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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 25 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Miura y dos sobreros de José
Ortega (difíciles)
Diestros:
- Miguel Rodríguez: media
estocada y media tendida (silencio); estocada desprendida (palmas); estocada atravesada y
descabello (silencio). De rosa y oro
- Domingo Valderrama: Resulta cogido en el primero de su lote. De
purísima y oro
- Dávila Miura. Estocada en su
sitio (saludo desde el tercio); pinchazo, media tendida (dos vueltas al ruedo). De
nazareno y oro
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron: El matador Miguel Rodriguez en su segundo; y Javier Gil y Máxima Ducasse, de la
cuadrilla de Dávila Miura
Presidente: Francisco Teja
Incidencias: El
matador de toros Domingo Valderrama fue cogido en el primer toro de su lote. El parte
médico señala "herida por asta de toro en el muslo izquierdo en su tercio superior
y cara interna que penetra en una trayectoria de 25 cm. hacia la cara posterior del femur,
seccionando músculo aductor mayor, vasto interno llegando a la cara posterior del muslo.
Se comprueba que el paquete vascular está indemne aunque contundido. Existe una segunda
trayectoria hacia abajo y adentro de unos 10 cm. de longitud que rompe las fibras del
sartorio. Contusión abdominal sin peritonismo. Se procede bajo anestesia general a su
intervención. Pronóstico muy grave que le impide continuar la lidia."
Entrada: llena
Tiempo: sol y fresco
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, El Correo de Andalucía
El Mundo.JAVIER VILLAN.
Sevilla Edición del 26 de abril. Valderrama, herido muy grave
Al segundo lance el segundo
miura derribó a Domingo Valderrama; los capotes
del quite tardaron en llegar una eternidad y, en
los escasos segundos de esta eternidad, el miura le pegó la cornada. Más que el dolor de
quemazón y carne rota, lo que Valderrama reflejaba, en volandas hacia la enfermería, era
la desesperación por la mala suerte: una oportunidad, maldita oportunidad, en la Feria de
Abril y esa oportunidad se convierte en un infierno. Y un infierno fue para el picador
caído y para los peones atemorizados en el tercio de banderillas. El síndrome de Miura se
acrecentó desde ese momento.
Cada tarde estamos condenados a vivirla bajo un síndrome determinado. Y ésta, bajo
dos. Este año hemos soportado, por lo menos, tres síndromes a lo largo de la Feria: el
de Romero, el del puntazo a El Juli y el del rabo de ayer cortado por Hermoso de Mendoza,
que estuvo mundial. Me adelanté en el recuerdo a la memoria de Apaolaza; que es hoy, al
hilo del colosal triunfo de su amigo Pablo Hermoso, y del caballo Cagancho, cuando le
corresponde la evocación. Pablo Hermoso de Mendoza ha barrido de La Maestranza a la
caballería de Jerez, Sanlúcar y toda la Bética.
A partir de las 18.55 horas, este síndrome dio paso a otro más dramático: la cornada
a Valderrama. El miura, torvo y agresivamente a la defensiva, no le permitió a Rodríguez
ni colocarse.
El primero tenía una testa como dos
carretones de entrenamiento: una envergadura descomunal, casi playera, que apenas cabía
por la puerta de toriles. Agalgado y blando,
movía la cola como un látigo mientras acechaba a los toreros. Miguel Rodríguez tuvo que
torear de pico pues los cuernos no cabían en la muleta.
La verdad es que Miguel Rodríguez no toreó de nada. Y hasta el macheteo por la cara, que
era lo procedente, le salió deslucido. Cada ensayo de natural, un tormento; cada intento
por la derecha, una amenaza.
