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Festejo de abono
Feria de San Miguel

REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 27 de septiembre de 2003
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Rojas, grandones pero fuera de tipo, presentando muchos problemas por desrazados y quedados. El 3º, aun incierto y violento, se dejó algo más por el pitón derecho.

Diestros: 

  • Puerto, dos pinchazos (silencio). En el cuarto, estocada y dos descabellos (silencio).
  • Eugenio de Mora, bajonazo (silencio). En el quinto, estocada corta y delantera (silencio).
  • El Cid, estocada caída (una oreja). En el sexto, pinchazo y media estocada (vuelta al ruedo).

Entrada: casi dos tercios de entrada.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla


PortalTaurinoMANUEL VIERA.  El Cid sabe lo que quiere

Describir la opaca tarde, ese no pasar nada durante dos largas horas de bostezo sentado en el duro ladrillo se hace difícil. No es precisamente una tarde  para hacer afición. Tarde extraña, perversa, incluso torturadora por la alta temperatura. Si algo hay que decir y escribir es de la capacidad de El Cid, que sigue en la búsqueda desesperada de un arte capaz de cambiarle la vida. El Cid sí sabe lo que quiere decir con capote y muleta, aunque hoy la capa quedara inédita y la muleta supiese a poco. 

No hay nada que hacer cuando la fiereza se diluye y la acometividad  desaparece. Entonces el toro no es toro. En todo caso un sucedáneo de bonita presencia que aburre y quita ilusiones. Porque, eso sí, los toros lucían presencia,  serias cabezas, y astifinos pitones. Ni siquiera parecían “nuñez”  por  sus hechuras. Nobles unos, no tanto otros,  decían no andar en los inicios de faena. Y los que lo hacían caminaban agotados topando engaños. Fue El Cid, como siempre, el que se llevó el mejor.

Fue un noble animal, el tercero, al que el diestro de Salteras  le supo aprovechar la calidad de sus embestidas por el pitón derecho. Manuel Jesús, dentro de su variedad en las formas, fue modificando una faena  hasta conseguir la calidad extrema, como a través de sucesivas “vueltas de tuerca”. Si algo se ha de destacar en la tarde es el toreo con la diestra de El Cid. Un torero que tiene y siente la necesidad de comunicar, y bien que lo hizo con los templados y largos muletazos a un toro que sin humillar le pudo,  y además transmitió esa emoción contenida  que fluye hasta el público con intensidad, conjugando verdad y realidad. Aunque el natural se quedara sin trazo y la espada caída el premio no se hizo esperar. Con el sexto, que lució sólo fachada, abrevió sin más.

Y no hubo más en la tarde maestrante. Víctor Puerto caminó entre el mulo que abrió plaza y el  noble cuarto. Con el primero justificó el silencio tras la lidia, no así con el segundo. Puerto agradó con la capa, e incluso quitó tras la primera vara por chicuelinas. Fue el único que lo hizo en toda la tarde. Después navegaría en un mal de dudas tras la colada en el inicio de faena. Dibujó muletazos con la diestra aprovechando el viaje. Algún que  otro natural resultó bien trazado, pero no hubo continuidad ni emoción.

No vive su mejor momento Eugenio de Mora. La calidad de sus formas sigue escondida. Duda  demasiado y se le ve tenso y contrariado. Hizo su esfuerzo con el descastado segundo y anduvo desconfiado con el  soso y parado quinto. Mató con prontitud.   


El País. ANTONIO LORCA. Toreo auténtico

El toreo que derrochó El Cid en la Maestranza fue auténtico; el toreo eterno de un torero en sazón, artista y dominador, valiente y elegante, capaz de moldear la embestida incierta de un manso áspero, y pintar los más bellos muletazos que ponen los bellos de punta.

La historia ocurrió en su primero, un manso y violento como todos, con el que el alcalareño se lució en dos formidables pares de banderillas. Motivado, quizás, por la gran ovación al subalterno, El Cid brindó al público, plantó las zapatillas en el albero, aguantó las dudas del animal, y con la suerte cargada siempre tiró de la embestida para ligar cortas tandas de derechazos largos y templados, perfectamente abrochados con pases de pecho de pitón a rabo. Eso es, ni más ni menos, el toreo. Así brotan la emoción y los olés profundos. El torero tomó la izquierda, pero el toro se negó a embestir.

Sin embargo, El Cid, fiel a sí mismo, fue incapaz de culminar su obra maestra; a la hora de matar cobró un bajonazo que afeó su bella conducta.

