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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 6 de mayo del 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Miura, difíciles
y complicados. El 1º, aplaudido. Manso el 3º.
Diestros:
- Zotoluco, dos
pinchazos hondos, dos avisos, estocada (saludos); media estocada que
escupe, estocada en buen sitio (saludos).
- El
Fundi, media estocada que escupe, media estocada, dos
descabellos, media estocada, dos descabellos, aviso (silencio);
pinchazo sin soltare, media en su sitio, 4 descabellos (silencio).
- Juan José Padilla,
media estocada tendida y baja que escupe, media estocada caída,
descabello (silencio); media (resulta cogido) y media (oreja).
Incidencias: Juan José Padilla
resultó cogido al entrar a matar al último de la tarde. El parte médico
señala "Herida contusa en manubrio external con
varetazo corrido a todo lo largo de la región lateral del cuello.
Contusión en nalga derecha con contusión del nervio ciático,
produciendo una zona de anestesia, desde rodilla hasta pie. pendiente de
estudios radiográficos y/o electromiográficos. Pronóstico reservado. Es
hospitalizado".
Entrada: lleno con huecos en las gradas.
Crónicas de la prensa: El
Mundo, El País.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Lunes, 7 de mayo´2001. En el último minuto, Padilla quedó
colgado del pitón: dramatismo. Se fugó de las asistencias y volvió a
entrar a matar. Del pinchazo cayó el toro, cuando Padilla iba a la
enfermería. Oreja sentimental y no mayoritaria; oreja como tributo de
sangre.
Más de dos horas hacía que había dejado de llover; un chaparrón
purificador que limpió la atmósfera y encharcó el ruedo. Y justo
momentos antes de las 19.00 horas empezaron a arreglar los estropicios del
agua en el albero. Media hora de aplazamiento: manda guëvos, que dijo el
otro. La brigada de areneros se tomó el trabajo con mimo y parsimonia: un
primor de artesanía. La brigada azul mahón no estaba en plan
estajanovista y, a las 19.35, dos carretillas, un volquete, dos rastrillos
y dos palas estaban todavía en plena faena. El esfuerzo laboral resultaba
evidente, aunque corto e insatisfactorio; un probo funcionario de la plaza
paseó por el callejón la fatídica tablilla, como un pendón de Semana
Santa, anunciando un nuevo retraso: 15 minutos. Como una alfombra dorada
estaba el ruedo de La Maestranza. Todo lo dábamos por bien empleado y
parecía, incluso, que íbamos a ver la corrida de la Feria; así se
interpretaban aquellos afanes y esperas. Había signos inequívocos en los
cielos y en la tierra, en el vuelo de los vencejos y en el ruido del motor
del volquete, y en la decisión con que Juan José Padilla había pisado
el ruedo ordenando el zafarrancho.
Pero nos equivocamos. Esos signos no presagiaban la corrida del siglo,
ni siquiera la corrida de la Feria. Algún indicio sombrío, sí. Por
ejemplo, el estoque que saltó de la mano de El Fundi a un burladero del
callejón, haciendo ballesta en la testuz del toro, e hiriendo levemente a
un aficionado; por ejemplo, la sombría capea en que se convirtió la
lidia, por llamarlo de alguna manera, del tercer miura. Allí nadie era
capaz de poner orden. Y no es que el miura fuese un uro salvaje de los
tiempos prehistóricos. Es que nadie daba una a derechas: ni la cuadrilla
ni el matador ni el director de lidia.
El primer miura era tan romo de pitones como ancho de cuerna, y parecía
de rejones. Pero salió mansote y noblón, dentro de lo que cabe. La casta
que le faltaba al bicho le sobró a Zotoluco, que se echó de rodillas y
corrió el riesgo de ser arrollado por el vendaval del grandullón. Y al
mexicano le tocaron la música, lo cual supuso acontecimiento grande.
Corajudo el mexicano, que vio los cielos de la gloria abiertos, aunque se
afligió al matar. Poco más deparó la tarde: las ganas de triunfo de
Zotoluco y el cariño que le demostró la gente, el tercer par de El Fundi
y las extrañas peripecias y resbalones de Padilla en un simulacro
banderillero. Y las habituales impertinencias de los monosabios que, en La
Maestranza, parecen ser los únicos con bula para dar voces. No sólo
vocean a los caballos, sino a los picadores y subalternos. No les basta
con apuntalar a los pencos: tienen que dirigir también la carnicería.
Si tiene que haber silencio, y a mí me parece bien, que callen todos;
en especial los subalternos.
Poco quedaba de la tarde, salvo algunas guasas en los tendidos y la
sensación liberadora que proporcionan las cosas postreras. Se marchaba
esta Feria bajo el síndrome de José Tomás. Y en los últimos minutos,
Padilla recuperó, en parte, su casta torera y le sacó al sexto miura
unos cuantos derechazos de buena estirpe y una tanda de naturales que
superaron los aludidos derechazos. Y luego, la cornada.
