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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 27 de abril de 2003
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Gerardo Ortega, mansos. Los de Gerardo Ortega pitados . Devueltos por inválidos, 2º, 4º y 6º. Segundo y cuarto, lidiados como sobreros, del hierro de Fermín Bohórquez, el sexto, sobrero de El Ventorrillo.

Diestros: 

  • Caballero, pinchazo, media estocada, dos descabellos (silencio). Estocada a paso de banderilla que le hace rodar sin puntilla (silencio).
  • Rivera, recibe a portagayola. Estocada tendida (saludos desde el tercio). Pinchazo, más de media estocada atravesada, descabello (silencio)
  • Abellán, pinchazo, descabello (palmas de cortesía). Estocada un poco tendida, cuatro descabellos (vuelta al ruedo).

Entrada: casi lleno.

Presidente: Juan Murillo.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla, El Mundo.

LOS PROTAGONISTAS 
Caballero
“No he tenido ninguna opción”
“Ha sido un tarde imposible. La verdad es que, no es que no te hayan visto, es que no he tenido opción alguna. Lo que más fastidia es que después de tanta preparación y mentalización para Sevilla, te salga luego un lote así. Espero sacarme la espina en mi segunda tarde si me embisten”.
Rivera
“Tanta ilusión para nada”
“Al igual que en primero, me fui a chiqueros en el sobrero porque las obras hay que acabarlas. He venido con mucha ilusión y sueños a la Maestranza, pero luego te chocas contra un muro. Con mi primero he disfrutado al torear al natural, pero le faltaba al toro un tranquito más”.
Abellán
“Levantar la tarde era muy difícil”
“Creo que a la afición le queda un buen sabor de boca de mi actuación en el sexto. Tengo mala suerte en esta plaza, cuando no es la espada, es el descabello el que me quita el triunfo. Era muy difícil levantar la tarde, pero me llevo el calor del respetable de la Maestranza”.
Realiza: Emilio Trigo

 


PortalTaurinoMANUEL VIERA.  Calor, bostezos, y solo un soplo de buen toreo

De principio a fin la tarde ha sido de bostezo. Solo muy al fin, al oscurecer, cuando la brisa de aire fresco del Guadalquivir aliviaba el calor del día, con el noveno toro que salía de chiqueros, Miguel Abellán nos despertó del sopor con ese otro soplo de buen toreo. Antes, ocho toros habían deambulado por el ruedo como almas en pena. No se paraban en los prólogos de muleta, no. Lo hacían en el primer esfuerzo por seguir la capa. Si es que la seguían, claro. Incluso se intentó picar al revés, el toro aculado en tablas y el caballo atacando desde fuera. Ver para creer. 

Con la corrida de Gerardo Ortega ha dado comienzo la otra feria de Sevilla. La feria del toro parado, del mulo en ruedo. La feria del toro inválido, del ayuno de casta, del sacado de tipo, del grandullón fofo y bobalicón que no hay quien lo mueva. Nueve toros y tres ganaderías distintas han hecho falta para que al anochecer nos despertáramos del largo e insoportable letargo. No es justo este calvario. Y para colmo de males los mansos bueyes comen y comen, defecan y defecan sin trabajar. Son unos vagos incapaces de cumplir su honesto trabajo. Y un año, y otro, y siempre igual. O se apuntilla al toro desde un burladero con la sapiencia de este otro Lebrija, o en la plaza nos dan las campanadas de la media noche. Y hubo más, se descolgó una de las hojas del portón de chiqueros, y abierto tuvo que quedar durante todo el festejo. 

Quizá por eso, cuando apareció en el ruedo el tercer sobrero de El Ventorrillo lidiado en sexto lugar, el capote mecido por Miguel Abellán nos supo a gloria. Y sobre todo las tandas con la derecha, ejecutadas en los medios, a toreo del caro. El madrileño echó la muleta por delante y la movió despacio, con ritmo y atrás, para hilvanar después uno y otro pase. La ligazón y el ajuste de los muletazos calaron en los que aun no habían abandonado la plaza agotados por la anodina paliza. La buena estocada ayudaba para la concesión de la oreja. El mal descabello la impidió. Antes, con el tercero, no tuvo opción ni para dar un solo pase.

