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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 11 de abril de 2002
Corrida de toros


Dávila Miura. (Foto de El País)

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Torrestrella, bravos y nobles pero escasos de fuerza. El 6º, Ojito, negro, 515 kilos, premiado con la vuelta al ruedo (repetidor, con recorrido, fondo y galope).

Diestros: 

  • Manuel Caballero, (estocada que escupe) silencio y silencio.
  • Víctor Puerto (media estocada tendida), silencio; (media estocada tendida y un poco atravesada), silencio.
  • Eduardo Dávila Miura (estocada un poco desprendida), oreja; (pinchazo, estocada entera), oreja.

Banderillero que se desmonteró: Paco Peña en la lidia del segundo.

Entrada: tres cuartos.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla, El Mundo, ElDíadeAndalucía.com


Francisco Mateos, crítico taurino de www.eldiadeandalucia.comeldiadeandalucia.com. Francico MateosDávila Miura roza la gloria

Un pinchazo sobró; nada más. Lo demás, excelente. El sevillano Eduardo Dávila Miura rozó la gloria de la Puerta del Príncipe. Con una oreja cortada al tercero, en el sexto cinceló una faena vibrante y sentida por los dos pitones a un buen toro con recorrido y mucha movilidad; pero un pinchazo antes de la estocada le privó de la gloria definitiva. Caballero y Puerto se perdieron en faenas conservadoras y sin pasión.
 
Contábamos en nuestra anterior crónica que no se había cortado aún niguna oreja en lo que iba de Feria de Abril si bien podrían haber sido cinco si no se hubiera fallado con la espada; y todas ellas para sevillanos: Manuel Escribano (2), Punta, El Cid y Cepeda. Y ha llegado Dávila Miura, otro sevillano, para sumar las dos primeras orejas, aunque perdió otra -y por tanto la Puerta del Príncipe- al pinchar en la primera entrada. Dávila estuvo sensacional, un torero cuajado y hecho que merece darse una vuelta por España.
 
La corrida tiene una clave necesaria que contar. Se notaba que era la segunda y última tarde de Eduardo Dávila Miura y la primera de las dos que tienen Manuel Caballero y Víctor Puerto. Estos últimos, con unos lotes de toros manejables aunque de escasa emoción y transmisión, se perdieron en miles de muletazos sin decir nada en cuatro aburridas faenas conservadoras. Si poca pasión tuvieron sus astados, menos pusieron ellos. No es disposición para Sevilla. Claro que no será la misma actitud la que presentarán en su segunda comparecencia; seguro. Pero entonces, ¿para qué se quiere venir dos tardes a Sevilla? ¿Para esperar a si sale una perita en dulce el primer día y si no reservarse para la segunda tarde?
 
La corrida tuvo un nombre, Eduardo Dávilaa Miura, y un toro, el sexto, que se conjuntaron a la perfección para elaborar una gran obra de arte. El titular sexto se devolvió al partirse un pitón, lo mismo que le sucedió dos días antes al propio torero; en aquella ocasión le birlaron el toro y no volvió al corral, y en esta ocasión sí echaron el sobrero. Cosas difíciles de entender pero que pasan. El sobrero sexto tuvo movilidad, humilló, se desplazó, se entregó y transmitió. El sevillano no se lo pensó y le echó la muleta con la izquierda en el centro del ruedo. Formó un lío y en esa inicial tanda ya estaba la banda atacando el pasodoble. Tanto con la izquierda como con la derecha ligó, templó, desplazó, mandó y emocionó. Dávila Miura estuvo sensacional en una justa e intensa faena. Lástima del pinchazo que precedió a la estocada, porque le privó del doble trofeo.
 
En su primero toreó con suavidad -tenía el astado las fuerzas justas- a un noble animal para ligar series redondas estupendamente rematadas con los de pecho. Mató de estocada y cortó una oreja.

PortalTaurinoManuel Viera.  Triunfo grande para ambos. 

Pocas veces tenemos la suerte de asistir a un parto creativo, doble, que englobe en el ruedo el arte de torear y la bravura del toro. Y esta tarde hubo en la Maestranza ambas cosas, buenas pinceladas de arte creativo, improvisado y sentido, y mucho de enrazada casta que llega, y que emociona, la del toro, claro. A pesar de sus escurridas y feas hechuras, a pesar del escaso trapío, a pesar de que los kilos de su escuálida anatomía anunciados en la tablilla no se los creyera nadie. A pesar de todo lo aquí escrito y fuera del cualquier consideración y excusa hubo emoción, y por tanto toreo y triunfo. Triunfo grande para ambos. Así fue. 

