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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 5 de mayo del 2001
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Cebada Gago, complicados y bravos.

Diestros: 

Incidencias: los primero y segundo fueron devueltos a corrales por invalidez para la lidia

Entrada: hasta la bandera

Crónicas de la prensa: PortalTaurino, El País, ABC, La Razón.


PortalTaurino. FRANCISCO MATEOS. Casta de toro y torero

Está bien la estrategia de la empresa respecto al final de Feria de Abril, con este acentuado acento 'torista' en sus carteles, toros de Cebada Gago y Miura. Así, con la emoción de la casta del toro-toro se combate bien en los tendidos la somnolencia que
siempre provoca la resaca del Real. Y la corrida no sólo tuvo emoción -para bien y para mal- del toro-toro, sino la del torero-torero, Liria y Padilla. Una de las corridas más emocionantes del ciclo abrileño.
 El primero fue devuelto por flojo, aunque influyó
bastante la opinión personal del presidente, pues la petición de devolución no era unánime. Es más, sin que yo quiera decir que este toro no estuvo bien devuelto, si a todos se les hubiera medido con el mismo rasero, más de una docena de astados debieron haber seguido el mismo camino en esta Feria. El sobrero, del mismo hierro, sacó mucho genio, y genio del malo, queriendo
coger a El Tato con tremendos hachazos al pecho y al cuello. Pero estos toros son lo que pueden dar lugar a un triunfo importante. Son toros de justificarse, como hizo El Tato, que estuvo correcto, o de apostar a oreja o enfermería, una alternativa que no eligió
Raúl, y no se puede ser duro con toreros honrados que matan toros de este comportamiento después de haber visto a figuras de postín ante toros nobles y flojos. 
El cuarto desarrolló nobleza y recorrido en la muleta. El Tato, antes, lo había recibido a portagayola. Sin embargo, en la muleta se lo dejó escapar. Lo toreó forzado y fuera de cacho, desplazándolo para las afueras, sin emoción alguna. Una lástima para el toro, y supongo que también para el maño. Lo mejor fue la
estocada.  A dos toros de forma consecutiva recibió a portagayola
Pepín Liria, ya que el segundo fue devuelto por falta de fuerzas y en el sobrero también se puso de hinojos frente a chiqueros. En sendos astados, vibrante el bravo murciano. Sensacional estuvo en la faena de muleta. El toro tenía genio y movilidad, con casta. El
pitón derecho era el más potable, y por ahí sacó tandas buenas y ligadas, aguantando carros y carretas en varias coladas. Pero no quedó ahí la emoción, sino que la subió de tono cuando cogió la zurda y se jugó la cornada con coladas terroríficas. Y no sólo fue una tanda, sino dos. Perfecto Liria. Lástima de la estocada trasera, tendida y atravesada primera, aunque lo remendó con una segunda buena que le valió una oreja justa. Y es que Liria, ya lo dije el lunes de preferia, pone con su verdad orden en los trofeos de la Maestranza. 

Al quinto también lo recibió a portagayola. El toro desarrolló nobleza encastada y Liria estuvo hecho un tío con mayúscula. Los muletazos, siempre con la diestra, tuvieron hondura y toda la verdad del toreo. La plaza fue un clamor y los aficionados saltaban com resortes de sus apretadas localidades. La estocada,
atravesada pero entregándose. Se pidió con fuerza el doble trofeo y el presidente -otra vez Paco Teja, el que el año pasado le racaneó una oreja a Liria- sólo dio una. No sé, pero qué mas da, aunque para el torero siempre cuenta. la duda que queda es que no cogió la izquierda. Dios dos vueltas al ruedo.

Juan José Padilla, cantado estaba, recibió a su primero a portagayola, con otras dos largas seguidas de rodillas. Después, buenos lances. Puso banderillas con sobrado poder y lucimiento. El toro, que quedó enterito en varas, sacó peligro por los dos pitones, sobre todo por el izquierdo. Le plantó cara el
jerezano en una faena de cornada en cada pase, más firmeza no cabía. En un natural lo lanzó para arriba y se escapó de las manos de Vila de puro milagro. Sincero y máxima entrega.

Otra vez puso vibrantes banderillas en el sexto, que
cambió a reservón en la muleta y sólo buscaba la taleguilla del torero. Padilla estuvo por encima y se jugó las femorales en el envite. 


El País. JOAQUIN VIDAL. Un jabato que se llama Pepín

Hubo un jabato que alborotó la Maestranza, la puso en pie y la dejó al borde del infarto. Se llama Pepín. La que armó Pepín, apellidado Liria, es de las que hacen época.

