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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 12 de abril de 2002
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Victoriano
del Río, y uno de Hermanos
Sampedro (el 2º, bravo), de diferente presentación y juego. El quinto fue ovacionado en el arrastre.
Diestros:
- Joselito, silencio y
silencio.
- Finito
de Córdoba, ovación, ovación tras fuerte petición de oreja.
- El Juli, ovación tras
petición y oreja con petición de la segunda.
Entrada: lleno hasta la bandera
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, ABC, Diario de Sevilla,
El Mundo, ElDíadeAndalucía.com.
PortalTaurino. Manuel
Viera.
Aroma de buen toreo, contundente espada y música para una buena
brega
Hay toreros entregados a la ejecución de sus obras maestras, de quienes en cada tarde de toros se les ve avanzar en la única dirección de sus particulares y elegidas formas de interpretar el toreo, y sobre todo, al margen de lo banal y sí de lo auténtico. Julián López "El Juli" es uno de ellos. Se dice que su toreo lleva el sello de la entrega y el valor, pero también de una calidad ascendente que se palpa en cada una de sus nuevas actuaciones. No ha dejado nada por hacer el madrileño en esta su segunda tarde sevillana. A pesar de que no ha tenido toros para transmitir vibrantes emociones, sí apuró toda su técnica y maestría para arrancar de sus oponentes las escasas y torpes embestidas. "El Juli" toreó de capa con acompasados lances a la verónica. Tuvo variedad en los quites, ajustados y emocionantes. Clavó banderillas con difícil facilidad, destacando un par por los adentros al tercero, y otro al sexto dejándoselo venir, esperando la embestida impávido y encunándose ajustado para clavar en lo alto. Y de manera especial ha matado con la contundencia y la exactitud de todo un maestro en el dominio de la suerte. Sus dos estocadas bien valen por sí sola la concesión del trofeo.
Julián López aprovechó las primeras embestidas del parado tercero con tandas de muletazos en redondos de mano baja, mandones y muy bien rematados con los de pecho. Bajó la faena en los intentos al natural, y volvió a subir en el arrimón final cuando el bicho ya embestía con la cara por las nubes. Estocada con espectacular ejecución que bien podría valer la oreja. Con el soso sexto, que le arroyaría en los comienzos de faena, lució el empaque de su toreo con la diestra, ligado y despacioso que remataría con excelsos pases de pecho. Faena en la que trabaja a destajo hasta llegar al toreo al natural, lento, largo, sentido y de nuevo rubricado con soberbios pases de pechos. La estocada, otra vez, por sí sola valió el apéndice.
Pocas veces se vive tantos momentos de brillantez en una tarde de toros. La majestuosidad de la verónica, y la maestría, el ritmo y la despaciosidad infinita de la muleta de Finito de Córdoba llenaron de aroma de buen toreo los tendidos maestrantes. Y si esto lo hizo quien se viste de oro y seda -hoy terciopelo- quien se viste de plata junto al maestro derramó torería a raudales encumbrándose también en figura de la brega. Música hubo para la capa de Curro Molina.
Fue Finito un claro exponente del más puro toreo. Naturales eternos llenos de plasticidad, ajustados y acompasados. Cadenciosos redondos, largos, de mano baja y compás abierto y pases de pechos de cartel, no tuvieron la suficiente continuidad en la faena al manso y noble segundo, al que mataría muy mal. Repitió toreo y alcanzó momentos sublimes con el quinto, sobre todo en las series con la diestra. Muletazos hondos, con el empaque de los elegidos. Las mismas sensaciones de verdad transmitió con los de pecho, para después bajar, otra vez, el tono de la faena con la izquierda. Le faltó remate a lo hecho por el cordobés. Una lástima porque toros tuvo para alcanzar el triunfo.
La insatisfacción la produjo José Miguel Arroyo "Joselito". Que no se emplearía con el parado y complicado primero. No se lo pensó dos veces con el inválido cuarto, con el que desistió tras leves intentos con ambas manos.
eldiadeandalucia.com.
Francico
Mateos. El Juli se
come a los toros
O embiste el toro o embiste el torero. Una de dos. Los toros de Victoriano del Río de El Juli embistieron a medias, a regañadientes, defendiéndose y sin entregarse, pero el que embistió de verdad fue el bravo torero, que dio toda una lección de cómo triunfar si de verdad se quiere. Cortó una oreja. Finito también está en un momento dulce de su carrera y se gustó en las dos faenas, dando una vuelta al ruedo. Joselito, dos tristes faenas.
