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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 24 de abril de 2003
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Manolo
González,
de diferente presentación. excepto el cuarto, un buen toro, adolecieron
del característico mal de la escasa fuerza y la nula casta.
El 2º, complicado, con violencia en la
embestida. El 3º, sin fuerza. El 4º, de gran embestida. El 5º, sin
fuerza. El 6º fue devuelto a corrales por inutilidad para la lidia.
Diestros:
-
Joselito, estocada caída
(silencio). Estocada un poco tendida (oreja con división de opiniones).
- Ponce,
estocada un poco tendida (oreja). Estocada desprendida casi
entera (aplausos).
-
Morante, cuatro pinchazos, dos
descabellos (silencio y algunos pitos). Estocada en su sitio (oreja).
Entrada: lleno en tarde de sol.
Incidencias: Morante sufrió un tropiezo sin consecuencias al
tropezar con los cuartos traseros de su primer toro.
Presidente: Antonio Pulido.
 
Morante de la Puebla y Enrique Ponce

Una oreja para Morante
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Un presidente espléndido
¿Se ve el toreo en estas multitudinarias tardes de toros
exactamente tal y como es? No, seguro que no. Es demasiado el
gozo que provoca el
ambiente. Y esta tarde se palpaba el ambiente festero. Se llenaba La
Maestranza al reclamo de las figuras en el cartel. Se demostraba el poder
de convocatoria de unos, y se decantaban los
seguidores acérrimos de otros. Hoy, además, estrenaba palco un
nuevo presidente, y... ¡vaya por Dios! no es de los tacaños. Todo lo
contrario, es dadivoso, fácil de convencer y espléndido a la hora de
regalar. Quizá sea por la promoción de apertura. O por festejar la
llegada al cargo y el estreno de la nueva silla. No sé, pero muchas veces
en la imaginación se viven emociones
de formas exageradas porque cada uno ve lo que quiere ver. Demasiada gente
ha visto lo que no ha pasado, y hasta Don Antonio Pulido se ha imaginado,
por tres veces, los tendidos y gradas teñidos de blanco y ha sacado al
balcón el mismo color para
conceder despojos de escaso valor.
Ha sido esta una tarde rara, triunfal por el número de orejas,
pero preocupante para muchos. Preocupante es premiar la escasa entrega, el
toreo para afuera, el mínimo esfuerzo. Porque Joselito sólo se conformó
con bellos muletazos mandones, con la muleta a media altura, sin ajuste...
y lo peor, sin entregarse. La estocada al cuarto toro, otra vez, valió la
oreja. Fue lo mejor del madrileño. Con el lidiado en primer lugar aburrió
sin paliativos. Estuvo ido, triste... a lo mejor es un rasgo más en la
personalidad de este torero, que oscila sin gradaciones entre la apatía y
la intensidad de su toreo. Cuando lo hace, claro.
Y es preocupante Morante de la Puebla. Si casi siempre me seduce,
hoy me deja perplejo su desconfianza, su falta de ideas, su apatía...
Esta tarde le ha salvado del fracaso la faena al sexto. Faena
desequilibrada, incluso inclasificable
en las formas, pero rebosante de torería en escasos momentos. Hay
que anotar los templados muletazos de toreo fundamental, sentidos,
profundos y largos que acabaron por ser lo mejor de su particular tarde.
Y otra vez, Enrique Ponce, gozó
del beneplácito de La Maestranza que ya se le entregó
el pasado Domingo de Resurrección.
Me da la impresión que si la noble fiera lidiada en quinto lugar
no se agota por su escasa casta, la apoteosis final en la tarde estaba
asegurada. Y a pesar de que Ponce es un torero de lo más cuidadoso y
penetrante en sus formas, nada pudo hacer por complacer a los que gustan
de su toreo y de su verdad. El inválido animal dijo no moverse y se esfumó
cualquier atisbo de triunfo. Antes, en una faena con altibajos al segundo
toro, donde sobresalió una tanda templada y honda con la diestra, le
dieron, al igual que a sus dos compañeros, una oreja de muy poco peso.
