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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 4 de mayo del 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Guardiola, difíciles
de presentación y justos de fuerza.
Diestros:
- Víctor Puerto, media
estocada (palmas); pinchazo que escupe, estocada, descabello (tibias
palmas).
- Dávila
Miura,
estocada tendida, recibió un puntazo corrido en el muslo izquierdo,
cerca del triángulo scarpa, sin consecuencias ( fuerte ovación);
estocada caída (silencio).
- Javier Castaño, estocada al encuentro y dos descabellos,
(saludos); estocada tendida, 4 descabellos (ovación).
Incidencias: las reses 4º y 1er sobrero fueron devueltas por
debilidad manifiesta.
Banderilleros que saludaron: Juan Montiel y Paco peña, ambos de
la cuadrilla de Dávila Miura, en el 2º y 5º respectivamente.
Entrada: hasta la bandera
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
Cadena Cope, El País, ABC,
La Razón.
Cadena Cope. JOSE
MIGUEL MARTIN DE BLAS. Castaño confirma su valor
Una
corrida de la casa Guardiola, encaste Villamarta, fue el punto de inflexión
de esta feria que se mete en el capítulo torista. Una corrida astifina,
con seriedad. Una corrida que remató abajó en los burladeros y peleó en
general en varas. Una corrida en la que hasta tres toros tuvieron
movilidad, alegría, bravura, aunque todos se apagaron al final: fueron
segundo, quinto y sexto.
Víctor
Puerto se va de Sevilla con un ligero mal sabor de boca. No le salieron
las cosas. Y las intentó, presente en quites deslucidos, pero presente.
Demasiado ceremonioso, Puerto abrió faena por estatuarios con el primero,
pero el toro se vino abajo muy pronto. El cuarto fue un sobrero tris de
Martín Lorca. Un toro de capa jabonera al que Puerto le dio tres largas
cambiadas de rodillas en el tercio, muy
de verdad y muy bien. Contrastó la frialdad del público. Insistió con
la muleta, pero el toro parecía un mulo.
Dávila
Miura no estuvo fino. Se llevó dos volteretas del bravo segundo toro.
Duro de manos (el torero), no se acopló con el tranco alegre y veloz de
un animal que se arrancaba de largo, cuya bravura entraba por los ojos a
la gente. El toro desbordó a Dávila, destemplado y desacertado. Con el
quinto ocurrió algo parecido: sin soltura, sin ambición, aunque el toro
terminara con muchos defectos, dio la sensación que Dávila Miura los había
acentuado. Eso ocurre por llevar una cuadrilla tan buena, a pie y a
caballo: Manuel Montiel, Agustín Navarro, Juan Montiel, Paco Peña...El
lote de esta corrida fue para Dávila. Unos toros a los que se les
hicieron bien las cosas menos con la muleta.
Javier
Castaño pisó con aplomo y entrega el albero de Sevilla en su debut como
matador. Su primer toro, zancudo, como encogido, se paró en la muleta de
un Javier Castaño que lo exprimió a pulso, con valor, con serenidad para
alargar sus cansinas arrancadas. Valiente y asentado, como en el sexto, un
toro que empujó con fijeza en varas, y no hubo entendimiento con la mano
derecha, (¿por qué no se puso antes con la mano izquierda, pitón por el
que el toro se había desplazado largo en el capote de Domingo Siro?).
Pero a pesar de todo, el público se metió en faena. Castaño expuso
limpiamente, casi con la inocencia de su recentísima alternativa. Y en el
tramo final apareció el torero valiente, de plantas asentadas, y segurísimo
en la corta distancia. Ligó los pases a pitón cambiado, y subió el tono
de una faena que hubiera tenido más reconocimiento de no haber logrado
una estocada tan atravesada, como en el tercero.
Sevilla
ovacionó a Castaño, más por lo que apuntó que por lo que hizo
realmente. Su fama de torero valiente cobra cuerpo, aunque no formara un
alboroto.
PortalTaurino.
FRANCISCO MATEOS. No siempre tiene la culpa los
toros
Sólo Javier Castaño en el último logró aprovechar las buenas
condiciones de los astados de Guardiola
Una lástima de corrida. Los astados de Guardiola Fantoni, encaste
Villamarta, merecieron bastante mejor trato. Los toreros no se portaron
bien con los astados, que no tuvieron culpa del parco resultado artístico.
Cosas que pasan. El que se salva es Javier Castaño, que se gustó y se
acopló con el último.