Berreón
Gazapón y berreón el tercero, al que banderilleó con mucho riesgo la cuadrilla de
Dávila Miura. Tuvo el torero la gallardía de apuntarse a la divisa de la familia. Pero allí no valían
componendas ni parentescos. Lo que consiguió Dávila Miura fue gracias al poder de su
muleta; él no volvió la cara, mas el toro sí. Al sentirse dominado, el de Zahariche se
rajó. Y huyó a las tablas. El poder lidiador de Dávila y la estocada le valieron una
fortísima ovación. Aunque no tan fuerte como la que La Maestranza dedicó al puntillero
Lebrija cuando apuntilló desde el burladero al
quinto, al que no lograron llevar a los corrales ni la incompetente parada de cabestros ni
el espontáneo que se tiró raudo. Insólita cosa ésta en un templo del toreo. Y
deplorable: ovacionar un puntillazo como si
fuera una estocada en todo lo alto. Y más deplorable que el puntillero salga a saludar.
Menos proceloso, más bonancible había salido el cuarto, lo que permitió a Miguel
Rodríguez lancear lucidamente a la verónica y llevarlo al caballo por delantales. Y
banderillear. Vulgarmente. Siguió pesando el síndrome Miura y Miguel Rodríguez no se
fió en ningún momento de la sosota y apacible mansurronería del bicho; lo atravesó de
un feo sablazo.
Allá por las 20.25, parecía que la suerte
estaba ya echada y todo el pescado vendido. Mas Dávila Miura no se rendía. Ni el
mansísimo sobrero de José Ortega, ni el inválido miura que cerraba plaza permitían
demasiadas alegrías.
Valderrama estaba siendo operado en la enfermería, los peones se tiraban de cabeza al
callejón, Javier Gil estaba a punto de ser corneado; a las 21.05, Dávila Miura sufría
una voltereta. Repuesto del susto, trataba de iluminar tan siniestro panorama con naturales y derechazos. Casta torera y buen tono el
de su muleta. Y valentía. Tanta que, cuando el presidente le negó la oreja, en La
Maestranza estalló un motín.
Cogida. Manolo Bejarano, que tomó la alternativa ayer en Cáceres, cortó dos orejas y
resultó herido de gravedad al entrar a matar.
El País. JOAQUIN VIDAL.
Sevilla. Edición del 26 de abril. Cogida muy grave de Domingo Valderrama
El segundo Miura le pegó un cornadón al pobre Domingo Valderrama. Pobre, porque le
han convertido en la percha de los golpes. Es un excelente torero, dotado de buena
técnica y gusto para interpretarla. Pero cuando le contratan -rara vez-, es para echarlo
a los leones. Lo más duro que haya, lo que no quiere nadie: eso le echan. Lo grande, lo
destartalado, lo peligroso.
Esta vez le tocó pechar con miuras, que están hechos un asco. Pena de
ganadería con historia; pena de nombre elevado a la categoría de leyenda por la emoción
que tenían sus toros. Ahora son -en esta corrida se vio- unos moruchos impresentables. No
es que desarrollaran sentido sino que su descastada condición hacía que de repente y a
lo tonto (queremos decir a lo burro) se llevaran a alguien por delante.
Salían dando otra imagen. El que abrió plaza, un serio cárdeno, tenía estampa
miureña y se le notaban los genes característicos de sus ancestros pues saltó a la
arena enfurecido, achuchaba los tableros, amenazaba a lo que hubiera detrás, dos guardias
que andaban sueltos por el callejón unieron sus
destinos escondiéndose apresuradamente en un burladero
se supone que muertos del susto. El segundo Miura hizo igual, galopó después al cite de
Domingo Valderrama, tomó malamente el capote dos veces, a la tercera arrolló al diestro
y cuando ya lo tenía a su merced en el suelo le corneó con saña.
Y estas, minuciosamente descritas, fueron las nunca vistas fazañas de los Miura,
divisa legendaria, orgullo de la fiesta brava. Pues en cuanto se las habían dado de
fieros se pusieron a burlar.