La responsabilidad de El Juli no es baladí. El madrielño tiene agallas para hacer media docena de toreros; y de los buenos. Es un matador ‘en novillero’ que apabulla al público por su alta exigencia. No cabe mayor entrega. Quería tocar pelo. Y lo hizo. Por las buenas o por las malas. Sólo el tercer par al primero de su lote fue realmente bueno. El astado punteaba el engaño y daba cabezazos, queriéndose quitar la muleta y defendiéndose. Julián se cruzó mucho para provocarle la remisa embestida y ahí fue cuando le robó varias tandas de muletazos impensables en un toro con esas características negativas. Se lo comió. El volapié fue perfecto, de premio de Feria. A otros toreros, sólo con esta estocada, le han dado una oreja en la Maestranza; en este caso sólo se le obligó a saludar en el tercio.
En el sexto se superó aún más. De nuevo hubo dos primeros pares normalitos pero un tercero, en corto y ‘asomándose’, muy bueno. Al primer muletazo por el izquiero se le venció y lo derribó. No se amilanó el torero y a pesar de que el animal no quería pelea, se metió mucho en su terreno y le obligó a embestir. El toro sangró demasiado y lo acusó al final. Fue faena de garra, de poder, de mando, de pundonor. Otra vez se lo comió. Y otra vez un volapié de categoría, de premio también. Ahora sí vino una oreja con mucha fuerza.
Finito está en un momento dulce. Su primero, el remiendo de Sampedro, fue a mejor durante la lidia. Juan desparramó parte de su plasticidad en tandas por los dos pitones, y hasta aguantó en parones sin moverse. Lástima que los dos pinchazos y la estocada corta le privaran, cuanto menos, de la vuelta al ruedo. Vuelta que sí logró dar en el quinto, al que cuajó a la verónica de salida. La lidia de Curro Molina fue magnífica y, de momento, ya tiene nombre el premio a la mejor brega de la Feria; tuvo hasta que saludar. Por la derecha fue más noble el animal y se dejó sentir un muy torero Finito de Córdoba. Claro de ideas, se gustó, aunque le faltó relajarse e improvisar un poco más. Tras pinchazo y estocada, vuelta al ruedo.
Joselito, con un lote poco propicio, dejó dos tristes faenas; demasiado poco.
El Mundo. Javier
Villán. Cuando Finito es Juan Serrano
Perdió los papales José Miguel Arroyo, Joselito, ante una mirada
insidiosa del juanpedro de Victoriano del Río; perdió los papeles, la
muleta, el estoque de madera y la color.
Estaba claro que el peligro del colorao radicaba, más que en sus
buidas astas, en la intención de su mirada. Joselito se cabreó tras el
desairado lance y le dijo al toro una maldad. Pero el toro pasaba de
maldades verbales y de todo; o no entendía el lenguaje de Joselito o le
daba igual. O estaba también cabreado por el estropicio que le había
hecho un picador carnicero.
En cambio, el picador de Finito de Córdoba se agarró arriba y no hizo
ningún destrozo imperdonable. Como Curro Molina banderilleó a la manera
clásica, reunido y despacio, todo se iba disponiendo a la mayor honra del
matador.
Finito de Córdoba estuvo a punto de ser Juan Serrano, aunque al final,
mayormente por confundir la espada con un palillo para pinchar aceitunas,
volvió a ser Finito. Con firma de Juan Serrano, dos de las tres tandas de
redondos, una de naturales y el gusto exquisito de dos toques de muleta
con que cuadró al toro para la muerte.
A la gente no le importó demasiado la frustración, ésa es la verdad.
Venía después El Juli, que ya se había hecho presente en carne mortal
con el trallazo duro de unas chicuelinas y la seda de media verónica. La
gente paga por ver a El Juli, va a contemplar a El Juli, y se autoconvence
de que todo lo que hace Julián López es sublime.
Y luego pasa lo que pasa. Por ejemplo, que se le ovacionaron unas
gaoneras trapaceras y que tres pares de banderillas, que podría poner el
peor subalterno del escalafón, son jaleados; un desarme exaltado como
natural portentoso; y los trapazos, iluminados por una tempestad de
aplausos. Y eso sin que nadie reparara en que el toro de Victoriano del Río
tenía los pitones reventados. Lo que fue espectacular fue la estocada:
contundente y mortífera. Si antes la espada de Finito le había privado
de oreja a Juan Serrano, parte del público estimó que este cañonazo de
El Juli bien podía merecer el apéndice. Y lo pidió.