El primero del lote de Víctor
Puerto fue saboridote, sin transmisión, porque entrar a la muleta sí que
entraba. Puerto lo intentó por ambos pitones, más por el derecho, pero
el resultado fue muy desigual. Nunca emocionó ni transmitió buenas
vibraciones a los tendidos. La primera faena pesó en aburrimiento, mitad
culpa del toro, mitad culpa del torero. En el cuarto de la tarde se
rompió el ritmo de la corrida. El titular y el primer sobrero fueron
devueltos por la misma circunstancia, la debilidad de fortaleza en las
patas y pezuñas delanteras. El segundo sobrero, de Martín Lorca, de
espectacular capa jabonera, con pocas fuerzas y sosón.Víctor Puerto
quiso alegrar la situación con tres largas consecutivas en el tercio.
Pero después siguió igual de espeso de ideas, no parecía ser el mismo
que tan bien estuvo en su primera tarde. Entre silencios transcurrió su
labor.
Toro importante
Debe dar que hablar el
segundo de Guardiola. Fue un toro que hizo una buena pelea en varas,
aunque con el defecto de la cabeza alta, defecto que debía corregir Dávila
Miura en los primeros muletazos de la faena. El toro pedía los medios y
el sevillano no lo pensó dos veces. Allí le adelantó la muleta y lo citó
muy de lejos. El animal se arrancaba a la primera a la muleta, pedía
sitio, que le dieran distancia. Dávila no terminó de darle los terrenos
que pedía el animal, 'ahogándolo' y sin dejarle respirar. Ahora, como
animal bravo, que se crecía en la muleta, no era tonto y tenía las
complicaciones propias del animal encastado, y por eso le buscaba cuando
se descubría y hasta se lo echó a los lomos. No obstante, la nobleza del
animal hizo que no se ensañara con él cuando lo tuvo a merced en el
albero. El toro le pudo a Dávila Miura, uno de los toros más
interesantes de la Feria de Abril. Entrando a matar fue de nuevo cogido,
aunque sólo sufrió el sevillano un puntazo corrido en el muslo
izquierdo. Tras el espadazo, se tragó la sangre y tuvo que ser la
cuadrilla la que, capotazo a capotazo, lo llevara hasta la barrera, porque
el buen toro de Guardiola quería los medios para morir. La ovación para
el animal en el arrastre tuvo mayor intensidad que la que le tributaron al
torero al saludar.
El quinto, un toro sin trapío para Sevilla, iba bien por el pitón
derecho. Dávila Miura comenzó bien la faena, pero el interés sólo duró
la primera tanda. Tras ella, el torero estuvo torpón, sin tener las ideas
claras, lo que provocó que el animal se viniera abajo y una labor con
bastantes posibilidades se diluyó. El principal fallo de Dávila Miura
fue de colocación a la hora de citar. Otra vez, el toro aplaudido.
El tercero se paró en la muleta y no tuvo transmisión, aunque fue noble
y quizá el joven Javier Castaño debió 'alegrarlo' de alguna forma. La
cuestión es que el toro no rompió y el torero tampoco.
La tarde pesaba bastante en el último y Castaño lo brindó al público.
El toro tuvo pies en las primeras arrancadas y los primeros muletazos por
alto tuvieron sello propio. Muy serio y asentado en una labor medida y
templada, como la última tanda al natural, ya sin música. Con la espada
no acertó y se esfumó la posibilidad de algún trofeo.
El
País. JOAQUIN VIDAL. Más que una vaca en brazos
Se puede ser malo pero no pesado. Se puede ser malo, o regular, o al
revés, porque si natura no da Salamanca no presta (dijo el sabio) pero
ponerse pesado es viciosa disposición merecedora de severas reprimendas.
Y resulta que de esta guisa estuvieron los espadas de la terna. Más
pesados que una vaca en brazos. Los tres. Acuden a un concurso de pesadez,
y les dan ganadores a los tres, ex aequo.
¿Se pueden pegar seis tandadas de derechazos una tras otra, cada tanda
de media docena de derechazos o más? Pues eso hizo Javier Castaño en el
tercer toro. ¿Se puede estar pegando pases con el pico, hasta el
hartazgo, ora a derecha ora a izquierda, a un toro de fija embestida y
encastada nobleza? Pues eso hizo Dávila Miura con el segundo de la tarde.
¿Se puede estar pegando pingüís, manguzás, un conato de pinturería,
otro de bizarra espera, venga citar a pie quieto, durante 10 minutos, sin
decidirse a realizar -¡de una puñetera vez!- el toreo? Pues así hizo Víctor
Puerto con el primero, con el cuarto, con el sobrero que lo sustituyó y
con el sobrero del sobrero.
Porque saltaron a la arena dos sobreros con lo cual se produjo una de
las noticias de la feria. En una plaza donde el público lo aguanta todo
sin chistar, que de repente se oyeran protestas de creciente intensidad
hasta el punto de inducir al presidente a la devolución de dos toros
seguidos al corral, casi carece de precedentes. Claro que a lo mejor
quienes protestaban eran los de Madrid.
