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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 3 de mayo de 2003
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Cebada
Gago, bien presentados con distinto juego. 5º y 6º bis pitados en el
arrastre. El 6º, devuelto por debilidad en los cuartos traseros.
Diestros:
- Liria,
estocada entera un poco tendida y atravesada (saludos); pinchazo sin
soltar, estocada tendida y un poco caída (saludos).
- Padilla,
pinchazo que escupe, cuatro descabellos (silencio); pinchazo, más de
media estocada en su sitio (palmas).
- Víctor Puerto,
estocada trasera y caída (palmas); pinchazo (silencio).
Entrada: hasta la bandera.
Presidente: Paco Teja.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, ABC, Diario de Sevilla,
El Mundo
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Silencios resonantes
Ya hace tiempo, casi no me acuerdo, que se escribe y
se habla de la crisis que asola a la realidad de las corridas de toros. Y
que el advenimiento de esta realidad no sería más que su lógica
consecuencia. Estamos en un incierto presente y en un futuro en el que
casi no se vislumbra nada bueno. Alguna vez alguien, digo yo, tendrá que
plantearse el futuro de un animal que sólo se cría para crear arte y
provocar emociones. Los silencios tras la lidia son cada vez más
resonantes. Más de desánimo que de respeto o castigo al torero. El público
se aburre. Aguanta estoico incomodidades, calor insoportable, y ni toros
ni toreros satisfacen sus mínimos deseos. Sé que volverán, no lo dudo,
a la cita de estos grandes eventos convertidos en escaparates de una
sociedad deseosa de ser vistos, y no para ver. Lo que abajo pasa es lo de
menos. Lo importe es lucirse, y mucho, en los tendidos.
Los pocos interesados que a la plaza van para presenciar este tipo de
corridas, más toristas que toreristas, tienen en estas tardes el
atractivo de la emoción. La emoción del peligro de la complicada
mansedumbre. La emoción de la casta. La emoción de la bravura, que al
fin y al cabo es lo que buscan. Pero no es por ahí por donde ha
discurrido la anodina tarde. Ni tampoco los actuantes han dado respuesta
acertada y solución válida a las complicadas embestidas de unos, y a la
noble movilidad de otros. Que de todo hubo.
Los serios y astifinos cebadagagos han dejado toda la casta en La Zorrera,
allí donde se crían. Esa es la cuestión. Sólo tercero y cuarto
acudieron nobles a los engaños sorprendiendo a quien los tenían que
torear. Quizá, porque no esperaban tan clara movilidad en unos toros
denominados, de antemano, duros y peligrosos. Los demás, no sólo no
anduvieron, sino que se echaron agotados y moribundos.
Pues ni con unos ni con otros convencieron. Pepín Liria, al que no le
escatimo ni un solo gramo de su entrega, demostrado tiene que su
particular guerra está con el fuerte y no con el débil. Con el primero,
complicado y de malas ideas, anduvo en su sitio. Insistió en pasarlo por
ambas manos y aguantó estoico medias arrancadas y feas tarascadas a los
muslos. Pero con el noble cuarto no terminó de acoplar distancias e
hilvanar tandas de muletazos como lo requerían las primeras y claras
arrancadas del toro. Le faltó emoción a los bien trazados pases que
nunca llegaron a calar en los tendidos.
No ha sido suficiente, se esperaba algo más de Víctor Puerto para que
por lo menos hubiese salido airoso del intento. Se cansó de torear
inexplicablemente al también noble tercero. Tras ligar despacio las tres
primeras tandas con la diestra, y sentir en los hombros los astifinos
pitones en la culminación con el de pecho, Puerto, desiste de más toreo,
acorta distancias, y se duerme en unos intentos interminables y absurdos
que terminan por aburrir al más paciente que se sienta en el tendido. Con
el manso sobrero lidiado en sexto lugar, no tuvo la más mínima opción.
El descastado animal se echó para no ser molestado.
Sin duda, de lo poco o nada ocurrido en la tarde, lo mejor fue un soberbio
par de banderillas al sexto, un mulo parado y aculado en tablas, al que
Juan José Padilla atacó desde fuera con la dificultad propia de la
compleja suerte. Para el diestro de Jerez sonó la más fuerte ovación de
la plúmbea, calurosa y agotadora tarde. Ninguna posibilidad de agradar le
dio el manso segundo y menos aún el ya comentado sexto, al que mató sin
conseguir un sólo pase.
El País. ANTONIO
LORCA. Naufragio
La corrida navegaba en picado por las aguas procelosas del desastre y
el presidente se encargó de hundirla hasta el naufragio total. Cosas que
pasan. La misma persona que hace unos días no dudó en devolver tres
toros inválidos se equivocó ayer al confundir la cojera del sexto con el
aburrimiento del personal y optó inexplicablemente por mostrar el pañuelo
verde.
