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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del  24 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de El Torero  (difíciles excepto el 2º y el 4º)
Diestros: 

  • Litri: media estocada (silencio); estocada tendida (palmas). De azul marino y oro
  • Enrique Ponce: tres pinchazos, media estocada, tres descabellos (saludo desde el tercio); estocada tendida (una oreja). De Azul celeste y oro
  • El Cordobés: estocada en su sitio, descabello (palmas); dos pinchazos, descabello (palmas). De verde oscuro y oro

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron: Antonio Pérez, "El Pere", de la cuadrilla de El Cordobés

Presidente: Francisco Teja

Incidencias:  -

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: soleado

Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, El Correo de Andalucía


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. «Tenéis lo que queréis»

Se le oyó decir a un sevillano: "Tenéis lo que queréis". Y miraba al público de sombra, el que está por debajo de la zona cercana a los palcos del Príncipe, del presidente, de los maestrantes, todo eso. No se dirigía a todos, desde luego. Y él mismo se excluía. Iba para esos cursis que confundiendo el señorío con la tontería han conseguido darle a la Maestranza un carácter conformista y convertirla en un coladero.

Y así puede ser que se lleven más de cien toros rechazados en los reconocimientos por falta de trapío, astas sospechosas, debilidad y otros males, porque el taurinismo manda y un reducido club de ganaderos desvergonzados le hace el juego para llevárselo crudo. Que salte a la arena auténtica basura, como fue el caso de esta corrida indecente; que la invalidez del ganado se dé por buena; que la suerte de varas le traiga a la gente absolutamente sin cuidado; que la prueba de la bravura sea una asignatura absolutamente desconocida. Y de ahí en adelante, pues lo artístico también entra en este cúmulo de despropósitos. Y los pares de banderillas se aplauden todos. Y cualquier diestro puede ser aclamado por tres tandas de derechazos instrumentadas a todo correr.

De todo cuanto dicho hubo en la tarde de marras. Tarde de toros sin toros. Tarde interminable perdida en un inmenso bostezo, sólo para que de repente un diestro con oficio se ponga como una moto, cuaje tres tandas de derechazos supersónicos y le den la oreja.

El toro importaba menos. El toro no importaba absolutamente nada. Salía el toro, era una ruina y había que esperar a que algún torero hiciera algo. Por ejemplo, pegar unos capotazos largando tela, y se coreaban con olés. Por ejemplo, unos derechazos inconexos y volvían los olés otra vez. No exactamente olés. El público de la Maestranza de toda la vida decía unos olés con cierto tono de jipío; ¡óle!, que era exclamación salida del alma porque le había conmovido el lance inspirado de un artista. Ahora ya no hay ¡óles!, quizá porque el artista no existe y la inspiración es una entelequia. Y lo han sustituido por el "¡Biééén!, con mucho arrastre de le é. Todo lance es biééén, y todo par de banderillas es biééén, y todo muletazo es biééén, así el lance sea largando tela —Litri, Ponce y El Cordobés son buen ejemplo— el par a cabeza pasada, trasero y oblicuo —a un peón le hicieron saludar por eso— el muletazo sin templanza ni reunión, embarcando con el pico de la muleta.

Se han pasado años los cursis impartiendo doctrina: a la Maestranza hay que llegar con paso quedo, saludar con elegancia, si gusta la corrida aplaudir, si disgusta no chistar, pues basta una mirada desaprobatoria. De manera que si sale un toro inútil que debería ser devuelto al corral el presidente no tiene otro remedio que bajar al tendido, meterse entre estos muñidores del espíritu de la Maestranza y mirarles a los ojitos.

La especie es una gran mentira, por supuesto. Porque en la Maestranza siempre gustó el toro, y se vigiló estrechamente el tercio de varas para medir su bravura, y se encendía en entusiasmo si era cierta, y aclamaba el toreo de arte, y menospreciaba la vulgaridad, y rechazaba el toreo burdo, el tremendista, el que caricaturizaban los toreros malos para la galería.