Le pidieron las orejas por aclamación y el presidente se negó a conceder la segunda de su segundo toro, que unidas a la obtenida en el primero sumarían tres y valdrían para abrir la puerta del Príncipe. O sea que pese a lo sucedido no hubo puerta del Príncipe y Pepín se quedó con las ganas; el público también.

El presidente que negó la puerta del Príncipe a Pepín Liria es el mismo que se la concedió dos veces a José Tomás en esta feria. Bueno -se dirá-, es que hay clases. Sin embargo, no está uno muy seguro de que sea el caso.

José Tomás enardeció al público por su escalofriante quietud al aguantar las embestidas de los toros, pero da la casualidad de que Pepín Liria no le iba a la zaga. Con una significativa diferencia: los toros que aguantó José Tomás eran unos borregos tullidos e impresentables mientras los de Pepín Liria poseían trapío, sacaron casta brava y desarrollaron sentido.

Cierto que hay muchos espectadores a quienes todos los toros les parecen iguales, y con los presidentes debe de ocurrir lo mismo. Aunque tampoco hace falta ser muy listo para percibir la distancia que media entre un borrego tullido y un toro de casta brava. Saltaban a la arena los toros de Cebada Gago y los toreros habían de jugársela, la plaza entera entraba en tensión.

Las embestidas codiciosas a los capotes empezaban a mostrar las oleadas de emoción que se producirían durante toda la lidia. Hubo toros que se arrancaron a los caballos desde la lejanía y los derribaron con estrépito. Los hubo que en la prueba de varas dejaron la patente de su bravura o cantaron su mansedumbre saliendo sueltos.

Mas los hubo también sometidos a una intolerable carnicería, y después de embestir fijos metiendo los riñones, acababan claudicando víctimas de la mortal carioca; se marchaban abatidos borbotando sangre lomos abajo hasta la pezuña.

De todos modos lo normal fue que los toros de Cebada Gago se recrecieran en el último tercio y presentaran feroz pelea. Es la reacción propia de la casta brava. Algunos de ellos se revolvían con una enorme violencia y tiraban derrotes a las muletas o a los diestros. Otros, por el contrario, sacaron nobleza, lo cual no significa que resultaran fáciles pues al toro de casta, aún noble, hay que pisarle temerariamente los terrenos y aplicarle una depurada técnica para poderlo torear de acuerdo con las reglas del arte.

El Tato realizó una labor discreta tanto a un toro de casta agresiva como al manejable que hizo cuarto. Juan José Padilla, que banderilleó eficazmente a sus dos enemigos, derrochó valor y bulló mucho librando según podía los derrotes y las intemperancias de sus dos enemigos, si bien no se salvó del sobresalto de los achuchones y de los imprevistos pitonazos que le levantaron los pies del suelo, afortunadamente sin consecuencias.

Pepín Liria salió a por todas. Si sus toros tenían genio, él, más. Y los tomaba al redondo o al natural, embarcaba con mando, sorteaba los gañafones si venían mal dadas (lo que sucedió con frecuencia), y abrochaba las tandas echándose por delante los toros con un valor espartano.

Ansia de triunfo, honradez de torero íntegro: así se mostró Pepín durante sus emotivas actuaciones, que pusieron al público en pie y al borde del infarto. Finalmente mató defectuoso, es cierto, mas no lo hizo mejor el diestro a quien el mismo presidente concedió total franquía para la mítica puerta de la gloria.

Los tres espadas recibieron a sus toros a porta gayola. Qué barbaridad de portagayolas. Juan José Padilla a los dos de su lote; Pepín Liria a tres, porque uno, que estaba inválido, se lo devolvieron al corral y le sustituyó el sobrero. El Tato, claro, no iba a ser menos y se apuntó a la porta gayola para el cuarto toro. Tres largas cambiadas de rodillas tiraron Padilla y Pepín en sus turnos y ciñeron luego verónicas bajo un clamor de olés y de los compases jubilosos de la banda.

El toreo puro, el de arte y pellizco que dicen sólo sabe paladear el público sevillano en el marco incomparable de la Maestranza son distinto asunto, evidentemente. Ahora bien, quién lo diría viéndolo pedir la oreja con frenéticos aspavientos y grandes voces, abroncando al presidente por no concederla.

