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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 13 de abril de 2002
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Garcigrande ( 1º, 2º, 4º, 6º) y Sampedro (3º  y 5º). El 6º fue devuelto a corrales para evitar alteración del orden público, que protestó por anovillado e inválido. 6º bis de Domingo Hernández. Inválidos para la lidia, chicos y anovillado. El tercero demostró casta.

Diestros: 

  • Finito de Córdoba, tres pinchazos, casi entera y dos descabellos (silencio); cuatro pinchazos y un descabello (silencio).
  • José Tomás, estocada (gran ovación); dos pinchazos y estocada (silencio).
  • Eugenio de Mora, estocada (ovación); casi entera y dos descabellos (silencio).

Entrada: lleno hasta la bandera.

Incidencias: monumetal bronca al presidente hasta que se devolvió el 6º a corrales.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, El Mundo, ElDíadeAndalucía.com


Antonio Lorca, crítico taurino de El PaísEl País. Antonio Lorca. Histórica

No se lo van a creer, pero estos ojitos lo han visto: una protesta generalizada del público de la Maestranza consiguió que el presidente, en una decisión tan incoherente como histórica, devolviera al sexto toro por chico, impresentable e impropio de esta plaza. Verlo para creerlo, pero así ha sido. ¿Es que la gente ya se ha cansado de que le tomen el pelo? ¿No será, más bien, que han llegado los forasteros, que no están dispuestos a aguantar lo que aguanta esta Sevilla, que confunde la clase con el conformismo más desesperante?

Esto fue lo que pasó: nada más salir el sexto por la puerta de chiqueros comenzaron las primeras protestas. No era para menos. Era un becerro que no hubiera pasado el reconocimiento en una sin caballos: sin trapío ni cara. Muchos espectadores expresaron su desconcierto: 'Pero si no se ha caído'. Como están tan acostumbrados a ver toros esmirriados...

De Mora lo pasa de capote sin convicción. Salen los piqueros y la protesta se generaliza. Le dan fuerte como si el animal tuviera la culpa. El novillo no se cae. ¡Vaya, hombre! Muchos espectadores dirigen improperios contra el presidente. Éste, impertérrito y ausente, mira al infinito. A su derecha, el asesor veterinario no sabe dónde meterse. Aparece el pañuelo blanco y la plaza entera protesta airada. Aparece una almohadilla, otra y otra, hasta decenas que pueblan el ruedo y ponen en peligro la integridad de las cuadrillas. El presidente, se supone que para evitar un desorden público y males mayores, decide devolverlo a los corrales.

Tarde histórica, sí señor. Este espectáculo no había ocurrido nunca en esta plaza.

La verdad es que toretes del estilo del devuelto se han lidiado por docenas en Sevilla y nunca ha pasado nada. La presión de los taurinos es cada vez más fuerte y la autoridad de los equipos presidenciales, más débil.

¿Quién mandaba en el cartel de ayer? José Tomás, quien, al parecer, impuso la ganadería de Garcigrande, que visto lo visto, no tenía toros suficientes para Sevilla. ¿Por qué la empresa Pagés acepta contratar a una ganadería en estas condiciones?

No hay que ser un lince para atisbar que la presión de los toreros consiguió que se aprobara ese toro sexto. Pero lo aprobó el presidente, la misma persona que después lo devuelve por la presión del público. ¿Se entiende algo? Sí, todo; se entiende que mandan los toreros, que se burlan impunemente de la empresa, de la autoridad y, lo que es peor, del público. ¿Será cesado el presidente? ¿Usted qué cree? Pues, eso, que no.

La corrida fue una enciclopedia de mansedumbre y sosería. Y todo fue muy aburrido. Lo único destacable lo hizo Tomás, que toreó muy bien a la verónica, por chicuelinas y con el capote a la espalda. Inició la faena a su primero citándolo desde los medios, el toro lo atropelló en su carrera, lo lanzó por los aires y lo recogió ya en el suelo, sin que, afortunadamente, resultara lesionado. Fue una voltereta espeluznante que acabó con cualquier posibilidad de lucimiento. El toro se rajó, como le ocurrió al quinto, con el que estuvo breve.

