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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 23 de abril del 2001
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Puerto de San Lorenzo, bien presentados, aunque mansos y con peligro.

Diestros: 

Entrada: mas de media plaza.

Crónicas de la prensa:  de inmediato PortalTaurino, El País, El Mundo, ABC


PortalTaurino. Francisco Mateos. Pura escarcha salmantina

Fría la tarde, sin contenido alguno. Frío de invierno los toros de Puerto de San Lorenzo. Decepción ganadera. Un desastre de encierro. Así las cosas, la gente tenía que entretenerse en algo, y argumentos los encontró en la banda, que no tocó pasodoble en honor a un bravo Liria en el cuarto, y en la presidencia, que cambió el tercio de varas –un descuido lo tiene cualquiera, pero en ciertos casos el eco es mayor– cuando aún no había tomado siquiera una vara el sexto y último del aburridísimo festejo.

Sevilla no está preparada; al menos, no la de este comienzo de siglo XXI. Los sevillanos paladean el toreo de una forma especial, soñando con la exquisitez del capote de Curro o con el gótico –mejor que barroco– toreo al natural de Emilio. Sevilla no traga con las tragedias, no puede, aunque reconoce los esfuerzos. A Liria le salió en primer lugar un manso con mucho peligro; ya le avisó de salida y casi le enganchó el muslo. Quería Bilbalero mandar al hule al bueno de Pepe. ¿Por qué siempre le tiene que tocar a este torero lo más duro? Estuvo hecho un auténtico torerazo y, con varias orejas ya concedidas de forma alegre en el corto trayecto de la temporada sevillana, vino Liria a poner orden en Sevilla. Se jugó limpiamente la cornada y los sevillanos, aunque lo pasaron mal y las gargantas las tenían hechas un nudo que estrangulaba, supo reconocérselo con una merecidísima vuelta al ruedo.

Pero las ganas, las habituales ganas de Pepín Liria se volvieron a estrellar con otro manso, el cuarto, que no pasó por la muleta del murciano, protestando y manseando, aculado casi en tablas. Con semejante nefasto material, poco cabía esperar, salvo la disposición de Liria de sacar agua de un pozo que no tenía ni una gota. Le robó muletazos con valor y, a veces, hasta ligando, más o menos, y completando una serie, pero todo por mérito del diestro y demérito del toro. Nuevamente, seria faena del murciano, al que aún le resta un paseíllo en esta Feria de Abril.

El primero del lote de Pedrito, con dosis de mansedumbre y mucho de sosería, nada aportó al matador para que pudiera hilvanar faena. Y lo mismo le ocurrió al sevillano Vicente Bejarano, que tuvo que parar a dos astados, ya que el tercero se devolvió a corrales por arrastrar una pata y poseer escasa fuerza. El sobrero, del mismo hierro titular de Puerto de San Lorenzo, se paró pronto y no tuvo recorrido ni continuidad en las escasas ocasiones que embistió a la muleta de Bejarano.

El quinto se paró en la muleta y ya no embistió más. Y mejor que fuera así, porque en las pocas ocasiones que se arrancó a la muleta de Pedrito de Portugal, éste se dejó enganchar en multitud de ocasiones el engaño.

El último fue el del error presidencial en varas, que cambió en un pispas al toro ante las carcajadas del público. No pasa nada, se rectifica y punto. Era lastimoso ver a Vicente Bejarano queriendo, o mejor, obligado a resolver con un nulo astado, desrazado a más no poder, querer resolver la temporada, pues ni apoderado ni contratos tiene a la vista. Me contaba en una reciente entrevista que tenía buenas vibraciones para esta corrida; serían las vibraciones lógicas de los tiritones de frío de la tarde. No pasó el tren. Vicente se queda esperando en la estación. ¿A qué hora pasa el siguiente?


ABC. ZABALA DE LA SERNA Día de libro y tarde de lectura

Si el día fue del libro, Cervantes y Umbral, como que la tarde se debía a la lectura. San Jorge, Sant Jordi o Saint George, y los catalanes, que para algo que regalan, aunque sea una rosa, el bombo que le dan. Aquí, a la espalda de la Plaza Nueva, en la ídem de San Francisco, al ladito de la cosa de Victorio y Lucchino, un busto del autor del Quijote veía pasar la soleada mañana como otros en los tendidos la templada tarde.