Los toros de Manolo González, excepto el cuarto, un buen toro,
adolecieron del característico mal de la escasa fuerza y la nula casta.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. El
sol brilla con distinta fuerza
Joselito, Ponce y Morante;
Madrid, Valencia y Sevilla. Tres orejas. Una para cada torero. El sol -me
refiero al artístico- lució en el festejo. Pero que nadie se engañe. De
muy distinta manera. Los rayos con poder, verdad e intensidad llegaron del
Este, o sea, del valenciano Enrique Ponce. Algunos otros, tímidos y
tibios, vinieron del centro, o sea, del madrileño Joselito. Y otros,
escasos, con cierto calorcillo, eran de aquí, del Sur, y los irradió el
sevillano Morante.
Enrique Ponce consiguió la mejor obra de la tarde con el segundo, un toro
manso, violento, al que se impuso con talante y talento. El animal, un núñez
en el tipo de la casa, tuvo una salida fría, se dejó pegar en varas y
llegó al tramo final con tendencia a tablas. De nuevo, el Ponce científico
calculó con su capote las posibilidades de éxito en lances de estudio.
Con la muleta, en las afueras, comenzó con dos tandas dibujadas con la
diestra, pisando el terreno del toro. Expuso y dejó descubierto al toro
quién mandaba en el ruedo. A partir de ahí, con una actitud juvenil que
contrasta con sus trece años de alternativa, se enfadó en una serie con
más intensidad, que explosionó en sonora ovación del público y con la
que estalló la música. Por el lado izquierdo, violento, hubo algún
enganchón. Volvió a imponerse y lucirse con la derecha para asegurar su
legítimo triunfo en la suerte suprema.
La actitud del valenciano presagiaba un éxito clamoroso. Máxime cuando
se lució con el capote al recibir a su segundo. Se estiró en cuatro verónicas
recias y una media espléndida. Y añadió, galleando hacia atrás, para
llevar al caballo, unos suavísimos delantales, de terciopelo. Pero
Manzanilla resultó una res aguada, sin cuerpo ni grados. Un toro sin
fondo y flojísimo, que se vino abajo tras el tercio de varas. Y Ponce,
por más que lo cuidó y no lo obligó en los medios, no pudo lograr nada
positivo.
El trofeo de Joselito, de escaso valor. Era ese típico toro, encastado,
al que podía haberle desorejado. Cortó un apéndice que, por cierto,
arrojó hacia las tablas en un gesto feísimo, cuando notó que parte del
público disentía del premio concedido. El toro, de fea salida,
emplazado, se frenó en el capote. Le zurraron fuerte. Y midió en
banderillas. Pero con motor, movilidad y hasta con calidad por el pitón
izquierdo, fue material para una obra de tono mayor en la muleta. El
madrileño, en los medios, anduvo con tibieza en las tandas con la
derecha. Por el izquierdo, sin convicción, no llegó a sacar todo el
provecho y los pases, de uno en uno, sin que diera con la colocación
acertada para ligar, quedaron en fuegos artificiales. Su decidida y
acertada estocada fuer un buen aval para una oreja protestada.
Con el que abrió plaza, Joselito tuvo algún destello con el capote. Con
la franela, en las rayas, tibia labor, desilusión y enganchones.
Morante, con un sobrero del mismo hierro, sin trapío, anovillado, ha
abierto la espita de la esperanza tras su desangelado estreno del pasado
domingo. Pasó apuros con el capote. En una faena desigual, con fibra,
brilló sobremanera en una tanda por cada pitón. Muleteo juncal, de
cintura flexible. Detalles pintureros, como alguna bella trincherilla. Muy
apoyado por el público, sin derrotismo, con actitud valiosa, mató de
estocada para ganar una oreja.
