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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 21 de abril de 2003
Corrida de toros

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Siempre queda Sevilla y... El Cid  

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Cuadri, bien presentados aunque algo zambombos. Todos en punta. Ofrecieron complejidad, peligro y buen juego. El 2º fue aplaudido en el arrastre.

Diestros: 

  • Uceda Leal, estocada entera (saludos desde el tercio); Media estocada (saludos desde el tercio)
  • El Cid, pinchazo que escupe, estocada entera (oreja); tres pinchazos, media estocada, aviso (aplausos) 
  • Javier Valverde, estocada entera (saludos desde el tercio); dos meteysaca (palmas).

Incidencias: Uceda Leal resultó golpeado en la axila al entrar a matar a su 2º. Fue atendido en la enfermería. Pronostico menos grave.

Banderillero que saludó: Manuel Osuna, de la cuadrilla de Uceda Leal, en su 2º.
 
Presidente: Gabriel Fernández Rey.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla


PortalTaurinoMANUEL VIERASiempre queda Sevilla y... El Cid

Me da la inevitable impresión de que muchos de los que esta tarde ocupaban los tendidos y gradas de La Maestranza han visto más de lo que abajo pasó. Y es que esto sucede a veces en estas corridas de feria donde el público, no el aficionado, va predispuesto al divertimento con el triunfo de su torero. Y no quiero con esto restar un ápice de méritos al triunfo de El Cid, ni muchos menos. El torero de Salteras  ha gozado de un extraordinario toro, con tranco de bravo, de embestida humillada, fijo y noble, y que ha seguido el engaño con codicia y largo recorrido. El Cid le ha citado con muleta adelantada, a imantado la embestida con un acompasado, despacioso y pausado  recorrido. Después, ha tenido buen tino  en el enlace de cada pase para hilvanar  y dibujar el deseado trazo al natural que emocionó repetidamente al público en los tendidos.  Sin embargo, no alcanzó el buen toreo al natural del sevillano las altas cotas que merecía tan buen ejemplar. Quizá fallara en la distancia adecuada, en el sitio necesario para alargar embestidas y no agotarlas.  De todas formas justo es decir, y sobre todo destacar, ese aire de autenticidad que con frecuencia presenta su toreo. 

El Cid le cortó la oreja al segundo tras la estocada precedida de pinchazo y se esforzó por conseguir redondear la tarde con  el complicado y tardo quinto. Expuso toda su sabiduría hasta conseguir aislados y mandones muletazos por ambos pitones, para después volver a sus orígenes y fallar de forma estrepitosa con la espada. En definitiva, que esa buena faena constituyó todo un acontecimiento y placer en la gente, pero nos dejó el sinsabor de la no conseguida apoteosis final. Lo merecía el de Cuadri. De  todas formas, siempre nos queda Sevilla y... El Cid.

No es posible, sin embargo, escribir de Uceda Leal sin destacar su predisposición por el triunfo en esta su única tarde sevillana. El madrileño goza de esa deseada cualidad  que le permite realizar un toreo fundamental y elegante, puro cuando lo hace, y hondo cuando lo siente. El parado inválido lidiado en primer lugar casi no se lo permitió, y tuvo que echar mano de la entrega, el valor y la porfía para robar esos muletazos aislados  que sedujeron  de forma indiscutible. Y si entregado aquí estuvo, con el cuarto, complicado y violento, le faltó el paso adelante para jugársela en busca de ese triunfo soñado.

Javier Valverde, que tiene un estilo pleno de eficacia basado en el valor, tuvo que echar mano de tan necesaria cualidad  para intentar doblegar las feas y complicadas embestidas de su primer toro. Acortó distancias, porfió, pero nada consiguió de tan malo ejemplar. Tan malo como el lidiado en último lugar, que  atornilló sus pezuñas en el albero para que nadie le moviera del sitio  que en los inicios de faena ocupó.

Sin ser mala, tampoco fue buena la corrida de Cuadri. La complicación de la mansedumbre sobresalió por encima de la calidad del segundo toro lidiado. 


El País. ANTONIO LORCAEl toreo firme

Con la corrida tan deslucida, violenta y bronca que envió Fernando Cuadri no quedaban más que dos soluciones: o poner pies en polvorosa o quedarse firme en la cara de los toros. Por fortuna, los tres se quedaron.