MESILLA DE NOCHE

De haberlo sabido, uno de los libros que me esperan en la mesilla de noche habría servido de bálsamo en el crepúsculo eterno y ayuno de torería. Por ejemplo, especial interés me ha despertado la obra de Adolfo Rodríguez Montesinos, «Los toros del recuerdo». Al margen de lo taurino, la última novela de J.J. Armas Marcelo, «El niño de luto y el cocinero del Papa», o algo así, llama a la puerta de mis desvelos. O la biografía de Di Stefano, de Ortego, o las razones de Martín Descalzo, para la esperanza o para el amor. O cualquiera otra lectura hubiera valido para evitar el tedio que produjo la cuarta corrida de feria.
Los toros de Puerto de San Lorenzo salieron en atanasio. Serios algunos, más vareados y largos otros, distraídos y corretones, mansurrones, flojos algunos. Mejor lo contaría Barquerito, que es un analista como pocos de los animales de lidia. Pero ahora, aun sin saber lo que Ignacio dirá, no toda la culpa del fiasco que sufrimos ha de caer sobre pupilos de Fraile. Vale que su debut, si es que era debut, desilusionó. Mas habrá que convenir que los toreros anduvieron como sonámbulos. Entre unos y otros, la casa sin barrer. Otrora Pepín Liria, por ejemplo, le hubiera cortado una oreja a cada uno de sus enemigos, que constituyeron el mejor lote, aun con muchos matices.
Los años no pasan en balde. Ni siquiera para Liria, todo valor y coraje siempre. A fuerza de esfuerzos —qué mal suena pero no tengo tiempo—, la capacidad fajadora del murciano ha disminuido, aunque no así su honradez. Su primero transmitía intensidad en las embestidas y se revolvía pronto, siempre por abajo, muy humillado. El torero de Cehegín se peleó, mientras alguien decía que si le llega a dejar la muleta en la cara en lugar de quitársela tan rápido... De cualquier forma, tarea nada fácil.
José Bernal picó bien al cuarto, saludado por su matador por verónicas que nunca avanzaban, pues a un paso hacia adelante le seguían dos para atrás. Muleta en mano, planteó la faena en el territorio de su enemigo, que buscaba las tablas. Los derechazos hacia la madera se sucedieron largos. La series se acortaron a medida que transcurría la obra, hasta acabar demasiado breves, dos o tres pases y el de pecho, más o menos. Dio una trabajada vuelta al ruedo como en el anterior.

PEDRO DE LUSITANIA

Pedrito de Portugal venía con una lesión en el omóplato. O sea, que igual cabe la disculpa para estar tan desangelado y funcionarial. Apuntó cosas buenas el escurrido segundo, pero se acabó muy pronto, demasiado. Un cambio de mano para rememorar lejísimos tiempos novilleriles y nada más. Luego, Pedro de Lusitania dio un recital de enganchones con el quinto, que no refrendó el refrán. Villalpando tragó quina en un apretado par.
A Vicente Bejarano le desarmaron sus dos toros de salida. Uno de ellos, el primero, regresó a los corrales. El sobrero dio volatín y costalazo y quedó dañado de los cuartos traseros. Como la mayoría, se aficionó a las tablas, mientras molestaba el viento.
Jamás humilló el sexto. Cómo iría la tarde, que el presidente, para regocijo y cachondeo del personal, cambió el tercio cuando le daban el primer puyazo. Rectificó rápido, dijo que no, que no, con la mano y anuló la jugada. A mí como si pita el final del partido.


El País. JOAQUIN VIDAL. Que no se repita

La corrida duró cerca de dos horas y media sin que sucediera nada de particular ni, por tanto, hubiese razón que lo justificara. Dicho desde otra perspectiva: que la terna pegó la paliza y acabó hartando al público hasta echarlo de la plaza. Si fue chanza, que Dios se lo perdone. Pero que no se repita. Que no se les ocurra volver a perpetrar semejante atentado contra la santa paciencia de la afición.

