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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 28 de abril de 2003
Corrida de toros

El Cid. Pulsar para aumentar tamaño

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Jandilla, bien presentados. Con diferente juego. 2º y 5º aplaudidos en el arrastre. El 3º, incierto con peligro. 

Diestros: 

  • Joselito, goyetazo (estocada más que baja) silencio. Pinchazo, estocada casi en su sitio (pitos).
  • Morante de la Puebla, pinchazo, media estocada (silencio). Más de media estocada en todo lo alto (pitos).
  • El Cid, estocada trasera (palmas). Pinchazo, aviso, estocada casi entera en su sitio (palmas).

Entrada: lleno.

Banderilleros que saludaron: Antonio Jiménez El Lili y Manuel Corona de la cuadrilla de Morante en el segundo.

Presidente: Antonio Pulido.

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Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, El Mundo, Diario de Sevilla

LOS PROTAGONISTAS 
Joselito
“La tarde no ha podido ser”
“Mi primero ha sido muy parado y el otro embestía de mentirijilla. Parecía que al principio iba ha servir el cuarto, pero luego parado y bruscón. La tarde desilusiona a cualquiera no ha podido ser, sobre todo porque ves que son corridas que no son fáciles y aparentan otra cosa arriba".
Morante de la Puebla
”Ha sido una tarde nublada”
“Creo que la tarde ha sido nublada, no los he visto nunca a los toros metidos en los trastos. Han estado siempre pendiente de los toreros. Mi último toro hacía cosas raras con la vista y parecía que iba a romper. Me voy con la pena de no realizar la faena que quiero para Sevilla”.
El Cid
“Esperaba otro tipo de corrida”
”Me voy muy decepcionado, esperaba otro tipo de corrida. Mi lote no me ha dado oportunidad de triunfar, pero creo, que la gente ha visto que he estado entregado toda la tarde. Con el capote en el tercero, me he sentido en el saludo. Ha sido una pena  no poder redondear la Feria”.
Realiza: Emilio Trigo

PortalTaurinoMANUEL VIERA.  Tristes, simples y conformistas. 

La innata inquietud de un artista, su incansable imaginación, se presupone han de venir determinada por una privilegiada cabeza que le haga superar las muchas dificultades de la lidia para crear una obra dependiendo de la poca o mucha calidad del material a emplear. Tal vez el motivo de tanta simpleza ofrecida en la plaza sea una cuestión de confianza. Y esta tarde, de verdad, los que se denominan artistas del toreo han sido tan simples, tan conformistas, tan tristes, tan faltos de ilusión, sin pizca de motivación, que su atractivo toreo ha sido tan escueto como lacónico. Sobre todo el del sevillano Morante de la Puebla, porque el del madrileño Joselito ha sido de funeral.

Es cierto, una vez más, que de los chiqueros de La Maestranza salió el toro hecho para el toreo de hoy. Los desrazados animales se movieron no más de lo que se tienen que mover según las exigencias de quien los torea. Se agotan con el mínimo esfuerzo, se defienden si le provocan pelea, y acuden sin molestar solo a los primeros cites de los engaños. Después no más. Es esta una película en serie con proyección diaria en los ruedos de todas las plazas de toros de este país. Y eso lo saben Joselito y Morante, dos artistas que hoy han hecho dudar de su futuro, entre otras cosas, porque no gozan de un buen presente.

Es preocupante la desidia de José Miguel Arroyo. Su lánguido capote vuela sin alma, y su absurda muleta se pierde en un mal de dudas. Con aburridas probaturas consumió su tiempo con el parado primero. Torero quiso ser en bella estampa de época. Sentado en el estribo citó al cuarto, de sosa embestida pero válido, y ahí dejó aparcada toda su torería. Su apatía transmitió a los tendidos más tristeza que enfado. Joselito se va de la feria con un corte bagaje, y lo peor, con la credibilidad perdida.

