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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 26 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Mª Luisa Domínguez (Guardiola) ( bien
prestados, sin casta)
Diestros:
- Finito de Córdoba:
cinco pinchazos, descabello, aviso, descabello (silencio); pinchazo, aviso, media estocada
desprendida, descabello (silencio). De negro y oro
- José Luis Moreno:
estocada entera y en su sitio, descabello (vuelta al ruedo); tres pinchazos, tres
descabellos (silencio). De purísima y oro
- Vicente Bejarano:
estocada un poco desprendida, tres descabellos (aplausos); estocada un poco caída
(oreja). De rosa pálido y oro
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron: Rafael Figuerola y Jesús Carvajal,
ambos de la cuadrilla de José Luis Moreno
Presidente: Gabriel Fernández
Incidencias: El banderillero Gregorio Cruz Vélez, de la
cuadrilla de José Luís Moreno, sufrió durante la lidia del quinto toro un
"desgarro fibrilar en aductor mayor izquierdo". Pronóstico leve, salvo
complicación que impide continuar la lidia.
El picador José Luis Muñoz fue abatido en la puya del quinto toro
sufriendo "contusión en el pie izquierdo con posible factura o luxación del
primer metatarsiano". Pendiente de estudios radiológicos. Pronóstico reservado
Entrada: más de tres cuartos
Tiempo: nublado y soleado
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, El Correo de
Andalucía El
País, ABC, El Correo de
Andalucía
El País. JOAQUÍN VIDAL. Edición del 27 de abril´99. Toro sentado
El tercer toro se sentó durante la faena de
muleta porque le dio la gana. En América le habrían llamado Sitting Bull. No es lo malo
que un toro se siente si le da la gana. Lo preocupante, y lo raro, es que para levantarlo
le tiraran del rabo y no reaccionara para nada ni pusiera reparo alguno. A buenas horas si
a usted le tiran del rabo se iba a quedar tan tranquilo. A Sitting Bull -sin ir más
lejos- un peón le tira del rabo y se lía a guantazos.
Un toro que se deja tirar del rabo no es de la Naturaleza. Un toro que se deja tirar
del rabo acaso sea producto de laboratorio, imagen virtual, pero no toro de la vida. Los
toros de la vida serán nobles, boyantes, si se
quiere tontos de remate, pero no les tira del rabo ni Dios, dicho sea con perdón.
Están saliendo a los ruedos unos toros muy
raros. Toros que se caen, que se sientan, que se dejan meter mano por donde lo del día de
la boda. Se esperaba -y con esa ilusión acudieron los aficionados a la Maestranza- que
los Guardiola, hierro María Luisa Domínguez, serían distinta cuestión. Y,
efectivamente, aparecieron lustrosos; mas a los pocos trancos se comportaban igual que
todos.
Sometidos a la prueba del caballo, no es que hicieran el ridículo, pero tampoco
sirvió para demostrar la bravura propia de su encaste.
En realidad la prueba quedó convertida en una bochornosa ficción. Los toreros, al
parecer incompetentes en materia lidiadora, ni siquiera ponían en suerte a los toros pues se les iban del percal para
acudir a los caballos al relance. Luego venían los individuos del castoreño, metían
caña a los toros sometiéndoles a la sanguinaria carioca, tapándoles la salida, y no
había forma de medirles ni la bravura, ni la fijeza.
Los aficionados se desgañitaban: "¡Ponedlos de largo!". Y si quieres arroz:
los ponían de corto. Hubo toro al que se obligó a tomar una vara partiendo de las puras
tablas mientras el picador, que ya le había cerrado el paso, le echaba el caballo encima.
De manera que los toros salían de la prueba del caballo no picados sino debelados,
como en la guerra. Y apenas los sacaban de allá, se caían de bruces. En otras palabras:
que los dejaban para el arrastre.
Ahora bien, no venía el arrastre sino el tercio
de banderillas, después las faenas de muleta, interminables y espesas. El orden de la
lidia se sigue con puntillosa minuciosidad, así se dé patadas con la lógica. Y los
toreros, fieles a este ritual esotérico, se ponen a pegar pases como si en vez de un toro
moribundo les hubiesen puesto delante al famoso Jaquetón; aquel toro paradigma de
la bravura que después de sufrir docenas de puyazos,
moler las costillas a los picadores y haber sacado las tripas a un montón de caballos,
con un pulmón reventado (según descubrió la autopsia) aún seguía embistiendo.