Por esta tierra de María Santísima unos cuantos la tienen tomada con los
de Madrid. No los sevillanos, que es gente sana dotada de sentido común,
sino los que se han erigido (sin votación que lo justifique) en celosos
custodios del tópico, y cada día de feria van dando la nota de su
cursilería.
De manera que si se oye en la Maestranza una protesta se la atribuyen a
los de Madrid, no importa que la voz de la protesta revele un
cerrado acento andalú . El argumento consiste en que esta plaza es
señorial y, por tanto, el público debe permanecer callado. Aguantando el
fraude, si lo hay; pasando por carros y carretas. Sólo se admite -dictan
los celosos custodios- mirar al compañero de localidad poniendo gesto de
reprobación, y queda clara la censura. Hay que tener cuidado, sin
embargo, con esto de las miradas. Según ciertas legislaciones, mirar a
otro durante más de nueve segundos es acoso sexual. O sea, que ojo, pues
así empiezan las peleas.
Protesta tras protesta, el cuarto Guardiola inválido volvió al
corral, el primer sobrero del mismo hierro que apareció tullido, también,
y el segundo sobrero, divisa Martín Lorca, padecía similares miserias
corporales, pero este se quedó.
Se trataba de un ejemplar grandón, pelaje jabonero sucio. Tan sucio,
que alcanzaba la categoría de guarro. Y, desarrolló una blandura y una
sosería lamentables. Víctor Puerto se entretuvo con él porfiando pases
imposibles, ensayando péndulos, marcando un viaje por la espalda. Y a
mayor abundamiento, con una premiosidad de la que ya había abusado en su
plúmbea primera faena a un torito de pitiminí.
El segundo Guardiola, en cambio, desarrolló bravura y fijeza
suficientes para propiciar un triunfo a cualquier torero dotado de gusto y
de temple, lo que no parecen ser las principales virtudes de Dávila
Miura. El diestro muleteó muy voluntarioso, sufrió una voltereta al
engendrar un pase de pecho y otra al entrar a matar, sin mayores
consecuencias que la rotura de la taleguilla y dejar los pecados al
viento. Con el quinto, que primero se comportó noble y luego borrego, no
le vino tampoco la inspiración.
Javier Castaño, reciente alternativado que debutaba en Sevilla, se
dedicó a pegar derechazos sin hondura ni ligazón a sendos guardiolas
algo tardos y manejables, más unos pocos naturales de similar concepción,
si bien trascendió el pundonor con que se empleaba en la tarea.
De novillero destacó Castaño por sus generosas entregas, que son
estupendo vehículo para alcanzar las mejores metas en el arte de torear.
Aunque no el único. La técnica y el gusto mandan. Y, con ellos, el
sentido de la medida. Dicho sea en corto y por derecho: a los pegapases no
hay quien los aguante
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. La
buena cuadrilla de Dávila Miura
Al final nos vamos a ir de Sevilla sin ver una corrida pareja, seria,
hermosa o de categoría. Ni Cebada ni Miura pueden arreglar ya entre hoy y
mañana la imagen que se ha dado; en todo caso salvarán la suya. Cuesta
entender cómo los ganaderos no ponen un poquito más de cuidado. O, si me
apuran, sí que se comprende. Y es que bajo el criterio del todo vale no
hay problema. Parece ser que las autoridades se pusieron duras ayer con
los guardiolas e hicieron una criba: ¿acaso eran más chicos los
rechazados que los ejemplares de Parladé que saltaron al ruedo anteayer,
por poner un ejemplo reciente?
Por la puerta de toriles apareció una corrida fea, desigual, con
algunas encornaduras tristes y gachas. Al parecer, era lo que había
pasado el filtro veterinario. Para más inri, apenas desarrollaron el
juego deseado en una tarde sin historia. Todos se vinieron abajo en la
muleta, a excepción del segundo, que galopaba con alegre tranco. Dávila
Miura, su matador, lo lidió con buen sentido de las distancias y gran
generosidad en el lucimiento. Pero cuando el guardiola alcanzaba la
jurisdicción del torero surgía un desajuste que creaba dudas sobre sus
motivos originarios. Hubo quien argumentaba que Eduardo Dávila movía el
engaño con excesiva violencia y escaso temple; otros culpaban al astado y
decían que perdía la nitidez de la galopada cuando se sentía obligado
en la muleta y entonces cabeceaba. Ya fuera por cualquiera de ambas
causas, o por una mezcla de ambas, los enganchones se sucedieron con
demasiada continuidad, y la gente, que gozaba con el tranco del animal,
decía «ohhh» en lugar de «ole». De alguno de aquellos trallazos, salió
perdiendo las manos. La larga faena se interrumpió en una voltereta, sin
consecuencias. A la hora de matar, otro susto sobrecogió la plaza. El
toro encunó a Dávila Miura, que se volcó en la suerte suprema. De ella
salió dolorido y con la taleguilla rota por delicado sitio, indemne por
fortuna.