De Morante ya lo he dicho. Debe ser un buen torero, pero no quiere serlo. Y no es justo desistir del toreo de este sevillano al que Sevilla mima sus deseos. No se puede aprobar con un cinco cuando se tiene capacidad para hacerlo con un diez. Y este es José Antonio Morante, un torero de indiscutible atractivo, único en ocasiones, pero tacaño y conformista en otras muchas. Entre sus dudas, dos bellos lances a la verónica al segundo y un quite de iguales características al quinto, sobresalieron en su quehacer de capa e hicieron concebir esperanzas. Fue lo único. No hubo más. La desconfianza le gana la partida a la inspiración y sus intentos de faena se desvanecen. Con el descastado segundo nada hizo. Y con el quinto, bravo en el caballo y con más movilidad en la muleta, agotó el metraje sin complacer la generosidad su público. 

El reconocimiento por lo hecho fue para El Cid. Con ilusión y muy dispuesto buscó el triunfo. Lo hubiese conseguido si el sexto no se le apaga en los inicios de faena, y claro, si después lo mata, porque no es la espada su fuerte. La lentitud y verdad de su toreo de capa quedó demostrada en los lances al tercero. Supieron a poco, pero fue lo mejor. Intentó con la muleta ratificar triunfos pasados, pero no fue posible. El agotamiento en la muleta de su primer toro agotó también la ilusión del torero. Faena técnica y bien trazada al sexto, pero carente de la más mínima emoción por la sosería del jandilla. La espada fue un borrón. 


El País. ANTONIO LORCA Atormentados

Aprietan los dientes, separan los labios, tensan los músculos, entornan los ojos y se les queda una cara de sufrimiento que da pena verlos. La imagen misma del tormento. Eso fue todo lo que dieron de sí Joselito y Morante.

El primero parece tener la cabeza en otro sitio, a años luz del torero poderoso de épocas pasadas, en una mezcla de desidia, pasotismo, frialdad y desconfianza. Lo intenta sin gran esfuerzo y no le sale nada. Parece un obrero desmotivado, estresado y de vuelta de todo. Ficha, trabaja sin ánimo y se va a su casa. Y el trabajo lo hace mal: siempre con todas las ventajas, muy despegado, al hilo del pitón, precavido e insulso. Un bajonazo le propinó a su soso primero, y escuchó pitos cuando acabó una faena desordenada y fea a su codicioso cuarto. ¡Cómo estaría...!

Lo de Morante es distinto por edad, paisanaje y cualidades artísticas. Pero parece un anciano,desilusiona a quienes quieren convertirlo en ídolo, y ha escondido su arte hasta más ver. Monrante es la tristeza y la incapacidad más absoluta. Se preocupa de componer la figura, pero le puede la torpeza. Sencillamente, no puede. Perdido y sin ideas se mostró ante su noblote primero, y naufragó en el otro, noble y con recorrido, preso de dudas y desconfianza. No encontró nunca el terreno adecuado, tampoco se cruzó y a punto estuvo de sufrir un percance por su mala cabeza. Tuvo toro de triunfo en el quinto, pero Morante no está para hazañas de ningún tipo. Y todas las ilusiones de un par de verónicas forzadas se desvanecieron en una mirada del toro.

Y tampoco tuvo su tarde El Cid, que todo lo malo se pega. No tiene la cara apretada de sus compañeros, pero debe tener cuidado porque eso es un virus contagioso. Unas verónicas con las manos bajas a su primero dieron paso a una actuación desvaída ante un toro muy soso. Y en el último, soso también, pero con recorrido, un par de naturales largos y un templado pase de pecho, en el contexto de una faena larga, desilvanada, pesada y con todos los defectos de la modernidad. Es decir, un borrón en su carrera. Y con la espada, como siempre, un dolor...


Diario de Sevilla.  LUIS NIETO.  Joselito y Morante, por debajo de dos jandillas

Lo malo, si breve, menos malo. Tarde plúmbea, pero sin excesos gracias a la duración del festejo. Lo que se agradece de corazón. De hecho, la corrida de ayer fue la más corta en lo que llevamos de abono y el público salió descorazonado; pero menos. Dos horas exactamente. Dos horas que se podrían resumir en que no hubo toros ni toreros. Aunque con una precisión en cuanto al ganado: un par de ellos merecieron más, fundamentalmente el cuarto y también el quinto.