En esto de los toros debería haber un tribunal de aficionados para juzgar a los transgresores del sentido común, sobre todo a los pesados que dan la paliza, e imponerles sentencias ejemplares. Por ejemplo, destierro, sin posibilidad de indulto salvo que demuestren arrepentimiento.

[QQ] Dicen de los toros que se trata del espectáculo más democrático del mundo, porque impera el veredicto del público, pero no es verdad. Al público no le hacen ni caso. Al público lo tienen engañado con un sucedáneo de toro y de toreo, y lo utilizan para que pida las orejas a lo loco, con lo cual queda legitimado el fraude.

Los padres de la tauromaquia al inventar el espectáculo de la lidia crearon también la figura del árbitro justiciero que habría de garantizar el equilibrio de todos los elementos que confluyen en la fiesta, público incluido, y lo llamaron presidente. Pero se les fue de las manos. El presidente y su misión moderadora funcionaron durante centurias, hasta que unos cuantos desvergonzados tomaron el mando del espectáculo, se les unió la parte corrupta de la Administración y la Política, y eliminaron las sanciones justas y las garantías de autenticidad, por el sencillo procedimiento de poner en el palco al más tonto del pueblo. Y así quedó la fiesta de los toros convertida en lo que hoy es, seguramente para los restos.

Llevábamos hora y media de corrida y sólo se habían lidiado tres toros sin que, efectivamente, ocurriera nada de particular. Hubo uno devuelto al corral, mas no duró nada la operación pues en cuanto abrieron la puerta de chiqueros se metió dentro al galope.

Hasta entonces se había visto una faena valentona y vibrante de Pepín Liria al toro áspero y peligroso que abrió plaza, rematada con un estoconazo, y se le premió con la vuelta al ruedo. Pedrito de Portugal y Vicente Bejarano, en cambio, pasaron desapercibidos.

Pedrito se echó pronto la muleta a la izquierda e intentó naturales, sin el necesario brillo porque el toro se puso probón y perdió recorrido. La faena de Bejarano comportó mayor mérito ya que el toro desarrollaba genio y el torero acentuó el mando en los naturales y los derechazos que ensayó con pundonorosa insistencia.

De nuevo estuvo laborioso Pepín Liria en el cuarto de la tarde, al que pegó derechazos sin mesura, divididos en cuatro tandas. Los derechazos valían poco y en cambio se superaba en los remates, que fueron uno con el pase de pecho de cabeza a rabo, otro de trincherilla y dos haciendo el cambio de mano para echarse el toro por delante con la izquierda. Luego intentó el natural (a buenas horas mangas verdes) y al toro ya no le daba la gana de embestir.

Aún tendría mejores momentos Pepín Liria, quizá los más emotivos y toreros de la tarde, como su impecable colocación y sus oportunas intervenciones en la lidia -fruto del buen conocimiento de los terrenos y las condiciones de los toros-, como un quite que le hizo a un peón en el quinto al salir comprometido de un par de banderillas, otro a Vicente Bejarano, acosado al recibir de capa al sexto, que salió tirando derrotes por doquier.

Le pitaron a Pedrito de Portugal por su insistente, monónotono y desangelado trastear al toro aquel de media casta que hizo quinto. Al sexto le tocaron dos veces el tercio de varas.

No hay error en lo que se acaba de decir: efectivamente, hubo dos tercios de varas. Uno fugaz, porque el presidente, que debió quedarse dormido, o estaría tan harto de corrida como el resto del personal allí presente, cambió el tercio sin que el toro hubiese acudido al caballo. Las cuadrillas, claro, no hicieron ni caso, el picador aprovechó para meterle al toro hierro alevoso y carioca perversa hasta dejarlo medio muerto, y entonces el presidente fue y volvió a cambiar el tercio.

Tocado de ala el toro -o sea, a punto de gori-gori-, Vicente Bejarano le porfió pases sin brillo mientras el poco público que quedaba en la plaza se preguntaba qué habría podido hacer para merecer semejante castigo y corría hacia los vomitorios huyendo de la quema.