Puede que sea más que un pequeño claro en tanta oscuridad, pero lo ocurrido hoy es distinto a lo común. No se trata de exagerar nada ante la escasez de triunfos de tardes anteriores, no. Pero si de ensalzar con justicia el comportamiento de una res a todas luces interesante. De todas formas los "Torrestrella" acusaron el mal endémico de la falta de fuerzas. Adoleció la corrida de presentación, los tocados a Dávila Miura eran auténticos novillos, pero eso sí, con mucha más movilidad. Encastado fue el primero y el tercero. Nobles y con escasa fuerza el cuarto y el quinto. Paradito y mirón el segundo, y una máquina de embestir el sobrero sexto.

Hoy, fue una suerte y no una desgracia, ya era hora, que a Dávila Miura le devolvieran el sexto por mutilarse un cuerno contra el burladero. Fue lo más sensato. Lo que nadie creía es que aquel escurrido sobrero sería premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. A "Ojito" le picaron lo justo y bien en un aplaudido tercio de Manuel Montiel. Galopó en banderillas, y cuando Eduardo le citó de largo desde los medios, se fue a la muleta con excelente tranco de toro bravo. El sevillano le ligó tandas al natural con buen trazo. Pero fue con la diestra cuando el toreo surgió con toda la emoción de lo bien hecho. Los redondos con el compás abierto resultaron largos, profundos, infinitos, lentos, con ritmo. Erguida después la figura los ajustados circulares rezumaron sentimiento. Brotó torería en los genufléxos y ayudados, y en los de pecho pura sevillanía. Desbordada la pasión, la ansiada Puerta del Príncipe se empezaba a abrir. La espada lo impidió. Antes, Dávila Miura, se lució con la capa en el tercero, y dibujó tandas de redondos ligados y templados. Bajaría el tono de la faena al intentar el toreo al natural, pero remontaría de nuevo cuando, muy decidido, alargó la embestida con mano baja en largos muletazos con la diestra para terminar con la rúbrica de excelentes pases de pecho. La estocada confirmó la consecución del trofeo.

Poco más hubo. Manuel Caballero, helado como la tarde, le faltó confianza, y sobre todo, disposición. Víctor Puerto se contagió de la escasa movilidad de sus dos oponentes. Con el segundo estuvo contrariado y desconfiado, y con el quinto dio pases y pases anodinos hasta que optó por desistir sin más. Ambos lo dejarán para una segunda oportunidad. 


El Mundo. Javier Villán. Dávila Miura y el azar

A los toros les ocurren cosas muy raras. Los toros presienten, aunque sea nebulosamente, su destino y yo creo que esto les condiciona. A unos para bien y a otros para mal. Como escribió alguien, el dolor y la desdicha pueden convertir a los hombres en desalmados o bondadosos. Ayer con los torrestrellas hubo algo de todo esto. Y hay que agradecer a Manuel Caballero y a Víctor Puerto que dejaran constancia de su profesionalidad abreviando lidias imposibles e incluso adornándose en el toreo de capa con suficiencia.

De la historia de la tarde no fueron protagonistas Víctor Puerto ni Manuel Caballero, sino un toro de Torrestrella y Dávila Miura.Pareció que el cuarto iba a serle propicio a Caballero pero, cada vez más soso y más apático, se desfondó en seguida. Traigo a colación este toro porque pudiera haber sido mal ejemplo de la corrida, de no ser por el sobrero. El cuarto, un animal depresivo, sin ilusiones por la vida y sin prozac. Ya me dirán ustedes qué ganas de vivir puede tener un toro que sabe que lo van a tumbar de una o de muchas estocadas. Los toros sienten, como los humanos, el destino que los espera. Los toros son más humanos de lo que parece.

Pero ¿qué les pasa a los que tiene que lidiar Dávila Miura? Hace dos años se le suicidó uno contra el burladero; al año siguiente, otro se le descornó; anteayer otro perdió el cuerno bajo el peto y ayer el sexto se quiso suicidar contra la madera, aunque sólo logró descornarse. ¿Qué les pasa? ¿Reniegan de su destino y de su suerte? Tampoco es para tanto; Dávila Miura puede que no sea un torero exquisito, pero es un torero cabal y honrado. Lo demostró ayer en sus dos toros: tanto en la mesura y el equilibrio de muletazos que derrochó en el inválido y noble tercero como en el bravo y encastado sexto, un toro de bandera.

