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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 8 abril de 2002
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Gerardo Ortega (faltos de fuerza, inválidos). Fueron devuelto a corrales, siendo sustituidos por otros tantos sobreros del mismo hierro.

Diestros: 

Entrada: tres cuartos de entrada.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla, El Mundo, ElDíadeAndalucía.com


PortalTaurinoManuel Viera. Dos de nueve

 A veces, lo peor que le puede suceder al que se viste de torero en plaza de máxima responsabilidad, es que le salga de chiqueros un toro de calidad suprema. Un toro de embestida pastueña y de nobleza acaramelada, un toro para ejecutar el toreo con la sensibilidad y la hondura de los elegidos. Y nos es que Antonio Manuel Punta le falte tales adjetivos, ni mucho menos, pero quizá esté falto de algún que otro tan necesario para recuperar, de una vez por todas, el tiempo perdido. 

Escribir de lo que no puede decirse a la persona que uno querría decírselo, por razones obvias, es tarea difícil, casi imposible. Sin embargo, no debe ser nada fácil para el que apenas ha toreado en los últimos años, le surja en tales circunstancias  la fusión entre el corazón y la cabeza. De todas formas a Punta se le ha ido en Sevilla un triunfo de época a pesar de trazar muletazos prolongados dilatando con cadencia la noble embestida del cuarto toro de Ortega. A pesar de ese toreo al natural con ritmo y sentimiento. A pesar de esa serie postrera con la diestra, elegante y honda, guiada con una muñeca de privilegio. A pesar de tan excelsos muletazos, la faena del diestro de Gerena no alcanzó la continuidad que el deseado colaborador merecía. Antes, con el  corrido en primer lugar  se limitó con precauciones a intentar alargar el corto recorrido del burel. La espada tampoco fue su fuerte, a este lo mató muy mal, y al excelente cuarto no pudo cortarle  el apéndice al necesitar de dos intentos con el acero. 

Dos de nueve. Dos toros no salvan la floja, parada y descastada corrida de Gerardo Ortega. Los serios y cornalones toros del ganadero onubense rodaron por los suelos y se pararon con peligro en los inicios de faenas. Sólo el cuarto y el sexto fueron toros propicios, por la calidad de sus embestidas, su nobleza y recorrido, para alcanzar el triunfo, y que a punto estuvo de conseguirlo Manuel Jesús El Cid en las postrimerías del festejo. El Cid manejó la capa con soltura en los lances a la verónica al tercero, un toro pronto en el caballo que se apagaría después en la muleta. El diestro nacido en Salteras  anduvo dispuesto, citando siempre con la muleta por delante pero no alcanzó el más mínimo lucimiento. Pero fue en el sexto donde Manuel gustó desde los primeros tanteos con el capote. Buen toro el de Ortega que le permitió al torero expresarse con una calidad fuera de toda duda. Los circulares con la diestra fueron de perfecto trazo. Los naturales rítmicos, acompasados, lentos, ligados y perfectamente abrochados con excelentes pases de pecho. Una lástima que una espada no esté siempre a tono con la mágica muleta. Tan importante obra merecía más que la justa vuelta al ruedo.

Por otro lado, al más dispuesto le tocó lo peor. Antonio Barrera no tuvo opción al triunfo aunque lo buscó con ansias, ganas y valor. El arrimón con el segundo fue de órdago. Los intentos con la diestra resultaron vanos a pesar de demostrar la más pura verdad en su toreo.  Le tocó esquivar  las malas intenciones de la peligrosa fiera, y aunque no consiguió lucimiento si logró emocionar con su sereno valor, su firmeza y su saber estar. Después, en quinto lugar, pararía a tres toros sin lograr torear a ninguno. Dos fueron devueltos por inválidos, y el tercero lo mató sin darle la más mínima opción al triunfo.  