La afición se malicia, sin embargo, que si los toros salieran al estilo del Jaquetón,
con la indómita pujanza propia de su especie, los toreros actuales no serían capaces de
soportar ni un minuto sus fogosas embestidas.
Los de la llamada Corrida de Resaca eran -seguramente quedó sobreentendido- el caso
opuesto y la terna no paró de pegarles los derechazos. Finito de Córdoba los pegó
huidizo a su primero; corajudo y acelerado -medio tumbado y fuera cacho también- al
cuarto, y aquellas formas nada tenían que ver con las exquisiteces interpretativas que le
dieron merecida fama de artista. Claro que es de Sabadell y alguna vez se le tenía que
notar.
Valiente estuvo José Luis Moreno, sacó dos estimables tandas de derechazos al
tercero, le intentó los naturales poniéndolo
todo de su parte y de poco corta una oreja. Pechó luego con las intemperancias del
quinto, un cuajado ejemplar acucharao de 610 kilos, que se quedaba en la suerte, y ya tenía ganado el título de diestro
arrojado y pundonoroso cuando a la hora de matar se lo pensó dos veces y se echaba fuera.
Arte es lo que intentó aportar a toda costa Vicente Bejarano y tuvo esa ocasión con
el sexto guardiola que, pese a su invalidez, aceptó el reto del torero y
embistió. Hubo naturales de gala, mérito exclusivo del diestro, que enceló al borrego
mediante la técnica de parar, templar y mandar, y aún se permitió el lujo de añadir
los muletazos de frente juntas las zapatillas.
Ése no era el toro que se sentó. El toro que se sentó fue el anterior de Vicente
Bejarano. Y cuando lo levantó el peón le dio dos kikirikíes. La verdad es que a un toro
que se deja tirar del rabo lo mismo se le puede dar el kikirikí por delante que el salto
del capullo por detrás. A gusto del consumidor.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Edición del 27 de abril´99. Vicente Bejarano, por el buen camino
Se quejaba el otro día Manolo Ramírez, director adjunto de la edición
sevillana, de cuatro graciosos que se desternillaban durante un lance de la lidia. Manolo se sintió herido en la
sensibilidad, como cualquiera que se precie de ser aficionado, como cualquiera que sienta
mínimamente la Fiesta. La siempre exquisita afición de Sevilla debe huir de los
chistosos y de las manifestaciones que se alejan de la seriedad y el respeto que la
caracterizaron.
Tan grave o más que la hilarante risa de cuatro idiotas son las
reacciones absurdas y fuera de lugar. Sacar al tercio a un puntillero que ejecuta su función desde detrás de
un burladero mientras dos toreros despachan,
mano a mano, una corrida de Miura, aplaudir pares de banderillas chalequeros o facilones,
ovacionar bajonazos, premiar faenas vacías de
argumento, permitir el abuso de sobreros
impresentables son cosas que lastiman el fondo y el alma de cualquiera que, como Manolo
Ramírez, posea los conocimientos, las referencias y la sensibilidad de lo que fue en su
día esta plaza, templo del toreo.
Nadie aplaudió nada durante la lidia del infumable, manso y acapachado primer
guardiola. No hubo enemigo más grande para Finito de Córdoba que él mismo. Dio un
sainete con la espada que le condujo al aviso.
Finito parecía estar en trámites de recuperación, o al menos así lo anunciaban con
clarines y trompetas. El noble y blandito cuarto podría haber sido el trampolín
necesario y perfecto para abandonar el largo bache por el que atraviesa, pero las
trompetas mentían. Tan acelerado, vaciando los viajes hacia afuera, rectificando terrenos
no se puede volver a tomar el pulso al toreo. Además escuchó otro aviso y mató de nuevo
el de Triana.
