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Festejo de abono FICHA TÉCNICA Ganadería: Novillos de La Quinta. Diestros:
Crónicas de la prensa: El Mundo El Mundo. Crónica de Carlos Crivell. Naufragio de la Quinta La Quinta es una ganadería con encaste santacolomeño, uno de los que está en vías de extinción y que reclaman los aficionados. Año tras año, esta divisa lidia buenas novilladas en Madrid, lo que abre el capítulo de la ilusión para ver el juego de los astados en la Maestranza. Una vez más, vana ilusión. La Quinta, propiedad de Alvaro Martínez Conradi, triunfa en Madrid y fracasa en Sevilla. Misterios que tiene el ganado bravo. Fue un fracaso en toda regla y sin paliativos. El toro de lidia puede ser bravo o manso, pero todo es permisible si existe un comportamiento encastado. La casta de Santa Coloma no apareció en ningún momento, sólo la bella presencia de unos novillos cárdenos recordaban el origen de la divisa. Todos llegaron a la muleta parados, cansados, aburridos de estar en la plaza. Los novilleros intentaban citarlos, a veces de forma correcta, otras a zapatillazo limpio, pero los animales permanecían impasibles, ajenos a Sevilla y al Guadalquivir. La casta estaba ausente, perdida, lejos de la mostrada por sus hermanos en la capital del reino. Así las cosas, el festejo fue una secuencia de momentos de escaso relieve taurino. Durante la lidia del tercero, algunos buenos aficionados se percataron de la presencia en el ruedo de un banderillero alto y espigado. José Manuel Montoliú, vestido de azul y plata, hijo del torero valenciano muerto sobre el mismo albero, le puso una nota de emoción a la tarde. Citó en banderillas muy en corto, como hacía su padre, girando el cuerpo al lado contrario para iniciar la carrera y ganar con belleza la cara del novillo. La genética sigue funcionando. En la tarde bochornosa y cansina de la Maestranza, el recuerdo de Manolo Montoliú se hizo presente en la figura de su hijo. A novillos malos, espadas desesperados. Pero la desesperación tiene alguna lógica en el madrileño Rafael de Julia, que salió muy dispuesto en el sexto. Toreó con ganas a la verónica, quitó por delantales y brindó a la plaza. Su empeño tropezó contra la pared inexpugnable de un novillo regordío, que parecía atado al albero. Su voluntad quedó patente, como ocurrió en el tercero, que tenía medio recorrido. Menos justificado está Antonio Barea, que cumplió ante el soso novillo que abrió plaza, incluso con media voltereta, pero que anduvo dubitativo y sin recursos en el cuarto. Se lo pasó muy lejos, lo desplazó y se quejó de la maldad del novillo de La Quinta. Tampoco salió bien parado Alvaro Gómez, que dejó algunos apuntes de torería afiligranada en el segundo. El novillero sevillano dibujó pases sobre la derecha muy correctos, limpios, carentes de emoción, pero con esos detalles de toreo sevillano siempre muy hermosos, pero que no eran el remate de una faena lograda. El quinto demostró que no veía por el ojo izquierdo, al menos siempre iba al bulto por el derecho. De nada sirvieron las protestas del público. Alvaro Gómez, siempre sobre el pitón zurdo, anduvo a medio gas. Nadie quiere heroicidades a destiempo, pero las oportunidades de ser torero pasan y no vuelven.
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