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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 20 de abril de 2003
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Torrealta, de diferente presentación y juego. El 3º fue devuelto por inutilidad para la lidia.

Diestros: 

  • Enrique Ponce, media estocada (saludos); media estocada, aviso, (oreja).
  • Morante de la Puebla, 2 pinchazos, media estocada, 4 descabellos (silencio); media estocada, descabello (silencio).
  • El Juli, estocada desprendida (silencio); Estocada entera (silencio).

Entrada: hasta la bandera.

Presidente: Fernando Carrasco, que se despedía.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, Diario de Sevilla, ABC, El Mundo.


PortalTaurinoMANUEL VIERAPonce, maestro en Sevilla

Y lo vio, y lo sintió, y empezó entonces a dibujar armoniosamente con seguros trazos toda una obra del más puro toreo. Los naturales se sucedían lentos, majestuosos, hondos, rematados... con esa peculiar estética en las formas del maestro de Chiva. Porque Enrique Ponce fue esta tarde maestro en Sevilla. Su prodigiosa técnica hace que el toro sea menos malo, le sirve, le vale para después hacer el toreo, su toreo. Y es que, por fortuna, Ponce salva, cada vez más, los complicados problemas que presentan unos animales que son fieros pero no bravos. Fue así como su verdad se hizo verdad en el ruedo, sobre todo con el cinqueño cuarto al que le cortó la oreja. Antes, con el primero, hubo también muletazos despaciosos, y sobre todo, excelsos cambios de manos y bellos remates en el epílogo de una faena que no alcanzó las cotas deseadas. 

Hizo Ponce toreo del caro en esta tarde de inauguración de la temporada de toros en Sevilla. Y es que, según parece, lo caro por el simple hecho de serlo, automáticamente deja de ser aburrido. Lo demás, lo que ocurrió antes y después, al no ser nada caro fue demasiado aburrido. 

Aburrieron los toros de Torrealta, unos animales muy desiguales en presentación, noblones, más gordos que rematados, sacados de tipo, que se  pararon  con las complicaciones propias de la falta de casta. 

Aburrió Morante, que debe ser un buen torero, pero debe de querer serlo mucho más a menudo, claro.  El de La Puebla solo nos hizo soñar en esta reaparición en su plaza de La Maestranza, con un magistral quite a la verónica rubricado con una media belmontina esculpida por las muñecas de auténtico artista. No hubo más. Y esas intuidas ganas  en el comienzo de la lidia se difuminaron después porque Morante no es torero de toros complicados, de toros malos. Morante pasa del éxtasis del  magistral y artístico toreo al toro boyante,  al más vulgar pegapases con el toro menos bueno o complicado en un santiamén. Hoy, los toros lidiados por el sevillano, blandos y paraditos, le sirvieron para poco. Para casi nada.  

Y aburrió El Juli. EL madrileño todo lo tiene en su contra. Le exigen sin piedad. No le valoran como lo hacían antaño. El Juli necesita de un triunfo para convencer a tantos radicales que ahora le niegan lo que antes le daban.  Es verdad que no ha  tenido toros esta tarde  para cumplir sus objetivos, pero también sus ilusiones se desmoronaron  con demasiada rapidez. Demasiado fácil estuvo en banderillas, sólo destacó en un segundo par al sexto de poder a poder. Mal con la capa, y con demasiado altibajos con la muleta, la tarde de El Juli no es, ni mucho menos, para recordar.


El País. ANTONIO LORCAEl 'cartucho de pescao'

Lo más torero del día ocurrió por la mañana y fuera de la plaza. Lo que son las cosas... Frente a La Maestranza, a orillas del río Guadalquivir, se inauguró el monumento a la figura del diestro Pepe Luis Vázquez. Una estatua de bronce inmortaliza el famoso cartucho de pescao que diera a conocer el torero del barrio sevillano de San Bernardo.

Lo más viejos del lugar recordaron cómo Pepe Luis citaba a los toros en los medios con la muleta en la mano izquierda, plegada a modo de cartucho, y saludaba al burel con un natural a pies juntos que hacía crujir la plaza. Ayer, a sus 82 años, tocado con una gorra campera, menudo de estatura y con inequívoca estampa de torero, el maestro agradeció el homenaje y lo dedicó a todos los toreros de Sevilla. Sus palabras fueron breves, hondas y sentidas, como dicen que fue su toreo. Mientras hablaba revoloteaba el aroma de un torero grande de tiempos de dura exigencia, de reñida competencia, de toros encastados y toreros valientes y artistas.

Por cierto, hace años que Pepe Luis no va a los toros. Ha dicho que la última vez que estuvo fue para ver a su hijo y le sorprendieron unas taquicardias que le aconsejaron quedarse en casa. Hace bien el maestro, pero si decidiera volver, su corazón de aficionado estaría a buen recaudo. Ahora, sin los temores de padre, se dormiría de puro aburrimiento.