Vuelta para Moreno
Se frenaba el segundo ya de salida en el capote
de José Luis Moreno. El picador de turno realizó muy mal la suerte, rectificando
constantemente la puya. Las dos veces que el guardiola acudió al caballo lo hizo al
relance. El matador cordobés anduvo más firme y acertado en el último tercio. Arrancó
con unas poderosas dobladas por bajo, para luego someter por el pitón derecho a su reticente enemigo, que se
había recuperado de una manifiesta flojera de remos demostrada durante los primeros
pasajes de la lidia. Lances largos y mandones fueron los muletazos. Por el pitón
contrario, el toro se paraba con la cara alta. Moreno aguantó y tragó ricino cuando fue
menester. Torería y buen gusto desprendieron los ayudados por alto finales. A tumba
abierta se tiró en el volapié final, del que saldría rebotado y sin muleta. La espada
se hundió en todo lo alto, a pesar de lo cual necesitó el descabello para finalizar.
Hubo petición de oreja, pero no cuajó. Dio una merecidísima vuelta al ruedo, que
también vale. No sólo las orejas son premios. Por cierto, que se le olvidó el capote para recorrer el anillo.
Alto y gacho quinto
Muy alto, muy blando y muy descastado fue el quinto, de cuernos gachos. Derribó en el
primer encuentro con el jaco por inercia, como el señor gordo que se tropieza con el
señor bajito en la cola del autobús, «¡huy!, perdón». Hubo palmas excesivas para
Juan Reyes y Jesús Carvajal por parear con discreción. Como un buey de carreta embestía
el guardiola en la muleta, con la cara por las
nubes. José Luis Moreno comprobó cómo además se quedaba cada vez más corto. El
valiente torero no lo vio claro con la espada, muy desconfiado y dubitativo. Recurrió,
tras dos amagos, al descabello.
Los toros de Guardiola acudían al caballo como autómatas, porque luego el
comportamiento mansurrón de la mayoría no se correspondía con la precipitación en
acudir bajo el peto. Así actuó también el
distraído y gazapón tercero. Vicente Bejarano, que había sustituido a Jesulín, vio,
para su sorpresa, como después de intentar el toreo por ambos pitones, el toro, que era
la mula Francis, se echó. Tras levantarlo, lo pasaportó con una estocada arriba.
Con Þímpetu respondió el sexto al valeroso recibimiento de Vicente Bejarano, que,
sin embargo, lidiaría con muchas carencias, cosa lógica a tenor de las pocas corridas
con las que cuenta. Volvió a demostrar, después de la buena impresión que causó a
principio de la Feria, que quiere ser torero. Y, desde luego, en el camino está.
Aprovechó la franqueza y las justas fuerzas con que el toro seguía la franela por el
pitón izquierdo. Toreó con extraordinario corte al natural, templado y con las
zapatillas atornilladas en el albero. A pies juntos y de frente recordó a Manolo
Vázquez. Una serie diestra tuvo el peso de la autenticidad. Una vez con el acero en la
mano, le sobró la última intentona sobre la zurda. Ejecutó la suerte suprema con
rectitud, aunque la espada cayó levemente desprendida. Se izó con una oreja, que debe
abrirle puertas. Fue un buen punto y final para la Feria.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. Bejarano se reafirma
El torero de La Puebla corta la última oreja de la Feria al mejor Guardiola de la tarde
Fue el primero en pegar. Y será por aquello de que quien da primero, da dos veces que
Vicente Bejarano volvió a triunfar ayer. Bejarano fue el primero -ya lo hizo el día 10-
y el último en triunfar, reafirmándose ayer como uno de los triunfadores de la Feria de
Abril de 1999 al cortarle la oreja al sexto y poner un épilogo más entonado a una
corrida en la que no hubo demasiado espectáculo torista.
Para Vicente Bejarano, que fue elegido sustituto de Jesulín de Ubrique cuando éste
decidió retirarse del toreo, fue la oreja número 27 de la Feria. Sí, han leído bien,
pero por si acaso lo repito de palabra: veintisiete. Y es que esta Feria ha tenido mucha
tela que cortar -para bien, claro está- y la cosa no podía acabar con el tono amargo de
una decepción.