Si se valora en su justa medida el comportamiento de Rivera Ordoñez esta tarde en Sevilla, uno se tiene que dar cuenta que lo hecho por el torero de dinastía tiene su importancia. Hubo toreo y hubo corazón. Dos veces aguantó a portagayola los interminables minutos de la salida del segundo, y del sobrero que lo sustituyó. Pues con ambos gustó con el capote que lo movió lento y acompasado. También con la muleta demostró firmeza y unas ganas tremenda por agradar. Buen torno tuvieron las tandas con la diestra, con un pero, el desajuste y el desplazar la embestida demasiado para afuera. Lo mejor el natural. Fue entonces, cuando alcanzó Rivera Ordoñez la máxima expresión, sacudiendo a los tendidos con la misma intensidad de sus mejores tardes. Tras la estocada y el descabello la ovación fue merecida. Con el quinto, rajado y parado, se estrelló sin suerte.

Y... Caballero. ¿Pero ha toreado esta tarde Manuel Caballero en Sevilla?. Con un mal lote le protestaron hasta el intento de agradar.


El País. ANTONIO LORCAUn petardo

La corrida resultó un petardo total. No de otra manera se pueden calificar tres horas de desesperante sopor al que colaboraron estrechamente la autoridad, el ganadero, la empresa y los toreros. Una vergüenza que no merece nadie, y menos quienes se dejan sus buenos cuartos en la taquilla. Pero éstos, los espectadores, y no otros son los que permiten con su desidia el desaguisado en el que se ha convertido esta fiesta. Esta supuesta afición sevillana, tan sabia y silenciosa como conformista soporta cada día el fraude de unos toros inválidos y descastados, y que le tomen el pelo todos los que tienen alguna responsabilidad en este triste espectáculo.

La autoridad aprobó y dejó en el ruedo un primer toro zambombo y feo que más parecía un mulo que un animal de lidia. Un armario gordo que no fue más que el preludio de lo que vendría después. Y permitió el presidente que se lidiaran toros absolutamente negados para morir en una plaza. Pero que se fastidie el público antes de crear un problema.

Problema el que tiene el ganadero, que eliminó todo lo anterior y se quedó con el tristemente famoso encaste juampedro. El error es evidente.

Quien cree no equivocarse nunca es el empresario que, año tras año, parece atender más a los compromisos que al interés de sus clientes.

Y los que se equivocaron en toda regla fueron los toreros, que dieron toda una lección de toreo moderno, ventajista siempre, al hilo del pitón, sin cruzarse casi nunca y fuera de cacho en todo momento. Y así es imposible que surja la emoción del buen toreo.

Y mira que lo intentó con denodada voluntad Rivera Ordóñez, dispuesto al triunfo en todo momento. Espero a su primero de rodillas en la puerta de chiqueros y tras una larga cambiada consiguió lances emocionantes. Volvió a esperar en el mismo sitio al sobrero e insistió de rodillas en el centro del ruedo. Con la muleta lo intentó por ambos lados con suavidad, con entrega y elegancia; pero su actuación, de menos a más, careció de peso por los defectos apuntados, y abrevió ante el soso cuarto. Abellán no dijo nada en su primero y sometió con torería al noble sexto en tandas pintureras que afeó con sus ventajas y el mal uso del descabello. Y Caballero estuvo ausente. Le tocaron los peores y su porfía resultó anodina e inútil.


Diario de Sevilla.  LUIS NIETO.  In-so-por-ta-ble

El triunfador del espectáculo fue el público. En un festejo insoportable, insufrible, que duró tres horas exactamente y en el que saltaron al ruedo hasta nueve toros, el respetable tuvo más paciencia que el santo Job y una fe inquebrantable hasta el último segundo. Ahí, a punto de sonar la campana, nos libramos de un K.O. en toda regla.

