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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 29 de abril del 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de José
Luis Pereda, bien presentados en general, mansos y distraídos.
Diestros:
Entrada: Lleno hasta la bandera
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, ABC, La
Razón
PortalTaurino. Francisco Mateos. Ni
para bistecs con papas
Los toros de la ganadería de José Luis Pereda, mansos, desrazados y sin
fuerzas, deslucieron el festejo
La corrida de Pereda sólo servía para comérsela hecha bistecs y
acompañarlas de papas fritas y un buen vino tinto; bueno, ahora ya ni
eso, porque con lo de las 'vacas locas', el fuego abrasador de las llamas
inmolará los pecados de los toros onubenses. Pitones, y sólo pitones de
fachada, una corrida mal presentada pero que no tenía el trapío -que no
es sólo cuerno- para la plaza de Sevilla. Así las cosas, al menos podían
llevar algo dentro, pero ni tenían raza ni fuerzas. Un
decepción ganadera más en esta semana previa a farolillos que ha dado,
en tema cornúpeta, para muy poco.
Jesulín no se entendió con su primero manejando el capote. Era un toro
chico, anovillado, lavadito de cara, y que sólo aparentaba otra cosa por
dos astifinos pitones. En la muleta, el gaditano, que volvía a la plaza
en la que, precipitadamente, se retiró hace dos abriles, fue a más en
una faena bien concebida, fría para muchos por esa renovada cara de Jesús,
mucho más serio, pero que gana en profundidad y pureza, aunque ahora le
cueste más ganarse el aplauso porque no hay sonrisas gratuitas a los
graderíos.
Torero importante
Y más importante estuvo en el cuarto, un animal muy remiso a embestir al
que le dejó una faena de auténtico torerazo, consintiéndole los
terrenos que quiso el toro pero siempre mandando el gaditano. Lo sobó y
le sacó las dos tandas medio buenas que tenía para, después, con el
animal ya parado pero que se guardaba un arreón que le podía levantar
los pies del suelo, ir acortando las distancias, en ese toreo de cercanías
que tan bien sabe transmitir Jesulín. Terminó en la puerta de chiqueros,
dejando un buen espadazo que no fue suficiente, pero que bellamente remató
con un descabello sin permitir que un solo peón de su cuadrilla lo
tocara. El segundo fue un manso que no pasó ni una sola vez por la muleta
de Finito. Tras el largo tercio de banderillas, el toro se emplazó en los
medios y cuando llegó a su posición Finito, el animal huyó a las
tablas,
completamente 'rajado'. Sin material, no se puede valorar al torero
cordobés en esta primera actuación.
Y peor, si cabe, fue el quinto, que esta vez sí que fue malo. Parado,
hecho un completo marmolillo, sin una sola arrancada en la muleta. Finito
no es calificable tampoco porque no hubo faena posible. Pero lo único que
sí podía hacer -los toros parados también tienen su técnica para
matarlos- era pasaportarlo con más que dignidad, y fue lo que no hizo
Finito, completamente fuera de la rectitud, muy desconfiado. Varios
pinchazos y el descabello.
Miguel Abellán estuvo torpón en el tercero por tan confiado como
anduvo con el ejemplar de Pereda. Hubo varios enganchones y en alguna
ocasión quedó a merced del astado. La valentía, per se, no vale para
nada si no va asociada a una lógica, a lo que debe dictar la razón para
encauzarla correctamente. Y eso debe hacer un torero, combinar valentía
con lógica. El madrileño, no obstante, dio la impresión de que no había
venido a una plaza más, sino a ganarse un nombre entre el público
sevillano.
Y más claramente dejó puso de manifiesto esa disposición para buscar
el triunfo al cruzar la plaza en el sexto astado para recibirlo a
portagayola. Fue una larga frente a chiqueros a la que le siguieron otras
dos y, ya en pie, emocionantes lances al delantal con suavidad pero
mucha vibración, que hizo explotar la plaza en un clamor y que la banda
atacara el pasodoble. Después, como toda la corrida, el toro onubense de
José Luis Pereda se fue apagando muy rápido, estrellándose Abellán con
él.
