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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 23 de septiembre del 2001
Novillada picada

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Novillos de Cayetano Muñoz, bien presentados pero faltos de fuerza y raza. 

Diestros: 

  • Salvador Vega, vuelta al ruedo y silencio. 
  • Azuquita, silencio tras aviso y silencio. 
  • César Jiménez, ovación con saludos y ovación tras aviso.

Entrada: un cuarto de plaza en tarde fresca y nublada.

Crónicas de la prensa: PortalTaurino, Diario de Sevilla


PortalTaurino. MANUEL VIERA. Penurias y carencias

El placer de acudir a una plaza de toros está relacionado con la buena climatología, es decir sol, mucho sol y ausencia de frío y agua. Y abajo, en el ruedo, mejor que la temperatura sea elevada, señal inequívoca de que lo que allí sucede llega a los tendidos en máxima ebullición. En realidad, todo es tolerable arriba cuando abajo el toreo hierve. Otra cosa es cuando en ambos sitios hay penurias y carencias, y estos es, al menos, lo que trajo la última novillada de la temporada en la Maestranza.

No es sorprendente que novilleros que han toreado treinta o cuarenta festejos en lo que va de temporada se adapten, de una u otra forma, al toro parado y complicado, pero difícil es que lo haga quien solo en dos ocasiones ha pisado el ruedo de una plaza en el actual año taurino. Azuquita, con demasiadas carencias por su corto bagaje, no terminó de encontrarle el pulso al soso primero, un torete parado y sin entregarse al esfuerzo del torero sevillano, que quiso torear con ambas manos sin encontrar el sitio ni las distancias. Con el complicado cuarto aun lo tuvo peor. Vanos fueron los esfuerzos para sobreponerse a las condiciones del  novillo. Citó muy para fuera. Le costó cruzarse, y así los escasos muletazos resultaron enganchados y deshilvanados. 

Por otra parte, los más placeados de la terna tampoco se sobrepusieron a la fría y aburrida tarde. Salvador Vega demostró buen trazo en las primeras tandas de pases con la diestra. Al natural, lo poco que hizo,  tuvo escasa emoción, quizá porque el  novillo dejó de moverse y el torero se conformó con demasiado poco. La estocada, algo contraria y de efecto fulminante le hizo dar una vuelta al ruedo tras la leve petición. Al quinto, que acudió a los engaños como un alma en pena, le intentó pases, pero sin provocar el más mínimo interés en el público.

De hecho, sólo Cesar Jiménez fue capaz de transmitir algo de verdad. Desde los primeros tanteos con el capote se le adivinaron sus finas maneras de buen torero, su indiscutible calidad y su saber andar por el ruedo. Las verónicas resultaron lentas. Las  chicuelinas ajustadas. Las tafalleras garbosas, y hasta los cites desde lejos con las dos rodillas en tierra rebosaron torería. Después, como los anteriores lidiados, el novillo dejó de andar y todo quedaría en un arrimón de auténtico valor. Superó lo ya hecho con el sexto. Hubo lentitud y cadencia en los lances a pies juntos. Volvió a citar de lejos. Aguantó dudosas embestidas para cambiar trayectorias con pases por la espalda. Lo intentó todo,  pero consiguió muy poco ante la nula raza y escasa movilidad del complicado animal.

En la fría y pesada tarde faltó, una vez más, la casta y... en ésta está  el quid de la cuestión.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO.  El ganado hunde el festejo

La terna era prometedora. Y, a las siete, cuando sonaron los clarines y timbales para el comienzo, ni los más pesimistas preveían la infumable novillada de Cayetano Muñoz que hundió en la negrura el festejo. Los chavales, cada uno a su estilo, salieron a flote. Azuquita, voluntarioso; Salvador Vega, muy templado y César Jiménez, con un valor descomunal.

Azuquita se las vio en primer lugar con un animal descastado, que acometió con genio y sin fijeza al caballo. Apenas si se lució con el capote y con la muleta realizó una faena desigual, en la que brilló en una tanda corta, con la izquierda, con un astado que le midió mucho. Incluso, a la hora de matar, a cambio de un pinchazo, sufrió un pitonazo en la boca.

El cuarto, con genio en la cabalgadura, tampoco se entregó a la hora de embestir. El novillero de Triana no se encontró a gusto, en un trasteo medido y voluntarioso.

Salvador Vega se mostró muy centrado con la muleta. Ante el segundo, con temple, esbozó dos tandas notables con la diestra y otra con la zurda. También se distinguió en otra tanda rematada con un desplante de rodillas. Entró con decisión y mató de soberbio estoconazo. Aunque hubo petición de oreja, el presidente la denegó y el premio quedó en la única vuelta al ruedo del festejo.

Con el quinto, que se prodigó en cabezazos con el montado y se aculó en tablas en banderillas, la cosa no levantó cabeza en lo ganadero. Para Vega fue imposible el lucimiento con un marmolillo, al que robó porfionamente algunos pases estimables.

César Jiménez, que debutaba, dejó una tarjeta de presentación intachable. Su labor en conjunto fue a más. En ambos manejó con suavidad y lentitud el percal. Y descolló con un valor descomunal. Así, en el tercero, inició su faena de muleta de rodillas en los medios, en una tanda en la que de esa guisa fue capaz de alargar, metiendo los riñones, el corto recorrido del animal. El astado, noble, insulso, se apagó inmediatamente. El chaval apostó fuerte y pisó terrenos comprometidos. No se quedó satisfecho hasta que recibió una voltereta cantada. Terminó con unas manoletinas en las que invadió el terreno al astado. Mató de eficaz media en la yema para recibir una fuerte ovación.

Con la corrida sentenciada por el mal ganado, no se arredró e incluso apostó nuevamente muy fuerte. Se lució en unas verónicas a pies juntos, con un toreo de acrisolada suavidad. Con la franela, en los medios, citó para un fallero a un toro que no iba. Resolvió las dudas del toro sacándoselo en un pase por delante. Y a partir de ahí, sin tregua ni fisuras, se metió con el novillo, rajado, en un serio arrimón. Después de un trasteo eficaz por ambos pitones, fue tal su ardor que se echó de rodillas y amilanó al novillo en un desplante a cuerpo limpio en el que, según avanzaba el torero, valiéndose de sus rodillas, el astado retrocedió de manera increíble. Tenía al público caliente cuando ya comenzaba una fresca brisa a notarse en la noche. Pero el camino abierto se lo cerró con el pésimo manejo de los aceros, precisando de tres descabellos y hasta seis pinchazos.

El público salió decepcionado por el juego de los novillos de Cayetano Muñoz. Entre las sombras y las penumbras, con la noche calando el coso del Baratillo, las siluetas de los toreros destellaban y se difuminaban a la salida de la plaza. Deber cumplido. Azuquita en esta ocasión aportó voluntad y porfía, Salvador Vega, el temple y el debutante César Jiménez impresionó con un valor descomunal y buenas maneras en su debut en la Maestranza.


El País. ANTONIO LORCA

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