Ayer, por ejemplo, hubo motivos para una buena siesta. Tres figuras de postín; dos de ellas, Ponce y El Juli, en la cumbre de las cumbres; y Morante, como aspirante al cetro del toreo sevillano.

Pues a dos ellos -Morante y El Juli- habría que darles en la montera con un auténtico cartucho de pescado, manchado de aceite, para que espabilaran y aburrieran menos. Y a Ponce, exigirle más, que madurez y calidad atesora para mayores empresas.

El valenciano salvó su tarde con una oreja al cuarto tras una faena de menos a más en la que lucieron los adornos por encima del toreo fundamental. Es un torero elegante, personal, técnico y maduro. Pero Sevilla exige algo más que una bonita faena. Ponce no se esforzó en demasía, y así naufragó con el capote en ambos toros, se mostró frío ante su triste primero y levantó el ánimo de los espectadores en el cuarto con una tanda de naturales a pies juntos, un molinete, un circular, y unos ayudados abrochados con un largo pase de pecho.

Morante llegó como un alma en pena y dejó al personal con la boca abierta: fue un torero derrotado, afligido, sin ideas, tenso, monótono y abatido. Lo intentó todo y nada le salió a derechas. Morante tiene un problema gordo.

Y El Juli tiene otro: es un moderno pegapases que en La Maestranza no dijo absolutamente nada ni con el capote, ni con las banderillas, ni con la muleta. A ver si a alguno de los tres les da por fijarse en el torero del cartucho de pescao.


ABC ZABALA DE LA SERNA. Enrique Ponce, el sabio e Chiva, impone su ley

A Enrique Ponce no hay ahora mismo quien le aguante el tirón en las alturas. Ni pulsos ni duelos. Nada. Intratable se encuentra el maestro de Valencia para desesperación de rivales y adversarios, con un poder y un sitio soberanos. Y el valor por bandera, que a Ponce se le han cantado y contado innumerables virtudes, pero ésa, no. Un valor basado en el conocimiento, en la sabiduría, la ciencia y la técnica de no dar un paso en falso, la sobriedad. Hay toreros que hacen lo que saben; otros, saben lo que hacen. A esta última estirpe pertenece, sin duda. Además la veteranía le ha dado poso a su toreo. Si a Aragonés, que no ha ganado una «Champion», le llaman El Sabio de Hortaleza, que Ponce sea desde hoy El Sabio de Chiva, con más motivo.

Su tarde de ayer en la Maestranza de Sevilla será para recordarla en los tratados de tauromaquia. Para aficionados de verdad o profesionales. Ninguno de sus toros fue plato de gusto. De hecho, el que estrenó la tarde se las traía por el pitón derecho. Rematado, fuerte, demasiado atacado de kilos. Movió el capote Ponce con amplios vuelos, hasta rematar con una revolera. Dos varas justas y un quite suave. En la apertura se fue a los medios, y allí, al segundo derechazo, el torrealta anunció intenciones torvas que hasta entonces no había demostrado. O no las habíamos visto. A izquierdas tomaba la muleta con mayor bondad. Hubo naturales crecientes, en un par de series de menos a más. Soportó las dudas en el obligado de pecho y las volvió a encajar a derechas, por donde un cambio de mano prolongó el viaje con maestría sobre la zurda. No hubo gestos o aspavientos, pese a que en las dobladas finales ya el bruto no disimulaba. A la hora de matar, las astas tapaban la salida, cruzadas en el camino como troncos en la vía del tren. En el pinchazo quiso alcanzar la taleguilla, y en el siguiente embroque también. Pero el brazo atinó a cazar la estocada. No pareció que la gente hubiese percibido mucho la importancia de la labor ni el peligro sordo y no tan sordo, aunque respondió con una ovación.

No importó, porque los escépticos acabaron convencidos con el sobrero que hizo cuarto, feo hasta las pezuñas, un tío que no humilló ni para morir. La labor de equipo fue perfecta, una maquinaria de relojería, desde Saavedra, que picó arriba, en la yema, a la brega de Mariano de la Viña o la eficacia con los palos de Tejero y Bourret. Ni un capotazo de más ni una pasada en falso. Enrique Ponce se dobló en principio, e incorporado barrió el lomo con un par de pases pecho de pitón a rabo, especialmente caro el segundo, vaciado por la hombrera contraria. Entendió Ponce la altura, o sea la del toro, y engarzó los redondos. Un trincherazo y derechazos pletóricos metieron ya a la gente y al manso enemigo en el canasto. El paso por la izquierda no decepcionó, y a pies juntos se comprendieron bastante mejor, de uno en uno, de frente, echando el engaño por delante como un abrevadero mágico, que se completó con un molinete invertido y el de pecho. Dominador absoluto, interpretó otra inversión, la del circular, que siguió interminable sobre la otra mano. Media estocada bastó, aunque a Bourret, últimamente, se le ha desafinado la puntilla. La oreja fue de ley, impuesta por la ley de Ponce.

