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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del miércoles, 30 de mayo del 2001
Novillada con picadores

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Novillos de Torrestrella desiguales de presentación y nobles en general, destacando el magnífico y repetidor sexto

Diestros:

  • Rafael Roca, silencio tras aviso y silencio.
  • Alejandro Amaya, ovación con saludos y ovación con saludos tras aviso.
  • Salvador Vega,  ovación con saludos y oreja.

Entrada: media plaza.

Crónicas de la prensa: El País,  Diario de Sevilla


EL País. ANTONIO LORCA. Un novillo encastado

El sexto novillo, de nombre Pastelito, y de 429 kilos de peso, resultó ser una máquina de embestir y despertó a todos del sueño reparador de una tarde que iba para la desvergüenza y el olvido. Sin hacer una buena pelea en varas, acudió veloz y codicioso a la muleta que Salvador Vega le mostró desde los medios. Embistió alegre y no dejó de perseguir la franela hasta su muerte.

El novillero malagueño, muy decidido toda la tarde, le plantó cara con gallardía y arrestos y consiguió una faena vibrante, aunque de escasos ribetes artistas. Nunca perdió la cara al novillo ni se amilanó ante la casta del animal. Toreó por ambas manos en pases largos y en tandas ligadas, aunque siempre sobresalió la bravura de Pastelito sobre la madurez torera del joven novillero. Cortó una oreja con fuerza, pero más ardiente fue la ovación que despidió a un novillo de cualidades excepcionales.

De cualquier modo, Pastelito fue una isla en una novillada que hasta entonces había sido una tomadura de pelo para que, de una vez por todas, desaparezca la muy escasa afición sevillana y huyan los turistas aletargados por el aburrimiento.

Era una novillada de lujo, de la muy postinera ganadería de Torrestrella, pero el lujo taurino de ahora es sinónimo de falta de trapío, invalidez, ausencia de casta y bondad de vaca lechera.

Los novillos de Álvaro Domecq -sobre todo, los tres primeros- no eran chicos, sino de juguete, auténticos toritos de peluche para acariciarlos, jugar con ellos en el patio y sacarlos de paseo. En otras palabras, una tomadura de pelo a una plaza que ha sido santo y seña de la tauromaquia y a una afición que, aunque ayer estaba en la playa -lista que es la gente- se merece un respeto. Pero en esta tierra bendita cría fama y échate a dormir, que el que paga es el sufrido espectador, que se aburre, calla y sufre todas las tropelías inimaginables.

El problema es que a esta fiesta ya nadie parece guardarle respeto. No se lo guarda el ganadero, que manda a Sevilla novillos impresentables; ni la empresa, que lo permite, ni, por supuesto, la autoridad, sin criterio ni conocimiento, que acepta tan grave despropósito.

No se lo guardan, siquiera, los toreros, jóvenes que pasan noches en vela con La Maestranza en la cabeza, dibujando una y otra vez esa faena de triunfo que les abra las puertas de la gloria. Pero en éstas se quedan fritos y cuando se despiertan se les ha desdibujado el sueño. Se visten en el hotel con mucha parsimonia, escuchan miles de consejos, llegan a la plaza y la realidad se les presenta con una crudeza dramática. No sólo son inexpertos, que lo son y mucho, sino que parecen autómatas, fríos, desangelados, conformistas y aburridos. Gente, al final, necesitada de gloria pero sin ánimo para encontrarla.

Rafael Roca, por ejemplo, dio toda una lección de inexperiencia taurina y echó por tierra una oportunidad para la gloria. El mexicano Amaya compuso bonitas posturas, pero su toreo es poco profundo, y la mayor decisión la protagonizó el malagueño Vega.

La banda de música inició los sones de un pasodoble cuando Amaya componía unos pases de media factura ante un noble quinto con el que quiso imitar a José Tomás en la seriedad, la verticalidad y las manoletinas, pero todo quedó en un vano intento. La música cayó pronto. En el anterior permitió que la concurrencia echara una siesta mientras él imaginaba posturas artísticas en lugar de torear.