El sexto era un inválido que llegó a la muleta con enormes ganas de morirse. De hecho, se desplomó al tercer muletazo y sólo se levantó porque le doblaron el rabo, y eso debe doler una barbaridad. Al entrar a matar el torero quedó prendido por el fajín y el toro lo zarandeó durante unos segundos que parecieron un mundo. Por fortuna, sólo se llevó un susto de muerte, y el público le obligó a dar la vuelta al ruedo para que recuperara el color de la cara.

Víctor Puerto se las vio con un lote poco propicio para alegrías. Claro, que el torero se presentó con gesto desconfiado y triste, con pocas ideas y algo descompuesto. No es que estuviera a merced de su primero, descastado y bronco, pero se esperaba otra actitud del matador. Alguien debió recriminárselo y salió en el cuarto con otro semblante. Toreó con elegancia a la verónica, quitó por ajustada chicuelina y llegó a dibujar algún natural aislado.

No tuvo mejor fortuna Eugenio de Mora con sus toros. Tampoco es que este torero se mostrara dicharachero, que es más bien de natural seriedad, pero su porfía, aunque muy voluntariosa, resultó baldía. Su primero tenía una media arrancada y cuando se paraba miraba con malas ideas. El otro, incierto y áspero, no le permitió confianza alguna.


Diario de Sevilla.  LUIS NIETO.  El milagroso capotillo de San Miguel salva a El Cid

El pitón le entró por debajo del fajín. Si le cala... la cogida dramática que sufrió El Cid al entrar a matar al sexto toro, por segunda vez, hubiera acabado, probablemente, en tragedia.

Escena angustiosa en la que el torero de Salteras, a cambio de una estocada valerosa, quedó atrapado, con la amenaza de un tremendo y afilado cuchillo en la barriga. Luchó lo indecible por zafarse del mismo. Una y otra vez El Cid se agarraba al testuz del toro e intentaba salir del atolladero. Unos segundos que fueron eternos. Cuando el torero, demacrado, medio mareado, pudo zafarse, la plaza respiró como si hubiera nacido de nuevo. Y es que, milagrosamente, El Cid volvió a nacer ayer de nuevo.

La escena sucedió ya de noche, cuando algunos listillos -la grandeza de La Fiesta tiene eso, que no hay guión establecido en ningún sentido- habían abandonado la Maestranza tras una faena en la que el diestro se la jugó por ambos pitones ante un toro alto, largo, corniveleto, astifino, que resultó imposible para el lucimiento. Pálido, tronchado por la tremenda paliza, dio una emotiva vuelta al ruedo, con el público en pie.

Antes, con el difícil tercero, también echó el resto. El Cid le dio ventaja y tragó lo indecible. Fundamentalmente en una primera tanda con la derecha en la que estuvo a punto de cornearle el toro en un pase de pecho, sin que el torero se moviera. A partir de ahí, con riesgo y exposición, mandó en otra tanda con la diestra. Y sacó, en corto, otra más de indudable mérito. En las dos últimas tandas -más bien intentos- fue desbordado por las oleadas descompuestas del animal, al que mató de estocada caída para cobrar una oreja. Lo mejor de la actuación de El Cid, sin duda, fue su apuesta valerosa.

La corrida dio muy poco más de sí. O mejor escrito: el resto fue un tostonazo. Tarde calurosa, con la Maestranza tomada por una legión de mosquitos. Y una corrida de Gabriel Rojas, con varios toros fuera de tipo.

Víctor Puerto anduvo inseguro en la mayoría de pasajes. Incluso, por momentos, parecía no encontrarse a gusto. Lo mejor de su actuación fue el recibimiento capotero al cuarto, con un ramillete de verónicas de planta asentada, en las que se embraguetó y que remató con una airosa media. Un oasis en el toreo de capa que se vio ayer y que estuvo marcado por la falta de entrega de los toros. Al que abrió plaza, al que zurraron bien en varas, llegó con tendencia a tablas. El diestro quedó prácticamente inédito en la muleta, con un toro tardo y acobardado que se echó tras dos pinchazos.

El cuarto, que salió suelto en varas y esperó en banderillas, se lo pensó tras la franela. Dio la sensación que a Puerto le faltó confianza, en una faena en la que únicamente brilló una tanda por el pitón derecho, en la que embebió al astado.

Eugenio de Mora pechó con el peor lote. Con el segundo, reticente y mirón, al que le zurraron fuerte en varas, no tuvo opción al lucimiento.

Al quinto, el picador Luis Miguel Leiro le propinó un gran puyazo -que fue la excepción de una corrida por lo general mal picada-. Cambió el tercio por su cuenta el presidente. El toro, una mole de ¡620 kilos!, que nada tenía que ver con el encaste Núñez, llegó tardo y gazapón. El toledano quiso justificarse en pases sueltos, en un trasteo anodino.

