Vergonzoso. El calificativo define fielmente lo ocurrido ayer en La
Maestranza, convertida en plaza de pueblo por obra y gracia de un
presidente que permitió que salieran al ruedo una tropa de tullidos.
Una de dos: enfermos o drogados. O nadie se gasta un duro en
veterinario y los novillos son víctimas de una epidemia demoledora, o algún
desalmado echa una pastilla en el agua y los deja turulatos. No tiene otra
explicación que los animales salgan al ruedo, den dos carreras y se les
doblen las patas como si fueran de algodón. Pero menos explicación tiene
que el presidente mire hacia otro lado y se resista a sacar el pañuelo
verde.
Claro que jugaba el Betis un partido a vida o muerte, los abonados
prefirieron sufrir sus colores blanquiverdes y la plaza se pobló de
japoneses (media plaza de japoneses) que se lo pasaron realmente en grande
cuando vieron salir por dos veces a los cabestros. Quién sabe si de eso
se aprovechó el presidente para no cumplir con su obligación. Pero así
está la fiesta: los ganaderos crían toros enfermos o alguien los droga;
el empresario compra toros inservibles, y la autoridad se tapa los ojos y
le falta el respeto al pueblo japonés, que también pasa por taquilla.
¿Y los toreros? Los toreros no pueden preguntar ni la hora porque se
entiende que es rebelión y no vuelven a vestirse de luces. Los toreros, jóvenes
inexpertos, ilusionados, pero hijos de la comodidad imperante, son las víctimas
propiciatorias de la vergonzosa situación. Los tres pasaron
desapercibidos, sin pena ni gloria. Los tres lo intentaron, pero no quedó
nada para el recuerdo.
Barea toma pronto la alternativa y sólo se mostró voluntarioso ante
dos inválidos. Cortés maneja bien la zurda y deleitó a la concurrencia
oriental con largos y hondos naturales, aunque no hizo méritos para el
triunfo final; y Octavio Chacón se mostró muy voluntarioso, con oficio y
conocimiento, sobre todo en el último, ante el que consiguió buenos
muletazos y mató muy mal.
El público, que llenó en dos tercios el aforo
maestrante, se divirtió lo justo, lo justito, se podría ndecir que a ráfagas,
como el molesto vientecillo, que acudía inesperadamente a capotes o
muletas, se divirtió el respetable, porque los novillos de Villamarta,
desigualmente presentados, deslucidos, acalambraron el espectáculo.
Los villamartas, desigualmente presentados, pecaron de una flojedad
excesiva. Dos de ellos fueron devueltos por su invalidez y sustituidos por
otros dos del mismo hierro. De los novilleros, el sevillano Antonio Barea
se despidió de la Maestranza de manera opaca con un lote complicado. El
gitano Antón Cortés brilló al natural. Y Octavio Chacón aportó
seriedad y valor. Los tres mataron pésimamente.
¿Se imaginan el comienzo de una función con un cataclismo? Pues eso
sucedió. Salir el primero y desplomarse. Primer cambio y ¿qué nos
sale?… otro animalito flojísimo, tardo y sin recorrido. Barea, aseado a
la verónica y en un quite por chicuelinas, poco pudo hacer con aquella
ruina que perdía reiteradamente las manos.
Al sevillano se le desplomó su segundo tras el primer puyazo... Otro
sobrero y frente a la puerta de chiqueros, el torero se fue para recibirlo
a portagayola, como a su anterior. Cuidaron al animal en varas. Por parte
de Barea, lo más emotivo fue el brindis al público desde los medios en
su adiós como novillero. Luego, se alargó en un trasteo infructuoso ante
el descastado y reservón animal. Lo que debe sopesar Barea, cuando está
en capilla para la alternativa -en la próxima Feria de Burgos-, es su
manera de matar. Cinco pinchazos entrando con el brazo encogido son muchos
pinchazos.
El gitano Antón Cortés tiene buen corte de torero. Con el segundo
novillo, con más brío que sus hermanos y que arrolló al banderillero
Antonio Layud, sin consecuencias, realizó una faena desigual. Tras una
apertura bellísima, con doblones a media altura excelentes, el
albacetense sacó dos tandas aceptables. Con la izquierda estuvo muy
brillante, especialmente en una tanda ligada y templada que cerró con un
pase de pecho erguido. Cerró con otra con la derecha, con más calor que
temple. Se fue detrás de la espada, pero… hizo guardia y entró en
otras dos ocasiones en la suerte suprema. Lo que iba para premio quedó en
una fuerte ovación.
Con el recortado quinto, sin apenas recorrido, lanceó a la verónica
con gusto. De nuevo brilló en una serie al natural en una faena larga. En
las dos últimas tandas por ese lado sacó naturales de gran belleza,
hondos y largos. De nuevo, emborronó su labor por la espada.
Octavio Chacón, aconsejado desde el callejón por Tomás Campuzano, se
descubrió en su estreno en esta plaza con un toreo serio y de valor. Al
tercero, a la defensiva en la muleta, frenándose por su excesiva
flojedad, lo entendió y cumplió en una labor tesonera.
El torero de Prado del Rey volvió a salir airoso ante el sexto, que no
se empleó. Chacón se sintió en cuatro verónicas y una media en los
mismos medios. Luego, se empleó a fondo. Con solvencia y seguridad
demostró que está puesto para caminar por su difícil profesión, en la
que acaba de salir. Aunque, como sus compañeros, falló con la espada.
La flojedad de los astados fue determinante en el resultado artístico,
como el pésimo manejo de los aceros de la terna. Barea se despidió en
Sevilla sin brillo; Cortés brilló al natural y Chacón aportó seriedad
y valor en su debut.