Este contratiempo de la denegación de oreja lo pagó en parte Joselito,
que había entrado ya en el túnel del desánimo y no pudo escapar de él.
El toro basura, un jabonero que salió en cuarto lugar, acentuó la
oscuridad de Joselito y el público empezó a encresparse.
El jabonero también tenía reventados los pitones, quebradas las patas
y el espíritu atormentado y difuso. Se le notaba la duda existencial
sobre su verdadera condición animal: un problema de identidad. ¿Soy
toro, mula, buey, vaca o vacaburra? Esas dudas no hay toro ni torero ni
Dios que las resuelva.
Mas estaba escrito que la tarde era para Juan Serrano, con el permiso,
hasta el sexto, de Julián López. Tarde también para el peón Curro
Molina, que dio un curso de brega y acabó soltando el brazo en una larga
y corriendo al toro a una mano entre clamores y música.
Las verónicas de saludo, aunque retrasara un poco la pierna, tuvieron
empaque y sabor de Juan Serrano. Las tandas de redondos fueron de mejor en
mejor, hasta la última, la tercera, perfecta de ritmo y composición.
Finito de Córdoba se embarulló con la izquierda y Juan Serrano resolvió
adornándose toreramente. Un pinchazo, antes de la estocada defectuosa,
volvió a cerrarle el camino de la oreja. Esta se pidió sin entusiasmo,
pero dio la vuelta por aclamación.
Quedaban los ecos de Juan Serrano sobre el albero y la expectación por
El Juli se había atenuado. En el tercer par de banderillas El Juli cuadró
en la cara, se asomó al balcón y la ovación restauró su carisma. En el
primer muletazo, una colada asesina. El toro no tenía un pase y El Juli
le cortó una oreja por tres derechazos que parecieron un milagro entre la
ganga generalizada del resto de la faena. Medida sólo por estos tres
muletazos, puede ser la oreja de más precio de la Feria. Pero seamos
justos y, a ser posible benéficos, como la Constitución de Cádiz de
1812 pedía a todos los españoles; tres derechazos y un valor y una rabia
inmensos. Y otra estocada que partió en dos sin apelación posible, al
bicho.
Diario de Sevilla. Luis
Nieto.
El Juli no perdona
Llegaron las figuras y la Maestranza se abarrotó de
un público heterogéneo, desde partidarios de algunos de los toreros, con
un nutrido grupo de cordobeses, hasta madrileños, pasando, como no, por
mayoría de sevillanos.
Fue un festejo de muchos matices. El Juli arrancó la única oreja por
su casta y garra. Finito se marchó de vacío tras un toreo primoroso; sin
rendondear, perdiendo algún trofeo por la espada. Joselito, apático. Por
su parte, actuación pletórica de Curro Molina, que bregó soberbiamente
al quinto, haciendo sonar la música y clavando al segundo dos pares de
banderillas muy vistosos.
Joselito únicamente brilló en un quite a la verónica y una media
crujiente al primero. Lo demás, para olvidar. Desconfianza en la muleta
ante el incierto segundo. En el cuarto no se acopló con un toro noble,
pero flojísimo y distraido.
El segundo fue de menos a más. A Finito le ganó la partida con el
capote El Juli en un quite por ceñidas chicuelinas, rematada con una
media despaciosa. En los medios, el de Córdoba cuajó dos tandas por el
lado derecho. Por el izquierdo, el toro se rajó tras otra serie de
altura. Dio la sensación de precipitación, incluso a la hora de matar.
Ante el quinto, con movilidad, Finito apuntó su gran calidad en un
manojo de primorosas verónicas engarzadas con ritmo. Al toro le ayudó
mucho Curro Molina con una pulcra y medida brega, que remató con gallardía,
llevando embebido el toro a una mano. Soberbio Molina, que escuchó música
en su honor. Su jefe comenzó con una torera apertura. Series cortas. Sin
creérselo. Aunque perdió el engaño, subió el tono, la tensión,
gracias a la ligazón en un par de tandas más largas. Pero el toro
apretaba hacia los adentros. Pulseó en la última serie con la diestra,
aflorando bellos pases. Finito, desarmado en una ocasión, no llegó a
redondear. Para colmo pinchó tras una estocada y el resultado quedó en
una vuelta al ruedo sin petición abrumadora.