Salen las asistencias en forma de cabestros y lo poco que quedaba del
barco se hundió sin remedio. Quince minutos de espera y, al final, el
puntillero se tiene la jugar la vida desde un burladero para apuntillar a
un toro válido. Salió el sexto, y entre el toro y Víctor Puerto, a cual
peor, acabaron con el cuadro. Otra corrida insufrible, otra decepción, un
naufragio.l.
Ni la ganadería de Cebada Gago ni los toreros respondieron a la
expectación creada. Dicho de otro modo: fracasaron estrepitosamente. La
primera, porque a excepción de dos toros, la corrida se hundió en el
tercio final; los toreros, porque no estuvieron a la altura de las
circunstancias.
Claro, que es muy fácil y también muy injusto despachar el comentario
del festejo con los datos fríos de la ficha. Duro destino el de los
toreros que deben sustentar su carrera en corridas duras, con toros de
astifinos pitones, correosos y ásperos, que no permiten el más mínimo
error. Es la injusta realidad de una fiesta en la que no existe igualdad
de oportunidades. Unos, tanto a pesar de los fracasos, y otros, a jugarse
la temporada cada tarde ante corridas que nadie quiere.
Vaya por delante el respeto a Liria, Padilla y Puerto, a quienes nadie
les regala nada. Y, después de lo de ayer, mucho menos. Porque no
estuvieron bien, que tampoco hay que engañarse. Se les supone poderosos y
sobrados de técnica, pero se les vio afligidos y torpes. Liria sorteó
como pudo el peligro de su primero, al que recibió de rodillas en la
puerta de chiqueros, y estuvo muy por debajo de las condiciones del
cuarto. Padilla también se fue a toriles en el primero, corrió mucho,
banderilleó irregularmente, se justificó ante el parado segundo y no
pudo dar un solo pase al acobardado quinto. Y Puerto atraviesa un bache
serio: perdido con el tercero, el único que embistió de verdad, y sin
sitio ni recursos ante el complicado sexto.
Diario de Sevilla.
LUIS
NIETO. Siembra de
almohadillas
El público perdió la paciencia. Y al final sembró
el ruedo de almohadillas. La feria ha hecho perder los nervios a más de
uno. Ni una corrida en condiciones.
Con ambiente campechano en los tendidos y ganas de disfrutar del toro en-cas-ta-do,
las ilusiones se derritieron con la misma facilidad que los he-la-dos en
los tendidos de sol ¡Qué calor! El termómetro dio cornadas por doquier,
como hachazos lanzaron la mayoría de los cebadagago. Los nobles tercero y
cuarto, fueron la excepción al mal juego.
Un tipo, tocado de sombrero blanco, bigote y aires de doctor, dijo:
–No embisten. Están depresivos.
Oiga, le tomo la palabra. Depresión igual a mala casta. El quinto fue
hasta para análisis psiquiátrico. Se encerró en tablas, en su soledad,
en su depresión descomunal y no movió ni un músculo. Y también el
sobrero, que se echó como el paciente en un diván. Aquí me las den
todas. Con el resto, hubo de todo. Pero el público, cansado ya a estas
alturas, hundido moralmente, sembró el albero de almohadillas al término
del festejo.
Pepín Liria terminó su paso por la feria sin rematar por lo alto. Se la
jugó a portagayola en el que abrió plaza. Toro que se quedaba corto por
el derecho y se revolvía cual rayo por el izquierdo.
Al cuarto, con nobleza, le faltó chispa. Liria, en los medios, tampoco
consiguió emocionar. Faena técnica, con algunos pases estimables por la
derecha. Lo que consiguió con la zurda apenas tuvo eco. Pinchazo y
certera estocada.
Juan José Padilla luchó lo suyo por agradar. Al recibir al segundo apuró
mucho a portagayola. Una larga de rodillas de escalofrío. Dio espectáculo
en banderillas, con un par al violín en los medios, muy ovacionado. La
labor, en las rayas, con un astado que escarbaba, tardo y que derrotaba
constantemente, no pudo ser lucida.
¿Qué no hay quinto malo?…Peor. Toro manso, que se aconchó en tablas.
Padilla se lesionó un pie al pisar un hoyo. Aún así, ante la
insistencia del público, se esforzó en un tercio de banderillas largo y
pesado. No logró sacar de tablas al astado.
Puerto no consiguió aprehender toda la nobleza del tercero. El toro acudió
en los comienzos de largo, en pases emocionantes por alto, a pies juntos.
Apuesta muy fuerte, en la que echó la moneda al aire. Luego,
planteamiento en los medios. Pero pronto acabó acortando distancia al
toro, que sólo tenía un pitón bueno, el derecho. El diestro pecó de
encimismo y se diluyó la faena, que remató de gran estocada.