El tercero, Mirlito, no fue precisamente un mirlo blanco; más bien un ave
zancuda que no levantó vuelo en sus embestidas. El de La Puebla, en el
trasteo, cayó peligrosamente delante de la cara del toro, al tropezarle
éste con los cuartos traseros. Con la espada hizo de las suyas.
La generosidad de Antonio Pulido, en su estreno como presidente, ayudó
mucho en las concesiones de trofeos que, sin duda, tuvieron muy distinto
valor. Un arma de doble filo.
El País. ANTONIO
LORCA. Una sola oreja
Se concedieron tres orejas, una por coleta, pero,
de verdad, de verdad, sólo hubo una de peso, la que consiguió un torero
en sazón, en plena madurez y henchido de ilusión, que se sobrepuso con
auténtica maestría a un toro de peligroso comportamiento, y lo dominó
de cabo a rabo. Y ese torero se llama Enrique Ponce.
Las otras dos las pidió el público, quizá mayoritariamente, -como no
hay recuento de votos, no se sabe-, pero fueron trofeos de saldo
auspiciados por espectadores triunfalistas decididos a amortizar el alto
precio pagado en taquilla. Pero ni Joselito estuvo a la altura de su noble
cuarto, ni Morante se rompió como merecía el sexto. ¿Acaso no torearon
bien? Sí, que para eso presumen de figuras, pero a ratos, como simples
destellos, pero anduvieron lejos de protagonizar faenas macizas y ligadas,
como es exigible. Pero el público manda, que no la afición, que asiste
afligida a los nuevos tiempos que pretenden convertir en arte lo que no es
más que una labor desordenada.
El que estuvo bien de verdad fue Ponce. Tanto es así, que, en
comparación con sus compañeros, le tendrían que haber concedido el
rabo, si se permite la exageración.
Ponce está en plena madurez artística, con un dominio absoluto de la
técnica y una cabeza bien, pero que muy amueblada. Cogió a un toro que
no valía un duro, muy deslucido, y le enseñó lo que es el toreo. Cargó
la suerte en la distancia justa, y lo metió en la muleta en una labor
impecable por el lado derecho de dominio y conocimiento. Se jugó el tipo
y emocionó a Sevilla con una faena ligada y de bella factura. El quinto
era un inválido, lo mantuvo en pie y lo mató con rapidez.
Joselito es maduro, pero la ilusión se le desconoce. Naufragó ante su
noblote primero en una labor insulsa, propia de un torero de vuelta de
todo. Hizo el esfuerzo en el otro, pero frío, sin convicción, sin
entrega, sin mando... El toro fue largo por la izquierda y él lo acompañó.
Pero nada más. Le protestaron la oreja y el torero tuvo el mal gesto de
tirarla durante la vuelta al ruedo. Sin comentarios.
Un verónica y media de bella factura en su primero, y unos naturales
largos en el sexto es todo el bagaje de un torero frágil, temeroso,
encorsetado e indeciso llamado Morante de la Puebla. Mal sin paliativos en
su primero, y acelerado en el otro, el sevillano quiso al final sacarse la
espina, pero no lo consiguió por su evidente falta de confianza. Pero el
público manda, aunque pueda desconocer que el único triunfador de la
tarde se llama Ponce.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. La Maestranza
baja el listón de las orejas
A oreja por coleta salieron Joselito, Ponce y
Morante. Tres orejas, tres, y ninguna con verdaderos argumentos de tal.
Hubo considerables diferencias y matices entre ellas, mas ninguna adquirió
la verdadera fuerza para ser admitida como referencia en una plaza de la
categoría de la Maestranza. «Estamos que lo tiramos», rezaría el
cartel de una tienda de cacharros en oferta. O «rebajas», simplemente.
Vayamos por partes.
