La tarde no acompañó en la climatología. Llovió
desde el comienzo del festejo. Aun así, como era novillada de abono, se
cubrieron dos tercios de entrada. En el espectáculo, dos de los
novilleros, Julio Pedro Saavedra y Enrique Peña, estuvieron grisáceos,
del color del gigante toldo en que se convirtió el cielo sevillano.
Sin duda, la novillada de Yerbabuena, en otras manos, hubiera dado más
de sí. Dentro de un encierro con muchos matices, destacó el quinto, un
novillo con mucha movilidad y tranco y el manejable segundo. La terna, que
manejó muy mal los aceros, recibió numerosos avisos.
El debutante Iván García, un madrileño con desparpajo, fue el único
que puso calor y color en el albero maestrante. Su primero, un novillo muy
largo, salió con la divisa colocada casi en el rabo. Fue un animal distraído,
pero manejable. El madrileño toreó muy bien a la verónica hasta rematar
en la boca de riego. En un quite volvió a brillar nuevamente en el lance
rey, rematando con una media. En banderillas destacó en un par de dentro
afuera. Ya con la muleta, abrió su faena con tres firmes estatuarios. En
los medios, dando distancia, logró una serie con mucha calidad por el pitón
derecho, con un pase de pecho soberbio. Sacó otra tanda por ese lado,
pero el novillo se había apagado. Cuando manejó la zurda, el astado
acudió sin brío. Cerró con dos ayudados por alto y una crujiente
trincherilla. Rozó el premio; pero todo quedó en una vuelta al ruedo,
tras un pinchazo, antes de agarrar una estocada entera, en la que se volcó
con fe.
Con el sexto, un toro bien hecho, que empujó en el caballo y llegó
complicado a la muleta, Iván García cumplió a secas. Con el capote
estuvo bien, ganando terreno a la verónica y descollando en un quite con
tres chicuelinas ajustadas y una revolera muy torera. Con los garapullos
se mostró más atlético que acertado. Su labor muleteril se limitó a un
trasteo, estrellándose con las dificultades del novillo, al que mató muy
mal.
Julio Pedro Saavedra, desdibujado, no parecía el novillero que el año
pasado triunfó y fue herido en esta misma plaza. Con el largo, escurrido
y altote sobrero, que cumplió en varas, estuvo descentrado e inseguro
ante el incierto animal, en una faena que brindó al doctor Vila.
El cuarto, un toro por trapío, empujó en el caballo y desarrolló
peligro en la muleta. Saavedra sufrió un pitonazo en la cara durante la
faena de muleta. El torero no consiguió domeñar la aspereza y se dilató
lo indecible con los aceros, perdiendo los nervios a la hora de
descabellar, hasta el punto de estrellar en un capote de uno de sus peones
el estoque, que extrajo con la espada.
Enrique Peña dejó una pobre impresión. Su primero, carente de
fuerzas y entrega y suelto en varas, calamocheó en exceso en la muleta.
En su honor, el valor que derrochó dando cinco largas de rodillas en los
tercios. De pie, no logró lucirse. Sí lo hizo su compañero Iván García
en un quite por chicuelinas. Enrique Peña, con la franela, no doblegó el
calamocheo inicial del novillo, que se coló peligrosamente por el
derecho. Por el izquierdo, el animal tenía buen son; pero el novillero
tardó mucho en verlo. Sacó una buena serie corriendo la mano. Y fue
arrollado al inicio de un pase de pecho. A partir de ahí, todo estaba
sentenciado. Y cerró su labor con unos ayudados por alto. En la suerte
suprema tampoco estuvo acertado, quedándose en la cara.
A su segundo, justo de fuerzas, pero con movilidad y tranco, no lo
entendió. Su labor, por ambos pitones, se concretó en una cascada de
enganchones, con desarme incluido. Además estuvo muy mal con la espada.
El presidente -que fue benevolente a la hora del cronómetro- le envió
dos recados. A punto estuvo de que le echaran el novillo al corral.
Tarde lluviosa, pesada en lo ambiental y en el ruedo; a excepción del
desparpajo con el que el rubio Iván García se desenvolvió en su debut
en la Maestranza. Fue lo único dorado en una tarde gris.