Finito no tuvo suerte, que es lo que se suele decir para justificar a los toreros. Lo cierto es que se mostró torpe, sin recursos, precavido, incapacitado para adoptar, al menos, otra actitud ante la sosería de sus oponentes.

Y Eugenio de Mora demostró voluntad, pero no dio una a derechas. Le toco el único que embistió, el tercero, y lo toreó con prisas, sin convicción ni orden en un trasteo vulgar. En el sobrero, soso también, la gente no estaba para gaitas.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. La Maestranza, en armas

Que nadie se escandalice porque se veía venir. Año tras año se ha jugado con la buena fe de la gente, con su paciencia y su aguante; una temporada, otra, otra más, la santidad del público sevillano se ha puesto a prueba de granujas y lagartones. Y, claro, se intuía el motín. Normal. Fue a la salida del sexto, la novia de Mickey Mouse, una ratita mona, la gota que colmaba el vaso de una tarde de toretes anovillados y vacíos de bravura, mansos como la vaca de Milka. Jamás había visto en Sevilla los tendidos sublevados con tanta ira. Las almohadillas volaban. Gritos de «¡fuera, fuera!» y «¡vámonos, vámonos!», brazos en alto, pañuelos en mano; la Maestranza, en armas. Sucedió con el último, aunque podía haber ocurrido con el primero o el segundo, con cualquiera menos con el quinto, el más toro. A estas alturas, el personal no toleraba ni un chiste más. El cielo crepuscular, rojizo como un espejo que reflejase las llamas de la Roma de Nerón, el encendido cabreo maestrante, Caracas rebelada contra Chávez...

Devolución del novillejo

El presidente calmó a las masas, que querían la devolución, no ya del dinero sino del novillejo. Y sacó el pañuelo verde como recurso para evitar un altercado de orden público. Humanamente, se comprende al señor Carrasco, pero nos habríamos evitado todos el berrinche si por la mañana hubiera ejercido la autoridad que le confiere su condición presidencial.

Desde principio de año, hemos avisado. En Castellón y en Valencia, donde el listón se ha rebajado a límites intolerables en cuanto a presentación. Que cualquiera inicia con la mejor voluntad la campaña contra el exceso de kilos y luego viene el ay madre de la raspa y el toro chico. Ayer hubo ocasión de comprobarlo. ¡Qué complicado es el equilibrio!

Por los toros de Garcigrande las figuras son capaces de enfadarse y hasta complicarle la vida a los empresarios. Pues, bien, ahí tuvo José Tomás la corrida exigida e impuesta. Toros desbravados, sin trapío, rajados... Y todavía casi le cuesta un disgusto, cuando al iniciar la faena al segundo sufrió una escalofriante voltereta, muy parecida a la del pasado año en San Isidro con un ejemplar de Puerto de San Lorenzo. Como entonces, citó en los medios, en aquella ocasión sobre la mano izquierda y ayer por estatuarios. Y el toro, sin hacer aún, que se cruza y se vence, y Tomás que no se enmienda. El giro sobre los pitones cobró una velocidad espeluznante, y la caída, fea, terrible, asustó. En el suelo aún lo buscó con saña. En estas situaciones, el diestro de Galapagar mantiene una sangre fría inexplicable desde cualquier lógica. Se levantó sin mirarse y se fue derechito a por la muleta y el estoque simulado. El enemigo no quería pelea y salía de naja, y J.T. reinició la obra en el lado opuesto, también por alto, para después intentarlo en los medios. No había material, mas el torero tampoco transmitió la sensación de tener las ideas muy claras. Sólo quedaron unas verónicas y un quite por chicuelinas para el recuerdo.

Momentos más brillantes

De nuevo, con el quinto, los momentos más brillantes se vivieron con el capote, a pies juntos ahora. La media fue de categoría. El toro, de Hermanos Sampedro, se paró a conciencia en el último tercio.

