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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 15 de junio de 2003
Novillada con picadores

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Utreros de Cebada Gago, bien presentados. 

Diestros: 

Entrada: media plaza.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, Diario de Sevilla, ABC.


PortalTaurinoMANUEL VIERADe sorpresa en desencanto

No sé, dudo que los que en esto tienen algo que ver querrán escuchar, ni que harán entonces. Si el escribir de esto valdrá para algo o si alguna vez quien lo lea analizará las consecuencias de cómo está el escalafón de novilleros. Por momentos, durante la tarde en La Maestranza, no había manera de saber si lo que abajo pasaba tenía algo que ver con una novillada en la que los que participaban en ella se jugaban el ser o no ser. Muchas veces, demasiadas,  se echa en falta en el ruedo la raza del  que quiere ser torero, la rivalidad entre los actuantes, los quites, el no dejarse ganar la palea. Además, ahora,  lo que prevalece en estos mal llamados festejos menores es el exceso de conformismo, el valor camuflado, el engaño de lo banal y la escasez de lo auténtico. Así está esto.  

Película en sesión continua que se repite cada domingo. Unos vienen a tan importante plaza con el conformismo a flor de piel, otros, los más, a la desesperada y sin la mínima preparación para tan importante examen. Para venir a Sevilla no sólo hay que querer sino también estar preparado, y son muy pocos los que lo están.  Se la juegan a cara o cruz y, claro, se estrellan. O lo estrellan quien esto permite. 

De sorpresa en desencanto pasó la tarde. Sorpresa en el anodino toreo de Angel Romero y en el escaso oficio de Antonio Castillo. Y desencanto en Miguel Angel Perera, que apuntó y no disparó.

Poco, o nada, tendrán que culpar del eminente fracaso de la terna a los bien presentados novillos de Cebada Gago. Serios, bien hechos, lustrosos y sin complicaciones para la lidia. Iban y  venían a los engaños con nobleza, a veces con sosos embestidas, en cambio  otras con fijeza y tranco pastueño. 

Miguel Angel Perera fue, quizá, quien se mostró mas puesto y esbozó el mejor toreo. Perera parece ser un buen torero, sin embargo sólo dejó en el ruedo maestrante escasos retazos de su arte que sobrevolaron al tono general de su actuación. Se coloca bien, traza y dibuja el muletazo con enorme plasticidad, lo hace despacio, muy torero, pero se conforma con poco. Le costó hilvanar, dejar la muleta... Le faltó exponer, querer. Destacó en el toreo al natural al noble tercero, la rúbrica con los de pecho caló en los tendidos, pero le faltó continuidad. Al sexto lo toreó con la derecha  con muletazos aislados que no tuvieron emoción. Con la espada falló en ambos.

Imaginemos, que ya es imaginar, que Antonio Castillo quiere ser torero. Ganas y voluntad no le faltan. Fue esta la constante en el ruedo de diestro de Lora del Río. Castillo no dudó en recibir a sus novillos a portagayola. Quiso hacer en la plaza todo lo que sabe y más, pero la falta oficio, no está para afrontar tan importante cita. Las precipitaciones, la mayoría de las veces, conducen a una cierta impresión de caricatura del toreo, y siempre perjudican. Castillo, le tocó lidiar a un buen novillo aunque algo  complicado y otro noble y encastado.  Le puso ganas a rabiar, y sólo en eso  quedó su actuación. A pesar de que muchos de sus seguidores le jalearan con gritos que desentonaban en plaza como La Maestranza, a pesar de que le pidieran los trofeos, Castillo, sólo gustó en el manejo de la espada. 

Angel Romero se contagió enseguida de las sosas aunque nobles embestidas  de sus dos novillos. Animales que se movían sin maldad, el primero con las fuerzas justas, pero aprovechables. Romero le dio pases y pases con la diestra y después al natural en un  intento de agradar, pero no dijo nada. Al buen cebadagago lidiado en cuarto lugar poco más le hizo. Dos naturales bien trazados y pare usted de contar. Con el descabello se eternizó. 


El País. ANTONIO LORCA. Tarde fresquita

Lo mejor fue la temperatura que se quedó en Sevilla a partir de las siete y media de la tarde. Una brisa espantó el calor agobiante de los últimos días y permitió asistir a la novillada con la comodidad de épocas ya casi olvidadas.