Sombrerazo para Uceda Leal, que se jugó la vida a sabiendas de que el éxito le estaba vedado; sombrerazo para El Cid, que aprovechó el único toro potable de la corrida y no desentonó en el quinto; y sombrerazo para Valverde, valiente, muy valiente, a pesar de su tosquedad. Y gloria, también, para el banderillero Manolo Osuna, de la cuadrilla de Uceda, que colocó dos extraordinarios pares de poder a poder a un toro, el cuarto, que le buscaba la yugular.

Y para el ganadero, un cero, porque un toro encastado no salva una corrida mansa, floja, áspera, descastada y con muy malas ideas en el envoltorio de una bonita presencia.

Bien es cierto, no obstante, que la buena condición del segundo permitió un nuevo triunfo de El Cid, a quien otra vez la espada estuvo a punto de jugarle una mala pasada. Quede constancia, sin embargo, de que se presentó en La Maestranza con una disposición extraordinaria para el éxito. Recibió al toro con unas ajustadas verónicas, y cuando tomó la muleta el toro había cantado a los cuatro vientos que era largo y codicioso en su embestida. Brindó al equipo médico, y no por precaución, sino por agradecimiento, que el pasado 12 de octubre se llevó de esta plaza una grave cornada en un muslo. Saludó al toro con unos doblones muy artísticos y, a continuación, se echó la muleta a la mano izquierda, como hacen los buenos toreros. Y al natural se vieron las caras toro y torero en tres tandas de toreo hondo, ligado y emocionante en las que destacaron largos pases de pecho. La faena bajó de tono por el lado derecho y la espada quedó montada después de unos ayudados y un profundo pase de la firma. Primero, un pinchazo (ya estamos, Campeador), y, después, una media (menos mal), y una oreja que paseó todo orgulloso.

¿Le faltó algo? Pues sí. Le faltó, primero, fe en sí mismo para exprimir la casta del toro, y, segundo, torear siempre con la panza de la muleta, que convierte en excelso el buen toreo. Pero eso es por poner pegas. Claro que la diferencia entre una y dos orejas no es baladí. Aguantó mucho al tobillero quinto, pero queda la duda de si hubiera conseguido mejor recompensa si no se empeña en enmendar la posición a la salida de cada pase. A la hora de matar, fue el otro Cid: un pinchauvas.

Uceda y Valverde no triunfaron porque era imposible hacerlo. Pero se jugaron la vida como auténticos héroes, y eso, señores, no se ve todos los días.

Uceda estuvo muy por encima de su inservible lote, valentísimo, serio, técnico y torero siempre. Demostró que su toreo es hondo y largo aun en circunstancias tan poco propicias. Y Valverde, que no es un primor con los engaños, se justificó a base de cercanías y de pisar con firmeza un terreno que sólo olía a hule. Sólo olió, afortunadamente.


ABC FERNANDO CARRASCOEl Cid: «A pesar de la oreja cortada, me hubiese gustado redondear la tarde»

Manuel Jesús «El Cid» volvió a triunfar en la Maestranza y, lo que es mejor, se desquitó después de la grave cornada sufrida en este coso el pasado mes de octubre. Y lo hizo de la mejor manera posible, cuajando una faena que dejó satisfechos a los aficionados. Precisamente, el toro del triunfo se lo brindó a Ramón Vila, cirujano-jefe de la plaza de toros de Sevilla, que fue quien intervino aquella cornada.

Por eso, cuando finalizó el festejo de ayer, el torero de Salteras era claro al señalar que había estado, sobre todo en su primer toro, «muy a gusto. Creo que ha sido uno de los toros más potables. La corrida de toros ha salido dura. Había que tragarle mucho. Me voy contento por la oreja conseguida, pero me hubiese gustado redondear la tarde en el segundo toro. No se puede, de todas formas, pedir peras al olmo con un toro así. He tocado «pelo», que es lo importante, y se ha dejado buena impresión».

Sobre la actuación ante el segundo de la tarde, El Cid opinaba que se había encontrado muy bien. «Creo que he estado muy firme con él, le he sacado todo lo que tenía, porque más no había. La lástima es que al entrar a matar me dio un golpe fuerte. Ya en el primero también me pasó, justo en una lesión que tengo de Bayona el pasado año. Y es que no podía ni con la espada».

Por su parte, el salmantino Javier Valverde se presentaba en la Maestranza como matador de toros. Era de la opinión de que «más que una corrida dura ha sido parada. Una pena».