El País. JOAQUIN
VIDAL. Aquí se viene a ligar
Donde se liga es en la Maestranza. Lo dijo un espectador con potente
voz rompiendo el mítico silencio de la famosa plaza, y si no llega a ser
por él, Jesulín de Ubrique no se hubiera apuntado un éxito.
-Perdone, caballero: ¿Por qué lo de ligar se lo dijo precisamente a
Jesulín de Ubrique?
-No sé, a lo mejor porque no se come una rosca.
"Aquí es donde hay que ligar" fue lo que el espectador le
dijo exactamente a Jesulín, que ligaba más bien poco en el transcurso de
su segunda faena, tesonera y derechacista. Y fue Jesulín y poniendo cara
de que le echaba coraje al asunto, cuajó tres derechazos seguidos
largando tela y metiendo el pico de su descomunal muletaza.
Se armó entonces gran algarabía, la gente gritó olé, parte saltó
de sus asientos y preparó el pañuelo para pedir la oreja.
La Maestranza es coso histórico, templo del arte, cierto, pero de unos
años acá le van mucho los cordobeses saltimbanquis y los jesulines
l igones. Hay una especie de sorda rebelión contra tanto tópico, tanto
silencio y tanta cursilería.
A lo mejor lo de José Tomás va en esa línea. Los delirios que provocó
su actuación del sábado, con salida triunfal por la puerta del Príncipe,
no se debieron tanto a la interpretación artística como al hierático
citar, al estoico aguantar, al acongojante natural y a la a la chicuelina
ceñida.
Jesulín de Ubrique recordó a José Tomás en su primera faena. Parecía
calcada a la de José Tomás el glorioso día mencionado: misma caricatura
de toro, similar parsiomonia, igual quietud, suertes ejecutadas sin
exigencia de temple y de aleatoria factura.
De cualquier manera, a este Jesulín se le ve más pausado, menos
histrión que antes de su retirada. Y algunos de los derechazos que logró
no demerecían a los que les valen a las figuras para mantenerse en la
cima del escalafón.
La tarde era de derechazos, lo cual a nadie podría extrañar. De haber
sido naturales, o se trataba de una de las señales anunciadoras del fin
del mundo o es que estaba toreando José Tomás.
Por derechazos se empleó Finito de Córdoba y los pegó malísimos.
Finito de Córdoba tenía la tarde aciaga y no daba pie con bola. En la
brega capotera, un desastre; manejando la pañosa, un trapaceo propio de
muleteros incompetentes. Si uno no hubiese visto torear a Finito como los
ángeles (de eso hace ya un siglo), creería que no sabe. Así que este
fracaso en la tarde sevillana corresponderá atribuirlo al desánimo. No
todos los días está uno para convocar a las musas.
Si por lo que se perpetra cada tarde en la Maestranza fuera, a las
musas ya las podrían ir dando. Las musas no es concebible que bajen a
inspirar derechazos. Más bien los derechazos las frenan -cree este poeta-
y prefieren quedarse por el Parnaso inspirando goles de tacón.
Miguel Abellán, fiel a la línea derechacista, le menudeó al tercer
toro derechazos malos sin el necesario temple y el requerido ligamiento.
-Disculpe otra vez, caballero, ¿por qué el señor de sol no le exige
a este joven que ligue?
- Porque hay cosas que sólo se consiguen en Lourdes.
La faena de Abellán al tercer toro o lo que fuese aquello no pasó de
voluntariosa.
Al sexto lo recibió en la puerta de chiqueros con tres largas
cambiadas, continuó embraguetado en las verónicas, lo trajo al caballo
por rogerinas, ciñó un espeluznante quite por gaoneras... Abellán
convirtió la plaza en un hervidero, alboroto en los tendidos, la música
tocando... Iba lanzado al éxito, no cabía ninguna duda. Sin embargo había
que contar con el toro y resultó que el toro era un mulo. Nada
sorprendente, desde luego, pues la corrida entera, intolerable por su
esmirriada presencia, daba la nota mostrando la apabullante borreguez que
llevaba dentro.
Las grandes expectativas despertadas por Abellán hicieron más honda
la decepción. El toro topaba e imposibilitaba la faena. Deanimado, Abellán
mató a la última.
Despidieron con aplausos a Jesulín, no precisamente por haber ligado.