Finito de Córdoba se encontró con un par de toros fotocopiados, que huían y huían. El hombre se alivió con la espada cuanto pudo.

La faena de Eugenio de Mora con el pegajoso y manejable tercero a punto estuvo de despegar. Pero se vino abajo al natural y después ya no recuperó el notable y ligado tono que surgió sobre la derecha. Quiso insistir y se equivocó. Resolvió con contundencia con la espada. Nada obtuvo del distraído sobrero de Domingo Hernández que hizo sexto, cuando la tarde moría aburrida de sí misma.


Francisco Mateos, crítico taurino de www.eldiadeandalucia.comeldiadeandalucia.com. Francico MateosLa Maestranza le declara la guerra a los atracos de la autoridad

Se acordará el presidente de la corrida, Fernando Carrasco Lancho, del 13 -13 tenía que ser- de abril. No sé si en estos momentos habrá presentado la dimisión o le habrán cesado. Debería dimitir todo el equipo, pero al menos él, que es la cabeza visible. Siempre es más honroso irse a que te echen. No es momento de hacer leña del árbol caído. Ya decía días atrás que la disparidad de criterios de los cuatro presidentes se estaba agravando, y que Carrasco Lancho es el que más rebaja listones; en todos los sentidos. Con el agravante de que es un veterinario ejemplar, permitió que saliera al ruedo maestrante toda una escalera de toros que nada tenían que ver los unos con los otros, después de hacer, según dicen, una criba en los corrales. Si la mayoría de los que salieron al ruedo no tenían trapío ni para Villanueva de los Catrejones, ¿cómo serían los que mandó al campo en el reconocimiento?

El escándalo llegó en el sexto. Nada más salir un animalito chico, feo, sin trapío y con dos pitoncitos de nada, la Maestranza -sí, sí, la Maestranza, la siempre callada y silenciosa Maestranza- se puso en pie a abroncar al torillo y al presidente. Entre broncas lo lanceó Eugenio de Mora y hasta se picó. Pero los más próximos al presidente -que le dijeron de todo- se levantaron y comenzaron a marcharse al sentirse estafados por la autoridad, la Junta de Andalucía, que muy supuestamente vela por sus intereses. La tocata y fuga se expandía por los tendidos y muchos llenaron el ruedo de almohadillas.

Fue entonces, y sólo entonces, cuando el presidente accedió a devolver el toro. La bronca, de época. Varias preguntas: ¿Por qué Carrasco Lancho sí vulneró el Reglamento en esta ocasión y no cuando permitió la lidia de un toro con el cuerno partido por la cepa, hurtándole un toro a Dávila Miura y al público? ¿Quién pagará el sobrero? ¿Tomará acciones legales la empresa en contra de la Junta de Andalucía por violar el Reglamento -devolver un toro por ‘falta de trapío’, aspecto no contemplado legalmente-? El caos presidencial es un hecho. Pero lo positivo ha sido la reacción del público, de ese santo público de Sevilla que le lanzó a la Junta de Andalucía un ‘Basta ya’, porque recordemos que el que está en el palco es un representante directo de José del Valle, delegado de la Junta en Sevilla.

El sobrero sexto fue complicado, parándose y colándose. Eugenio de Mora, antes, en el tercero, el único posible del festejo, dejó una faena de altibajos, si acertar en las distancias, excepto en unas tandas con la derecha.

José Tomás se llevó un volteretón espeluznante en el segundo. Quiso empezar con ayudados por alto en los medios. El toro se le vino muy cruzado. O se quitaba, o cogido. Cimbreó la cintura hacia atrás cuanto pudo, pero se negó a mover los pies. Cogida, estaba cantado. Se salvó de la cornada de milagro. Tras la impresionante paliza su única preocupación era calzarse la zapatilla que había perdido para seguir toreando de la misma forma al hilo de las tablas. Pese a su frialdad calculadora, el toro fue imposible, rajado y huyendo. El quinto, reservón y parado, no dio opción. Brilló José Tomás con capote.