El Mundo. Javier VillánPunta y la pata de Cid

Mi madre, cuando alguien se daba mucha prosopopeya, decía: «Ese parece que viene de la pata del Cid», o sea, el Campeador: estirpe de nobles y guerreros, de hidalguía, de héroes con abolengo y a veces con más apariencia que consistencia. En el caso de este Cid, Manuel Jesús, todo es consistencia menos el estoque.Pudo alzarse con un triunfo, en los últimos minutos de la tarde, pero le falló la Tizona. Este Cid viene de su propia pata que es, casi siempre, la pata alante, embraguetándose en las verónicas y bajando muy bien la mano en los redondos. Tras una tanda de naturales, cuando ya la tarde se iba al desolladero con las orejas puestas. Y con las orejas se quedó por culpa de la espada, es decir, por culpa de Manuel Jesús.

También por culpa de un pinchazo, Antonio Manuel Punta perdió un trofeo. Tardó en darse cuenta de que el signo sombrío de una tarde puede transmutarse en fulgores. El toro de Gerardo Ortega, una hermana de la caridad, sor Fetén.

Es lo que tienen estas tardes que empiezan mal y acaban casi peor. Es lo que tienen estas tardes entreveradas e inciertas amenazadas de lluvia y de aburrimiento. Máxime cuando los toros, uno tras otro, se van al suelo y, encima, ponen los cuernos descastados en la Luna. Al primer inválido de Ortega le sustituyó un buey feo, grandón y mal encarado; manso, reservón y sin clase. Punta, casi desahuciado de esto, tras unos buenos comienzos hace años, se estrelló.

Y parecía que iba a estrellarse también en el cuarto. Pero, aunque tarde, se apercibió de las buenas condiciones del animal y resucitaron aquellos buenos principios aludidos. Cuando Antonio Manuel Punta se decidió a quedarse quieto y en el sitio, el toro tomó la muleta con generosidad y nobleza: dos tandas de naturales y los obligados pases de pecho, de trazo y ritmo impecables. Y una tanda de redondos que fue, seguramente, lo mejor de la faena. De matar a la primera, la oreja estaba segura.

Antonio Barrera, que en el primer toro devuelto había dibujado un quite por gaoneras, citó en los medios, cambió la embestida por detrás y mandó al toro al Giraldillo, por encima de las tejas árabes. Luego se ciñó más. Antonio Barrera es un sevillano que viene de conquistar México, aunque ayer no conquistó Sevilla.Y no porque La Maestranza se le resistiera, sino porque los toros de Gerardo Ortega fueron imposibles. Cuatro toros tuvo que parar Antonio Barrera: uno áspero y sin clase y tres inválidos, además de descastados. Cuatro ruinas, cuatro bostezos desesperantes.La estocada al primero, superior: por derecho, despacio, arriba y letal. La estocada a su segundo, de parecida ejecución y efectos mortales, pero en la modalidad infame del bajonazo. Antonio Barrera anda muy despacio a los toros, no elude el lugar caliente donde las astas amenazan como puñales y tampoco vuelve la cara.

La tarde de ayer es insuficiente para calibrar sus auténticas posibilidades y sólo vale para dejar constancia de una torería que se adivinó más que se comprobó. Es un conquistador de México y ya se sabe lo que el Imperio español hacía a los conquistadores: concluida la conquista, los fiscalizaba y depuraba. De momento, un crédito. Y para Punta y El Cid, un apercibimiento por la falta de confianza en sí mismos a la hora de matar. Suya es la culpa de haberse ido sin premio.


Luis Nieto, crítico taurino de Diario de SevillaDiario de Sevilla. Luis Nieto. Antonio Manuel Punta no remacha y EL Cid se olvida la tizona

En los tendidos, muchos profesionales, entre ellos José Luis Galloso, José Antonio Campuzano, Manili, Ruiz Manuel, había interés por calibrar a esta terna de toreros con posibilidad de ascender peldaños. Ayer hubiera sido un día grande para Antonio Manuel Punta y Manuel Jesús El Cid. Punta, ante el mejor toro de la tarde, el cuarto, bien construido pese a los más de sus seiscientos kilos, noble y con clase, no remachó el éxito. Le faltó más precisión y, además, no se tiró de verdad con la espada.