Cuando salió el sexto, el público estaba ya hastiado. Pajarraca por un
toro que no tenía lesión alguna. El presidente, nuevamente Francisco
Teja, tiró de manera facilona del pañuelo verde. Devolución. Quince
minutos de reloj con la inoperante parada de cabestros. Menos mal que
Lebrija, el puntillero de la plaza, acabó con la terrible pesadilla de un
certero cachetazo. Llegó la gran desbandada. El sobrero, de la misma
ganadería, esperó en banderillas. Como hecho anécdótico y
desagradable, le prendieron un palo en el morrillo. El astado tampoco dio
juego en la muleta. Trasteo de Puerto, con un bicho que buscaba y que se
echó por su cuenta ¡Viva la casta!
El personal, irascible, sembró el ruedo de almohadillas. Punto y final.

El Mundo. JAVIER
VILLÁN. Aleluya,
aleluya, esto se acaba hoy
Pues tampoco los cebaditas, santos laicos de mis devociones taurinas,
han marcado un hito en esta bochornosa y muy poco memorable Feria de
Abril. Habrá que esperar a otro año y ¡que Dios reparta suerte! Y
nosotros que lo veamos. Se acaba esta feria, hoy mismo sin ir más lejos,
con los miuras, lo que quiere decir que no hay mal que dure eternamente y
que no hay cuerpo capaz de resistir otra Feria de Abril como ésta. La
proximidad de su consumación es un alivio; aunque hay quien dice que
secuelas de acontecimientos así suelen ser duraderas y perniciosas.
La Maestranza ha entrado en coma y es urgente algún cirujano de hierro
que remedie tan dolorosa enfermedad. A mí, que me registren.Así que, Ave
César, los que van a marcharse te saludan; y Ave César, los que vamos a
volver te saludamos. Porque, pase lo que pase, es necesario e inevitable
volver a Sevilla, aunque sólo sea para ver su recuperación: deuda de
afecto.
La corrida se quebró definitivamente, por si no estuviese ya
suficientemente quebrada, a partir del quinto toro, reventado, y de la
devolución del inválido sexto. Antes, poca cosa. A Pepín Liria le
llegaba una tormenta de rayos, relámpagos y centellas desde todos los
frentes y posiciones. Se zafó como pudo, y pudo poco esa es la verdad. Lo
fulminó con un estoconazo.
No se rompió Pepín Liria en ningún momento y uno tiene la sensación
de que en el cuarto, de haberse cruzado un poco más, hubieran brillado
mejor las virtudes del cebadita. Cierto es que éste, el más noble y
encastado, se agotó pronto como todos los demás.
Las banderillas al violín no es, como algunos creen, que venga un
torero, saque a la arena un stradivarius y ¡zas!, le clave dos arpones.
Las banderillas al violín es, como casi todo el mundo sabe, una suerte
que consiste en tomar los palos como si fuesen arco de violinista, sólo
que un poco más rudamente, contorsionarse, pasar el brazo armado por
encima del hombro contrario -donde se supone que debiera estar el
imaginario violín- y así, de forma tan extravagante, clavarlas en el
morrillo del toro.
Suerte atlética
Es suerte atlética y, por lo tanto, propia de corredores atléticos:
El Fandi y Padilla. Ayer el jerezano banderilleó al violín y se le
aplaudió mucho. Esta modalidad goza de gran predicamento, tanto en las
cultas y exquisitas plazas del sur como en las agrestes plazas del norte.
Padilla parece un torero antiguo, mayormente por las patillas de boca de
hacha o, quizá mejor, de faca o algo así. Un torero con pinta de
bandolero, dicho sea sin ánimo de faltar naturalmente, como aquéllos que
cantaba Fernando Villalón.Cuanto más profundizo en su vida y obra, mejor
me cae el marqués de Miraflores. Este hombre no es sólo, como se nos ha
querido hacer creer, el de la cursilería aquella de los toros con ojos
verdes. Villalón, aristócrata y poeta, fue un maldito, un heterodoxo a
contrapelo y a contrapie de la sociedad en que vivió y padeció.
El toro quinto salió con los pitones literalmente reventados, hechos
astillas. Y el picador le reventó el hígado, el bazo, el espinazo, la
paletilla y todo lo que se podía reventar. El pitón derecho parecía una
escoba y el izquierdo una brocha. Con un toro imposible y entablerado,
Padilla se empeñó en banderillear y nos hizo perder un tiempo precioso,
aunque menor del que se perdió momentos después en una de las temibles
devoluciones de esta plaza. Ni la estupidez de los cabestros eunucos ni
las habilidades del cabestrero tienen arreglo. En consecuencia, hubo que
apuntillar al inválido.