El rubio albero maestrante lo pisaron ayer toros de Jandilla, bien presentados, sin estridencias mastodónicas. Pero, ¿cómo andaban de casta? Pues justitos cuatro de ellos. Luego dirán algunos taurinos que los toros no embisten por que se exigen muchos kilos. A los de ayer no les sobraban y tampoco fue una corrida para guardarla en el recuerdo.

Y de los toreros ¿qué decir? A excepción de El Cid, por su actitud, Joselito y Morante de la Puebla naufragaron durante la corrida.

Joselito acudió con un esparadrapo en la ceja izquierda, señal del revolcón que sufrió el pasado domingo en Barcelona. El mulato que abrió plaza, justito en brío, fue sosote, pero manejable. El madrileño, en un trasteo sin sal, en las rayas, se aburrió y aburrió dando algunos pases.

El cuarto, serio, bien construido, derrochó movilidad y fue el más alegre. Pero, Joselito, a lo suyo. Mal con el capote, hizo concebir cierta esperanza en el comienzo de faena, sentado en el estribo y con una trincherilla crujiente que el público coreó con ese "¡bieennn!" tan sevillano. En las afueras, desazón cuando manejó la diestra y sucesión de enganchones cuando lo hizo con la zurda. Para colmo, tampoco estuvo en su línea en la suerte suprema.

Morante de la Puebla no quiso nada con el segundo, un astado sosote y topón, al que entró a matar yéndose. Saltó en quinto lugar un jabonero claro, musculado, con mucha plaza que, aunque distraído, metía la cara. El de La Puebla esbozó algunas verónicas, que fueron simple esbozo para dibujar sólo una. Fueron ovacionados los banderilleros Lili y Corona por eficaces pares. Con el público arrimando el hombro, Morante abrió la faena con una tanda con la derecha, ligada, aunque cortita, que fue muy coreada. El toro tomó la tela con recorrido y celo. A punto de desaparecer el paisaje grisáceo del insulso festejo, Morante se vino inexplicablemente abajo cuando el toro, antes de arrancarse en la siguiente tanda por ese pitón, le miró. La desconfianza se apoderó del torero. A partir de ahí, en las rayas, con la izquierda, con el toro pidiendo guerra, Morante no quiso exponer más. Pisar la frontera precisa para encontrar el éxito. Y, sin más, cambios de terreno, dudas y el toro que se para.

El Cid, con el peor lote, fue quien más ganas puso. Se lució en tres verónicas y una media con el flojo y mirón segundo. David Saugar, al hacer un quite, se encontró con el cornúpeta que de manera violenta le cayó encima, casi sepultándole. La mala lidia de la cuadrilla en el tercio de banderillas pesó lo suyo en contra. El Cid brindó una labor pintada por la voluntad y el exceso de enganchones.

El feo sexto desentonó en trapío. Largo y abierto de cuerna. De salida fue protestado por el público. No tenía en absoluto ningún problema físico. Era manso. El presidente, en su sitio, lo mantuvo. Le infringieron un puyazo larguísimo. Luego, en la muleta, llegó con un recorrido corto. El Cid, en los medios, porfión, hilvanó una faena discontinua, con un par de tandas de buen tono. Labor a la que le falto cuajo. Todo quedó en un arrimón y el fallo a espadas.

No hubo nada más que rascar. Con un par de toros desaprovechados y la actitud, que no la aptitud de El Cid, uno recuerda el famoso aserto taurino: "Ya lo dijo Pepe Moros,/ uno que traficaba en cueros,/ cuando hay toreros no hay toros/ cuando hay toros no hay toreros".


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Ni embistieron, ni se cayeron, ni nada

Joselito lucía un parche en la ceja izquierda; pero no es cierto que fuera culpa de un espectador airado que le recriminó sus desdenes del otro día. La Maestranza tuvo con el madrileño una indiferencia, de principio, ejemplar. 

Joselito respondió a tal respeto con urbanidad exquisita. Ni se cabreó ni nada. Hasta le jalearon su apertura de faena sentado en el estribo al cuarto, jaleo al que Joselito respondió con una hermosa trinchera y un muletazo aquí y otro allá. Al tercer enganchón la gente sí empezó a cabrearse. Joselito se fue a por la espada y pinchó en hueso. 