Tanto infortunio de toros que se le descuernan o suicidan a Dávila Miura tenía que tener un sentido y ése se descubrió en el sobrero.Hay leyes ocultas que rigen el devenir de la Historia; la teología popular expresada en el refrán: «Dios escribe recto con líneas torcidas», halla su correlato en la filosofía taurina que da por hecho que aquello que tiene que pasar, pasa. Tantas desgracias y descornamientos le anunciaban a Dávila Miura que su hora estaba cerca, mas sólo él lo entendía. Por eso, cuando el presidente de la corrida devolvió el toro descornado, el gesto de gratitud de Dávila Miura era más que un gesto: era una profecía.

El sobrero, terciado y armónico, fue alegre al capote y al caballo.Y rompió a embestir, desde el primer tercio, como una máquina.El mérito del torero fue estar en el sitio adecuado en el momento preciso. Citó desde la boca de riego y la galopada del torrestrella presagiaba el triunfo.

Dávila, muy firme, lo enganchó en dos tandas de naturales rematadas con dos pases de pecho. Atemperado un poco el torrestrella por el temple de la muleta, Dávila se recreó en los redondos y remató la obra con ayudados por alto modélicos y un precioso muletazo por bajo.

Después, preparó la muerte con largos y hondos ayudados rodilla en tierra. Si la estocada arriba y hasta los gavilanes la deja a la primera, puede que le hubieran abierto la Puerta del Príncipe.Quien se merecía la principesca puerta fue el torrestrella. Pero el toro, cadáver, tuvo que contentarse con la vuelta al ruedo.Caballero y Puerto, en su sitio toda la tarde, contemplaban perplejos la lotería del torrestrella que le había tocado a Dávila Miura.

A esta ganadería le rodeaba últimamente cierto halo de malditismo.Y no estoy muy seguro de que el bravo sexto y el noble tercero vayan a redimirla de otras broncas asperezas. De todos los hierros que llevan sangre Domecq, Torrestrella es la que ha conservado la bravura menos complaciente o la mansedumbre más procelosa.

A veces, sale ese toro de embestida franca y codiciosa, que también pone a prueba la capacidad del matador. De lo bueno y de lo malo hubo ayer muestras clamorosas. Tanto lo uno como lo otro debiera devolverle a Torrestrella el favor de las figuras. Pero, aun a riesgo de equivocarme, estoy convencido de que las figuras que mandan prefieren otros esquejes con menos problemas de este árbol genealógico.

El sexto toro debiera hacerles reflexionar. Como seguro, está reflexionando jubilosamente en estos momentos Dávila Miura. O como lo estará haciendo Paco Peña, por sus soberanos pares de banderillas al quinto.


Luis Nieto, crítico taurino de Diario de SevillaDiario de Sevilla. Luis Nieto. Ojito con Dávila Miura

Ojito fue el toro de la tarde y Dávila Miura su torero; a Ojito, toro excepcional por su bravura, le dieron la vuelta al ruedo, Dávila lo pinchó antes de cobrar una estocada y perdió la segunda oreja, pasaporte para abrir la Puerta del Príncipe.

Pero ojo con Ojito y ojito con Dávila Miura. El toro saltó en sexto lugar como sobrero, en lugar del titular, que se rompió el cuerno izquierdo. Y si el pasado martes el presidente de turno no tuvo sensibilidad y mantuvo otro en igual estado al mismo Dávila, en esta ocasión hubo devolución para bien del espectáculo y fortuna del diestro sevillano.

Ojito, chico, de escasa presencia para Sevilla, sin remate, dio sin embargo un juego magnífico. Así, realizó una vibrante pelea en varas con un Manolo Montiel consumado como jinete, que se movió con torería y picó con maestría, medida y acierto.

En la faena, Dávila se impuso con un planteamiento ambicioso y generoso. Citó desde el mismo platillo a un toro que se arrancó con alegría desde tablas. Tanda de aguante con la izquierda, con otra por ese lado algo deslucida por enganchones. Con la diestra, dando distancia, el torero se superó en temple en dos series muy bien rematadas y asentadas. El epílogo, con bellísimos pases por bajo, fue soberbio. Entró a matar de verdad, pero pinchó en el primer encuentro. De nuevo, con coraje, agarró una entera y ganó una oreja. La mítica Puerta del Príncipe, entreabierta, se cerró; pues ya se sabe que se precisan tres orejas para atravesarla.