No sólo burreaban sino que además se desplomaban quien sabe si por debilidad
fisiológica o por moruchez congénita, y al verse metidos en los azares de la lidia se iban de vareta. En esto compitieron con
los cabestros que debían de padecer diarrea,
salieron dos veces y tiñeron de marrón el albero. Los cabestros no se crea que
desmerecen de los toros devueltos al corral. Lo
que pasa es que, constituidos en parada, son un desastre. Media hora estuvieron en el
redondel y no lograron llevarse al Miura quinto que había sido devuelto por inválido. Y
en estas que saltó un espontáneo, provisto de capote,
corrió hacia el toro, consiguió darle par de lances y no más pues lo redujo Dávila
Miura. Finalmente intervino Lebrija, as de la puntilla, y de un contundente cachetazo
tumbó al Miura.
Les llaman miuras y lo mismo podrían haberlos traido de los corrales del Tío
Picardías. El primero, apenas tomó tres derechazos que le dio valerosamente Miguel
Rodríguez, ya estaba metiéndole los pitones en
el pecho, topando al bulto.
Miguel Rodríguez sólo estuvo bien en ese toro porque en el que mató en sustitución
de Valderrama procedía darle el aliño correspondiente a su mansedumbre, y en el cuarto,
único que tomó los engaños con cierta
boyantía, toreó sin templanza ni reunión. Le cuarteó dos pares y medio de banderillas
muy vulgares y montó la faena de muleta a base
de los consabidos derechazos en tres tandas de siete, y salvo uno en el que bajó y
corrió la mano, los restantes resultaron superficiales, incoloros y destemplados.
Un contraste demasiado vivo constituyó Dávila Miura al que se vio sobrado de
afición, muy seguro de sí mismo, decidido, imbuido de innata torería en todas sus
intervenciones. La primera faena la empezó en los medios, citando al toro desde muy lejos
y embarcándolo por derechazos sin más. Dos series de excelente corte ligó y al echarse
la muleta a la izquierda ya no había posibilidad de ejecutar nada. Aquel Miura sacó a
relucir el mulo que llevaba dentro y escapó a las tablas pegando mugidos.
La invalidez total y el descatamiento evidente del segundo sobrero, hierro José
Ortega, tampoco permitían toreo de ningún tipo. Ese segundo sobrero -por cierto de presencia más respetable
que los Miura- se negaba a embestir.
El sexto Miura, sin trapío e inválido hasta el punto de que apenas se le pudo picar,
desarrolló el estilo moruchón de sus hermanos, mas ahí estaba Dávila Miura, valeroso,
recrecido, dotado de un purísimo estilo lidiador, que le sacó derechazos y después tres
tandas de naturales hondos. Y cuadró a
continuación e hizo al Miura el inmerecido honor de matarlo por el hoyo de las agujas. Y
hubo clamorosa petición de oreja que la presidencia, tan magnánima otras tardes, no
concedió.
La Maestranza será muy sensible pero tiene un palco y una empresa propios de las
plazas de talanqueras. Un torero gravemente herido víctima de su pundonor, otro que
acababa de firmar una emotiva faena, y a ninguno de los dos les servía para nada.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. Miura entiende a Miura
Eduardo Dávila Miura fue el más destacado ante los legendarios toros de su familia
El Miura torero entendió al ganado de Zahariche. No en vano Eduardo Dávila fue el más
destacado de la distinta tarde de Miura. Una tarde que comenzó a ser diferente por la
certera cornada que el segundo toro le propinó a Domingo Valderrama nada más abrirse de
capa, y que lo fue también -a las duras miuradas de otro tiempo, quiero decir- porque el
ganado no estuvo sobrado de fuerza y no creó tantas complicaciones como otras veces.
Dávila se destacó ayer porque, como declaró poco después de decidir hacer este gesto,
no demostró tanta psicosis delante de ellos como, por ejemplo, se le notó a Miguel
Rodríguez, a quien su permanente mosqueo no le permitió acoplarse y sacar más partido
de uno de los toros nobles y toreables de la corrida: el cuarto.