El Juli fue todo disposición. Al incómodo tercero, lo lanceó de
salida con verónicas a pies juntos. Hizo palidecer a más de uno con unas
gaoneras ceñidísimas, que abrió echándose el capote a la espalda de
manera decidida, saliéndole una especie de tafallera. En banderillas no
pasó de discreto. La faena, por ambos pitones, estuvo marcada por la
firmeza, con el contrapunto de varios enganchones y largos pases de pecho.
Se tiró con arrojo a la hora de la verdad.
Con el sexto, sin entrega en los dos primeros tercios, no brilló el
madrileño. Pero con esa soberbia -en sentido de orgullo y apetito de ser
preferido a los demás- se destapó en el tramo final. El inicio arrancó
con una escena espeluznante, en la que el toro le arrolló de mala manera.
No se miró. Se fue a los medios. Aguantó miradas. Tragó primeramente
dando distancia. Y en esa tesitura logró una serie ligada por el derecho.
También tiró muy bien con la izquierda. Acabó en un arrimón, con dos
magníficos pases de pecho. El Juli se tiró de verdad -le sobró un salto
grandilocuente- para cobrar una gran estocada y cortar la única oreja de
la tarde.
No hay que darle más vueltas. Un menú variado, con muchos
ingredientes, que tuvo como plato fuerte la casta de El Juli, que no
perdonó.
El País. Antonio
Lorca. Música para el toreo de brega
El mejor toreo de la tarde, el más artístico,
las pinceladas sublimes, la inspiración, la magia del toreo eterno corrió
a cargo de Curro Molina, subalterno de la cuadrilla de Finito. Bregaba al
quinto de la tarde, el capote cogido con las yemas de los dedos, el cuerpo
un poco encogido para no desviar la atención del toro, la voz queda, ¡eh!,
y la embestida se mecía en los vuelos del capote, sin tocarlo, con
elegancia, con embrujo. Y la plaza crujió. Otra vez, ¡eh!, y de nuevo
surgió el toreo. Y otra... Finito toma la muleta. El toro había quedado
en los medios. 'Ciérralo, Curro'. Y Curro se va despacioso, le lanza el
capote y da una media verónica lentísima, de escándalo; embebido, el
animal obedece la tela que Curro le muestra a una mano hasta las tablas.
La Maestranza, en pie, le tributa una ovación de lujo; la banda rompe a
tocar jubilosa. El toreo se había hecho presente. Pero a Curro no le
sonaban nuevos los aplausos. En el segundo de la tarde, tras dos
primorosos pares de banderillas, saludó reverencioso ante el entusiasmado
respetable.
Así es la vida, que llega y triunfa un
joven de Alcalá de Guadaira que una noche de verano probó fortuna en
esta misma plaza como novillero sin caballos, y al día siguiente se vistió
de plata al no ser capaz de hacer realidad sus sueños. Torero había
porque en poco tiempo le moja la oreja a las figuras con tres capotazos,
una media y toreo a una mano. Ahí queda eso.
Lo que ocurre, sin embargo, es que estaba
allí El Juli, y este torero tiene afición y casta para asustar a los
toros. Su tauromaquia es superficial y aburrida, pero su valor es inmenso.
Sus carencias artísticas las suple colocándose entre los pitones, con
enorme seguridad y pisando unos terrenos que parecen imposibles. A su
primero, un animal esmirriado pero con recorrido en el tercio final, lo
toreó de manera insulsa, sin temple ni hondura. ¿Fueron cien los pases?
Chispa más o menos, y aquello no decía nada. Solución de El Juli, que
es listo: dejarse tocar la taleguilla por los pitones y entrar a matar
como un jabato. El sexto le dio un susto de muerte en una colada
impresionante cuando iniciaba el toreo por bajo. Se lo llevó a los medios
y allí, todo casta y corazón, domeñó la sosería de un animal que no
le ofreció facilidades. Tampoco hubo buen toreo porque no lo lleva en la
sangre, pero sí una electrizante emoción. El volapié final,
perfectamente ejecutado, valió por sí mismo la oreja.
Finito se tuvo que conformar con la vuelta
al ruedo como máximo trofeo, y eso que tuvo toros para el triunfo. No
estuvo mal, pero debía de haber estado mucho mejor. Se peleó bravamente
con su primero, encastado y agresivo. Se le notó que hacía un gran
esfuerzo, aguantó estoicamente la embestida violenta y consiguió algunos
derechazos y naturales emocionantes. Al final, se desinfló y quedó la
impresión de que el toro ganaba la pelea. Al quinto, el más claro de la
corrida, lo toreó primorosamente a la verónica y aprovechó su largo
recorrido para unas tandas cortas, pero hondas, de pases por ambas manos.
