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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del martes, 9 abril de 2002
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Gavira,
grandes y astifinos, mansos, descastados y muy blandos.
Diestros:
- Pepe Luis Vázquez, pinchazo,
media pescuecera y dos descabellos (silencio); tres pinchazos y tres
descabellos (silencio).
Fernando
Cepeda, pinchazo y casi entera (silencio), pinchazo y casi
entera (vuelta).
-
Eduardo Dávila
Miura, estocada tendida (silencio); estocada baja y un descabello
(ovación).
Entrada: media plaza.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, ABC, Diario de Sevilla,
El Mundo, ElDíadeAndalucía.com.
PortalTaurino. Manuel
Viera. Alguien sigue
equivocándose
A estas alturas creo que casi nadie echa en falta la sevillanía y el
pellizco de un muletazo de Pepe Luís. Un año tras otro, una feria
sí y la otra también, el hijo del gran maestro de Sevilla esboza, si
acaso, un escueto trazo y se olvida de por vida seguir para acabar el
lienzo. Hoy, ni eso. Los toros a contraestilo tocados en suerte le han
hecho pasar al fino torero verdaderas fatigas para estar delante y acabar
con ellos. Es así, y cualquier comentario u objeción a lo hecho en el
ruedo por Pepe Luís Vázquez estaría condenado a la repetición
cansina de lo ya dicho en anteriores textos de pasadas tardes del diestro
sevillano. Mejor callar.
Creo, además, con toda franqueza que alguien sigue equivocándose. O
se está sacando de contesto el tipo de toro que da el encaste.
Confieso que tengo mis dudas. Pero no es el toro que ha salido esta tarde
en la Maestranza el que corresponde al hierro ganadero que lucían. La
corrida de Gavira, con excesivo peso, grandullona y cornalona se ha
parado, se ha ahogado un año más. Su manifiesta mansedumbre ha ayudado
al fracaso, y ni siquiera el manso que embiste la ha podido justificar. Y
he aquí que con este toro Pepe Luís no existe, Cepeda satisface las
exigencias de algunos paladares y Dávila Miura corre la misma suerte de
la pasada temporada en esta plaza. Quien le iba a decir a Eduardo que de
nuevo se quedaría sin toro por mutilarse el animal un cuerno durante la
lidia. Tenía el presidente la obligación de mantenerlo en el ruedo amparándose
en el reglamento, nadie lo duda, pero a veces se hace necesario echar mano
de la sensibilidad de aficionado para no herir otras sensibilidades, y
sobre todo para no perjudicar al que paga beneficiando al que cobra.
En efecto, la tarde transcurrió anodina hasta que apareció el quinto.
Otro manso buscando chiqueros a la desesperada. Cepeda le citó de largo
con la diestra y a media altura aprovechó las primeras y
claras embestidas del toro de Gavira. Fueron muletazos hondos, con ritmo,
ajustados y bien ligados. Dos series al natural lentas y largas
tuvieron empaque y una enorme plasticidad. No hubo más porque el toro se
apagó, buscó la salida y allí que se fue el sevillano para, otra vez,
fallar con el acero en el primer intento y perder el trofeo. Antes, con el
soso primero, anduvo sin convicción.
Y dicho está. Eduardo Dávila solo pudo lidiar al sexto - al mutilado
primero lo despachó de una buena estocada- pero poco pudo hacer más que
demostrar grandes deseos por agradar. El toro, con un engañoso tranco en
el inicio de faena, se paró igual que los demás sin darle la más mínima
opción de lucimiento al diestro sevillano. Sí se lucieron con las
banderillas Joselito Rus y Juan García, y sobre todo Agustín González
con los palitroques y en la brega.
El Mundo. Javier
Villán. Cepeda, una luz en la oscuridad
Que no pasa nada, joé; que llueve, que hace frío; que va uno por el
paseo de Colón, a la verita misma del Guadalquivir, y a este alcalde le
ha dado por poner al aire las tripas de la ciudad y hacer aparcamientos en
plena Feria de Abril, y esto es un caos; mismamente como si estuviéramos
en Madrid, que por algo el alcalde de Madrid es sevillano y el paisanaje
se pega. Que no pasa nada, joé; que esto marcha como Dios.