«Lo bueno -abundó Javier Valverde- es que los tres toreros hemos estado a la altura y a ninguno de los toros se le ha dudado. Se han intentado hacer las mayores cosas posibles. Pero se ha parado muy pronto en general. Incluso sin pegarle en el caballo. Por ejemplo, mi segundo toro ha tomado un puyazo y el segundo lo ha tomado porque tenía que entrar».

No era la presentación que esperaba en una plaza como la de la Real Maestranza, máxime teniendo en cuenta que era su única actuación. Sin embargo, Valverde espera «que la próxima vez que acuda a Sevilla, al menos, la corrida se mueva algo más».

El peor parado de la terna de ayer fue el madrileño José Ignacio Uceda Leal, que se llevó un buen susto al entrar a matar al cuarto de la tarde, segundo de su lote, que le prendió por la axila, aunque por fortuna sólo sufrió la aparición de un hematoma en esa zona.

Sobre cómo había visto su actuación, Uceda Leal precisaba que había tenido un lote «muy complicado. Mi primero ha tenido muy poco recorrido y le he tenido que sacar los pases de uno en uno, sin poder atacarle».

Con respecto al segundo toro de su lote, «ha sido un toro tardo y brusco, con el que era muy desagradable ponerse delante de él».

A pesar de todo ello, el madrileño estaba convencido de que «Sevilla ha visto que he estado toda la tarde muy firme y dispuesto. He matado a mis dos toros bien y pienso que he estado por encima de ellos. Y eso, en una plaza como la de la Maestranza, es siempre importante».


Diario de Sevilla.  LUIS NIETOEl Cid apunta en su asedio

Con una plaza llena, pero sin el reventón del Domingo de Resurrección, el público vibró con una interesante faena de El Cid al segundo toro del festejo. Un espectáculo que fue declinando en intensidad una vez pasado su ecuador para llegar antes del límite con el público tomando el olivo. En el transcurso, Uceda Leal estrenó la enfermería en esta edición. Fue prendido cuando entró a matar a su segundo, que lo cogió feamente a la altura de la axila derecha. De la desesperación se pasó a la tranquilidad cuando salió de la enfermería. El doctor Ramón Vila le apreció un varetazo en el brazo con fuerte hematoma.

El Cid, que había sitiado la Maestranza el año pasado en tres ocasiones, triunfando en las dos primeras y cayendo herido en la otra, retornó de nuevo con ganas de tomar la plaza. Pero el avance de ayer quedó en una tentativa en la que consiguió un trofeo ante un gran toro. Le faltó rematar lo que hubiera sido una conquista en toda regla. Entre otras cosas, un pinchazo previo enfrió, probablemente, los ánimos del respetable.

Ese segundo toro, bajo, hondo, de respeto, exigió mucho al toreo. Pero tuvo un gran fondo. Sin duda, el mejor de un encierro de Cuadri con muchos problemas. El Cid lo lanceó de manera vibrante en unos lances en los que el animal acudió con muchos pies. En varas fue de largo. Y en banderillas puso en jaque la cuadrilla. El de Salteras, con firmeza y un toreo de frente y muy de verdad, realizó una faena que perdió algo de consistencia en su último tramo. El diestro, con la muleta, se fajó de inmediato en un comienzo con garra. Ya en los medios, con la izquierda, hilvanó una tanda con autenticidad y ligazón. Estalló una fuerte ovación y sonaron los primeros compases de un pasodoble. En la siguiente serie, los naturales surgieron más largos, larguísimos. Luego empapó en la franela al toro en otra tanda de borrachera torera. Abrochó cada tramo con magníficos pases de pecho. Dio la sensación de que le faltaban algunos grados más para que hirviera aquello. Además, la temperatura descendió cuando pinchó en el primer envite. Su banderillero Lorenzo del Olmo le levantó con la puntilla al toro. Luego, una gran estocada en la suerte contraria le valió para ganar una oreja a ley, una oreja de peso.

El quinto, bravucón de salida, violento en banderillas y mirón en la muleta, fue muy distinto al segundo. El Cid cumplió. Logró algunos pases sueltos, meritorios, de trazo largo. En la suerte de matar se lastimó la muñeca y a última hora de anoche estaba previsto que le realizaran un estudio radiológico.

Uceda Leal dejó una buena tarjeta de presentación ante un mal lote. El primero, que renqueó de salida, acabó embistiendo muy corto. El torero consiguió muletazos de gran calidad, muy templados, aunque ayunos de transmisión y emoción por los defectos del toro.