El Cid, ya de noche, fue capaz de levantar el festejo en el noveno toro que saltaba al ruedo, un astado cumplidor sin más, al que el torero de Salteras le engarzó una sólida faena. Pero este diestro, que el año pasado sorprendió con un toreo de autenticidad, se dejó otra vez la tizona vaya usted a saber dónde. Y sin tizona, perdió un trofeo. Junto a estos dos toreros debutó como matador de toros en la Maestranza Antonio Barrera, que dejó una gratísima impresión.

La corrida de Gerardo Ortega estuvo bien presentada. Pero las cosas se torcieron por una causa u otra y acabaron saliendo hasta tres sobreros.

Punta, sin lucimiento en el capote, se justificó con un arrimón ante el incierto sobrero que lidió como primero. El que abrió plaza se partió una mano en el primer tercio y fue devuelto con anterioridad.

Con el cuarto, tampoco hubo nada destacable en el toreo de capa. Punta no se centró con la derecha en los primeros compases de la faena. Sí lo hizo al natural, en dos tandas ligadas y de bella factura. Ya convencido de la franqueza del astado, se vino arriba en otra buena con la diestra. Acarició un trofeo, en una faena que era para más. Pero en la suerte suprema pasó ante el toro, en lugar de tirarse con el alma. ¿El resultado? …Una vuelta al ruedo tras petición minoritaria y una oportunidad que no redondeó.

Antonio Barrera, al que vimos en Sevilla de novillero, es un torero totalmente distinto. A su valor, enorme ayer a lo largo de su actuación, le ha añadido solidez artística, que sólo pudo desplegar a cuentagotas. Porque su primero se quedó cortísimo y resultó peligroso. Y el otro, tercero tris, que sustituyó a dos inválidos, fue un toro descastado que hasta reculó en la muleta.

El Cid recibió con buenas verónicas al tercero. Mejores y con más ritmo y empaque las que dibujó en un quite. Las esperanzas de faena se pulverizaron pronto. El toro sólo tragó por el pitón derecho en cada primer pase; por el izquierdo, ni eso.

Con el sexto ganó terreno a la verónica, estirándose. A este toro le prendió un gran par Alcalareño. El torero de Salteras consiguió hacer sonar la música tras una tanda con la diestra en la que hubo ligazón. En otra, con esa mano, lo embarcó bien. Una serie al natural de buen trazo y… el toro se rajó. Aun así sacó un redondo invertido. Y cuajó templados pases de pecho. Pero, como le sucedió el pasado año en esta feria, falló con la espada.

Sonaron las campanas de la Catedral de Sevilla varias veces durante el festejo. Bien pudiera haber sido por los éxitos de Antonio Manuel Punta y Manuel Jesús El Cid. Desgraciadamente no los alcanzaron. Porque Punta no remachó y El Cid olvidó su tizona.


Antonio Lorca, crítico taurino de El PaísEl País. Antonio Lorca. Toreros en el extranjero

Está visto que la fiesta de los toros se contagia de todas las modas. Al igual que muchos jóvenes estudiantes deciden pasar un curso en el extranjero, algunos toreros siguen la tónica, toman el avión y se pierden unos meses más allá del charco para probar fortuna. Claro que no se van por gusto, ni por indicación de sus padres ni a estudiar idiomas. Se van ante la falta de contratos.

Antonio Punta no toreó el pasado año en España. Se marchó a Venezuela y allí terminó a la cabeza del escalafón. Barrera también cogió las maletas y se plantó en México, y cuentan y no paran de todo lo bueno que ha protagonizado en la tierra de Pancho Villa. El Cid prefirió quedarse y seguir los estudios en la escuela española. Tampoco viajó el ganadero que, se supone, guardó la viña de la bravura y casta de sus toros, lo que es mucho suponer.

