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Festejo de abono FICHA TÉCNICA Ganadería: Toros de José Luis Pereda y Gabriel Rojas, todos mansos, sosos y astifinos. Diestros:
Entrada: tres cuartos de entrada. Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo El País. ANTONIO LORCA. Grave falta de respeto Antes de la corrida ya se había cometido una grave falta de respeto al público. Para empezar, los carteles de San Miguel se presentan en marzo, y desde entonces hasta finales de septiembre, largo me lo fiáis. Tan largo que las combinaciones definitivas se parecen a las de primeros de año como un huevo a una castaña. Lo que ocurrió después es que un día antes de la corrida, el viernes por la tarde, Manzanares envió un parte médico por un supuesto problema renal; a las diez de la noche, hizo lo propio Morante de la Puebla, convaleciente de su última cornada, y pasada la medianoche, Curro alegó que le dolía el lumbago. Todo muy legal, eso sí, pero que baje Dios y confirme si esto no es una falta de respeto como una casa "a esta afición que tanto me quiere y a la que tanto debo". Esta es la verdadera categoría de algunas llamadas figuras a quienes se les llena la boca hablando de Sevilla y no dudan en burlarse de ella cuando las circunstancias no coinciden con sus intereses. En esta ocasión, las circunstancias eran una corrida muy astifina y especialmente, un sobrero abierto de pitones que, después, salió y no se comió a nadie. Pero, claro, el público tampoco puede ser muy exigente porque hace tiempo que le perdió el respeto a la fiesta. Y lo perdió con su conformismo y permitiendo toros afeitados y borrachos, figuras de cartón, orejas baratas y triunfalismos que esconden la mentira, el fraude y la degradación. Por eso, hace tiempo que los toreros perdieron el respeto al público. Por eso, Curro, Manzanares y Morante se han caído del cartel y no ha pasado nada. Una verdadera pena. Por desertar, ha desertado hasta el ganadero, que sólo pudo lidiar un toro de la corrida anunciada en el mes de marzo. Por cierto, la corrida fue infumable. Los toros, en general, fueron mansos, sosos, sin codicia ni acometividad, y los toreros no pasaron de meros cumplidores de un aburrido trámite. Pepe Luis Vázquez no cambia. Es un torero pulcro, frío y precavido. A su primero lo pasó varias veces por la derecha con su natural elegancia, pero también con su eterna desconfianza, y en el cuarto, de más movilidad, consiguió algún derechazo preciosista, un largo natural, un bonito cambio de manos y poco más. Cepeda lo intentó, pero el material que le tocó en suerte no era apto para el triunfo. Entusiasmó con el capote en unas verónicas muy profundas con las que recibió a su primero, y lo intentó una y otra vez con la muleta sin redondear faena. Su primero se paró y en el segundo consiguió buenos derechazos, pero se dejó enganchar la muleta en demasía y no fue capaz de emocionar a un público entregado. El francés Juan Bautista pasó desapercibido. Ante su primero, que era un armario, nada pudo hacer, recibió al sexto con una larga cambiada en el tercio y pronto demostró el toro que no le acompañaban las fuerzas. El diestro estuvo valiente, esforzado y pesado. Al final, le pidieron que acabara cuanto antes. ABC. VICENTE ZABALA. «Tunante» de la Puebla y los bandoleros de ilusiones despreciaron Sevilla No bajan de Sierra Morena ni portan trabuco; los nuevos bandoleros de ilusiones nacen en distintos lares, unos aquí y otros allá; dicen que su calaña anda muy lejos del honor de los toreros machos que antiguamente poblaban estas tierras de Iberia. Por el forro de sus taleguillas se han frotado el respeto a la afición de Sevilla y de España entera: Manzanares ni se ha presentado a su despedida y ha dicho adiós por Internet y de puntillas; Morante, a quien algunos llaman con sorna «Tunante» de la Puebla, un torerito que aún ha de demostrar todo en este circo, ni ha asomado la jeta, y tras una cornadita sin importancia y un apoderado trapacero pero con aire de portero de discoteca cutre ha parapetado su espíritu; Curro Romero también se subió al carro de la fuga, pero con la salvedad de que a su película sólo le falta ya el «the end». Eso en cuanto a los fenómenos que debían haber