A uno, lo que más le gustó de la tarde fue la cuadrilla del matador
sevillano. Manuel Montiel realizó una gran suerte de varas, como en días
pasados; Juan Montiel banderilleaba con enorme profesionalidad mientras
Paco Peña bregaba con justeza, y luego cambiaron los papeles; Agustín
Navarro se subió al carro del éxito de sus compañeros con un puyazo
agarrado por delante al quinto y otro un pelín más trasero.
Dávila no remontó después. Al noble penúltimo lo toreó muy largo y
poderoso sobre la mano izquierda, hasta que se rajó y se esfumaron las
posibilidades de triunfo.
El leonés Castaño causó grata impresión. Siempre anduvo muy firme,
en esa distancia corta que le gusta pisar. Su feo primero derribó por los
pechos y luego quedó hecho un mulo. El novel matador le supo sacar
partido, siempre persiguiendo la ligazón y la quietud, en plan parón
ojedista. En la misma línea se mantuvo con el blandito sexto, donde se
vieron los más brillantes muletazos de la jornada.
Ayer Víctor Puerto se mostró espeso y denso, aunque en su descarga
habrá que decir que ni el calamocheante guardiola que abrió plaza ni el
marmolillo sobrero de Martín Lorca —cuarto y cuarto bis fueron
devueltos con una invalidez manifiesta— le allanaron el camino.
La Razón. JUAN
POSADA. La terna no acabó de ver las bondades de
algunos de los toros de Guardiola
No se divirtió en exceso el público, y
no sería por culpa de los toros que sin llegar a ser una maravilla, sí
hubo tres que se dejaron hacer. Sucedió que los tres espadas esperaban
toros mecánicos de los que repiten las arrancadas sin descanso. La prueba
es que el primero, aunque algo tardo, embistió y bien. La lidia de su
matador no fue la adecuada. Igual sucedió con el segundo, bravo y
repetidor, al que Dávila Miura no llegó a entender, y el sexto, con
quince embestidas de ensueño para la muleta, que tampoco vio bien Javier
Castaño.
Víctor Puerto, que es un torero que a veces despista
porque no se define, anduvo acertado con el primero en el inicio de la
faena. Luego, como consecuencia de no dar el paso célebre hacia delante,
desligó las tandas. El toro, ya agotado, no continuaba las acometidas. El
que debía atacar era el diestro, pero no lo hizo. Con el cuarto, un
astado muy tardo, prolongó en demasía las acciones. Se regodeaba, ¿en
qué?, tan premioso que sonó una voz que dijo: ¿quillo, qué es pa hoy!
Hay que estar más animoso y alegre.
Igual sucedió con Dávila Miura. No dio el pase hacia
delante tras cada muletazo al bravo y noble segundo. Tampoco se templó;
su muleta era una tralla. Los naturales, tropezados, y en un pase de
pecho, en el afán moderno de ligar en el cuello del toro, éste lo vio y
voltereta. Al levantarse algo aturullado, lo atosigó con la mano derecha
y, claro, no pudo ser. A los toros hay que darles la distancia que piden,
como hizo con éste al principio de la labor. Se entregó al matar pero lo
realizó en la suerte contraria ¿por qué ante un toro bravo? La cogida,
casi lógica.
El buen quinto
Entendió mucho mejor al buen quinto,
adelantó la muleta con la izquierda, remató atrás, y el público se
hizo notar. Dávila puso más ardor, aunque forzara un tanto la figura.
Los pases con la derecha, también de buena factura. Luego, otra vez la
cercanía, y lo atosigó. Ya el toro dijo que nones.
Javier Castaño permitió que le pegaran muy fuerte a su
primero. Más tarde, en la muleta se notó. Inició la faena con pases de
tanteo, no sabemos porqué y los primeros naturales con la derecha, al
tragantón, consecuencia de mostrar la franela retrasada. Basó su
tauromaquia en el aguante, pero sin torear. El parón es necesario en
algunas ocasiones, pero no por sistema. El resultado, una labor con muchos
pases, casi ninguno con regusto torero. Dio la impresión de llevar todo
aprendido con alfileres y premeditado. El toreo también es creación.
Al sexto, bravo en el caballo y bueno en la muleta, lo
inició con pases por alto y muletazos con la mano derecha largos. Pronto
volvió a la andadas. Dejó la muleta atrás pero el toro, muy repetidor,
se encargó de continuar las series. El pase de pecho final, muy bueno. Su
estilo de esperar las arrancadas se vio desbordado cuando el astado, ya
con muchos pases, se paró un tanto, también la música que había sonado
en los comienzos. Los naturales, también a la espera y sin ligar, no
valieron. Después, arrimón y toreo por alto que él domina.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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