El País. JOAQUIN
VIDAL. Una corralada
La corrida de Miura, que tradicionalmente se lidia el último domingo
de la Feria de Sevilla,fue una corralada. Esto también es tradicional: la
corralada. Miura, divisa de leyenda, suele salir con una descastamiento
supino. Se ha dicho otras veces: si la legendaria ganadería en lugar de
llamarse Miura se llamaran Pérez, no lidiaba ni un toro. Todos para carne
(si se la querían comprar).
Aparecieron luciendo sus corpachones de gran alzada y largura, más de
uno vareado y zancudo, y a poco de pisar la arena ya estaban dando
disgustos al personal coletudo. No sólo disgustos pues, al final, uno de
ellos, Juan José Padilla, salió mal parado al realizar la suerte
suprema.
La cogida de Juan José Padillo y el dramatismo que siguió
convirtieron el desastre resultante de la corralada en una verdadera
gesta. Se llevaban en brazos a Padilla camino de la enfermería cuando se
soltó de las asistencias, pidió espada y muleta y volvió al redondel.
Iba desmadejado, desgarrado el cuello de la camisa, colgando el corbatín
pues allí había llegado el derrote que lo derribó. Se perfiló de nuevo
y cobró un bajonazo suficiente para aniquilar al toro. Y mientras lo
llevaban de nuevo en volandas a la enfermería el público pedía la
oreja, que fue concedida.
Lo que antecedió, en cambio, no es para contarlo. Padilla tuvo una
intervención horrible con las banderillas, venga pasar en falso, hasta
que al final acertó a prender un par. Y, muy voluntarioso, se puso a
pegar derechazos, sin temple ni sosiego, ya que el miura topaba. Se
echó la muleta a la izquierda y resultó que por allí la tomaba fijo y
humillado el animal, de manera que ahora sí pudo Padilla correr la mano.
Parecía un milagro la súbita nobleza del toro. Pero no lo hubo; más
bien se trataba de un espejismo. Y volvió a mansear, a irse del engaño o
mirarlo reservón.
Y de esta guisa la corrida entera. Claro que los lidiadores debían
ejercitar su oficio -lidiar; todos los toros tienen su lidia- mas alguno
no estaba por la labor. El Fundi, por ejemplo, no lo estaba. Precavido con
capote y muleta, sin aportar recurso lidiador alguno, dio la nota con los
descastados torazos de Miura. Fracasó en su primera intervención
banderillera (con él, Padilla, a quien cedió los palos), estuvo eficaz
en la segunda, y perdió los papeles en los turnos de muleta.
Zotoluco, por el contrario, actuó con pundonor y buena técnica, y se
ganó el respeto del público sevillano. Es importante señalarlo. Parte
del público sevillano se preguntaba por qué razón Zotoluco figuraba en
los carteles y responsabilizaba a la afición de Madrid, que para los
sevillanos custodios del tópico es culpable de todo. Se hacía presente
Zotoluco, se oían acá y acullá gritos de "¡Viva México!" y
ya había quien decía que eran los madrileños sólo que poniendo acento
mexicano para disimular.
La burrería de los toros de Miura, la intemperancia de sus topetazos,
la traicionera catadura que les impulsaba a embestir de improviso y con
perversas mañas, tenían a los toreros en vilo y al público también. Y
he aquí que Zotoluco probó verónicas, porfió naturales y derechazos,
aguantó lo indecible y llegaron momentos en los que hasta consiguió
meter aquel material ilidiable en la muleta. Como si se hubiese obrado
otro prodigio. Y el público de la Maestranza le ovacionó con calor.
Todas las cuadrillas pasaron apuros y algunos miembros del peonaje
manifestaron su incompetencia. Menudas trazas traían. Muy distintas al número
que montaron antes de empezar la corrida. Fue un caso aquello. A las cinco
de la tarde llovió, a las seis salió el sol, y a las siete, que era la
hora señalada para comenzar el festejo los operarios de la plaza aún no
habían acabado de acondicionar el ruedo. La verdad es que se lo tomaban
con calma.
Tampoco se encontraba tan mal el ruedo. Muchas corridas se han dado en
otros peores. Pero salieron los matadores y sus cuadrillas, lo pisaron y
se pusieron a poner pegas. Media hora más tarde hicieron lo mismo. Y el
presidente, a la orden. Con lo cual la corrida empezó injustificadamente
con tres cuartos de hora de retraso. Pese a la indignación del público,
al que no le cabía en la cabeza que pudiese haber tanto tonto suelto en
el mundo.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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