En algún momento, su toreo tuvo el empaque de sus mejores tardes, pero la
labor fue de más a menos, de tal modo que el toro acabó en tablas, y la
faena, en tono menor. Pinchó antes de cobrar una estocada caída, y la
oreja voló por los aires.
Estuvo también Joselito, ausente, abúlico,
a merced de las desfavorables circunstancias de dos toros sosos y
descastados. Desangelado, sin ideas, como una sombra de lo que fue, miraba
al público: 'Aquí no se puede hacer nada'. Estaba equivocado: lo que
tiene que hacer es no volver.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
El Juli, medida y talla de figura
No es nada nuevo. A las grandes figuras del toreo
siempre se les exigió como tales. Así se le esperó ayer a El Juli en
Sevilla, con la vara de medir alta. Sorprendió el comportamiento de los
tendidos, muy fríos con el torero de Velilla de San Antonio, a quien le
costó un tremendo esfuerzo darle la vuelta a la tortilla. La memoria es
frágil, y quizá ya se hayan olvidado de cómo se jugó el pasado año la
vida con una cuarta de agua sobre el albero, bajo el diluvio. Convengamos
en que el toreo de Juli carece del denominado «pellizco» que tanto gusta
a los cursis o en que su calidad es limitada. Bien. Pero por encima de los
gustos, de la estética preferida de cada cual, ayer Julián López, El
Juli en los carteles, dio la medida y la talla de una gran figura,
precisamente porque no le regalaron ningún ole, ni una palma de más ni
una ovación ni un aliento. Y terminó por conquistar una auténtica oreja
de ley.
Silencios
Donde otros encontraron ánimo, El Juli hallaba unos silencios que ni
siquiera la banda del maestro Tejera se atrevió a romper durante la
valiente faena al tercero, que era un mulote que embestía con la cara
arriba. Los pasodobles, que aquí suenan a gloria y que otros días
ilustran obras menores, ayer se resistían. Hasta que en el sexto no hubo
más trillos que tocar, mientras Julián hilvanaba los muletazos, con la
mano baja, entregado en la labor de rendir las voluntades reticentes.
Exprimió al enemigo, del que tiraba en pases mandones, de enorme mérito,
por una y otra mano. Y en todos, o casi, se embraguetaba, y se rebozaba en
los obligados pectorales, soberanos. Se arrimó como un necesitado, como
un tieso, que se dice. Creo que era una cuestión de amor propio. El final
de faena, en las distancias cortas, ratificó aún más algo que ya habíamos
constatado durante toda su actuación: el depósito de valor rebosaba. Él
sabía que había que dar el do de pecho. Tanto es así que en el tercer
par de banderillas se había asomado al balcón de verdad. Vaya con el
chaval. O sea que sabe banderillear mejor de lo que habitúa. Es decir,
que cuando hay que apretar cambia el «chip» y abandona esa comodidad que
se hermana con la vulgaridad.
Como ante el anterior toro de su lote, la espada le funcionó como un cañón,
en un zambombazo fulminante. La oreja fue maciza, arrancada con el alma.
Porque de otra manera no hubiera metido finalmente al público en el
bolsillo.
Finito, otra historia
Finito fue otra historia. Sus manos cincelaron las más bellas verónicas
de la corrida, de salida ante el quinto, el mejor toro del conjunto de
Victoriano del Río. Entonces apuntó ya el burel sus condiciones. El
diestro de Córdoba toreó con enorme gusto en el principio de faena y,
sobre todo, por el pitón derecho. Hizo honor a su apodo, y dibujó finos
y elegantes derechazos. Por el contrario, la única intentona que planteó
al natural no cuajó, tal vez por no someter como debía la embestida.
Caminaba Juan Serrano por la vereda que conducía al trofeo. Mas pinchó
tras abandonar la rectitud de la suerte suprema. Aún así, afloraron los
pañuelos después de conseguir una estocada eficaz. Paseó el anillo en
torera apostura.
Ante el desigual segundo, que pertenecía a Hermanos Sampedro, Finito
construyó una faena con altibajos: a un muletazo bueno le sucedían tres
de nones, otro aquí, un trío allá. Faltó continuidad y sobraron
algunas dudas sobre la izquierda. Pese a todo saludó desde el tercio.
Joselito pechó con el lote más deslucido, lo cual no es excusa para
semejante lección de apatía. Recordó a su penosa temporada del 98.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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