A Morante le desarmó el segundo al intentar la verónica, y desarmado quedó ya el sevillano hasta que el jandilla dobló. Apenas el fulgor de un derechazo y el relámpago, por el violento zigzag, de un cambio de manos por delante. Y a matar, porque el jandilla no admitía exquisiteces. Morante el Breve empieza a llamarlo algún cronista impiadoso al torero de La Puebla. Lo cual no quita para que el sevillano intentase un esfuerzo supremo en el quinto; y eso es lo malo, que el esfuerzo supremo se le nota demasiado.Dibujó un par de verónicas y se afligió a la tercera. 

Lo bueno es que cada gesto de Morante se espera como un maná milagroso. Por ejemplo, una tanda de redondos que encendió la plaza. Duró poco la alegría. Volvió Morante a afligirse, a no sentir los latidos del corazón o a sentirlos demasiado deprisa y entonces llegó la desilusión colectiva. Otra tanda de naturales soberanos y otra vez la taquicardia, el perder pasos y pegar respingos. Y de nuevo el runrún de la decepción. Aquello parecía un tiovivo de feria con tantas subidas y bajadas.

Al Cid la gloria se le fue el otro día por la punta del estoque.Al Cid le pasa lo contrario de lo que les ocurría a los capitanes de los tercios españoles: que donde no alcanzaba su mano llegaban con la punta de la espada. Ayer, El Cid tuvo espada aunque no tuvo mano. Poderosas verónicas para parar al jandilla y más suaves las del quite.

Mientras lo fijaban para banderillas, el sexto se fue flechado a por El Cid que, distraído, no tuvo más remedio que salir de estampida in extremis. El Cid estuvo por encima del toro, lo cual no es decir mucho, arrancándole muletazos a su incómoda mansedumbre de cabeza alta, que no quiere decir orgullosa sino descompuesta.

Los toros de Jandilla no fueron ni chicha ni limoná, ni carne ni pescado. Los veterinarios de La Maestranza se cargaron en el reconocimiento siete toros, pero aprobaron otro cargamento que llegó de Badajoz, tierra dura de conquistadores, a donde parece que están emigrando algunas ganaderías andaluzas. Dado el comportamiento de los jandillas, seguro que los toreros hubieran preferido que se los cargaran también, aunque de su presentación y fuerzas poco podría reprochárseles. 

Si acaso, dicho sea con todas las cautelas, una morfología que, en algunos, no parecía de Jandilla, por lo altos y escurridos.Pero se movieron, salvo el primero, y no se cayeron. Lo cual, en estos tiempos de aflicción, no es poca cosa. La estabilidad motriz debe ser el objetivo primero y eso ayer se cumplió. No es una aspiración para marcar la historia, pero vale. 

Acuse de recibo: tomo nota, que decía Rabal Juncal. Tiene razón un lector que me reprocha haber atribuido en la ficha al segundo cuadri las condiciones del tercero. Estaba claro en la crónica, pero en la ficha hubo un error de ordinales. Retintín cachondo de otro comunicante: «Bien por el apoyo al libro de Crivell y Asociados, aunque usted no se pronunció sobre la principesca portada». 

Sabido es que a mí me gustaría que no hubiese príncipes ni reyes.Y que, en lo tocante a toros, la realeza, como los demás ciudadanos, está en su derecho de ir o no ir a los toros. La única Monarquía que me ponía a cavilar era la juanista de Luis María Anson, exclusivamente por su resistencia al franquismo.


