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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 14 de junio del 2001
Corrida de El Corpus
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Gabriel
Rojas, bien presentados y en general descastados y la mayoría flojos.
Quinto y sexto, con algo de movilidad, aunque sin entrega. Tercero y
cuarto, pitados. Diestros:
- Sebastián
Castella, estocada (saludos). En el cuarto, tres pinchazos y el toro
se echa por su cuenta (silencio).
- Luis
Vilches, cinco pinchazos, estocada haciendo guarda y dos descabellos
(silencio tras aviso). En el quinto, gran estocada (vuelta).
- Fernández
Pineda, pinchazo hondo (palmitas). En el sexto, estocada que escupe,
casi entera delantera y dos descabellos (saludos tras aviso).
Entrada: media plaza.
Incidencias: el banderillero Joaquín Jiménez, de la cuadrilla
de Vilches, fue atendido de una contusión en el hombro derecho, pendiente
de estudio radiológico.
Crónicas de la prensa: El
País, Diario de Sevilla
EL País. ANTONIO
LORCA. Caldo de puchero
El problema es que, ahora, los toros muertos viajan directamente a la
incineradora, y así no hay manera de averiguar quién tenía razón en la
polémica que se estableció en el tendido: sangre o caldo del puchero. Ésa
es la gran cuestión. Los más conservadores mantenían que la corrida de
Gabriel Rojas era sosa, descastada y sin fuerza, pero corrida, al fin, por
cuyas venas corría la sangre brava más o menos decadente. El resto ponía
la mano en el fuego a que el líquido que bombeaba el corazón de aquellos
animales era puro caldo del puchero, con su hierbabuena y todo. Pero, como
a los toros los mandan ahora a la incineradora, no se puede saber,
siquiera, si el solomillo tenía el gusto del tocino de jamón.
Lo cierto y verdad es que los toros de Rojas eran bueyes de carreta,
sin casta, sin bravura, sin nada que llevarse a la boca. Y así es
imposible el toreo, y no digamos la emoción. En resumidas cuentas, la
corrida fue un desastre aderezado por la incompetencia presidencial y unos
toreros con el ánimo cogido con alfileres. El presidente no devolvió el
primer toro, que era un inválido, y, sin embargo, mandó el segundo a los
corrales, que sólo era descastado. De acuerdo con tal premisa, debería
haber devuelto toda la corrida.
En el redondel había tres jóvenes toreros con el futuro complicado y
la necesidad de abrirse camino a codazos. De cualquier modo, hay que
esperar algo más que voluntad de estos aspirantes a figuras.
El único que pareció entenderlo así fue Vilches en el quinto de la
tarde, un tullido como los demás, al que le plantó cara con gran firmeza
en unos muletazos vibrantes que acabaron con el toro en el suelo exhausto
por el esfuerzo. Sólo estuvo valiente en su primero, otro buey, que pudo
con su ánimo.
Triste, aunque voluntarioso, siempre se mostró el francés Castella, y
Fernández Pineda, repuesto del percance de la Feria de Abril, estuvo
anodino ante el último, el único que embistió con franquía a la
muleta.
Diario
de Sevilla. LUIS NIETO.
El Corpus, fiesta en tono menor
Del estallido diamantino de la amanecida a la hiriente
luz a la hora del paseíllo. Del romero y la juncia fundidos en cera a un
albero amarillo que huele a misterio. De la procesión matinal del Corpus
a la liturgia taurina. De la catedral al templo del toreo. De la fiesta
litúrgica a la fiesta taurina. Sevilla, en día grande. Pero en lo
segundo, en lo taurino, pinchazo en hueso. Una vuelta al ruedo de Luis
Vilches en un festejo marcado por la generalizada falta de casta y fuerzas
de los toros de Gabriel Rojas, que sólo se salvaron en presentación.
El primero, protestado por su flojedad, cumplió en varas. Sebastián
Castella, aseado en el capote, se mostró fácil con aquella ruina de
toro, que apenas se tenía en pie. Nobleza, sí. Pero invalidez. Así es
que la labor no tuvo ni pizca de emoción.
El jovencísimo Sebastián Castella pasó inadvertido. Tuvo en suerte,
en segundo lugar, un descastado animal, que cabeceó en el peto y llegó a
echarse por su cuenta tras recibir tres pinchazos. Entonado en unas verónicas
de recibo, el francés vio como otra ruina se desplomaba ante sus ojos. De
nuevo, una labor que no trascendió al tendido.
El segundo fue devuelto tras colarse peligrosamente a Vilches por el
derecho. Algunos de los toreros apuntaron que el animal no veía bien y
fue devuelto. Aunque más bien parecía un manso con peligro, y por tanto
no era de recibo, reglamentariamente, la devolución. En su lugar, otro
descastado, abanto de salida, que derribó metiendo un pitón arriba de la
cabalgadura y esperó en banderillas. Vilches, en las afueras, sacó
algunos pases sueltos con calidad a un toro tardo, muy distraído y
aplomado, al que mató muy mal.
El quinto se dejó pegar en varas y llegó con cierta movilidad, aunque
sin entrega total. En la primera tanda, el toro perdió las manos. Pero
Vilches le sacó dos tandas con la diestra de muletazos tersos y largos,
bien rematados con hermosos pases de pecho. El esfuerzo con la zurda fue
infructuoso. El utrerano realizó una faena inteligente, con los consejos
de Cazalla desde el callejón, que le pedía que dejara al toro que se
refrescara. Así lo hizo Vilches. Quizás le sobró el arrimón final, que
enfrió un tanto al público. Vilches remató los únicos momentos
destacables de la tarde con una excelente estocada, ejecutada lentamente.
Fernández Pineda, que reaparecía tras su percance en esta plaza en la
pasada Feria de Abril, pasó de puntillas. A su primero le zurraron en
exceso. Pineda, al que apuntamos dos buenas verónicas en los lances de
recibo, se eternizó en un trasteo con un astado que se movía menos que
el caballo de un retratista.
Con el sexto, que tuvo movilidad, al que midieron mejor el castigo de
varas, el torero sevillano le sacó pases de uno en uno. No hubo ninguna
tanda con ligazón y, para colmo, mató mal.
Sevilla en día grande, en uno de esos tres jueves que relucen más que
el sol. Pero en lo taurino, hubo un eclipse ganadero de grandes
dimensiones que ensombreció todo. Una mala corrida de Rojas, que convirtió
la corrida del Corpus en una fiesta en tono menor.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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