Tampoco toreó Roca a su primero, que era un novillito sin fuerzas, ni al cuarto, noble y con recorrido. Le faltó brío, decisión, corazón y conocimiento; da muchos pases pero pocos a derechas y es precavido y poco seguro. Salvador Vega estuvo decidido en su primero, pero quiso dar la vuelta al ruedo y no se lo permitieron. Se envalentonó ante el encastado sexto y dejó un buen sabor de boca para el futuro.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO.  Vega cortó una oreja a un encastado Torrestrella

El espectáculo alcanzó su esplendor en el sexto. Se conjugaron Salvador Vega, un novillero nacido en Málaga y criado taurinamente en Cádiz, con un gran novillo de Torrestrella, que por su excepcional nobleza y casta, más que Pastelito, debió llamarse bombón.

El astado, con trapío, negro, serio, además de la nobleza, fue repetidor y acudió siempre con alegría a los cites. Se le pidió la vuelta al ruedo. En el conjunto de su lidia no fue un toro de bandera, puesto que salió suelto en la suerte de varas. Pero qué Pastelito, qué bombón, qué toro. Salvador Vega, con varios enganchones en los lances de recibo, lo dejó lucir en todo momento. Y cuando cogió la franela no lo dudó. Allí, en los medios del rubio albero maestrante, citó a gran distancia, lo embarcó y llevó toreado en pases largos y ligó. Lo hizo en dos tandas por cada pitón. Hubo quizás más pasión y entrega que temple y ritmo. Pero el novillero, con un novillo de los que mandan a casa a medio escalafón, dio la cara con sinceridad y firmeza. En la faena, vibrante, sacó otra diestra posterior con más ritmo. Después de un pinchazo y una estocada -con el bravo toro resistiéndose a morir- consiguió la única oreja del festejo.

Con anterioridad Vega se las vio con un astado de escaso trapío, que cumplió en varas y fue tardo y receloso en el tramo final. El novillero, bullidor con el capote, robó los pases a base de porfiar a un oponente a la defensiva; al que mató de una gran estocada. El chaval estuvo muy dispuesto toda la tarde y entre otros quites entró por tafalleras en el segundo y descolló también a la verónica.

Rafael Roca dejó una pobre impresión. Con el chico, flojo y noble que abrió plaza no pasó de aseado en los lances de recibo. El mexicano Alejandro Amaya brilló en un quite con un par de gaoneras muy templadas. Roca brindó a su padre -que perdió la vida en la plaza de Vera cuando desembarcaba una corrida- montera en mano, mirando al cielo. El sevillano, descentrado, no llegó a confiarse. Sólo a última hora consiguió una buena tanda con la derecha a un novillo que ofrecía un notable pitón derecho. Mató mal.

Con otro novillo, el cuarto, noble, tampoco estuvo bien. Lo mejor fueron unas verónicas con fibra, ganando terreno. Pero con la franela tampoco le cogió el aire al astado, al que dio multitud de pases sueltos por ambos pitones, sin que aquello tuviera unidad. Como punto y final dejó una estocada haciendo guardia.

Alejandro Amaya, con mayor nivel, tampoco alcanzó el triunfo. Con el flojísimo y noble segundo el mexicano levantó los primeros oles con unas suaves y aterciopeladas verónicas. Eso fue todo. Luego, labor de enfermero de Amaya con un animal que no se tenía en pie.

Con el quinto, la faena fue kilométrica y desigual. De nuevo este fino torero brilló a la verónica, con lances despaciosos. A golpe de muñeca tiró del noble novillo en una primera serie con la diestra muy templada. Otra tanda, más corta. El novillo se rajó y buscó tablas. Con la zurda, el torero no se centró. Y de nuevo, por el pitón derecho, levantó el ánimo de los espectadores y de la banda de música, en el paro hasta entonces. El cierre fue muy pinturero, descollando en un cambio de mano o un pase de pecho. Y tras unas manoletinas marró a espadas.

Lo de Salvador Vega no es que fuera un vergel de toreo, puesto que todavía le falta el reposo que le dará la experiencia. Pero fue Vega fértil en cuanto a entrega y disposición, en cuanto a la sinceridad de dejar lucir a un novillo que se desbordaba una y otra vez con casta, que se precipitaba tras la muleta como un río salvaje e incansable.

Final apoteósico de una novillada de Torrestrella de nota alta y un Salvador Vega que, con los defectos propios de quien comienza, se entregó de corazón.

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