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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 5 abril de 2002
Novillada


Manuel Escribano
Foto de A. Pizarro (Diario de Sevilla)

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Novillos de Torrealta, muy justos de presentación los tres primeros, blandos y sosos. 

Diestros: 

  • Francisco Javier Corpas, estocada trasera -aviso- y dos descabellos (ovación); seis pinchazos (silencio).
  • Manuel Escribano, pinchazo y descabello (vuelta); seis pinchazos (ovación).
  • Juan José Domínguez, cuatro pinchazos perdiendo la muleta -primer aviso-, media atravesada, cinco descabellos -segundo aviso- y un descabello (silencio); dos pinchazos y estocada (silencio).

Entrada: dos tercios de entrada.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla, El Día de Andalucía


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Un gran Escribano sin rúbrica

Llovió el día anterior a la novillada. Y ayer lo mismo nos sonreía el sol que la lluvia, su hermana triste, nos hablaba al corazón. Y el corazón, a su vez, nos hablaba de la esperanza que supone el inicio de dos carreras novilleriles, las de Manuel Escribano y Juan José Domínguez, debutantes con picadores en la Maestranza, encabezados por Francisco Javier Corpas, que tomará la alternativa el próximo 20 de abril en Almendralejo.

De los tres, Escribano fue el triunfador, en la que supuso su tercera novillada picada. No le vino grande. Es más: le faltó novillo, entre otras cosas por la escasez de trapío. En cuanto a juego, los de Torrealta resultaron en su conjunto flojos, manejables y con escasa casta. Escribano posee capacidad, valor, variedad, facultades portentosas en banderillas, encontrando novillo en todos los terrenos y, además,… sabe torear. Pisa terrenos comprometidos y engancha bien al novillo, rematando con pases de pecho que terminan en la hombrera contraria. Pero… este Escribano, de brillante caligrafía torera, no supo rematar sus faenas con la adecuada rúbrica de la espada. Y lo que pudo ser un éxito portentoso, con una y hasta dos orejas, al menos, quedó en una vuelta al ruedo en su primero.

Este Escribano, todo fuego en tarde invernal, hizo sudar al respetable con la portagayola a su primero, en la que le arrolló el novillo, tanto en la salida como en otra ocasión. Mostró variedad con el capote en un quite en el que engarzó una larga, una caleserina y una serpentina. Levantó al público de los asientos en banderillas, con un espectacular par al quiebro, por los adentros. Luego, comienzo de faena con un fallero que cortó la respiración. Hubo también toreo bueno. En los tercios, dos magníficas tandas de naturales, templados y largos, la primera con un deslumbrante cambio de mano como comienzo y un garboso pase del desprecio como cierre. El público, enloquecido. Pero todo quedó en una vuelta clamorosa por errar en la suerte suprema.

Con el manejable quinto se la jugó nuevamente a portagayola. De nuevo, variedad con el percal. Y en banderillas, extraordinario, en un par de poder a poder, otro de dentro afuera y uno al violín. Faena seria, con ritmo y calado profundo en los tendidos, con buen trazo por ambos pitones y depurados pases de pecho. Después de unas manoletinas, la gente se echó mano a los bolsillos en busca de los pañuelos. Nuevamente... falló con los aceros.

Corpas, aseado a la verónica, realizó una buena faena al que abrió plaza, en la que destacaron dos buenas series, cortas, pero con clase. Bajó algo por el lado izquierdo, el pitón malo del novillo. Cuando retornó al derecho se había rajado totalmente el animal. Se tiró con el corazón y enterró el acero en una estocada entera muy tendida. Precisó de dos descabellos. En el cuarto, un novillo que se rajó pronto, lanceó bien a la verónica y consiguió varios pases sueltos de calidad, especialmente algunos naturales. Intercaló también bellas trincherillas.