Dentro de la Maestranza, desde luego, no. Lo dicho: ni una rosca.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
La voluntad de Jesulín y Abellán se perdió
en la densidad de la tarde
A Juan Luis Muñoz el toro de la vida le ha amagado
con una cornadita. Por aquí, querido Juan Luis, en la plaza, en «Casa
Robles» o en «Casablanca» no pasa un día sin que alguien pregunte por
ti. Ayer no te perdiste nada. La corrida de José Luis Pereda, desigual
hasta decir basta, dio al traste con todo con su mansedumbre, ilusiones
incluidas. Fue una tarde de esas que restan afición, a pesar de la decisión
de Miguel Abellán o de habernos encontrado a un Jesulín de Ubrique muy
centrado. Dicen que tras la tempestad viene la calma, pero fue demasiado
densa.
BUENO Y LINEAL
Jesulín volvió a demostrar que es un
muletero tan bueno como lineal, tan mandón como plano. Su primer toro se
tapaba por la cara. Salió distraído y al final acusó su condición de
despistado. Entre tanto, hubo momentos de derechazos largos y poderosos y
algunos obligados de pecho de interminable trazo. Al natural, los viajes
se acortaban, por lo que, tras un paso fugaz sobre la izquierda, regresó
a la mano diestra para continuar una faena de cantidad que rubricó con
media estocada.
Tuvo un arranque de pundonor Jesús Janeiro cuando
una voz le atacó con mala fe desde el tendido: «¡Aquí es donde tienes
que ligar!». Entonces, se enfadó el espigado torero y vibró en una
tanda a derechas y ligada. A continuación se descaró con el «guasón»
y recetó un espadazo estupendo, en todo lo alto. No fue suficiente y tuvo
que descabellar, cosa que hizo con seguridad y en solitario, genuflexo y
torero. Al primer golpe de cruceta, el manso y enmorrillado cuarto se
rindió en brazos de la muerte. La escasa petición de oreja cuajó en una
vuelta al ruedo justa y tan merecida como meritoria.
Miguel Abellán no regateó esfuerzos a lo largo de
su actuación. Ante el cornalón y flaco tercero, meció bien el capote a
la verónica, de salida. Era difícil el lucimiento, pues el bruto no
humillaba y lanzaba tornillazos. Un par de desarmes se perdieron en una
labor tesonera y voluntariosa.
A por todas salió el matador madrileño en el
sexto, otro manso «pregonao». Protagonizó los minutos más
emocionantes, cuando a portagayola esperó una eternidad el parón de su
enemigo y luego le tiró dos largas cambiadas más, antes de lancear a
pies juntos con intensidad. Galleó por rogerinas y quitó por unas
gaoneras de atragantón y valor. A oleadas embestía el pupilo de Pereda,
con la cara alta. Le tocó muchas veces la muleta con su defensiva actitud
al natural; sobre la mano derecha,de nuevo hubo voluntad. No era toro para
brindar al público. A última hora, marró repetidamente con la espada,
pero su entrega se vio recompensada con una fuerte ovación de despedida.
Finito de Córdoba fue el peor parado de la terna.
Despachó un pésimo lote con un desánimo importante, como una sombra
espectral que vagaba por el ruedo.
La
Razón. JUAN POSADA. Abellán
demostró su valor en La Maestranza.
Cierto que los toros ponen un tanto
por ciento muy elevado en los triunfos de los toreros. No lo es menos que
estos en la parte que les corresponde tienen que echar el resto. No ocurrió
así ayer con Finito de Córdoba, abúlico y a la espera de que los
astados hicieran parte de su trabajo. Esta mal acostumbrado. Le tocan
demasiados animales excelentes y cree que todos son iguales.
Jesulín de Ubrique, muy bien que
intente cambiar su estilo. Pero para ello es imprescindible hacer un toreo
más puro y verdadero. Es decir, no utilizar tanto el pico como lo hizo
ayer y el toreo en línea. Miguel Abellán con el mismo tipo de toro dio
todo lo que pudo a la concurrencia. ya le saldrá un animal que le ayude.
Mientras tenga esas ganas y ese valor todo es posible.