ABCZABALA DE LA SERNA. Duelo de tristeza e incapacidad con jandillas pujantes y encastado

 «Esta tarde voy a acabar contigo y con el cuadro». «Para eso hace falta «musho» arte y coraje». «Arte me sobra, y con mis coj... se hacen tres toreros como tú: «cornás pa´tós». «Esos lobos en el ruedo: aquí están mis muslos». Y encendidos como ascuas pasearon el albero, mirándose desafiantes, apretado el mentón contra el nudo del corbatín. Joselito desplegó la mejor de sus sonrisas, confiado y crecido, al alcanzar la barrera; Morante se sabía en casa y saludaba a diestro y siniestro, complaciente y seguro. El gentío se frotaba las manos, el rumor recorría los tendidos. «Dicen que José ha dicho que hoy se acaba la tontería ésta del de La Puebla». «Será al revés, que mi Morante trae hambre de gloria y contratos y viene arreando, que además es su última tarde en la Feria». Uff, que expectación, que sin vivir desde el minuto uno de la corrida...

Pero salieron los toros de Jandilla y todo se redujo a la imaginación del crítico. Toros pujantes y encastados que impusieron su ley. Al menos tres de los jandillas embistieron por derecho, con rectitud, bravura y nobleza. Y el duelo imaginario se tornó en un duelo de tristeza e incapacidad. Porque los tres cayeron en las manos de Joselito y Morante, uno y dos, respectivamente. Lección magistral de birlonguería, qué fenómenos.

El torero de la calle Montesa desperezó su capote en lances lacios y desganados para recibir al toro que abrió plaza. Alguien se acordó de Carmen Sevilla en la película «La Madre Alegría». No sirvió el jandilla, despenado de un bajonazo en toda regla.

Trapazos y desahogo

El cuarto quizá fuese el mejor de la corrida. Y digo quizá porque el jabonero quinto sembró la duda. Toros importantes. De nota. Para verlos en otras manos. Joselito retrocedía y retrocedía en la salutación; Morante perdonó su quite: «No, gracias». La faena de muleta principió en el estribo al modo antiguo. Sólo un trincherazo se salvó del prólogo, y probablemente también de toda la faena. Ni una serie rozó siquiera la categoría del jandilla. Y es que con esa colocación de mentira, semejantes trapazos y un desahogo a prueba de bomba ni siquiera engaña al más tonto de la plaza. Mientras, el toro se desplazaba y repetía sin necesidad de mando. Se eslabonaron los enganchones sobre la mano izquierda. Abandonó también la rectitud del volapié. Desde luego, así, las tres tardes de Madrid van a ser un calvario, que el personal no aguanta tanta tomadura de pelo como la paciente afición sevillana. Al final oyó algunos pitos en lugar de la pertinente y monumental bronca.

Ni los mínimos

Morante tampoco se aproximó a los mínimos exigibles. Sale a la plaza muerto en el combate, afligido. Hizo un esfuercito para estirarse a la verónica con el quinto, y otro, en la tanda diestra que estrenó la faena. Una vez comprobadas la acometividad y la fuerza con que embestía el jandilla, no tragó ni uno más. El hombre regresó de la raya hacia adentro, que en los medios ya no soportaba el peso de las arrancadas. No quería ni echarle la muleta para que no repitiese. Mas la mala suerte quiso que en un natural el toro intentase comerse la muleta de nuevo hasta el final. Vaya por Dios. Los queos y los respingos se sucedieron entre dudas y más dudas. La afición intuía que en otras manos capaces de someter y presentar la muleta por delante, o sea, de torear conforme a las reglas cabales de parar, templar y mandar, el toro hubiese dado toda su dimensión. Parecía que se paraba, cuando la verdad era que el torero lo prefería así y le quitaba el engaño de la cara.

Más o menos igual ocurrió con el segundo. Hasta que se decidió a ligar dos muletazos pasó una eternidad. Y no volvió a ligar. No fue mal toro, ni mucho menos, aun sin la relevancia de sus otros dos hermanos.

Como Dios da pan a quien no tiene hambre, y hambre al que quiere comer, al Cid le envió el lote más deslucido. Ni el tercero ni el manso sexto sirvieron. Aquél tenía medias arrancadas y éste embestía con un solo pitón y sin descolgar. Bastante mérito adquirió al natural la faena que despidió la tarde. Exprimió hasta la última gota de las embestidas en una faena que se demoró con el estoque. Algunas verónicas caras quedaron en su haber.

Si anteayer falló el ganado, ayer lo hicieron los toreros con estrépito. Así es la Fiesta, que rara vez se convierte en tal.

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