Y, además, en cualquier momento puede venir Fernando Cepeda y con
nueve muletazos, los únicos que tenía el mulo más bonancible de Gavira,
pone los tendidos en pie. O llega la cuadrilla de Dávila Miura y tiene
que desmonterarse porque Joselito Rus clavó soberanamente y Juan García
igual y, además, estuvo presto en un quite a un peón de Cepeda que
andaba apuradísimo. Espartaco Chico bregó muy bien.
O sea, que no pasa nada. Aunque la Fiesta vaya a trompicones y aunque a
Pepe Luis Vázquez le salga la tarde negra, la tarde ya consustancial a su
angustiosa peripecia de torero, y desaparezca de la plaza.
No pasa nada, aunque a Dávila Miura se le descuerne un toro y los
gaviras salieran bueyes de carreta más que toros de lidia.Todo en orden.
La Fiesta va como va y, según los padres procesales del taurinismo,
estamos en un momento óptimo. Mas no carguemos las tintas en una tarde en
la que, al menos, vimos unos cuantos muletazos de Cepeda, la voluntad
insistente de Dávila Miura y un peonaje con categoría de figuras;
subalternas, pero figuras.
Hay en estas tardes procelosas y oscuras de Sevilla como una cierta
profanación del rito táurico. Salimos del hotel sin tener apenas
conciencia de la cartelería; llueve furiosa o pausadamente y por la calle
Pastor y Landero hay como una procesión del agua: gabardinas impermeables
y gorras camperas.
El sol, si asoma entre los nubarrones, tiene cara de agua; cara pálida
entre la luz mate de una primavera abolida; aires de campo, botos y
pelliza como si fuéramos a un tentadero. Ayer, quien más y quien menos
soñaba un único natural, uno sólo, por Dios, de Pepe Luis Vázquez; o
una verónica, aunque sólo fuera una sola, de Fernando Cepeda. No hubo
natural ni hubo verónicas, aunque sí hubo dos tandas de derecha y una de
izquierda de un Fernando Cepeda que ha sido la más amada y amarga
frustración de la Sevilla torera de los últimos años.
Ojalá detalles como los de ayer le devuelvan al pedestal esperanzado
donde lo soñó la afición de toda España. Algo de todo esto se esperaba
y no la mala suerte de Dávila Miura al que, una vez más, se le volvió a
romper un toro en La Maestranza por la cepa del cuerno: un cuerno vano,
que se dice. El señor presidente de la corrida lo mantuvo
reglamentariamente en el ruedo. Y no sé si una lógica sensibilidad hacia
el aficionado hubiera hecho aconsejable la devolución.
Lo más probable es que, en chiqueros, esperasen de sobreros otros dos
mulos de Gavira. Produce una tristeza especial ver toros tan hermosos y
bien proporcionados con la sangre brava envenenada y aguada.
Así que no sean ustedes pesimistas, que no pasa nada, de verdad.Y si
pasa, que pase. Lo peor de todo esto es la alarmante indiferencia de la
gente. Ya todo nos da igual. Y cuando vemos por Triana nubes de un violeta
violento y profundo que, si pasan el Guadalquivir, descargarán una
tormenta de agua, casi lo preferimos al seguro tostón que nos espera.
En esas circunstancias, el que más y el que menos preferiría volver
al Arenal, por donde pasan los toreros en un paseíllo sin vestido de
luces ni clarines; y pararse ante el Pescaíto, donde una tarde Isabel,
mujer salida de un cuadro de Romero de Torres, paró a El Juli y le dijo:
«Niño, se mustia la belleza y el tiempo la destruye; déjame que te bese
pues tu valentía permanecerá siempre».
Que Dios oiga a Isabel, que Manolo siga cantándole por verdiales al
padre de El Juli y que éste responda por fandangos de Huelva; porque habrá
tardes peores que la de ayer, sin esos muletazos de Cepeda y sin la
voluntad de Dávila Miura. Habrá tardes peores y toros igual de mansos y,
seguramente, afeitados. Al menos los de Gavira lucían amenazantes puñales.
Diario de Sevilla. Luis
Nieto. Cepeda destila toreo caro
Después de un chaparrón, se abrió el cielo
sevillano y germinó una tarde espléndida que se reflejó en el festejo,
ennegrecido por el mal juego de los toros hasta que Fenando Cepeda bordó
el toreo, y es que el estilista Cepeda, que destiló toreo del caro, salvó
un festejo desastroso marcado por la mansedumbre de la bien presentada
corrida de Gavira. Sucedió en el quinto, el único toro que sirvió y
aguantó únicamente en cuatro tandas. La terna, sevillanísima, la
completó un Pepe Luis Vázquez, pésimo y desangelado, y un Dávila,
cumplidor, pero sin material.