Terminó el curso y los viajeros volvieron. Idioma habrán aprendido, aunque ayer no quedó constancia de ello ni tenía por qué quedar. Oficio, sí, porque no han perdido el contacto con los libros, y eso se nota. Pero después de todo un curso fuera -no se sabe si con una familia o en un colegio mayor- tenían la suerte de someterse a una dura reválida en Sevilla que, si la aprueban, les permitirá quedarse en casa.

La verdad es que el examen tuvo su miga: los toros de Ortega sólo tuvieron fachada y unos pitones muy astifinos, pero por sus venas corría agua del grifo. Hasta tres toros fueron devueltos por inválidos, y alguno más podía haber seguido el mismo camino. Es decir, una faena para quien va a por todas. Aunque lo de a por todas es según y cómo se mire.

Punta, por ejemplo, viene como triunfador en Venezuela y parece decir que no torea más que los toros buenos. Por eso, quizá, lleva once años sin conocer el triunfo. Es un torero fino y elegante, con una concepción artista del toreo, pero frío y conformista. A su primero, que era áspero y de complicada embestida, lo toreó de capote con enorme indecisión y pocas ideas. El toro quería guerra, pero el torero no estaba para mucha pelea. Con esa disposición quizá pueda volver a Venezuela. El otro era blando, pero muy noble y mejoró a lo largo de la lidia. Como Punta sabe torear bien, brindó a la concurrencia derechazos largos y templados y algunos naturales hondos, pero no consiguió la calidad que el toro, mejor que él, merecía.

Barrera, el otro estudiante, lo tuvo más difícil porque su lote fue el más inválido y descastado. Se nota que tiene valor y que lo ha acrecentado durante el curso mexicano. Lo de torear es otro cantar. Con el capote es un negado, y un jabato con la muleta. Pisa terrenos muy comprometidos, se coloca muy cerca de los pitones, y se justificó sobradamente.

Y al estudiante nacional habría que castigarlo con entrar a matar en el carro de entrenamiento miles y miles de veces. Toreó muy bien a la verónica en sus dos toros, nada pudo hacer ante su descastado primero, y se lució por ambas manos con el codicioso sexto, pero sin que llegara a cincelar una verdadera obra de arte. Todo lo echó por tierra con la espada.

Por cierto, ¿y dónde mandamos el año que viene al ganadero? Pues que se vaya también al extranjero...


ABC Zabala de la Serna. Una corrida engañosa

La corrida fue engañosa. Cualquiera que lea la ficha y las tres devoluciones saca como conclusión que la tarde se murió por los suelos. Y no fue así, aunque los toros de Gerardo Ortega blandearon en exceso. Ayer, salvo en las salidas de los cabestros, no hubo sitio para el aburrimiento. Igual si digo que ojalá muchas dieran tanto de sí me toman por loco. Pues dicho queda.

Culpa de ello la tuvieron los toreros, que aportaron de distinta manera su granito de arena al entretenimiento. Antonio Manuel Punta plasmó su clase; Antonio Barrera, un valor y un sitio de sombrerazo; El Cid, firmeza con la muleta y estética con el capote. Y para que no vaya toda la carga positiva para la torería halaguemos al cuarto y al sexto ejemplares orteguianos, un par de toros para arreglar la temporada o al menos mejorar las expectativas. Si Punta y El Cid no hubieran fallado con la espada...

Antonio Punta se encontró con un basto y colorao sobrero que reemplazó al inválido primero. Resolvió con algunas dudas aquellas paradas en mitad de las suertes, y la decisión tampoco le acompañó con el acero.

Y, sin embargo, luego, los mejores muletazos de la tarde fueron suyos. Toreando con tanta calidad, ¿cómo se puede ocupar un lugar tan lejano de las ferias? Quizá la explicación venga envuelta en una cierta frialdad que rodea a este torero, un halo que le costó romper aun contando con un toro tan dulce. Poquito a poco Punta se entregaba más. A la vez, crecía la faena. Dos tandas sobre la mano derecha, una entonada al natural y, por fin, una soberbia y también zurda, que dio paso a la fase más intensa de la obra, a la más maciza y sentida, abrochada con una serie de redondos caros, muy caros. Iguales no los hemos visto este año. La cosa se había puesto de oreja. Hubo un pinchazo y una petición que no desembocó en el ansiado premio, que el palco ayer estaba riguroso y serio en todos los aspectos.