Si se quiere, la más meritoria fue para Ponce, que se encontró con un
toro por el que nadie daba un duro y se inventó una faena, una vez más,
basada en ese poder que ahora mismo lo sitúa en una posición
privilegiada en la cúpula del toreo. A la muleta llegó el ejemplar de
Manolo González escarbando y con la cara entre las manos. Tras un
principio de tanteo, El Sabio de Chiva exprimió sobre la derecha tres
tandas que sometieron las embestidas con los toques exactos y la ciencia
de un matemático. Admirable tranquilidad y sosiego para pensar en la cara
del toro, momento dulce por el que atraviesa.
A izquierdas no respondió igual el bruto, que tropezó la muleta en
una sola serie al natural. De regreso al lado más asequible, ya se metía
mucho, no daba ni un gramo más de sí. Murió de una estocada. Por
comparación con la oreja del Domingo de Resurrección, ésta no se sostenía.
Una vuelta al ruedo hubiese sido premio de ley, ¿o ya no vale?
Uno por encima, otro por debajo
La diferencia, por ejemplo, con la que le concedieron a
Joselito se resume fácil: Enrique Ponce estuvo por encima de su oponente;
José Miguel Arroyo, por debajo del suyo, el mejor de la corrida de Manolo
González. El único sostén para la «conquista» del madrileño fue el
volapié que parió una estocada sensacional. Y punto. El resto de la
faena transcurrió lejos de terrenos comprometidos: ni una vez se cruzó
con el toro, ni pisó el sitio. Todo era acompañar medio compuesto los
viajes, nunca sometidos. De hecho, los pitos que oyó al pasear el anillo
le hicieron tirar contra la barrera el apéndice, lo que encrespó más la
situación.
La última pañolada de la generosa jornada la provocó Morante a través
de pases bellos, pintureros la mayoría e inconexos y desligados casi
todos. Y, además, con un novillote de recriminable presentación. Por
algo era sobrero. Sería injusto negar que la faena del de La Puebla
contuvo destellos que recordaron lo que este torero debía ser ahora: el
estandarte de un toreo distinto al resto. Incluso en una tanda hizo un
esfuerzo por dejar la muleta en la cara, sobre la mano derecha, y se reposó
en la confianza que no existió en toda la tarde.
Es pronto para hablar, aunque hablarán, de recuperación, temprano
para lanzar las campanas al vuelo, aunque las lanzarán. Habrá que verlo
con un toro. Pero, aun con tibieza, entreabre la puerta de la esperanza.
Una esperanza que se basa más en el deseo de rehabilitar un torero
necesario que en una realidad. Para ello hay que intentar olvidar esos
apuros a la hora de recoger a sus toros, como si se tratase de un hombre
maduro sin facultades más que de un veinteañero. Porque, además, lo pasó
muy mal cuando le apretaron en tablas, incapaz de salirse hacia la raya;
hay que hacer borrón y cuenta nueva también sobre la forma de citar al
burraco tercero, hacia afuera permanentemente.
La corrida tuvo otras cosas, y pocas buenas. Una de ellas fue la brega
de Tejero con el inválido quinto: un solo capotazo para tres pares del
tirón. Ponce se estrelló con la invalidez aquélla y únicamente destacó
el uso del capote, a la verónica y en un recorte para poner al toro en
suerte en el caballo.
Los enganchones se multiplicaron como los panes y los peces en la
primera faena de Joselito, que escuchó ovaciones con el percal por unas
verónicas normales y corrientes, que hallaron en la media desmayada su
redención.
Y Morante, que ya está dicho, que no se había confiado con un burraco
de pobre trapío, que por cierto no valió nada. Como casi toda la
corrida, que sólo se igualó por la clónica salida de los toros, que se
emplazaban con frialdad.

El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Orejas y toros de papel
En un supremo y postrero esfuerzo de la voluntad, Morante se venció a sí mismo y cortó una oreja. No fue el Morante genuino, aunque vale. Vale, sobre todo como gesto de su voluntad torera y de la recuperación del toreo al natural. En el tercero había estado patético, deshilvanado y próximo a la espantada, cuando un derrote del toro le desbarató unas verónicas prometedoras.La oreja, un poco inconsistente: de papel. Mas si le sirve de estímulo y de recuperación, que sea enhorabuena. El próximo lunes será su prueba definitiva si no quiere irse al abismo.