La verdad es que dio rabia que a ese Pepín valiente y honrado le dieran con la puerta en las narices


ABC. FERNANDO CARRASCO. Pepín Liria, a las puertas de la del Príncipe

Pepín Liria se quedó ayer a milímetros de cruzar a hombros la Puerta del Príncipe, la misma que atravesó, en dos ocasiones y esta misma Feria, José Tomás. Se discutió entonces si eran o no legítimas. Se habló, y mucho, de la exageración en la concesión de los segundos trofeos. En cambio, a Pepín Liria sí se le regateó. ¿Justo? Bueno, como siempre, para todos los gustos. Lo malo es que las comparaciones, ya se sabe, son odiosas, y en esta ocasión quien sale perdiendo es, a lo mejor, el que más falta le hace. Se quedó a las puertas de la del Príncipe el murciano. En todo caso, triunfo importante.

UN TORO BRAVO DE VERDAD

Y lo fue, precisamente, porque Liria tuvo ayer dos toros de los que pueden descubrir a un torero. El segundo bis fue un dechado de bravura que, sin embargo, perdió las manos al entrar al caballo. Luego, sacó raza, acometividad... Bravo en definitiva. Y embistió y repitió. Antes de ello Pepín lo había recibido a portagayola —los tres diestros se hincaron de hinojos, Liria en tres ocasiones—, lanceando después reposado. Y «Aviador» comenzó a embestir en el último tercio. Había que llevarlo siempre muy toreado, la muleta en la cara y poderlo, no achicarse. No lo hizo el bravo torero de Cehegín, que bajó un mundo la mano y tiró de su enemigo. Series diestras en las que hubo algún enganchón, pero series de verdad. Al natural le faltó un punto de acoplamiento pero también dejó algún muletazo bueno. Se perfiló en corto y dejó una estocada muy tendida y otra más efectiva. Oreja a un toro bravo de verdad.

La corrida de Cebada tuvo dos toros de los que sueñan los toreros que les toquen en una plaza como la de Sevilla. Uno fue el anteriormente reseñado y el otro el quinto, también de Pepín Liria. Es curioso, pero el cebada, al que también había recibido Pepín de hinojos, salió suelto de los dos encuentros con los montados. Mansón el castaño que rompió a embestir, por dentro de la raya de picadores. Faena, de nuevo, vibrante del torero murciano, bajando la mano y fajándose con el embestidor animal. Series, las primeras, por la izquierda, para luego basar la faena en la mano diestra en las que el torero le ponía una y otra vez la franela y el de Cebada la tomaba. Hubo cierta rapidez en algunos compases, pero también profundidad en otros y de nuevo verdad, mucha verdad.

El run-run de Puerta del Príncipe se dejaba entrever cuando montó la espada, que quedó delantera y tendida. Cayó pronto el toro y la plaza se llenó de pañuelos. Paco Teja se mantuvo en sus trece y sólo sacó una vez el suyo. La bronca fue de clamor. Liria asió la oreja con fuerza y dio dos vueltas al ruedo.

A Raúl Gracia «El Tato» le tocó en suerte un primero bis descompuesto y que aunque quiso someterlo por bajo en el comienzo de faena, fue a peor y desarrolló peligro, quedándose a medio viaje y recortando. Insistió el maño sin conseguir nada relevante.

Precioso el cárdeno cuarto, con cuajo, que perdió las manos tras el primer puyazo y es por eso que Raúl Gracia lo llevó a media altura en el comienzo de faena. Hubo temple en algunos muletazos y fue entonces, mediada la faena, cuando el torero se decidió a bajar el engaño, yendo mejor el cebada. Más corto por el izquierdo, quizá El Tato pecó de no haber comenzado desde el principio sometiendo más a un toro que acabó apagadito.

EL PEOR LOTE

El jerezano Juan José Padilla tuvo, con mucho, los dos toros más peligrosos. Su primero, que se arrancó como un tren al caballo desde lejos, derribando de manera espectacular, tuvo tanta movilidad como malas ideas. Lució Padilla con las banderillas y tras la primera serie, el astado se rajó. A partir de ahí, varias coladas espeluznantes. Peligro por ambos pitones.

No le fue a la zaga el que cerró plaza, donde destacó el jerezano en el tercer par. Pero el toro se le fue al pecho en el inicio de faena. Tragantones del torero por sacar un partido poco menos que imposible.