Con ese quinto, Altanero, un colorao de bellísima estampa que, sin
humillar, llegó a perseguir la muleta, Cepeda no pudo estirarse en el
capote, su fuerte. Pero sí lo hizo con la franela. Toreo que rezumó alta
plasticidad. Toreo templado, rítmico, de bella factura. En el mismo
platillo, el de Gines desgranó tres tandas extraordinarias con la diestra
y otras dos estimables. Hubo fondo, con el planteamiento inteligente de
llevar al toro al corazón del ruedo para alejarlo de querencias, y forma,
esperando y acompañando con la cintura y con buen pulseo la reticente
embestida del animal, la mayoría de las veces con la cara alta. La música,
a cargo de Tristán, se paró en un desarme, que coincidió con el final
del toro. Pero el epílogo fue otra explosión mayor de estética, con
alguna trincherilla de cartel. Toreo caro y de perfume a un toro que no
humilló. Toreo de artista, que el artista emborronó en la suerte
suprema. Pinchazo, entera y... lo que hubiera sido un trofeo quedó en una
emotiva vuelta al ruedo.
Con su anterior, descaradamente manso -incluso llegó a regresar por su
cuenta a toriles antes de que cerraran el portón- no tuvo opción alguna.
El veterano Pepe Luis, que abría cartel, dio un mítin. Se desentendió
totalmente de la lidia de sus propios toros, siendo precisamente el
director de lidia. La brega la dejó en manos de sus peones, Agustín González
y Emilio Rivero. Al que abrió plaza lo mató sin más, tras esquivarle
una escalofriante colada. Con el cuarto, trasteo corto y desconfiado ante
la embestida descompuesta del astado. Su banderillero, González, clavó
un buen par. Fue pitado por su descomunal apatía.
Dávila Miura quedó inédito al partirse su primero el pitón derecho
en la primera entrada al caballo. El presidente, ateniéndose al
Reglamento, lo mantuvo. Y se llevó una bronca por ello. El torero tuvo
que cortar por lo sano ante las protestas del respetable por la merma del
cornúpeta.
La mole que cerró plaza, un negro mulato de 649 kilos, derribó al
picador Agustín Navarro, que pasó las de Caín atrapado entre los
petacos y las tablas. Tras el susto, se lució sobremanera con los palos
el banderillero Joselito Rus. Dávila Miura, sin preámbulos, aguantó en
la apertura una colada por el derecho. El toro protestó y no se entregó.
Lo contrario que el torero, que lamentablemente no pudo alcanzar grandes
cotas por los defectos del astado. Dávila dejó su cartel intacto, tras
matar de estocada y un descabello.
Los gavira estuvieron a punto de cargarse en su totalidad el festejo.
Menos mal que Cepeda, en el mismo platillo, regó el albero de toreo caro,
embriagador, templado y rítmico.
El País. Antonio
Lorca. Pinceladas de buen toreo
Hubo pinceladas de buen toreo. ¡Albricias!
Ocurrió en el quinto, de la mano de Cepeda, que atesora calidad, aunque
se resista a mostrarla. Era un toro blando, muy blando, sin acometividad,
pero noble. El torero se relajó y dictó una lección de buen toreo con
la muleta, por ambas manos.Sus muletazos resultaron lentos y largos,
plenos de empaque, de buen gusto, de sabor a toreo de siempre. Tocó la música,
aunque a la faena le faltó toro, y, por tanto, emoción. La verdad es que
quedaron sobre el albero pinceladas de arte. Pero, como era de esperar,
Cepeda pinchó y todo quedó en una vuelta al ruedo.
Eso fue todo. La corrida, astifina, mansa
y descastada; Pepe Luis, en su tono habitual; Cepeda no se estiró con el
capote; y el primer toro de Dávila se partió el pitón derecho en el
encuentro con el caballo, y el sexto se vino abajo. Total, que las
pinceladas supieron a gloria.
Por si alguien aún no lo sabe, que quede
constancia: Pepe Luis no es un gladiador. Más bien, es un artista
medroso, con escasa técnica, que no quiere pelea. Ha cumplido 21 años de
alternativa y, a este paso, puede durar más que Pedro Romero. Expone
poco, ésa es la verdad; el público se molesta, lo que es normal, pero él
se muestra impasible y flemático, lo que no deja de ser una cualidad.