Joselito tuvo dos gestos soberbios e insolentes, en el cuarto, que cabrearon al personal. Primero, mandó callar airadamente a la banda cuando, en las postrimerías de la faena, se arrancó a tocar; a buenas horas mangas verdes, debió de pensar el madrileño.Después, algunos, o muchos, le pitaron al iniciar la vuelta al ruedo y, sin pensárselo dos veces, tiró la oreja. Genio y figura.
Gestos improcedentes aparte, lo cierto es que Joselito había toreado muy bien al natural. De ese enfrentamiento con el público salió beneficiado Ponce en quien el gentío acabó poniendo todas sus complacencias. Ponce manejó primorosamente el capote y el gentío lo empujaba a la Puerta del Príncipe con todas sus fuerzas.El toro, inválido, se vino del todo abajo y ya se sabe que contra la invalidez perniciosa, no hay entusiasmos ni favores que valgan.Corrida muy poco decorosa y alguno, como el sexto, absolutamente impresentable.
Ser veterinario de La Maestranza es un oficio duro. Aunque acaso lo sea más ser transportista o camionero de toros. Un trasiego imponente se produce todos los días, o casi, las horas previas a la corrida entre las dehesas y los corrales. Los veterinarios se empeñan en llevarles la contraria a veedores, toreros y ganaderos, y se divierten rechazando toros que han merecido los plácemes de los especialistas. Como se sabe y es bien notorio y palmario, los especialistas eligen siempre los toros de más trapío y empuje, verdaderos caporales de la manada. Luego, ocurre que a esos sediciosos veterinarios, los toros no les parecen ni tan arrogantes ni tan poderosos y, zas, de una tacada, o de varias, rechazan las maravillas elegidas; casi siempre por falta de trapío, o sea, por insuficiencias anatómicas.
Ya son ganas de incordiar y de hacerse mala fama los veterinarios.Y digo yo que, eso son ganas de joder la marrana; pues si se sabe que a los veterinarios de La Maestranza les gusta enredar, ¿por qué no se traen de principio los toros que hay que traer al final? Con todo, benditos sean estos veterinarios tan quisquillosos pues si, pese al filtro y escrutinio, sale lo que sale, qué sería esta plaza si los veterinarios quisquillosos tuvieran más manga ancha. El primero de Manolo González tenía los «cuernos de lira», que no es expresión estrictamente taurina, pero da igual. Así llaman los historiadores de arte a la mística cornamenta que Pedro Berruguete les ponía a los bueyes de sus portentosos Nacimientos y que, hoy mismo, y pasado y al otro día, pueden verse en una exposición de procedencia universal en las iglesias de Paredes de Nava (Palencia).
Berruguete, el primer renacentista español, no sabía de toros bravos, pero sí sabía de bueyes y de vacas. O sea que, a lo mejor sí conocía de los toros que salen actualmente a los ruedos. Ese primer toro de Manolo González era de la clara estirpe de los bueyes y, contagiada de esa piedad lirífica, sonó el arpa del capote de Joselito en las verónicas de recibo. Después, dejó de sonar el arpa y en su lugar vino la «música de viento», o sea los pitos.
No picó Saavedra tan bien como el Domingo de Resurrección en el que sus puyazos hicieron al sobrero con que triunfó Ponce.Ayer, en vez de hacerlo, lo deshizo. Tampoco Ponce estuvo como el Día de Gloria, aunque sí verdaderamente esforzado. Salvo en una tanda de redondos en que toreó para adentro, demasiados enganchones y demasiado pico ventajista. La oreja, para un guiso con papas o con alubias; consuelo guisandero que no pudo tener Joselito pues, como ya está dicho, arrojó desdeñosamente su protestada oreja. Joselito, también está dicho, alargó elocuentemente los muletazos y templó muy bien al natural.
Otras
corridas de la feria
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