La Razón. JUAN POSADA. La tarde de las largas cambiadas a portagayola

La tarde se caracterizó por los sustos. Los que se empeñaron los toreros al irse reiteradamente a chiqueros para dar la célebre larga a porta gayola. Tarde de valor, un tanto exenta de calidades. Las calidades esas las pusieron dos toros de Cebada Gago: el segundo, bravo con el caballo y la muleta, y el quinto, manso ante el jaco y de excelente calidad en el último tercio. Los restantes, animales con cierto peligro que demandaban técnica y conocimientos. La reiterada costumbre de citar con el engaño muy retrasada y esperar a que el toro venga provocó más de un sobresalto, con el peligro consiguiente. La técnica del toreo, más con toros encastados, no se debe olvidar nunca. Se suele pagar caro.
   A El Tato le devolvieron el primer toro con las mismas escasas fuerzas que otros toros que han pasado en la feria y una gran clase. El sustituto, experto en buscar sus ingles. Lidió bien con el capote, para situarlo en suerte, y los primeros muletazos con la derecha, una refriega, al segundo pase, el Cebada alargaba la gaita y buscaba peligrosamente. El torero, sin mostrar preocupación, intentó el natural y tres cuartos de lo mismo. Otra vez quiso por ambos pitones y el toro, tirándole derrotes a sus partes. Faena meritoria, lidiadora, en la que El Tato demostró valor y conocimiento. La estocada, muy habilidosa.
   Para no ser menos también se fue a chiqueros. El toro, se conoce que un tanto deslumbrado por el sol, se desvió de la trayectoria natural y el torero hubo de rectificar sobre la marcha; la gente, ya acostumbrada a la angustia, se exaltó menos pero la ovación fue buena. El Tato adelantó un poquito más la muleta y se cruzó, aunque en ocasiones se olvidara, momento que aprovechó el toro para recordárselo. Muchos pases por la derecha, tres tandas, antes de utilizar la zurda, por donde mejor iba el toro. Por ese pitón dejó más retrasada la muleta y debió rectificar. Se cruzó, pero ya el animal no quería ni el público tampoco. No obstante, labor voluntariosa e inteligente, aunque el burel se cansó pronto de embestir. Realizó perfectamente la suerte de matar.
   Liria pasó el trago de la larga a porta gayola y dos más en el tercio. Luego, los lances a pies juntos y la revolera. La ovación, fuerte. Pero el toro flaqueó a la salida del primer puyazo, dobló las manos al terminar el segundo y el presidente ordenó su devolución.    Y volvió otra vez a la carga ante la puerta de toriles, y tras la larga, lances y media verónica, emotivos. También lo fue la faena, en la que el toro puso tanto como el torero; repetía las embestidas y había que taparle la cara con la muleta. Pepín lo hizo a veces, cuando no, el toro le avisaba con peligrosidad. Valiente, pero también rápido, lo que no evitó que durante toda su labor el público, crispado, estuviera a punto del sofoco. Si se hubiera sosegado un poquito más, faena cumbre. Pero no se puede tener todo, los que lo consiguen son unos monstruos.
   De nuevo larga cambiada, al quinto. El toro, que había manseando en el caballo, fue extraordinario en la muleta. El murciano, después de unos pases por bajo iniciales, naturales sin demasiado relieve y con el engaño muy retrasado. El toro le apretó y desistió de utilizar esa mano en el resto de la faena, ¿por qué? Le costó la segunda oreja que el público solicitó y el presidente, muy razonablemente denegó. Faena larga a base de pases con la mano derecha, hasta cuatro series, que gustaron al personal. Unas fueron mejores que otras, las primeras, como es lógico, en las que se trajo al toro prendido en el engaño y lo remató atrás. La calidad del Cebada se veía mucho, aunque el torero, a causa de su indiscutible voluntad, puso todo el valor de su parte. Algunos se acordaron de los naturales que faltaron en la faena: un toro así no debe irse sin ser gozado por el pitón izquierdo. 

A Padilla se le paró el de Cebada al borde de la puerta de chiqueros. Aguantó y resolvió bien, al igual que en las dos siguientes largas en el tercio. El toro, que se había arrancado muy fuerte y bien al caballo, mostró, al escarbar en banderillas, adónde podía derivar. Y al tercer pase de muleta por bajo, lo vio. Padilla prosiguió con la derecha, muleta ligeramente retrasada, el toro, ya muy avisado, le achuchó severamente. Luego, una auténtica lucha, hombre y bestia, en la que el primero venció por eso... Las tres o cuatro veces que estuvo a merced del toro no fue por el valor derrochado, sino por haber citado siempre al hilo del pitón, sin cruzarse y con la muleta retrasada, así el peligro se multiplica, más con toros avisados. Padilla, que tiene arrestos, debe reflexionar sobre el tema. Con la espada, un cañón.

Con el sexto, que desarrolló cierto peligro, pecó otra vez de dejar la muleta retrasada, con lo que le daba más ventajas al animal, a pesar de agitar mucho el engaño. Tragó con la izquierda en dos tandas, siempre a merced del morlaco. Luego, lucha y buena voluntad. Lo más lucido, los pares de banderillas que había clavado y la estocada final.

 

 

 

 

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