Al pésimo resultado en el aspecto ganadero se sumaron detalles que chirriaron lo indecible. Como esa inoperante parada de cabestros, la más ineficaz que conocemos. Para hacerse una idea, los tres toros devueltos a los corrales jamás fueron acompañados por los mansos. Al segundo lo llevó Rivera con el capote hasta la misma puerta de toriles. El cuarto, mansísimo, se metió por su cuenta. Y al sexto lo apuntilló certeramente Lebrija. De lo contrario, las tres horas se hubieran estirado como goma elástica hasta... ¡vaya usted a saber! ¡¿Y de la puerta de toriles, qué?! Ni una portátil, oiga. Tras encerrar al segundo titular, se atascó una de las hojas y no había forma de cerrarla. En uno de los tendidos, alguien pidió el tres en uno. Aquello no iba. Así es que se tiró por la calle de en medio, que era la vía más rápida, aunque penosa. Y desde entonces se lidió con esa puerta abierta, cerrando el paso al callejón.

Seguro que a Pepe-Hillo, a El Espartero o a Chicuelo se les debieron revolver las tripas toreras ante tanto desatino en una plaza añeja, histórica, centenaria, que no debía improvisar cosas mundanas de la tauromaquia. Para colmo, el piso de plaza andaba delicado, tras la exhibición matinal de carruajes. Algún toro, como el segundo, se lesionó una mano al salir del caballo y pisar mal.

El encierro titular de Gerardo Ortega tuvo problemas en los reconocimientos previos. Y los toros que envió el ganadero resultaron un pozo sin agua. La corrida se salvó, en parte, in extremis, con un sobrero de El Ventorrillo, algo grandote, que saltó en último lugar. Fue un toro manso, pero con movilidad. Abellán lo calibró bien. Compuesto a la verónica, planteó con inteligencia una faena en los medios y dando distancia. Con la derecha, echándole de comer al animal le llevó templadamente en dos tandas con la diestra que calentaron al público. Sonó la música por primera y única vez. Con la izquierda dibujó unos naturales con pinturería. Y otra serie, muy a lo sevillano, de toreo a pies juntos. En los mismos medios entró a matar al toro. Estocada. El público, entregado ante el único rayo de luz en una tarde tinieblas, esperó sin moverse el derrumbe del astado para solicitar un trofeo. Pero aquello saltó por los aires. Uno, dos, tres y hasta cuatro descabellos. Pese a ello, una vuelta al ruedo.

Con el tercero, con horchata en la sangre, el diestro madrileño destacó en algunos pases a pies juntos. Y poco más pudo hacer.

Manuel Caballero no tuvo opción alguna con el inválido que abrió plaza. A lo sumo, apuntaló un edificio ruinoso en algunas tandas carentes de transmisión.

El cuarto fue devuelto después del tercio de varas. En su lugar, saltó un astado de Fermín Bohórquez, mansote, mugidor, que en el último tramo daba un par de pasitos y se paraba. A poco precisa de un tacataca. El manchego acabó aburrido ante aquel animalejo.

Rivera Ordóñez dejó la impronta del valor. A portagayola recibió al segundo, al que devolvieron por su invalidez. Y de nuevo, jugándose el pellejo, recibió a portagayola al sobrero, con propina de otra larga cambiada en los tercios. Además se estiró en vibrantes verónicas genuflexas y de pie. Al astado, de Fermín Bohórquez, noble y flojísimo, le faltó gas. La labor, por ambos pitones, careció de emoción, en gran medida por la falta de fuerzas del animal.

En el quinto, Rivera consiguió lo más destacado en tres verónicas y una media de buen trazo. En este animal, en su quite, Abellán estuvo a punto de ser herido en una chicuelina sumamente ceñida, de la que salió con el capote partido en dos. La imagen estremeció a los espectadores. Rivera también logró una tanda entonada por el pitón derecho con un astado al que le faltó entrega. Y poco más hubo. Ni tampoco pudo rascar más el torero.

El espectáculo, insufrible, tedioso, únicamente tuvo como respiro el final. Pero no llegó a ser feliz del todo. Faltó el premio para Abellán. El respetable, por méritos propios, se alzó como triunfador indiscutible de un festejo in-so-por-ta-ble.