No hubo toreo, es verdad, pero sí oportunidad de admirar la Giralda que se asoma por encima del tejadillo de La Maestranza. La visión es admirable y razón de peso por sí sola para visitar esta plaza en tardes como la de ayer.

No hubo toreo, es verdad, porque los novillos de Cebada Gago no fueron los más apropiados. Unos, porque desarrollaron genio y brusquedad, y otros, por falta de casta y abundante sosería. Alguno embistió en la muleta con nobleza, caso del tercero, que fue aprovechado a medias por el novillero de turno.

Los chavales de hoy aprenden a torear sobre la base de la tauromaquia moderna. Y así deberá ser, pero este toreo es vulgar, no emociona y se olvida antes de que finalicen los muletazos. A la vista de las circunstancias, un vistazo de vez en cuando a la Giralda y un esfuerzo continuo para recordar algo de lo sucedido en el ruedo.

Ángel Romero, por ejemplo, dio muchos pases ante su soso primero y el noblote cuarto, pero da la impresión de que lo han equivocado en el aprendizaje. Unos naturales finales en su segundo fue lo único destacado de su actuación. Por lo demás, se coloca mal, retrasa la muleta y pasó muy desapercibido. A Castillo tampoco le faltó el valor. A los dos suyos recibió de rodillas en la puerta de toriles y salió airoso del encuentro. Muleta en mano, solventó con más voluntad que acierto la brusquedad de su primero y la dificultad del quinto. Dio mejor impresión Miguel Ángel Perera, y toreó con temple por ambas manos a su primero, pero aburrió a todos por su pesadez en una faena muy larga en la que se mezclaron momentos interesantes con otros muy vulgares. En el sexto, manso y parado, sólo pudo derrochar voluntad.


Diario de Sevilla.  LUIS NIETO. Perera apunta quietud y buenas maneras

El novillero Miguel Ángel Perera logró los momentos más brillantes en una tarde en la que los cebadagago impusieron en gran medida su ley por las complicaciones en su juego.

El encierro de los Herederos de Cebada Gago fue prácticamente una corrida de toros por su presentación. Y en ideas los hubo de casi todos los colores. Desde el manejable cuarto hasta el manso sexto, que se defendió en todo momento.

Miguel Ángel Perera se desenvolvió con quietud y buenas maneras ante su lote. Con el capote consiguió lo mejor de la tarde en un quite en el que alternó unas chicuelinas y unas tafalleras. Lo más importante es que siempre quiso hacer las cosas bien. Debido al mal manejo de la espada se le escapó el triunfo en su primera faena. El novillo, al que castigaron duro, tuvo un buen pitón derecho. El torero aguantó impertérrito una colada escalofriante por el ligero vientecillo. Con las zapatillas asentadas y la verticalidad por bandera, cuajó una tanda con la derecha que remató con un largo pase de pecho. Arrancó la música. Y luego, con la izquierda, tanto con ayudados, como en otra serie, al natural, con relajo, dejó un sello de torero con buenas maneras. Probablemente pecó de exceso de metraje y además emborronó la faena con un mal uso de los aceros.

Con el sexto, un manso que se defendía, únicamente pudo apuntar sus ganas. Tanto con dos largas de rodillas en los tercios, como en unos estatuarios en los medios, que recordaron a José Tomás. No hubo más porque el animal, berreón, con tendencia a chiqueros, se apagó como una triste vela.

Ángel Romero se batió el cobre con su lote, al que mató mal, sin llegar a los tendidos. El que abrió plaza, corretón, se dejó pegar en varas, para buscar el abrigo de las tablas en el segundo tercio. En la muleta se quedaba corto y punteaba. El sanluqueño, en las afueras, se mostró porfión.

Con el cuarto, un toro en hechuras, que se dejó pegar en varas, buscó las tablas en banderillas y protestó tras la franela por el pitón derecho. Romero acortó las distancias en exceso y no consiguió acoplarse por el lado izquierdo, el mejor del manejable novillo.

Antonio Castillo, de Lora del Río, estuvo muy arropado por sus paisanos. Muy peleón, se vio desbordado en bastantes pasajes de su actuación. Como aspectos positivos le echó agallas al recibir a portagayola a su lote y mató certeramente. Al rebrincado, incierto y mirón segundo, le dio distancia al inicio de una faena a la que le faltó limpieza. Fue protestado cuando quiso dar una vuelta al ruedo por su cuenta, tras leve petición.