La corrida de Torrealta fue dispar en todo. Morante dispuso del toro más propicio, el segundo, pero la velocidad y las revoluciones que imprimió no acompasaban los viajes: tirones y trallazos fueron la tónica. Acelerado y desconfiado, siempre pendiente de componer la figura más que de torear, decepcionó. El quinto, sin cuello, tuvo guasa, y, por tanto, hubo más excusa.

El Juli no se halla a sí mismo. No se encuentra cómodo. Se nota, y además no fluyen ni las ideas ni la frescura. Disfrutó del lote mejor construido. Pero uno no dijo nada, le faltó tranco y fuelle, y el otro embestía con un punto de genio. En éste anduvo valiente para aguantar dos pares de poder a poder, pero con la muleta no logró templar un molesto cabeceo más que en una ligada primera tanda de derechazos. Todo fue cuesta abajo. Al menos, la espada no le falló.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO.  Enrique Ponce, sublime

Devolvieron al cuarto, que renqueaba. En su lugar, saltó al ruedo el primer sobrero, Retacón, que precisamente tenía muy poquito de retaco. Un tío, incluso algo gigantón, por exceso de altura. Y eso sí, con generosa arboladura y muy astifino, como casi toda la corrida. El animal, bravucón en los vuelos del capote de Ponce, que no lo molestó, dio mala espina. Nadie nada un euro por este castaño ojinegro.

Sin embargo, Ponce lo estudió y calibró en el tercio de varas, en el que Antonio Saavedra le recetó una primera vara medida y delantera. Ahí estuvo el secreto de la nueva vía que se abría a la esperanza. El valenciano le dijo a su peón de brega, Mariano de la Viña: -"Que no te sorprenda". Y su banderillero lo enganchó delantero y alargó los viajes del toro tras la tela. Enrique Ponce sonrió. Al menos, eso pareció desde el tendido.

El animal estaba visto. Ahora, bajo esa aspereza que había presentado, únicamente faltaba escarbar con talante y con talento. Dos armas del valenciano. El comienzo, a media altura, fue prometedor. Ya con la derecha puso en marcha los motores en una tarde en la que marcó un ritmo despacioso y que abrochó con un bello pase de pecho. En la siguiente, por ese pitón, se recreó en pases más lentos. Y rompió la banda de Tristán. Entonces, junto a las rayas, tenía ya el toro en la mano; precisamente en la izquierda. Cuajó una serie al natural bella y muy aplaudida. Cruzado, a pies juntos, le dio de comer en naturales aislados. Un molinete ligado a un pase de pecho, resultó un epílogo precioso y luminoso, en la línea del Ponce más estético. Las palmas echaron humo. Pero la obra creció como la espuma en un invertido encadenado a un cambio de mano. Y se desbordó con un par de recortes. El público, en pie. Y empujando con el corazón en la suerte suprema. El toro, cuadrado, se movió. Ponce no rectificó. Entró bien y dejó una media en la yema que bastaba. Se echó el toro. Pero su banderillero, Jean Marie Bourret, erró con la puntilla y lo levantó. Posiblemente supuso una condena. El premio, tras descabellar certeramente el matador, quedó en una oreja. Una oreja a ley.

Con el que abrió plaza, un toro hondo, bajo, pastueño por el pitón izquierdo y complicado por el derecho, pero bajo mínimos, el de Chiva lanceó con buen aire. Con la muleta hubo pasajes aislados con la zurda, destacando los momentos finales, con un excelente pase de la firma.

Morante se hundió a medida que pasó la tarde. Lo hizo en su propia desconfianza ante un mal lote. Lo único destacable lo consiguió en su primero con un toreo rítmico y reunido a la verónica y una media con hondura. Con la franela no dio con la clave, con un toro claudicante y remiso a embestir. En la suerte suprema tiró las tres cartas.

Ante el quinto astado, que se quedaba corto por ambos pitones, desistió tras una colada escalofriante y cambió de terreno varias veces. Definitivamente, Morante de la Puebla se mostró incómodo.

El Juli se agarró a las banderillas y a sus ganas para salir airoso del trance. Lo hizo como tabla de salvación. Eso y su seguridad con la espada fueron las dos notas más destacadas de su actuación. Su primero, al que dejó crudo en varas, se apagó de repente y quedó bastante aplomado. El madrileño se esforzó lo suyo, como en un quite por gaoneras en las que no se movió, pero que resultaron tropezadas. En el segundo tercio brilló en dos pares, vibrantes, de dentro afuera. El trasteo fue de aguante.