Domínguez anduvo desdibujado y mal con la espada. Está todavía verde. No dejó huella en el toreo de capa. A su primero, mal lidiado, le dejaron que se quebrantara con el picador que hacía puerta y para más inri se destrozó en tres volteretas. Faena de trámite entre la lluvia y la incierta embestida del novillo, con el que no se hizo. Muy mal con los aceros.

Con el que cerró plaza se perdió en una faena larga, fría, con carencias, ante un novillo chico y tan noblote como soso, al que entró nuevamente en la suerte suprema sin fe.

A Escribano, que no rubricó con la espada su buena caligrafía, se le escapó un éxito de campanillas.


El País. ANTONIO LORCALamentos novilleriles

Habría que imaginar la alegría de estos chavales cuando supieron que estaban anunciados en la novillada de Torrealta. Satisfacción personal y parabienes del entorno. ¡Torrealta! Igual que las figuras. ¡Cuánto honor! ¡Qué poderío el del apoderado! ¡Qué justicia la de la empresa! ¡Cuánto reconocimiento a lo buenos que somos! ¡Qué oportunidad, Dios mío!

Y todos dejaron volar su imaginación con los aires de grandeza propios de los duermevelas taurinos. Pero llegó el día y se impuso la realidad. Pasó mucho menos de lo imaginado.

Habría que imaginar la tristeza de estos chavales al término del festejo después de enfrentarse a una novillada desigual, blanda, sosa y descastada de la tan deseada ganadería de Torrealta (igual que las figuras, aunque a éstas no les pasarán las facturas que ya tendrán preparadas para ellos); después de enfrentarse a sus propios sueños, comprobar sus carencias y entender que la tarde de gloria se había tornado gris por culpa de los toros y de ellos mismos.

Y lo cierto es que los tres novilleros poseen cualidades toreras muy estimables. Pero Corpas pagó caro su conformismo a escasos días de su alternativa; Domínguez es un tímido elegante que se vio superado por el miedo escénico, y Escribano es un artista arrollador que emborronó una actuación completa y entonada a causa de un pésimo manejo de la espada, impropio de quien llama con fuerza a la puerta de las figuras.

Escribano fue toda una agradable sorpresa. Triunfó en las novilladas veraniegas sin caballos y no defraudó la expectación. Tiene valor y clase, es variado con el capote y la muleta, sabe estar en la plaza, es elegante y seguro, da importancia a su labor, demuestra conocimiento, irradia serenidad y emociona con facilidad. A sus dos novillos los recibió con una larga cambiada en la puerta de chiqueros -en el primero fue arrollado sin consecuencias-; traza bien el toreo a la verónica, con las manos bajas, coloca banderillas con más facultades que acierto -el último par al violín provocó el delirio en la plaza-, participa en quites muy variados; muleta en mano, mueve bien las muñecas, templa, manda y da unos largos y lentos pases de pecho. Su primero, blando y almibarado, le permitió un escaso lucimiento, aunque consiguió una buena tanda de naturales. No picó a su segundo, el novillo con más movilidad, y realizó una faena intermitente, pero plena de sabor torero. Terminó con unas manoletinas, con el público muy entregado, y todo lo echó por tierra con la espada. Lo lamentará siempre.

Corpas no tuvo toros, sino novillos chicos. Y él, que ya es un hombre -cinco años como novillero-, los cuidó con parsimonia y elegancia, pero sin pasión alguna. Un derechazo aquí, un detalle allá en su blandísimo primero, y algún detalle de buen gusto con el parado quinto. Mató para matarlo.

Y Domínguez posee mimbres de torero bueno, pero debutaba con caballos y le pudo la responsabilidad. Parecía tímido y avergonzado y así le fue: casi le echan al corral al tercero después de alguna muestra con la mano derecha y aburrió en el sexto, vencido por las circunstancias.

El sueño ha dejado paso al lamento. Eso pasa, en gran medida, por querer torear lo que torean las figuras.


PortalTaurinoMANUEL VIERA. De una especie en extinción. 