Lo mejor de ayer fue, sin duda, el milagroso capotillo que San Miguel echó a El Cid, al que libró de una cornada que pudo acabar en tragedia.


ABCFERNANDO CARRASCO. Oreja y cogida dramática sin consecuencias de El Cid

Yo no sé lo que debió pasar por la mente de El Cid el tiempo interminable y eterno que estuvo colgado, a la altura del pecho, de uno de los pitones del sexto de la tarde. No lo sé ni me lo quiero imaginar. Lo que sí sé es la angustia que se vivió en los tendidos.

¿Quince, veinte segundos? Un siglo. Horrible. Manuel era un pelele a merced del de Gabriel Rojas. No salía de los leños del astado. No se veía el final. Y después de ese tiempo eterno, catastrófico, salió despedido. Ramón Vila en la puerta que da a la enfermería. El ¡ay! del público en las gargantas. Un destrozado Cid volvió a la cara de su enemigo. Y volvió a nacer. Vaya si volvió a nacer. Qué pedazo de ángel de la guarda, torero. Por fortuna no llevaba cornada. Porque, hay que escribirlo así, si le mete el pitón estaríamos hablando de otra cosa.

Al margen de esta situación angustiosa, fue el saltereño quien sacó del sopor a los aficionados en esta segunda de la Feria de San Miguel. Porque lo demás... para olvidar cuanto antes. Primero por los toros de Gabriel Rojas -¿de cuándo han tenido estas hechuras  de elefantes sus toros, don Gabriel?-, que además de una presencia muy dispar y fuera de tipo, adolecieron de raza y encima, muchos de ellos, se orientaron con tela de «guasa». Y luego, porque a Víctor Puerto y a Eugenio de Mora pareció que estas condiciones les mermaron los ánimos.

Apuesta a ganador

No así a Manuel Jesús, que aprovechó el toro más potable, el tercero, de la corrida de Rojas. Se le vino cruzado de salida y no le dejó estirarse con el capote. No se empleó en el caballo e incluso perdió las manos en el segundo de los puyazos. Extraordinario José Fernández «Alcalareño» con los palos. Al público que brindó El Cid. Fuera de la raya, comprobó enseguida que el toro apretaba un mundo. Sobre todo en un pase de pecho. Y aunque se orientaba enseguida, la virtud principal fue la inteligencia con la que le plantó cara el saltereño, que le puso la muleta muy adelantada, se lo trajo embebido, enganchado en los vuelos, para volvérsela a poner sin que le diese tiempo a pensar a su oponente. Hasta tres series intensas cuajó el sevillano, embraguetado, de una emoción extraordinaria. Macizos los muletazos de El Cid. Y eso que era con la derecha, que no es su fuerte. La faena tuvo, además de inteligencia, el mérito de saber hacerle las cosas cuasi perfectas. Un planteamiento que no se repitió a zurdas, donde el animal, con un sentido sibilino, iba a cazar al torero. Pero quedaron las series diestras intensas. Amarró en los bajos la estocada y el toro cayó rodado. El único pero, Cid, a la labor realizada.

El sexto fue, con mucho, el peor. Parado y tullido, no hacía nada por colaborar. Atacó en corto El Cid mas no hubo partido alguno que sacar. Escrito está al principio su vuelta a nacer mientras estuvo colgado de los pitones del astado. Lo cuenta el torero, que no es poco.

Víctor Puerto anduvo desdibujado ante el que abrió plaza, un toro muy desrazado que fue y vino sin decir nada. Lo mismo que el manchego, que no se confió y que pasó a su oponente con más oficio que otra cosa. Desmotivado con la espada, lo pasaportó de dos pinchazos. Pero el animalito, ya descolgado de mitad de faena para adelante, sucumbió pronto a las armas toricidas.

Crudo se había quedado el cuarto tras los dos puyazos que tomó sin emplearse. Había permitido antes a Puerto lucirse en verónicas que tuvieron repercusión en los tendidos. Se presentía que podía haber faena. Se vino de largo el de Rojas pero fueron dos arreones violentos para ir desinflándose a medida que transcurría la faena. Ni se acopló el torero ni se confió con las embestidas sin humillar. Se paró y se acabó todo.

Otros dos silencios cosechó el toledano Eugenio de Mora. Amagó y le hizo el croquis en varias ocasiones su primero. Expuso Eugenio, que se jugó cuando menos la voltereta. Le miraba una enormidad cuando pasaba. Demasiado hizo con pasaportarlo sin incidencias. El quinto no rompió nunca y De Mora tiró por la calle de las precauciones. No hubo confianza y sí un querer acabar cuanto antes.  Una debacle.