Con el complicado sexto, además de las facultades que derrochó en banderillas, peleó con ansias en una faena en la que sus ganas se diluyeron entre la precipitación.

Ponce, en sazón, dictó una de sus sabias lecciones en las que mezcló sus conocimientos innatos con una portentosa estética. El público quedó satisfecho. La primera del ciclo fue como un buen festín. Toreo de máxima calidad. Lección lidiadora y torera de un Enrique Ponce sublime.



El Mundo.
JAVIER VILLÁN.
Ponce, firme, y los 'torrealtas', por el suelo 

Así debían de ser los primeros tiempos de la creación, como Sevilla en el Domingo de Resurrección. Ayer, mismamente.El aire recién lavado, la luz limpia, las nubes violeta...

Así tenían que ser las maestranzas y los campos en aquellos tiempos idílicos e inocentes; luego, vienen los toreros y lo estropean todo, aunque Enrique Ponce, medianamente y a favor del despeñadero de aburrimiento por donde se iba la tarde, hiciera florecer una oreja luminosa en el imponente sobrero. Dejémoslo en oreja, mas la cosa estuvo bien.

Vienen Enrique Ponce, Morante de la Puebla y El Juli y uno se da cuenta de que esos toreros nada tienen que ver con aquellos tiempos de Adán y Eva y de la creación del Paraíso; ni por la inocencia, ni por la belleza, ni por la majeza. Pero seamos justos.

Enrique Ponce paseó el albero en triunfo; además, en las hemerotecas hay otras imágenes de él y de El Juli más gloriosas: a hombros en Olivenza y Brihuega, un suponer. Claro que estos pueblos ni son La Maestranza, dicho sea sin ánimo de ofender, ni siquiera de desmerecer, a los aficionados de Olivenza y Brihuega.

Lo malo es que esas imágenes de El Juli, y mucho menos las imágenes de vulgaridad absoluta que derrochó ayer, empiezan a no gustar ni siquiera a sus más fervorosos incondicionales. No hubieran gustado ni al llorado Joaquín Vidal, que lo jaleó algunas tardes en Sevilla; ni siquiera a Luis María Anson o a Gustavo Pérez Puig, que han sido los más fieles y me parece que, con criterio y sana inteligencia, empiezan a pensárselo.

Salvador Távora, otro hombre de teatro y amigo, como Pérez Puig, sí que es un ser de los primeros días de la creación: por la inocencia y por el amor a la Fiesta. Távora profetizó tres pares de banderillas de El Juli en el sexto y, a fe, que fue lo más lucido del joven matador. Távora sigue imaginando corridas imposibles que amalgaman espectáculo, belleza, historia, y mira La Maestranza recién creada y se conmueve.

No hace mucho, Pío García Escudero nos conmovió a los dos, a Távora y a mí, cuando ofreció llevar el Don Juan en los ruedos a Las Ventas; y después ofreció gestionar, para el mismo sitio, La corrida del siglo XXI, sueño lírico de Távora, en la que, seguramente, nunca estarían ni Morante de la Puebla ni El Juli.Si acaso Enrique Ponce. «Eso está hecho», dijo Pío, y seguro que lo estará cuando García Escudero alcance los altísimos designios, dicen, que le tiene preparados su partido. Eso sí que conmovería verdaderamente a Távora.

Mas la verdad es que ayer, salvo la firmeza de un Ponce profesional y con amor propio, pocos motivos hubo en La Maestranza para conmoverse.Morante y El Juli, a la baja y sin atisbos de recuperación, y los torrealtas por los suelos. Torres más altas han caído y caerán.

Ponce, a su primero, lo tomaba frente a la puerta del desolladero y lo despedía por encima del tejadillo árabe hasta el Giraldillo: acelerado y sin ideas. Pero salió el imponente sobrero y Ponce cambió, aunque sin llegar al milagro de la transfiguración: tandas de derecha de compás abierto, una de naturales, y naturales de frente, uno a uno, muy limpios y ceñidos, adorno por la espalda ligado con el pase de pecho y circular invertido rematado con otro primoroso pase por delante.

El Juli y Morante, ni bien ni mal: vulgares, sin pasión torera, sin sitio y siempre fueracacho. Morante se ajustó en un quite por verónicas y el capote se empapó de esa inspiración profunda que adquieren los trastos sin alma cuando los sacude el arte.

El Juli hizo que simularan descaradamente la suerte de varas en sus dos toros; El Juli podría andar con desahogo en novilladas sin picadores. Silencios gélidos para Morante y Julián López; silencios que fueron adquiriendo densidad de protesta o de indiferencia; silencios huecos y temerosos. ¡Ojo al parche!, la temporada de El Juli, por sus turbios tejemanejes, puede ser un calvario.O una tumba.

Otras corridas de la feria