Jesulín ha vuelto más serio pero su toreo, tan
modernista como antes. En especial, con ese defecto garrafal de utilizar
la muleta al ojo contrario, lo que algunos llaman pico. Muletazos con la
derecha, bien, sin llegar a acoplarse con la buena condición del toro ya
que citaba y finalizaba los pases en la línea recta. Así y al pasar al
animal demasiado separado del cuerpo la emoción es imposible. Con la
izquierda pases más cortos, porque así era la arrancada del toro, y el
de pecho, lo mejor. Faena bien concebida y ejecutada pero carente de
pureza clásica. No adelantó la muleta ni una sola vez y eso, tal como
están las cosas, no arrebata a nadie.
Decían que Jesulín había vuelto más serio, con un
toreo más ortodoxo. Y tenía razón, a medias. No se sonrió nin una sola
vez. Tampoco adelantó la muleta ni llevó al toro conducido en semicírculo.
Pases largos, en la recta, separados y sin emoción.
El público de Sevilla ayer estuvo desconocido por lo
dadivoso ante una faena vulgar. No se entiende que esté tan volcado con
este torero que, a base de zapatillazos y utilizar el pico, cumplimentó
una labor ordinaria. Luego, al final, el arrimón. Cierto que estuvo
honrado, lo es, también su toreo continua siendo el que era, aunque no se
ría.
Finito de Córdoba, paso atrás con el capote. Los
primeros muletazos por bajo, sin confiarse. Cierto que el toro se le ciñó
por el pitón izquierdo, pero tampoco era para asustarse. Luego, con la
derecha, a media altura sin excesivo lucimiento. El toro era huido y sin
celo, pero Finito tampoco puso el envite necesario. Pasó sin pena ni
gloria. Y eso en la Maestranza no es bueno.
Desde que Finito de Córdoba permitió que su picador
masacrara al quinto se sabía que no pensaba arrimarse como se dice en el
argot. En la segunda entrada al caballo también consintió que le
arrearan fuerte. Y, lógicamente, el toro quedó hecho un marmolillo. Pero
cuando el torero se colocaba en el sitio y le buscaba las cosquillas se
arrancaba aunque sin alegría.
Entre pase y pase, una eternidad de preparación: ahora
doy un paso, ahora miro para atrás, me molesta el viento... En
definitiva, nada de nada. Así no se puede estar en la feria de Sevilla
con esa desgana e indiferencia y con la espada, tres pinchazos echándose
fuera, confirmaron que Finito no estaba ayer por la labor. Que no quería
coles, como dicen los calorros.
Miguel Abellán, decidido con el capote, sacó al toro
al centro del ruedo para separarse y torear con la derecha a media altura,
como embestía el toro. El animal no tenía fuerza y al bajarle la muleta
dobló las manos. Era un dilema, a media altura no interesaba, si bajaba
el trapo, el toro se resentía. Al final, el torero tranquilo y muy
asentado, prosiguió en su empeño, en esta ocasión, con un muletazo por
la espalda, pero sin más eco. Como estuvo torero, decidido y responsable,
el respetable le aplaudió cariñosamente.
Rompió con todo eso en el sexto. Se fue a chiqueros y
allí, a porta gayola, aguantó las tres o cuatro guiñás del toro hasta
ponerlo en la perpendicular de su pecho y hacérselo pasar a la vera del
corazón. No quedó ahí la cosa. Dos largas más en el tercio y cinco o
seis lances en el centro del ruedo hasta que el toro, que atropellaba, se
llevó el capote. No lo arrolló a él de milagro.
Lo llevó al caballo galleando , a base de aguantarlo y
consentirlo, además de pasárselo muy cerca. En el quite por gaoneras,
valiente, casi estoico. Tuvo a la gente pendiente porque hubo muchísima
emoción. Arrojado.
El toro se acababa por momentos, pero lo importante fue
la actitud del torero que, a parte de derrochar y valentía, estuvo
tranquilo, sin aspavientos y procurando hacer las cosas bien. La
Maestranza, esta vez, siguió sus evoluciones con respeto, por que el
torero se lo gano. Ni los naturales derechos e izquierdos fueron perfectos
ni, tampoco estéticos, pero sí emotivos, suficiente, con esa clase de
toro para ponerle un aprobado alto al torero. Con la espada bajó. El
derroche de valor se hubiese completado con una muerte más efectiva del
toro.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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