El tercero, flojo, manejable, fue de menos a más, Dávila realizó una faena inteligente, con decisión, hasta la culminación de una estocada con fe. Una faena en los medios, pese al viento, que le destapó en un par de ocasiones. Dio mucho sitio al toro y le consintió. Destacaron dos series con la diestra, ayudados por alto y un pase del desprecio. En este caso mató a la primera, con una estocada algo caída, probablemente porque el toro perdió las manos en el embroque. Cortó una oreja muy merecida.

La suerte le dio la espalda a Manuel Caballero y a Víctor Puerto. El manchego, con el que abrió plaza, intentó lucirse en vano. Toro a menos, mirón y que terminó protestando. Con el descastado cuarto apuntó destellos en el toreo de capa, como verónicas o una chicuelina ajustadísima. Pero con la franela, el torrestrella no transmitió.

Puerto se desinfló con el segundo, que desmontó al picador Paco Luna y se dejó en un puyazo. Caricol bregó bien y Peña prendió un buen par, muy aplaudido. Hablador quedó mudo en cuanto a embestidas y, mirón, le lanzó un hachazo por el derecho, y varios tornillazos por el izquierdo, que le hicieron desistir a Puerto. El torero, hijo adoptivo de San José de la Rinconada, brindó a su alcalde, Enrique Abad, la faena al flojo y deslucido quinto. Una labor que se concretó en un trasteo sin lucimiento, con un astado que se revolvía con prontitud.

Dávila Miura estuvo a punto de vivir el milagro de convertir en realidad su salida por la Puerta del Príncipe. Al menos, es el triunfador hasta el momento de la Feria de Abril. Y Torrestrella, con Ojito, irradió luz brava entre las tinieblas ganaderas en las que ha estado envuelta la preferia de Feria de Abril.


Antonio Lorca, crítico taurino de El PaísEl País. Antonio Lorca.  Triunfo de Dávila Miura

Eduardo Dávila Miura tenía abierta la Puerta del Príncipe y se la cerró él mismo al precipitarse a la hora de matar. La miel en los labios y no la saboreó. Incomprensible. Le faltó la serenidad suficiente para entender que el toro estaba humillado, y pinchó; y volaron la segunda oreja y esa gloria terrenal que tanto se acerca al cielo.

Lo cierto es que Dávila había toreado como los ángeles a un bravo y encastado sobrero de Torrestrella, que acudió con prontitud al caballo, aunque recibió muy poco castigo, se dolió en banderillas y embistió en la muleta con alegría, recorrido, codicia y acometividad. Un toro emocionante que recibió los honores de la vuelta al ruedo entre la ovación atronadora del respetable.

Dávila venía a triunfar. Era su última oportunidad y quería exprimirla. Esa disposición se le nota a los toreros. Lo había recibido con verónicas animosas, y con la muleta en la mano izquierda se plantó en el centro del anillo mientras que a Ojito, así se llamaba el toro, lo retenían en las tablas. El torero lo desafió, le mostró la franela y el animal aceptó raudo el envite; llegó al encuentro a galope tendido y el torero lo vació con maestría. Volvió el toro y allí estaba de nuevo una muleta poderosa y templada. Así, una ligada tanda de emocionantes naturales que cerró con un apretado pase de pecho. Mientras la plaza, puesta en pie, vitoreaba a su héroe, la música acompañaba la gesta torera.

Volvió Dávila a las andadas. Citó de lejos, acudió Ojito y entre ambos se hizo verdad la plasticidad del toreo auténtico. Después, una tanda magnífica, templadísima y honda, de derechazos; otra más, plena de sabor torero, y ese toro, de embestida incansable, colaborador entrañable, que aún tiene gas para otra faena. Dávila monta la espada, se hace el silencio, las mentes empujan, la del Príncipe que se entreabre, pero, ¡ay!, en un segundo el toro humilla, el torero no rectifica, y pincha... Ohhh... Qué pena... Qué aflicción... Qué error... Qué torpeza, quién sabe. Ojito había triunfado; Dávila, también, pero menos que su noble oponente.

Ésas son las oportunidades que no se pueden escapar. Sobre todo, cuando se persigue el triunfo con tanto ahínco. Su primero era un nobilísimo inválido. Se lo brindó al ganadero, y en el primer pase hace el toro ¡plaf! y se despanza en el albero. ¡Qué bochorno! Pero el torero logró hacerse con él, mantenerlo en pie y pasarlo por ambas manos con temple y hondura. Fue una faena bonita, pero a un medio toro y, por tanto, premiada en exceso.