Iba por el camino de serlo, no crean. Sobre todo porque la tarde estaba fría, hacía
viento y porque lo de Guardiola no estaba resultando tan espectacular como otras veces. A
la corrida le faltó raza por momentos, fuerza en otros y en la mayoría de las ocasiones
pidió a voces una mejor lidia y, sobre todo, un castigo más justo en varas, suerte en la
que los picadores se cebaron, guiados quizás por una psicosis creada por el encaste
Pedrajas.
Los tres primeros toros fueron castigados con excesiva contundencia y acusaron, cada uno a
su modo, el castigo. El primero, que ya salió parado a la plaza, lo acusó para pararse
más y convertirse en un toro pétreo en la muleta, saliendo sólo de su letargo para
emprender una media arrancada sin clase. Con este material, Finito sólo pudo querer, y
querer, en el toreo, no siempre es poder. Sobre todo cuando los toros no ayudan. Por
cierto, que Juan falló estrepitosamente con la espada.
El segundo acusó el tremendo castigo recibido yendo a menos en la faena de muleta y
defendiéndose por el izquierdo. Así, la faena no acabó de cuajar, entre otras cosas
porque el animal casi nunca aguantaba el tercer muletazo ligado de Moreno, pese a que
éste se templaba con él. Con todo, hubo tres series diestras que tuvieron temple y que
fueron bien rematadas con dobles de pecho. Hasta ahí duró el toro y la faena, que Moreno
se empeñó en mantener un poco más por su voluntad de rematar. La estocada desprendida
que dejó no fue suficiente y necesitó de un descabello, lo que le apartó de una oreja,
trofeo que pese a todo pidió el público, pero no por mayoría.
Bejarano también dejó que le pegaran fuerte al tercero, pero este animal lo acusó menos
porque no se empleó. Fue mansón y gazapeó todo el tiempo, embistiendo siempre con la
cara alta, de modo que deslució todo intento de faena por parte del torero de La Puebla
del Río.
La segunda mitad de la corrida comenzó con una faena muy trabajada y sobona de Finito. El
diestro cordobés tuvo en contra la poca entrega y clase del toro y al viento, y a
favor únicamente la cierta movilidad que tuvo el toro. Finito se empleó en una faena
larga en la que los mejores muletazos fueron al natural. La gente le jaleó el esfuerzo,
pero la obra, demasiado dilatada, demasiado densa, no tuvo eco final en el tendido y el
torero fue silenciado otra vez.
Estaba cantado que el quinto se iba a orientar. Siempre sucede con toros de esta casa tan
altos y tan poco humilladores que se orientan con mucha facilidad. Éste lo hizo pronto y
por los dos pitones, de modo que a Moreno no le quedó más remedio que matar al caballo
que tenía delante. Y ahí llegó el problema: José Luis no lo vio nada claro. Se rajó
al intuir que el toro no le iba a dejar pasar.
Menos mal que el sexto salió embistiendo con temperamento en el capote de Bejarano. El
torero dio un buen puñado de lances rodilla en tierra que levantaron la emoción dormida.
La verdad es que Bejarano aguantó el vendaval de la embestida de Tesorero y eso
despertó a la gente. Este toro se atemperó en el caballo pese a ser medido en el
castigo -menos mal- y embistió bien a la muleta del torero de La Puebla. Bejarano
comenzó a forjar su postrer triunfo con unos ayudados por alto ajustados, pero donde la
faena comenzó a tomar cuerpo fue cuando el torero se echó la muleta a la izquierda. Por
ese lado, el Guardiola se desplazaba y embestía con nobleza -respondía al toque después
de mirar al torero-, de modo que Bejarano se templó y se gustó, en muletazos en los que
se pasó muy cerca a Tesorero. Toreó incluso a pies juntos y menos largo por el pitón
derecho. Toreó lo justo, hasta donde el toro le dejó antes de apagarse, para coger la
espada y cortar la oreja después de un espadazo suficiente. Este torero sevillano
reincidió ayer en sus posibilidades, aprovechó la sustitución de uno que se fue para
decir -otra vez- que aquí hay uno que llega. Suya es la oreja 27 de una Feria que ayer
buscó tablas para echarse en son de triunfo. ¡Muchas como ésta!.
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