Dávila se sobrepuso muy bien a la desagradable impresión que dejó en la plaza la
cornada de Valderrama y se mostró muy dispuesto con el primero de su lote. Ese tercero,
que bajó en cuanto a presencia en relación a los dos anteriores, se había desplazado
bastante chochón en la brega, de modo que a Eduardo le pareció toro de triunfo y lo
brindó. En las dos primeras series el toro se vino, pero apretó en su embestida y al
torero le tocó tragar. Lo hizo sin enmienda alguna y pese a la constante molestia del
viento. Pero cuando la faena comenzaba a entonarse, el toro se vio vencido y se rajó.
Ahí se acabó una faena que el público ovacionó.
Hasta llegar a ese punto habían pasado ya algunas cosas. Entre ellas, el jarro de agua
fría de la cornada de Valderrama. Minutos antes, Miguel Rodríguez había estado
precavido en el toro que abrió plaza y no pasó nada. De modo que Domingo quiso calentar
quedándose quieto en el recibo de capa pese a que el toro le había apretado por los dos
pitones. Este miura, que luego resultó ser el más complicado de la corrida, pasó del
amago al golpe de pitón y corneó a Valderrama. Un reguero de sangre iba dejando el
torero en su camino a la enfermería. La cornada daba mala espina, una impresión que
quedó corroborada por el pronóstico de los médicos: muy grave.
En ese toro Miguel Rodríguez estuvo justificado en sus precauciones porque el animal, que
tenía cara de listo, apretó por los dos pitones y se frenó en sus embestidas. Pero no
sucedió lo mismo en el cuarto. Este animal fue ovacionado en el arrastre por comportarse
con nobleza en la muleta, ovación que no le dedicaron luego al torero. La gente había
entendido que Miguel Rodríguez no había sacado el partido oportuno a un toro se se dejó
dar muchos muletazos, sin que nunca el torero se rompiera en ninguno de ellos. A
Rodríguez le faltó exponer, dar ese paso adelante que conduce al triunfo, y de ahí el
descontento manifestado por la gente.
La tarde quedaba, pues, en las manos de Dávila Miura. Quinto y sexto eran todos suyos,
pero el torero tuvo que superar un nuevo escollo: la doble devolución del quinto. Fue
completamente desacertado el pañuelazo verde que mandó a corrales al titular de Miura,
ya que el toro no estaba tan mermado como el presidente lo vio y se recuperó bien. En esa
devolución transcurrió un tiempo precioso en el que pasó de todo: desde la presencia de
un espontáneo con muchas ganas de torear, hasta el certero puntillazo con el que Lebrija
-héroe de la tarde que fue obligado a saludar desde el tercio- acabó con el calvario de
una devolución insoportable.
Salió el sobrero y otra vez fue devuelto -ahora con razón, pero tarde- por su flojedad,
de modo que al cabo del tiempo Dávila se vio frente a un toro de José Ortega muy parado
que tampoco dio facilidades al torero. Dávila estuvo digno y reservó fuerzas para el
sexto, con el que llegarían los momentos más emotivos de la corrida. Este toro también
fue protestado y a punto estuvo de ser devuelto, pero afortunadamente se mantuvo en el
ruedo porque el animal, muy bien entendido por el joven torero de la casa, sirvió para el
triunfo del torero. Un triunfo que tuvo que ser moral y no material por la incompetencia
del presidente, que no supo medir las pulsaciones de la plaza y tampoco la importancia de
la faena. Da pena que haya tanta insensibilidad en el palco de la plaza más sensible del
mundo.
Dávila Miura tuvo algún problema cuando toreó a este toro -noble pero no tonto- por el
lado derecho, llegando el animal a echarle mano y a voltearlo en el inicio de un pase de
pecho. Sin embargo, Eduardo se repuso bien y le cogió el aire al toro por el pitón
izquierdo. Primero fueron muletazos de uno en uno, y luego hasta los ligó aguantando lo
suyo. Fue una actuación importante rematada de pinchazo y estocada. El toro tardó en
caer y enfrió un poco el ambiente, pero pese a ello la petición fue mayoritaria. Todos
querían que Dávila triunfara. Todos menos Teja, qué se le va a hacer.
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