Con el peligroso cuarto, un león por su fiereza, no perdió los papeles en ningún momento. Ni siquiera cuando le lanzó un hachazo con el pitón izquierdo para arrancarle la cabeza. Uceda, sin descomponerse, con valor frío y seriedad, le sacó todo el partido; que, sin duda, era mínimo.

Javier Valverde tampoco desentonó en su debut en la Maestranza como matador de toros con lote infumable. Como novillero ya cortó una oreja en el coso del Baratillo. El salmantino peco quizás de alargar en exceso el metraje de su traste ante el tercero, que se paró pronto y quedó muy corto. Con el sexto volvió a jugársela a su modo con un toro complicado en una faena anodina, que no caló en ningún momento en el público.

La tarde fue sin duda para El Cid, que asedió la Maestranza, con garra, con firmeza, con franqueza, aunque no llegó hasta la cocina.



El Mundo.
JAVIER VILLÁN.
El Cid, oreja; los demás, sobrevivientes 

Tres tandas de naturales y sus correspondientes broches del pase de pecho, broches de oro, le pusieron a El Cid la gloria de La Maestranza y del mundo entero en sus manos. 

Todo empezó con la verónica honda de vuelo largo, con el capote manejado como una prolongación del latido de la sangre. En realidad, la gloria venía galopando desde la dehesa de Fernando Cuadri, una gloria en forma de toro majestuoso y bravo. Faena corta, faena densa en la que algunos naturales rozaron el cielo; y no por alados o barrocos, sino por intensos, medidos y arremataos.

Por el pitón derecho, menos claro, bajó el tono. No se trata aquí de ponerse a filosofar sobre el destino, la fatalidad o el azar, ni siquiera tratándose de El Cid, un torero al que por la punta de la espada se la han fugado muchos millones y mucha gloria: o a la inversa. Mas cuando alguien se tira a matar con la desesperación con que lo hizo El Cid, a la segunda, no hay destino que valga. Ni destino, ni la puntilla de Lorenzo del Olmo que levantó al Cuadri herido de muerte.

Sobrio, seco, con escasa comunicación con el público, Javier Valverde. Esto de la comunicación es un misterio: se tiene o no se tiene. Javier Valverde no la tuvo, acaso porque torea a voces y el toreo, según dice Bergamín, es música callada. Por una cosa o por otra, la verdad es que la labor de Valverde, tragándose parones e incertidumbres, no alcanzó categoría de sublime. 

También se tiró a matar al segundo como si en ello le fuera la vida, y ese sanguinario afán toricida sí que impresionó al público maestrante, aunque tampoco hasta extremos de frenesí y entusiasmos indescriptibles. El impúdico arrimón a la mansedumbre del sexto era una apuesta contra la cornada. Ganó Valverde.

Con Uceda, en cambio, pese al inválido primero, o precisamente por ello, el público maestrante estuvo más receptivo. Puede que la torería de Uceda Leal esté más cerca de la liturgia sevillana que la estilística rocosa de Valverde. 

Al decir maestrante digo el que se sienta en los tendidos, sea del barrio de San Bernardo, Madrid o Colmenar Viejo. Igual que cuando uno dice público venteño. Si nos atuviéramos a la pureza de la sangre local, el censo de tan afamadas plazas sería cortísimo.

La violencia del cuarto le descompuso la figura a Uceda, pero no el ánimo. El cuadri había pregonado sus malos modos en banderillas y Manolo Osuna respondió con dos pares cuya emoción a ver quién supera en lo que queda de Feria. Uceda Leal sacrificó la imposible estética a una eficacia necesaria, aunque de efectos limitados.Uceda logró arrancarle algún muletazo largo y salió aparentemente indemne de la estocada al quedar colgado por la axila. 

La tarde ya estaba del lado de El Cid y el sevillano apostó fuerte con un toro incierto, tomándole en corto con autoridad, vaciándole con solvencia en los derechazos y los naturales, y con belleza en los pases de pecho. Tragó y le hizo tragar a un animal reservón y torvo. Y otra vez la cosa del destino, que no destino, sino voluntad. Si antes El Cid entró a matar con desesperación, en éste, con precauciones. El resultado: una oreja en aquél y un silencio de plomo en éste. 

Total, que entre unas cosas y otras ya no me queda tiempo ni espacio para algunas reflexiones que tenía pensadas sobre el libro coordinado por el colega de aquí al lado, Carlos Crivell, y presentado por la mañana por Carlos Herrera; mañana, si no surgen las emociones fuertes, entraré en tan enjundioso tema y presentación.

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