ABCZABALA DE LA SERNA. Abellán sobrevive a la podredumbre absoluta

Miguel Abellán sobrevivió a la podredumbre absoluta, a última hora, después de tres horas de negra pesadilla. Un saldo de toros tullidos, inválidos y moribundos invadió el ruedo y atacó la base de la Fiesta y la paciencia de cuantos aficionados soportaban en los tendidos un calor soporífero y un espectáculo vomitivo. A Gerardo Ortega pertenecían las criaturas infames; y a la empresa, la responsabilidad de traer semejante porquería en plena Feria de Abril. A los toros, o lo que fuese aquello, les faltaba el oxígeno, la bravura, la vida. Algunos se morían en pie, sin fuerzas ni para caerse, como boxeadores noqueados, con la mirada perdida, la guardia baja, sonados. Cuarto y sexto, por ejemplo, forzaron el pañuelo verde sin ni siquiera besar la lona. Y además: ¿cómo se puede presentar en Sevilla un mamotreto como el que abrió plaza o un perritoro como el segundo de Caballero? ¿Qué tipo de broma tétrica nos jugaron ayer? ¿Quién responde con un mínimo de vergüenza de la horrible situación? Pobre Maestranza. Ni la parada de bueyes funcionó, como siempre. Ni las puertas de chiqueros. Ni la  autoridad ni los veterinarios, que es más grave. Ni la dignidad del ganadero, que vendió un producto indecente.
La última devolución salvó a Abellán, que con el tercer sobrero, sexto bis, logró devolver la atención de los desesperados  espectadores, ya con la noche encima. Buena faena. E inteligente en las distancias. Básicamente diestra, enganchando las embestidas por delante. Y la muleta siempre presta y puesta para la ligazón, para embeber los viajes y guiarlos hasta detrás de la cadera. A izquierdas el recorrido no era igual, aunque a Abellán nunca se le ha dado con la misma facilidad que la derecha. 

Había enfrente un toro de El Ventorrillo, hierro que veinticuatro horas después ha completado el éxito de una noble corrida. Luego de trotar todo y más en el tercio de banderillas, Miguel Abellán lo comprendió a la perfección, sin atacar ni atosigar. Un par de molinetes zurdos adornaron la obra. En los mismos medios, más inclinado hacia toriles, donde se desarrolló todo, afrontó la estocada con rectitud, mas el estoque se hundió con travesía. El descabello malgastó una oreja segura. Paseó el irregular anillo mientras el gentío abandonaba la plaza a la carrera.
 Rivera Ordóñez tuvo una actuación muy torera, a pesar de las circunstancias. A portagayola aguantó un mundo de silencio sobre las hombreras hasta que tiró la larga al segundo. Rodilla en tierra movió el capote a la verónica, cuando los pitones se clavaron en el albero y elevaron toda la anatomía del toro en un volatín violento. Siguió a pies juntos, en medio de una de las escasas ovaciones que sonaron. Pedía a gritos el inválido sin culata su devolución, y a fe que lo consiguió. Los cabestros representaron un nuevo numerito de inutilidad, y Rivera entonces protagonizó una imagen inusual al meterse en la boca de toriles para mandar al tetrapléjico al matadero a punta de capote y ahorrarnos el sufrimiento. Volvió otra vez a portagayola con el flojo y suavón sobrero de Bohórquez, con el que elaboró series templadas de naturales flexibles y sin retorcimientos de otrora, esperando las arrancadas con la muleta retrasada para aliviar y ayudar las embestidas. Se fue tras la espada y remató el verduguillo. Las verónicas al paliabierto quinto acompasaron los viajes iniciales con plasticidad. Se quedó casi sin picar, arreó en banderillas y como buen manso se rajó en la muleta.
Lo de Manuel Caballero fue misión imposible.



El Mundo.
JAVIER VILLÁN.
Abellán maquilló el desastre total 

Cuando la tarde era ya una pesadilla consumada, vino Miguel Abellán y con tres tandas de derechazos, citando de lejos en los medios, despertó del mal sueño a La Maestranza. Porque sopor y sueño malo fueron las casi tres horas de corrida. Mas salió un tercer sobrero, blando y noble y Miguel Abellán se agarró a él como a un clavo ardiendo. Y lo toreó con sentido del temple y de las distancias. Por desgracia para él marró con el descabello.