¿Redime al ganadero el triunfo incontestable de Ojito? La pregunta tiene su miga porque los cinco toros restantes fueron un desecho de bravura, de casta y de fuerza. Un petardo en toda regla del que se salvó, lo que es la vida, el sobrero, muy justo de presencia y feo, que salió porque el titular se partió el pitón izquierdo en su primer encuentro con un burladero. ¡Lo que sabrá nadie de vacas y toros!

También estuvo Manuel Caballero. Muy circunspecto. Dos chicuelinas y una media. No sudó. Los toros no eran apropiados y él, que es figura moderna, ni se inmutó.

Puerto, otra figura moderna, cerró la terna. Tampoco se inmutó. Sus toros, sosos e inválidos. Las dos figuras anduvieron como alma en pena, pesados, aburridos, sin imaginación, a merced de los elementos.

Mientras, Dávila salía a hombros con otra pena: se había cerrado la Puerta del Príncipe.


ABC Zabala de la Serna. Dávila Miura entreabrió la Puerta del Príncipe con un gran toro

Dávila Miura inauguró el marcador orejero de la feria, así como con timidez, y terminó rozando la Puerta del Príncipe, que si no pincha, a estas horas estaría descerrajada. A Dávila, que es torero valiente y recio, se le pusieron las cosas a favor con el mejor lote de la corrida de Torrestrella, que se iba por el desagüe de la mediocridad. Hasta que saltó al rubio albero el sobrero. «Ojito», número 153, 515 kilos, cornidelantero y feo, terciado de lámina. Y, mire usted por dónde, sacó la cara por todos sus hermanos y por don Álvaro, claro. Ahora, que visto lo acaecido, cabe preguntarse cómo es posible que el mejor toro estuviera aparcado de sobrero. Tanto estudio, selección, experimentos, fecundación «in vitro», en vientres de vacas mansas o bravas, y resulta que a la hora de escoger un conjunto para Sevilla se desecha el ejemplar que luego puede ser uno de los toros de la feria. Con permiso de todos los grandes alquimistas de la casta, del respetado propietario de Torrestrella, veterinarios, veedores, taurinos de medio pelo y adláteres y pelotas, ¿quién coño sabe de esto? Se dice que ni las vacas. Pues eso.

La fealdad igual fue la causa de su marginación. O su escasa apariencia. Pero el caso es que si el sexto no se parte un pitón contra el burladero, allí se queda. Hace un par de días, el nieto del mítico Eduardo Miura se quejaba de su gafe en la Maestranza porque, por segundo año consecutivo, a uno de sus toros se le partía un pitón. Ayer, la mala suerte se tornó en buena fortuna, y quiso que el presidente usara con sensibilidad plausible el pañuelo verde.

Y salió «Ojito». Alegre, pronto, bravo. Acudió al caballo con fijeza en un par de ocasiones en las que Manuel Montiel, muy atinado con la vara, marcó los puyazos arriba. Castigo medido, muy medido, puesto que entre las cualidades del torrestrella no se encontraba el poder físico.

El elogio para el comportamiento del toro en la muleta es incuestionable; la vuelta al ruedo en el arrastre, no lo sé. Pero tan innegable como los piropos para el animal deben ser las loas para la generosidad de Eduardo Dávila Miura, que lució a su enemigo con muchos metros de por medio en cada cite, con el riesgo que conlleva que el público tome manifiesto partido por el toro.

Dávila se fue a los medios y con el toro en los terrenos del «7» y la muleta en la mano izquierda llamó a «Ojito» con una seca voz. Y sobre el mismo platillo le enjaretó una serie ligada, de mano baja, más limpia que la siguiente. La faena creció aún más por el pitón derecho. Los muletazos se sucedieron largos, mandones y ligados, rematados con soberanos pases de pecho. Las tandas, prologadas siempre con una distancia larga, eran macizas, y hasta en la última enderezó la figura y toreó erguido, sin quebrarse tanto como habitúa.

La Puerta del Príncipe se entreabría en el crepúsculo. Dávila Miura se dobló, rodilla en tierra. Cuadró al toro, quizá demasiado abierto de la raya. Y pinchó en el primer encuentro, antes de recetar un espadazo contrario y letal. La oreja se sumaba a otra que cortó en el flojito y noble tercero, al que despidió con unos gloriosos ayudados por alto. Sube su cotización, sin duda.

Manuel Caballero y Víctor Puerto hicieron un trabajo profesional y técnico con sus toros, nada del otro mundo y alguno con más complicaciones de las aparentes. Trasmitieron laboriosidad y un considerable aburrimiento.


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