EL MUNDO. JAVIER VILLÁN Gestos heroicos y gestos feos

Un gesto de Pepín Liria: plantear batalla por donde el enemigo disparaba con toda la artillería, por la derecha. Un pitón asesino, un pitón como una centella que al segundo lance de capote le tiró un mandoble que por poco rompe a Liria. A cada muletazo, un navajazo. Y Pepín sin tocarle por la izquierda a ver qué pasaba; sería por darle emoción a la cosa. O le habría visto algo en el izquierdo que no vimos los simples mortales. Pelea ruda: el honor torero contra la cornada. Y por güevos. Salió vencedor Pepín Liria que, a veces, parece que lleva Goma 2 en la sangre. Y en la espada. En el cuarto, el murciano hizo un gesto que a algunos nos pareció supremo: irse a la querencia del toro, encerrarse en el inhóspito lugar donde el bicho se refugiaba y defendía. Y allí, de la raya para adentro, sin apenas sitio, dominó la situación a base de coraje.

La banda de música de La Maestranza, regida por no sé qué misterios indescifrables, muda. La banda es el arcano mejor guardado de Sevilla; esa mudez fue otro gesto, además de feo, sospechoso. Entre el aviso y los dos descabellos se oía la música de los corazones emocionados.

Pedrito de Portugal, otro gesto: toreó con una clavícula averiada. No se le notó la avería. La verdad es que no se le notó casi nada a Pedrito, ni para bien ni para mal. Parecía que quien le podía averiar definitivamente era su primer toro, incierto y probón. Mas el animal estaba más escacharrado que Pedrito, y el peligro estaba en sus intenciones rebajadas a simple gesto testimonial por la falta de fuerzas. Pedrito se tiró a los bajos y pinchó feamente; y ése fue un mal gesto que enmendó con media arriba. Pocos gestos reseñables en el quinto, salvo algunos trazos de su bonito estilo, que quedó totalmente inédito en esta tarde de abril.

Un gesto de la presidencia que se agradece en lo que vale: devolución de un toro en La Maestranza. Más que un gesto, un milagro. Ocasiones no van a faltarle al señor Teja en lo que queda de Feria para seguir haciendo gestos, sobre todo cuando vengan las figuras. De momento, se celebra éste sin profecías arriesgadas. Y se celebra porque con un inválido lo normal es que Bejarano se pegara el batacazo. Y el buen torero de Puebla del Río no se merece eso. Tuvo el gesto de triunfar aquí hace dos años y el año pasado no le pusieron en los carteles. Hay gestos y gestos. Bejarano casi se pegó el batacazo con el sobrero, otro medioinválido. Pero una cosa no quita la otra. Bejarano puede hacer el toreo cabal, aunque se le nota un poco desanimado. Cela dice que en España el que resiste vence. Hay que resistir. Y tener alguna oportunidad, claro. La de ayer no fue una oportunidad, fue una invitación a cortarse la coleta. Pero es necesario aguantar. Tan desasistido de la fortuna anda Bejarano que ni apoderado tiene.

Debe practicar este torero la resistencia activa como Cela y Umbral, que ahí están. En la vida y en los toros se vive de gestos, de talento y de aguante. Y de ambiciones. Gestos heroicos, a veces; gestos elegantes otras. El de la columna de Umbral ayer, por ejemplo, defendiendo el proyecto de ley de IU sobre matrimonios homosexuales. Tras la gilipollez del grupo de mujeres de Izquierda Unida, acusándole de misógino y machista, un gesto torero; y los gestos toreros tienen mucho de dandi; es más, podría decirse que el torero de verdad es una suerte de supremo dandismo.

Hubo más gestos ayer, si exceptuamos el monótono y plumbeo gesto del aburrimiento: dos quites salvadores de Pepín Liria que evitaron otras tantas cornadas a dos subalternos. La decepción, evidente, de Bejarano y de quienes en él confían: un mal gesto. Y el definitivo y último del señor presidente de la corrida que se equivocó de pañuelo, cambiando el tercio antes de que el toro fuera al caballo, y tuvo que rectificar. El primero fue un gesto equivocado y acaso subconsciente; el segundo, un gesto necesario.

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