Con el quinto, un astado topón, tampoco consiguió importantes logros. Quiso iniciar su labor con el cartuchito de pescao, cuyo pase quedó frustrado al arrollarle el novillo la muleta. Una labor que estuvo marcada por multitud de enganchones.

La novillada, que tenía mucho que torear, no fue aprovechada. Lo mejor, sin duda, corrió a cargo del pacense Miguel Ángel Perera, al que sería conveniente ver ante otro material.


ABCFERNANDO CARRASCO. La clase de Perera y un ángel de la guarda

La casta es difícil sobrellevarla, máxime si escribimos de novilleros que acuden a la Maestranza y se encuentran con las complicaciones propias de astados que desarrollan esta condición y plantean problemas. Por eso, ponerse delante de los «cebadas» suele acarrear situaciones como las que se vivieron ayer en el coso del Baratillo, donde Angel Romero estuvo correcto pero no le cogió el aire al animal más encastado de la tarde, o cuando Antonio Castillo, que tiene un ángel de la guarda que para sí lo quisiéramos muchos, salió indemne en sus dos oponentes a pesar de los constantes ¡ays! y ¡huys! que salían de las gargantas de los aficionados cada vez que daba un muletazo.

El mejor parado de la terna fue el pacense Miguel Angel Perera, que posee clase en su toreo y una buena concepción. Dejó detalles manejando el percal en su primero y en un quite por chicuelinas y tafalleras. Templado resultó el inicio de faena ante un novillo que se fue creciendo y que tomaba el engaño con avidez, aunque no era fácil ya que amagaba al tercer muletazo. Perera, muy centrado, le puso la pañosa y tiró bien del cebada consiguiendo muletazos estimables por el pitón derecho. Debía rectificar de vez en cuando la posición, pero las series tenían su aquél. También con la zurda anduvo a buen nivel. Mas alargó sin sentido la faena y, para colmo, lo emborronó todo con la espada.

Fue la faena más maciza de la tarde, por gusto y clase. Porque ante el sexto, el más parado y soso de todo el encierro, el pacense sólo pudo mostrar voluntad e insistencia, consiguiendo algún que otro muletazo suelto. Nada más.

Abría terna el sanluqueño Angel Romero que estuvo correcto en su primero, no precisamente sobrado de fijeza ni acometividad. A media altura transcurrió la faena de Romero, que pecó de rematar los muletazos demasiado arriba. Las series se sucedieron pero aquello no acabó de llegar a los tendidos. Soso el novillo, correcto pero contagiado de la sosería el chaval.

A portagayola se fue a recibir al cuarto, que fue desarrollando casta a medida que avanzaba la faena. Angel Romero se puso en el sitio, citó con decisión pero los muletazos eran un compendio de mezcolanza entre limpios y enganchados; lentos y embarullados. Repetía el de Cebada y lo hacía con la casta en cada una de las embestidas. No era fácil ligar con limpieza, por lo que los enganchones, dicho queda antes, se sucedieron una y otra vez.

Antonio Castillo se trajo ayer a la Maestranza varias cosas. Por una parte, toda la voluntad del mundo; por otra, una «clá» que bien haría en quedarse en casa y no desentonar a diestro y siniestro, vitoreando no sólo a destiempo, sino todo lo que hacía el chaval, bueno -lo menos- y malo -lo más-. Y una tercera cosa en el esportón: un ángel de la guarda de los que no tienen precio.

No se movió de su lado ante el encastado tercero que recibió a portagayola y al que le dio lances rápidos y enganchados. El novillo le dio un buen susto en banderillas y Miguel Angel Guillén -aquí tuvo que desdoblarse el querubín celestial- y comenzó a ir de largo en la muleta, con prontitud. Casta y genio por partes iguales tuvo el cebada. Se puso Castillo, pasaba el burel y la cornada se mascaba en el ambiente una y otra vez. Se libró de puro milagro.

Lo mismo que ante el quinto, al que también recibió a portagayola y comenzó la faena con el «cartucho de pescao». También anduvo en muchos momentos a merced de su enemigo. La voluntad no siempre es suficiente. Sobre todo si el valor es inconsciente y le puede jugar una mala pasada.

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