Si por algo hay que alegrarse de la tarde de toros, fría, lluviosa y ventosa en lo climatológico, y anodina a veces en lo taurino, es porque con todo ese inconveniente hubo un torero entregado a la causa para alcanzar cuanto antes un triunfo que se le escapó incomprensiblemente de las manos por culpa de una espada que se negro a entrar cuando más falta hacía. Manuel Escribano pertenece, quizá, a esa especie de toreros en extinción de los que tanto necesita la Fiesta. Combina en perfecto cóctel  valor y exquisita calidad. Variedad en las suertes, facilidad y técnica, y ese chispa especial que le hace llegar al público con suma facilidad. Se supo de inmediato que Escribano buscaba el triunfo en la tarde sevillana. Nada le importó que el segundo novillo le arrollara de mala manera cuando lo esperaba a porta gayola porque con el quinto repitió la escena. Variado con la capa se entrego después en banderillas, destacando en un par  por los adentros y otro de igual manera haciendo el violín. La presión acumulada con tan responsable tarde se hizo notar durante la lidia de su primer novillo. Embarullado a veces, consiguió ligar dos series al natural de mano baja y muy templadas. Sin embargo, fue en sexto donde Escribano toreo muy despacio. Las series en redondos se sucedieron sin solución de continuidad. Los de pechos fueron de largo kilometraje y perfectamente trazados, y los naturales eternos y muertos en el tiempo. Cuando el joven diestro de Gerena tenía  el esperado triunfo, falló en la única suerte que da  pasaporte para salir en volandas por la del Príncipe. Una lastima.

Lo cierto es que hubo poco más. Los “Torrealta”  se diferenciaron poco de sus hermanos mayores del domingo. Sosos, con escasa casta y con las fuerzas justas deambularon, unos más y otros menos, sin demasiadas complicaciones. Francisco Javier Corpas demostró oficio y dejó clara su preparación para la inmediata alternativa. Empleo la técnica con el primero al torearlo a media altura y sin molestarlo, y lo intentó todo con el desrazado cuarto.

Tampoco al debutante Juan José Domínguez le rodó bien la tarde. Logró atemperar la complicada embestida del tercero con muletazos templados con la diestra, pero sin remontar faena al natural. Le falta oficio y maneras con la capa. Su toreo resultaría en el sexto demasiado frío. Como la tarde de inicio del ciclo sevillano.       


ABC ZABALA DE LA SERNA. Escribano, un chaval que quiere y puede ser torero

La lluvia intermitente regó la larga tarde. Dos horas y media de festejo que sólo se sostuvieron sobre el argumento de Manuel Escribano, un chaval que demostró que quiere y puede ser torero, con permiso del destino y las mil y una complicaciones de esta profesión.

Escribano persigue la quietud y la ligazón, y además posee un concepto del toreo largo. Engancha a los toros, les prolonga el viaje con temple y enseguida deja la muleta puesta. Éste fue el denominador común de sus dos faenas, al margen de la variedad con el capote y la espectacularidad con las banderillas. La espada se convirtió en su mayor enemigo.

A portagayola acudió a saludar al segundo, que salió pegando regates y lo arrolló. El torete acusó una minusvalía considerable que superó con nobleza. El principio de faena no pareció el más adecuado, y el cambio por la espalda, con el utrero aculado en tablas y el torero en los medios, tardó en llegar. Pasó con firmeza sobre la mano derecha y consiguió una docena y pico de naturales encerrados en un adoquín. Soberbios los pases de pecho, por cierto. No aguantó mucho más el torrealta, que murió de pinchazo hondo y descabello. Hubo una vuelta al ruedo de las que saben a oreja y pesan de verdad.

La anterior experiencia en la puerta de toriles no le quitó de la cabeza recibir también al buen quinto otra vez allí. En esta ocasión las cosas salieron bien. Cuarteó con los palos y puso los tendidos a revientacalderas con el par del violín ejecutado al cambio. De rodillas abrió faena, y en pie trazó mejores muletazos. De nuevo, brilló sobre la mano izquierda a gran altura. Cuenta con un arma indispensable: el valor. Lástima que no lo arropara con cabeza: se precipitó a la hora de matar. Interesa, y mucho, volverlo a ver.