Finito cerró Feria con dos mansos que no le dejaron. Eso sí, con la espada, muy mal.


PortalTaurinoManuel Viera.  Se veía venir

Toda realidad que se ignora, recordaba Ortega no sin retranca, prepara su venganza. Y la realidad de hoy es la falta de criterios con el toro que ha de lidiarse en esta plaza de primerísima categoría. Y venganza  hubo para quien lo permitió. Vamos camino del abismo si alguien, quien corresponda, no para de un plumazo tan triste carrera. El asunto no es para broma, y a uno le da la modesta impresión que la fiesta no ha hecho  sino empezar. Queda más de una semana de rimbombantes nombres, de toreros y de ganaderos, y el espectáculo, poco taurino, de esta tarde puede aún volverse a repetir.

Se veía venir. Las características del toro que sale de chiqueros no son, ni mucho menos, equilibradas. Ora  grandullones, cornalones, con excesivos kilos en su anatomía. Ora  escuálidos, feos, sin seriedad en sus cabezas y con pintones que se prestan a la duda. Lo grandes se caen, ruedan por los suelos, no sirven. Los chicos, feos, anovillados, impropios de esta plaza. El salido en sexto lugar en esta triste tarde, ha hecho explotar al siempre acomodado público maestrante, en una protesta poco vista  en este coso, y ha puesto entre las cuerdas a un presidente que, a esta hora en que este texto se escribe, quizá haya presentado la dimisión del cargo que ocupa. La presión ambiental le hizo devolver al corral un animal, aprobado en los reconocimientos previos a su lidia, sólo por su escaso trapío. Y en esa estamos.

La expectante corrida de Garcigrande, remendada con dos toros de Hermanos Sampedro, ha sido toda una mansada sin paliativos mal presentada. Y contra estos animalitos se han estrellado, otra vez,  quienes lo piden, lo prefieren y lo desean para todas las plazas a las que acuden y mandan. Y como consecuencia de todo ello la decepción, de los que llenan los tendidos al reclamo de las figuras, se ha convertido en un espectáculo impropio de la Maestranza muy próximo al altercado de orden público. Haber, ahora,  quien le pone el cascabel al gato.  

Resulta  descorazonador y lamentable que el primoroso toreo de quienes mejor lo interpretan estuviese prácticamente ausente en toda la tarde. Finito de Córdoba se va de la feria sin acabar el lienzo. Hoy no dibujó ni un solo trazo, y aunque parecía dispuesto a hacerlo sus toros no se lo permitieron. El primero manso y, quizá, reparado de la vista, nada destacable le hizo y peor lo mató. Con el cuarto, que huía  hasta de su sombra, estuvo apático y sin convicción con la espada. Muy mal.

Sólo unas verónicas lentas y acompasadas con auténtica verdad, y una chicuelinas ajustadas al segundo es lo más destacado de José Tomás en esta se segunda tarde. Tranco engañoso tenía el toro que  se llevó por delante a Tomás cuando lo citaba de lejos en los inicios de faena, porque después buscó el amparo de las tablas y allí, muy dispuesto y con valor, lo intentó el madrileño sin lucimiento posible. Intentos, vanos también,  con el parado quinto, al que pinchó antes de la decisiva estocada. 

Si acaso, lo mejor corrió a cargo de Eugenio de Mora al noble tercero. Hubo con la diestra hondos muletazos, largos, templados y bien ligados. Todo cambió en el toreo al natural. El toro que no le pasa, y faena que se esfuma sin más. La estocada de efectos fulminantes  le obligó a saludar. Con el sobrero sexto, un toro con escasas fuerzas, que le duró muy poco, tan solo pudo exprimirle algún que otro muletazo mandón con la diestra. No hubo otra más.