Pero no engaña a nadie. Cae bien en cualquier cartel y siempre se espera
el milagro que nunca llega. ¿De qué se queja nadie? De su total inhibición,
tal vez. Verán: salió su primero, astifino, como todos, y Pepe Luis
parecía decir: 'Que no quiero verlo', y mandó a que lo parara un
banderillero. 'Maestro, ahí lo tiene usted ya', y Pepe Luis: 'Sigue tú
ya que estás ahí'.
También miró para otro lado a la hora de
picar, aunque el piquero tenía orden de que diera fuerte. Y lo que son
las cosas: coge Pepe Luis la muleta, cita, se viene el toro y se le cuela
por el pitón derecho para haberlo matado. Lo que faltaba. Se acabó. Ni
lidia ni nada que se le parezca. Cuatro trapazos y adiós muy buenas. El
toro no era bueno, pero en sus manos parecía un barrabás. La historia, más
o menos, se repitió en el cuarto, un manso de libro que entró siete
veces al caballo para salir en estampida otras tantas. El toro se paró en
la muleta, y ¿qué cree usted que hizo Pepe Luis? Pues, eso.
Fernando Cepeda intentó el toreo a la verónica,
pero no pudo ser. Bueno, parece que lo intentó, o, tal vez, no era más
que el deseo del respetable. Lo cierto es que no toreó porque los toros
no eran claros en sus embestidas. Y tampoco Cepeda es gladiador, que quede
claro. Su primero no quería salir de chiqueros; de hecho, salió a regañadientes
y volvió a entrar por dos veces. No quería pelea, y ya está. Y lo
demostró en todos los tercios. El torero consiguió algún derechazo
estimable a fuerza de insistir, pero el toro se aculó en tablas y de allí
no salió hasta que se lo llevaron las mulillas.
Dávila Miura tuvo la negra. Su primero se
partió el pitón derecho en su encuentro con el caballo. Se acabó el
toro y se consumó otro atraco al público, esta vez en forma de
Reglamento que impide la devolución de una res que se lesiona durante la
lidia. Hubo algunas leves protestas... pero 'Pssss, cállese, por favor,
que estamos en Sevilla', y el presidente respiró. Dávila se la jugó de
verdad en el sexto, valiente y seguro, ante un toro que se apagó muy
pronto. Queda para el recuerdo la seriedad, la seguridad y las ganas de
triunfo de un Miura con mala suerte.
ABC. Zabala de la
Serna. Nueva cuerda para Cepeda
El cielo sigue amenazando la celebración de las corridas día tras día.
Ayer, una hora antes de las seis y media, desprendió una cortina de agua
sobre la ciudad, un velo que entristecía el paisaje. Ni los toros ni
Sevilla se hicieron para la lluvia, como las margaritas no se idearon para
los cerdos. Los tendidos de la Maestranza necesitan de la luz que ahuyente
paraguas y gabardinas, que asuste las nubes negras que se asoman desde más
allá de Triana, que siembre de abanicos los cuatro puntos cardinales de
la plaza. Fuera impermeables y capas, que queremos sol. Sol y toros, no
los bueyes destartalados que ayer soltó Gavira, mostrencos gigantones de
buidas cornamentas. Vistas las hechuras, se vislumbraba el resultado. Pero
hete aquí que el quinto, alto y colorao, se equivocó en el último
tercio y propició que Fernando Cepeda recuperara crédito y torease a
gusto. Hasta la fecha, Cepeda vivía de ramilletes de verónicas, gloria
repartida con cuentagotas para los amantes del tronco del toreo de capa. Y
subsistía sobre el leve hilo argumental de media docena de lances que
administraba cada temporada, entre Madrid y Sevilla, como un gran gestor.
Si así ha sido hasta ahora, imagino que la faena que salvó la tarde
será la mano que le dé nueva cuerda al torero de Gines, cuerda para rato
y aire para los seguidores, que aunque no forman legión destacan por su
fe y calidad.