Antes de lo de Abellán, desastres y vulgaridades. Se empeñaba Caballero en torear aquel saco de escombros con los pitones reventados y era un intento vano de marear la perdiz; primero porque el público no tragó. Y si el público no tragó fue porque aquello, obviamente, no era una perdiz, sino una avutarda, ese ave pesadota y torpona, en forma de toro.

Cuerpos regordíos y pocos cuernos sacaron los toros de Gerardo Ortega. Bueno, cuernos dos, aunque sin pitones; como si les hubieran puesto una carga de goma dos, boom, pitones fuera. El afeitado es otra cosa un poco más sutil, si bien igualmente detestable; el desmoche es cosa más grosera.

En el segundo, la tarde que ya venía torcida, empezó a complicarse todavía más. Rivera Ordóñez tragó a portagayola, casi la genuina, y cuando había pasado el mal trago, el toro se desgració en el caballo y el señor presidente lo devolvió. Rivera Ordóñez se cabreó, no tanto porque le hubiera gustado el animal, sino porque, una vez pasado el mal trago de la portagayola, a nadie le apetece repetir.

Vino luego la incompetencia del mayoral y la estupidez de los cabestros eunucos; se desgoznó la primera puerta de toriles, se emplazó el toro perniquebrado y hasta la veleta del giraldillo, que parece de lejos horrenda antena parabólica, se murió de aburrimiento.Rivera Ordóñez se metió en faena de peón convencido de la inutilidad de cabestros y cabestrero; y, a punta de capote, se llevó el toro hasta toriles, hasta el mismísimo corazón de las tinieblas de chiqueros.

Después vinieron los carpinteros que es lo que más le gustaba a Azorín de las corridas de toros: tablas rotas o astilladas, carpintería de urgencia, garlopa y martillazo. También la carpintería del desarreglo de los pitones fue ayer una chapuza impresentable; se conoce que, para no desbaratar la corrida, tras media docena de toros desahuciados, fue lo único que los veterinarios tenían a mano; mas ya que no se preocupan ustedes de la ética, cuiden al menos la estética.

Y así nos dieron las 19.15 horas antes de que saliera el segundo, un sobrero de Fermín Bohórquez escuchumizado y ralo que apenas se tapaba con la cara. Tenía razón Rivera Ordóñez para cabrearse.El sobrero de Bohórquez salió peor todavía que el devuelto y estaba tan desencuadernado como la puerta de toriles. La puerta nadie logró arreglarla, mas al toro de Bohórquez Rivera lo medio enderezó a base de mimo, temple y correrle la mano por naturales.Rivera fue asentándose, recortando terrenos y cuidando la embestida hasta cuajar una faena ortodoxa y seria, exclusivamente por la izquierda.

Ya sin puertas que arreglar ni toros que enderezar, aquello no tenía arreglo ni humano ni divino. Pocos podían esperar el reflotamiento gracias a Abellán y el ventorrillo; la gente empezó a marcharse sin esperanzas ni desesperación. La sosez del tercero dejó a Abellán compuesto y sin novia; es decir, con buena voluntad y sin objeto en que materializarla; pero se desquitó, como queda dicho, en el sexto. Poco antes, la voluntad de Rivera estrellándose contra la nada del quinto que, además, desarrollaba peligro sordo y sonoro.

Ha estrenado indumentaria Miguel Abellán en esta Feria de Abril.Del vestido de Primera Comunión (blanco y plata) ha pasado al vestido casi catafalco (obispo y azabache). Parecía que no era su vestido de la suerte y mucho más cuando se devolvió el sexto.Pero salió un toro noble de El Ventorrillo, un toro que metía la cabeza y Abellán toreó a placer, aunque descabellara mal.Esta faena redimió al madrileño, aunque no salvó una tarde impresentable.

Otras corridas de la feria