La pena fue que después del esfuerzo titánico la espada no entrase. No estaba la cosa, desde luego, para fajarse en esta suerte. Pero la ovación que le tributaron le debió sonar a gloria cuando saludó.
Buen comienzo de la temporada en la Maestranza. Si sigue manteniéndose el nivel se olvidarán ausencias y aquí paz y después gloria. Queda mucho por delante.
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