Curiosamente, no brilló el capote de Cepeda, salvador tantas veces en
su carrera, como el de San Fermín en la Estafeta. Sorprendió a todos el
ejemplar de Gavira, cuyo comportamiento no había apuntado hasta la hora
de la muleta nada reseñable. Y obedeció aunque no humillara nunca, que
conste en acta, en derechazos elegantes que atraían la embestida con
templanza, sin obligar en demasía. La faena cobró ritmo, se empapó de
la suave cadencia que imprimía don Fernando. Ni una sola brusquedad rompió
la danza. Tan sólo un amago de desarme, en el pase de pecho que cerraba
el tranquilo y leve paso por la izquierda, quiso romper el trazo
continuado. Entonces el toro se aburrió y respondió a su condición de
manso, para quitarnos la miel de nuevos naturales de seda.
El sevillano interpretó con inteligencia la querencia hacia toriles en
un par de trincheras que presagiaba la oreja justa. Mas un pinchazo se
interpuso. La vuelta al ruedo recompensó finalmente la obra.
Aquí se resumió el festejo. Aquí y en la firmeza de Dávila Miura
con el sexto, que cogía por arriba, por la faja o el corbatín. Dávila
no se amilanó y bajó la mano en unos cuantos derechazos de mérito. A
izquierdas no se desplazaba la bestia, y lo mejor fue rematar con un
contundente espadazo. La mala suerte rompió con violenta mansedumbre el
pitón derecho del astifino primero de su lote contra el caballo. El
Reglamento respaldaba al presidente, que lo mantuvo en el ruedo; la
sensibilidad de aficionado, no tanto.
Por cierto, que Dávila echó muy bien el capote a la cara del segundo
en un quite de una pareja de verónicas. Fernando Cepeda obtuvo más de lo
esperado, una vez visto que el bicho, a la hora de saltar al ruedo, parecía
Bin Laden, y no salía de la cueva de toriles ni a tiros.
eldiadeandalucia.com.
Francico
Mateos. Cepeda sonríe en la Maestranza
Sevilla no es Albacete. Aquí parece que no hay buenos aceros para que
los sevillanos sean capaces de acertar a la primera en la suerte suprema.
Cepeda perdió una oreja por usar mal la espada. Hubiera sido la quinta
oreja concedida en el ciclo ferial, y todas a manos de sevillanos. Pero
las dejaron escapar por el mal uso de la espada: una en cada novillo del
viernes Escribano, una para Punta, otra para El Cid y ésta de Cepeda. Qué
distinta sería la valoración de la Feria de Abril en tal caso, con cinco
orejas, mientras que el cero cuelga aún en el casillero de la triste
realidad.
Cepeda aguantó en el centro del ruedo al menos malo de la corrida de
Gavira, el quinto, un manso al que lo llevó tan tapadito en la muleta a
media altura que no le dejó ver las tablas para que se fuera hacia ellas.
Los naturales metiendo la cintura y gustándose brotaron limpios y con el
empaque que tiene el de Gines. Cepeda volvió a sonreir en la Maestranza.
Al descastado segundo, nada. Ni tan siquiera cuando Cepeda se transfiguró
y recurrió al zapatillazo en la arena y el ‘¡je, je, je!”, que no es
el estilista torero de esos recursos.
A Eduardo Dávila Miura le birló el presidente un toro. El tercero de la
tarde se estrelló con tan mala suerte en el peto del picador que se partió
por la cepa el cuerno derecho. El caos presidencial en Sevilla es absoluto
y cada uno de los cuatro presidentes va por su camino, sin criterios
comunes. Así, Fernando Carrasco mantuvo al lisiado animal en el ruedo.
Con la triste imagen de un toro minusválido le pusieron banderillas y
todo. Dávila lo pasaportó sin faena. No sólo le robaron un toro a Dávila,
sino que a los aficionados también le atracaron parte de las 10.000
‘cucas’ de un tendido. La imagen de un animal terriblemente mutilado
en el rimbombante coso maestrante, ante 10.000 espectadores y televisado
en directo para toda España es poner en bandeja a los antitaurinos claros
argumentos. Por cierto, que hace unos días se colaron en las escaleras
interiores de la Maestranza y dejaron gigantes pintadas de ‘Toros no’.
Flaco favor le hizo a la Fiesta el presidente Fernando Carrasco Lancho,
auque sí un favor económico a la empresa; se ve que los tres sobreros
del día anterior habían hecho mella.
Al único toro que tuvo Dávila, el sexto, que no se desplazaba, le plantó
cara, pero al final ganó la mansedumbre con peligro del astado de Gavira.
Pepe Luis Vázquez hizo el paseíllo; es lo único positivo que debieron
aprender sus alumnos de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Qué arte
vestido de torero.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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