comparecido ayer; en cuanto a los de hoy, Emilio Muñoz hacía ya tiempo que había anunciado su hasta luego en la batalla y Rivera Ordóñez cuentan que sufre de sí mismo, que debe de ser un fuerte dolor. Esperanza marchita En sólo unas horas paseando Sevilla hemos encontrado aficionados de Zúrich, de la Bayona francesa o del Toledo español, con la cara compungida y la esperanza pisoteada y marchita. Poco a poco, patadita a patadita, echarán a los públicos de las plazas. Desplantes como éste, como el de hace una semana en Guadalajara, carcomen la moral y el ánimo. Y se llaman figuras. Si al menos sirviera la jugarreta para que la empresa Pagés tomara nota o para que esta Feria de San Miguel no se cerrara en el mes de marzo, habría valido, en parte, el despecho. Pero abril siempre llega. Hace apenas unos días decíamos en un artículo que había que redefinir el término responsabilidad, porque igual el viejo concepto no vale en este desconocido mundo del toro, porque aquí nadie conoce ya un mínimo del significado de semejante palabra. Bostezo generalizado Doblaba el tercer toro y el bostezo era generalizado. Toro manso desde su salida, con carita de pena. Bautista tampoco se calentó. Descoordinado como un borracho se movía el sexto, que fue devuelto. El sobrero de Rojas no valió un real. Era el fin de una tarde desahuciada desde el principio. El niño de Pepe Luis —cómo suena su nombre— hizo así en dos series de medios muletazos diestros, un cambio de mano y una trinchera. Pero el zambombo bicho dijo basta y frustró el brindis al doctor Ríos Mozo. El Guadalquivir y las mulillas arrastraron sueños idos. A uno, este que firma, el cuarto le pareció un buen toro, con nobleza y recorrido. Pepe Luis Vázquez gustóse y gustó en una tanda a derechas y otra al natural. Faltaron fuelle y ambición. ¡Ay, si el corazón le hubiera funcionado al hijo del Sócrates de San Bernardo! Pétalos de rosa Fernando Cepeda dibujó verónicas gráciles ante el inválido que apuntilló Lebrija (ni los cabestros funcionan). Aún fueron de mayor nivel los lances de recibo al primer toro suplente de Gabriel Rojas, pétalos de rosa en este otoño cálido y sevillano, de huidas y cobardías tan execrables como el ataque de un torero paticorto, culibajo y de nula calidad, llamado Miguel Abellán, al bueno de Javier Villán. Una nota más de cómo está el toreo. A Cepeda se le apagaron sus toros en la muleta; el primero, demasiado castigado en el caballo. El diestro de Gines intervino ante el quinto en un oportuno quite a Rafaelito Torres, distinto al artístico y breve que realizó ante el bruto que abrió plaza: verónica y media levantaron unos solitarios oles. Despachado su lote, escuchó una ovación a la voluntad. Abucheos y almohadillas despidieron la tarde. Digo yo que serían para los que no dieron la cara. El Mundo. CARLOS CRIVELL. La decadencia de la fiesta Todo fue decadente, antes, durante y después de la corrida. El carnaval de caídas de toreros cambió la terna por completo. Algunos pitos saludaron la salida de tres hombres al ruedo al comienzo, como si ellos no hubieran pasado el miedo de ponerse las taleguillas, mientras otros retozaban lejos del miedo y el albero. Sólo queda el buen recuerdo del toreo de capa de Fernando Cepeda durante toda la tarde. Le enseñó el buen pitón derecho del primero a Pepe Luis en un quite excelso a la verónica. El mismo Cepeda se enfrentó al toro sobrero que causó el estropicio y se contagió de la insolvencia del toro y el final fue mortecino. En el quinto, Cepeda toreó con gusto a media altura. Cepeda fue una luz tenue en una tarde oscura. La oscuridad y el desencanto llegaron de la mano de Pepe Luis, que sorteó el mejor lote y se fue como vino, es decir, tan artista y tan precavido. Pepe Luis dejó algún pase entonado en su primero, siempre colocado fuera del viaje del astado, siempre apuntando y sin llegar a disparar en ningún momento. Más de lo mismo en el cuarto, otro toro con alguna bondad en sus embestidas y flojito de remos. Y Juan Bautista, vestido de plata, sin toros potables y sin dejar entrever muchas posibilidades de dar más de sí. Muchos pases sin sello, indudable buena voluntad y pesadez en el que cerró plaza.
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