Víctor Puerto anduvo demasiado cabiloso en su primero y desconcertado
y a la deriva en el sobrero. Cuando se apercibió de la casta del cebadita
tercero, trazó dos tandas de derecha bajando la mano y templando muy
bien. Luego, aguantó una mirada y un parón de infarto. En el sobrero, lo
único que tuvo que aguantar fue la falta de casta del animal, que se echó
varias veces.
No toreó bien Puerto. La mejor faena que le he visto esta temporada
fue en un concurso de mises donde estaba de jurado. En aquel glorioso jardín
del Edén, rodeado de bellezones, Puerto hizo un ajustadísimo quite a la
maldita Guerra del Golfo. Yo creo que Puerto ha sido el único taurino que
se ha mojado en este asunto. Aunque no triunfara ayer, ¡va por usted,
torero!
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Otro fiasco de tarde en La
Maestranza
El verano se abalanzó sobre Sevilla a degüello, castigador. La tarde
era un horno, una caldera en ebullición, un sopor. Cebadas salían de
todas las marcas, malos, buenos y descastados y mansos, todos terciados,
algunos chicos. Unos por otros (los toreros), insoportable espectáculo. Y
llegó de nuevo el tal Teja, el mismo presidente del otro día, y en un
alarde de ineptitud precipitó otra vez una devolución, la del sexto. La
puntilla. Máxime a sabiendas de que los cabestros de la Maestranza sólo
dan risa al personal. Pero es que además el toro no sufría invalidez
manifiesta ni perdía las manos ni se descoordinaba en el trote. Nada. O
nada que apreciaramos.
Para más inri se creció. Los inútiles castrados cumplieron con su
cometido de ciscarse y el mayoral con el suyo de correr sin norte por el
ruedo. Resoplamos de alivio cuando el cebada hizo por irse solo. Una ilusión.
A última hora, se dio la vuelta en la puerta de chiqueros. Una y otra vez
repitió la hazaña, incapaz nadie de meterlo ni a punta de capote. En una
ocasión hasta entornaron el portón con el toro dentro, mas embistió
contra la madera y se presentó de nuevo ante los espectadores, que
afortunadamente se reían. Tan pimpante recorrió la plaza, engallado, sin
rastro de merma física alguna. Trataron de atronarlo en un burladero, y
luego en otro, donde finalmente el puntillero, a base de jugarse el físico,
lo consiguió.
Obsequio de tres cuartos de hora
El tal Teja nos había obsequiado con tres cuartos de hora más
de corrida. Qué majo. El sobrero, también de Cebada, sin cuello y
rematado, un pavo, no humilló nunca. Ni siquiera con la banderilla que le
prendieron en plena testuz: la gente se tronchaba (por no llorar, digo). Más
misterio que la parada bueyuna o por qué en esta feria los toros tardan
tanto en salir por chiqueros entraña la solemnidad de Víctor Puerto.
Desde que cogió la muleta hasta que ejecutó el pase inicial, cinco
minutos o tres, una eternidad en cualquier caso. Por uno y otro lado lo
trasteó, pensando mucho cada muletazo para que luego saliese de aquella
manera, con el bruto con la cara por las nubes y queriendo herir de puro
descastado. Terminó por echarse.
Puerto no había estado mucho más alegre con el tercero, un burraquito
flojo, bastante más que el que rechazó el tal Teja, ya bautizado como «Pañuelo
Veloz». Embistió noble y suave durante una faena que fue a menos, a la
par que el toro. La impresión es que debía haber aliñado mejor un guiso
demasiado soso y sin mano izquierda.
Liria sufrió postrado a la puerta de toriles a la espera de que de una
puñetera vez abrieran al toro que estrenó plaza. La larga fue un alivio
para los tendidos, que contenían la respiración. El cebada no paró de
desarrollar sentido, y el diestro de Cehegín utilizó su particular táctica
de esgrima para esquivar los derrotes navajeros. Si la excusa del
comportamiento torvo vale en éste para no triunfar, ¿qué pretexto hay
para no hacerlo con el bondadoso cuarto, el mejor de los cebaditas? Al
hilo o fuera de cacho, con el pico y despegado es imposible. No es nuevo
que un matador, de tanto lidiar con corridas duras, se olvide de torear
como mandan los cánones, y sólo se sirva de una técnica defensiva.
Estuvo eficaz con la espada y fue ovacionado en su lote.
Padilla también acudió a portagayola. Esperó un tiempo menor al de
Liria. Después jugó el capote con buen aire. Sacó guasa el chico
ejemplar en repetidos derrotes. El quinto, que se reventó los pitones, se
aquerenció en tablas y ya no quiso saber más de embestir. En ambos
banderilleó el jerezano con facultades y sin especial brillo, aunque un
par al violín conectó con los tendidos.
El ruedo se pobló de almohadillas al final de un funeral de dos horas
y media insufribles.
Otras
corridas de la feria
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