Francisco Javier Corpas contó con el novillo más deslucido del blandito y manejable conjunto de Torrealta. Corpas, que arrancó muy bien su primera obra, tapándole mucho la cara y sin dejarse ver, no mantuvo el tono y se pasó de metraje. A izquierdas, el animalito tenía su guasa. El cuarto se desfondó, y terminó por echarse tras varios pinchazos. Completó el peor lote.

Flaco favor le hicieron a Juan José Domínguez trayéndole a debutar con caballos a la Maestranza. Demasiado verde para tanto compromiso. Y eso que el escurrido tercero era propio de su condición de novillero sin picadores.


El Día de Andalucía. FRANCISCO MATEOSLa espada, qué cruz

“La espada; qué cruz”, debía pensar el novillero sevillano Manuel Escribano tras ver cómo se le escapaban dos orejas, dos, de sus manos por culpa de su repetido fallo con la tizona. Dejó buena impresión, notable, pero no se puede dejar escapar por dos veces un triunfo propio. Los otros dos sevillanos, polos opuestos: Corpas, pasado, necesitando ya el toro, con una madurez palpable, y Juan José Domíngue, tan frío como verde.

Los novillos de Torrealta dieron mejor juego que los toros de este hierro lidiados en la reciente inauguración de temporada sevillana, pero sólo un poquito, porque aún distó mucho de lo que debe ser un buen encierro de novillos: por presencia para plaza de primera línea y por juego. Todo fue peor, cierto es, por la pésima lidia que las cuadrillas ofrecieron a los seis astados. Y las cuadrilals estaban formadas en su mayoría por jóvenes novilleros que dejaron el sueño del oro en los últimos cinco años; mal va esto.

Los tres novilleros -todos sevillanos- tienen tres análisis bien distintos y ofrecieron niveles muy diferentes. Francisco Javier Corpas está necesitado del toro. Triunfador en varias ocasiones en Sevilla, no se entiende cómo en estos días de preferia la empresa no le ha ofrecido una alternativa digna. Será en Almendralejo (Badajoz) dentro de unos días, con Finito y El Juli, pero no se le hace justicia. Demostró estar a un nivel de madurez por su inteligencia, por sus formas de andarle a los novillos muy distinta a sus dos compañeros. Al primero, que recibió de lances rodillas en tierra, le cinceló una faena que comenzó muy bien, ligando los muletazos limpios, pero que se terminó desinflando porque el astado se quedó sin ‘gas’. La faena del cuarto, falto de transmisión, pasó entre la indiferencia de los tendidos.

Manuel Escribano se puede considerar el triunfador del festejo. Pero de tener dos orejas se conformó con una vuelta al ruedo y una gran ovación en el quinto. Y fue por culpa suya, por fallar reiteradamente con la espada, de forma estrepitosa. Al segundo lo recibió a portagayola y el novillo lo arrolló literamente, aunque se escapó de la cornada. Presionado por la expectación -es el único novillero que actúa dos tardes-, quiso hacer de todo y cuanto antes. Vistoso y variado en quite y vibrante en banderillas. Esta primera faena dejó siete u ocho muletazos al natural muy buenos, largos y mandones. Pero con la espada... Y en el quinto, vuelta a lo mismo: portagayola, vistosidad en quites, banderillas hasta la del violín y faena buena, de nota, sobre todo por el lado izquierdo, pero algo presionado, asfixiando la embestida del novillo. Y con la espada...

Juan José Domínguez fracasó. Le han precipitado este debú con picadores y ante la afición sevillana. Frío en sus dos enemigos, verde y sin ángel, sin alma, sin emoción; parecía que le faltaba sangre en las venas. No se le cambió la actitud ni cuando a punto estaba de sonar el tercer aviso en su primero.

  

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