Más o menos lo mismo le ocurrió a El Cid, que lo bordó a lo largo de toda su actuación a la verónica. Bien de veras. Este Cid sevillano curtido en Las Ventas, triunfador de la última Feria de Málaga, del que se han olvidado las empresas, merecería más ocasiones para demostrar que hay madera de torero. Firme se mostró con el incierto tercero, y también con el sexto, que embestía con alegría, prontitud y tranco. Ligó con quietud los pases y toreó largo por ambos pitones, aunque, avanzada la obra, al natural, el toro comenzó a venirse abajo. Los circulares que planteó fueron lo más vulgar dentro de una labor notable y clásica. El puñetero estoque le privó del trofeo.

Antonio Barrera se ha curtido en el lejano México. Se le ve puesto, con muchos toros a la espalda y no escasa lucha. Asombró el dominio de la situación y el arrojo ante el segundo. Era el arrimón el único camino entre los cabezazos. El público se entregó en la misma medida. Al tercer quinto -el titular y el sobrero forzaron el pañuelo verde- lo apabulló con la misma seguridad, hasta que acabó por rajarse el mal bicho.

Repito: a pesar de los cambios, ojalá en las tardes venideras haya tanto para escribir y ojalá a esta terna le den un poco más de cancha.


Francisco Mateos, crítico taurino de www.eldiadeandalucia.comeldiadeandalucia.com. Francico MateosSevilla tiene toreros pero no matadores

No es nuevo decir que el gerenero Antonio Punta (en la imagen en un pase de pecho) tiene la moneda en su mano. Torero que encandiló a la afición sevillana años atrás, con el paso del tiempo y ciertas distracciones propias de la juventud terminaron por hacer mella en una trayectoria que no debió truncarse. Se coló en los carteles en los últimos minutos y la oportunidad la ha aprovechado a medias. Y ni él ni Sevilla se pueden permitir dejar escapar tanto caudal de buen toreo, de clase y elegancia, como la que atesora este sevillano. Punta se mostró valiente y firme con el sobrero primero, falto de casta de fuerza y con malas intenciones. Pero salió el cuarto, un toro que humilló repitió por los dos pitones. Punta dejó un trasteo basado sobre todo en la zurda con altibajos. Quizá, si después de cada natural le hubiera dejado mayor distancia al toro para el siguiente muletazo éste hubiera salido más limpio y profundo de lo que algunos fueron; lo ahogaba al citarlo tan de cerca. Con la derecha dejó una buena tanda al final de faena. Con la espada, mal, y el trofeo se esfumó. Buen toro y un torero con clase que acusó la inactividad.

El macareno Antonio Barrera, desterrado de su tierra, regresaba a casa. El exiliado tenía ganas. Lo mejor que se puede decir de él es que le dio importancia a Sevilla. En su primero, un toro complicado, que no pasó y que esperaba al torero para buscarle los muslos, Barrera estuvo firmísimo, valiente, jugándosela, como había que estar, a pesar de que algunos le decían que matara al avieso animal. Muy sincero y de verdad todo cuanto hizo Barrera. Con el quinto, parándose y defendiéndose, correcto.

El Cid dejó escapar una oreja cuando ya pesaban las dos horas y media de festejo. El sexto fue el otro toro destacado del encierro, con nobleza y recorrido. El Cid estuvo a gran nivel por el pitón izquierdo que agotó por completo con muletazos de mucha clase. Por el derecho, y ya a final de faena, se empeñó, en vez de intentar una postrera tanda de derechazos que aún le restaba al buen animal, en dejar unos redondos que no venían a cuento con el elegante conjunto de la faena. De todos modos, otra vez la espada privó a un sevillano de triunfar en su tierra.

 

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