El Mundo. Javier Villán. La becerrada del oprobio

Respeto lo bastante a esta plaza y a sus pobladores como para negarme a aceptar que el saldo de becerros que salió ayer al albero maestrante alguien trate de definirlo como «toro de Sevilla». La gresca que se organizó cuando salió el sexto, una cabra afeitada, lo demuestra. A no ser que los protestones iracundos, que expresaban su discrepancia a almohadillazos, fueran todos guiris, venteños o extraterrestres.

La gente estaba hasta las pelotas. Yo creo que la gente, que paga por una corrida y le dan una charlotada, tiene derecho a estar hasta las pelotas. El presidente devolvió aquel bochorno de toro; el presidente tenía que haber puesto firmes a los veterinarios horas antes y devolver la corrida completa.

Eso del toro de Sevilla es una mandanga folclórica que los aficionados sevillanos, si aman la Fiesta y el significado histórico de La Maestranza, deben repudiar sin contemplaciones. Lo primero es que los toros que ayer les echaron a Finito de Córdoba, José Tomás y Eugenio de Mora, no eran toros, sino una subespecie depauperada y miserable. Huelga pues toda discusión y no puede atribuirse ninguna denominación de origen o de destino a ese saldo infame.

Respeto tanto La Maestranza, que me niego, rotundamente, a aceptar la idea del toro devaluado aplicada a la plaza más bella del mundo. Eso es cosa de doctrina interesada que usa cierto sevillanismo en contra de Sevilla. O de intereses comerciales que no son, obviamente, los intereses de los aficionados: sevillanos, madrileños o japoneses. Naturalmente, lo que afamados toreros como Finito de Córdoba y José Tomás, y menos afamados, como Eugenio de Mora, hagan o dejen de hacer con esos simulacros de toros, es un simulacro de toreo. Esa cosa que ocurrió ayer en La Maestranza, con la complicidad irresponsable de un triunfador del día anterior (Finito de Córdoba) y el ídolo actual del escalafón (José Tomás) nada tiene que ver con la Fiesta de verdad. Ni con ninguna identidad.Puestos a elegir signos de identificación, prefiero La Maestranza y los silencios, que pueden ser interpretables, mas, al fin y al cabo, son símbolos y signos. O Curro Romero y Sevilla, que es algo así como una unión hipostática; o sea, la consustancialidad de lo humano y lo divino indisociable. Para quien quiera indagar en esa comunión mítica, ahí está el libro de García Caviedes Romero, mito de Sevilla, lo mejor y más puro que se ha escrito sobre la relación entre el faraón de Camas y la ciudad de la Giralda.

Quedamos pues, en que los becerrotes que salieron ayer a escena no eran toros ni eran nada. Y que, pese a estar en el cartel Finito de Córdoba, José Tomás y Eugenio de Mora, ni eso fue corrida ni ésos son toros:ni de Sevilla, ni de Las Ventas, ni de una plaza de talanqueras. Así que ¿qué puede decirse del trapacero trasteo, de los infinitos pinchazos, de los sobresaltos de los toreros? Porque los becerros, además de impresentables, sacaban, en ocasiones, un peligro sordo. Que lo diga si no José Tomás, que se empeñó, sin que algunos logremos averiguar por qué, en citar de lejos a un manso fugitivo y descastado. José Tomás tuvo que acortar terrenos y, cuando el novillejo se le arrancó, le levantó los pies del suelo. Eugenio de Mora, que bordó los pases de pecho, anduvo aperreado con el sobrero. Y Finito fue una sombra peripatética.

Salir de Madrid supone, a veces, una higiénica experiencia intelectual.Pero en tardes como la de ayer, a uno se le quitan las ganas de todo. Salir de Madrid tiene algunas ventajas, pero también bastantes inconvenientes. Por ejemplo, perderse algún estreno de teatro como Los viejos no deben enamorarse, advertencia que, a ciertas edades, conviene no olvidar. O no poder dejar una flor en el asiento de Las Ventas que ocupaba Joaquín Vidal: ofrenda floral que ha convocado la asociación El Toro. Después de esta tarde de desastre y oprobio, ahí va mi flor que perfume para siempre el recuerdo del amigo.

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