Algo vuelve. A medida que la Maestranza se llena de un público de paso, sólo curiosos y probablemente triunfalista, los verdaderos aficionados hacen oír su opinión, y no toleran el fraude, menos aún que pretendan tomarles el pelo los taurinos prepotentes, los toreros aprovechados, los ganaderos que se forran. Este año no se ha oído aquello de "¡Fuera, a Madrid!", cuando alguno se atrevía a protestar un toro impresentable. Este año, después del tamiz de los veterinarios que cumplen con su deber —más de un centenar de toros rechazados— otros los ha rechazado la afición y han sido devueltos al corral.

Lo que quedó era indecente pero por algo se empieza. Y a eso, Litri le pegó trapazos; El Cordobés intentó faenas encimistas tan breves como obligaban las nulas embestidas; Ponce se lució con sus derechazos.

Tuvo Ponce dos toros boyantes que aún parecieron más pues atesora oficio sobrado para encelar las embestidas más renuentes. Al primero de su lote llevaba seis minutos de faena cuando le ligó los derechazos, rápidos y bien conjuntados, que enardecieron al público, y luego lo dobló mediante ayudados largos de bonita estampa. En su segunda faena instrumentó tres corajudas tandas de derechazos, pasó después a los naturales y ya el toro, tundido y descastado, no podía embestir. Mató a la primera, le dieron la oreja y alguien dijo que había salvado la tarde.

Pero no salvó nada. La corrida fue un tostón, una vulgaridad y un fraude. Una falta de respeto a la afición y a la historia de la Maestranza por culpa de las arteras manipulaciones de unos cuantos cursis, tontos de remate.

Van 103

L. M, Sevilla
Nueva marca. La corrida anunciada ayer de El Torero se quedó de forma íntegra en los corrales. Ninguno de los 13 astados que pasaron por la inspección veterinaria consiguió el visto bueno. La empresa tuvo que acudir al hierro de Gabriel Rojas para completar el cartel. Es más, un burel de esta última divisa suspendió también el examen facultativo. S i a ello se añaden los dos toros devueltos durante la lidia, fueron 16 los animales que se quedaron sin llegar al tercio de muerte. La cifra total de toros no válidos hasta ahora llega de esta forma a 103. Un número significativamente superior a los 84 toros que han pisado el albero.

Por otra parte, El Juli se recupera de las heridas sufridas el pasado viernes cuando toreaba al que cerraba la tarde y cuya faena fue premiada con dos orejas. "Se encuentra bien. Con el cuello un poco dolorido, le han puesto un collarín, pero bien. Le han hecho unas radiografías y esperamos los resultados", dijo ayer la hermana del diestro a última hora de la tarde.

Por lo demás, Vicente Bejarano sustituye al matador de toros retirado Jesulín de Ubrique en la tradicional corrida de los guardiolas que se celebra mañana.


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla. Ponce: orgullo y cabeza

Acabaremos exigiendo a Enrique Ponce la torería que todavía guarda; acabaremos echando de menos a Joselito, del que María José García ha escrito un bello libro, una poética de la soledad, una filosofía del arte de torear y del desastre de vivir. Acabaremos deseando que Ponce atornille los pies en la arena y ligue como ha hecho en momentos de compromiso, y éste lo es, y mucho, para su carrera. Como hizo ayer en La Maestranza, -hermoso templo un poco desconcertado estos días-, donde sólo el infortunio con la espada le privó de un triunfo merecido: por la sincera consistencia de su faena; por los naturales muy lentos, muy templados, por los redondos extraídos con todo el alma y con sacacorchos a un toro manso y remiso que acabó entregado. Y por los forzados de pecho, y por el final de faena esplendoroso y solemne por bajo que no coronó la espada.

A este Ponce no es difícil aficionarse. Ayer Enrique Ponce demostró que el temple no es sólo adaptarse a la velocidad del toro, sino imponer a éste el propio ritmo, atemperar y suavizar su impulso hasta una lentitud armónica.

Acabaremos deseando cosas que hemos desdeñado y que pongan un poco de orden en la locura que recorre las plazas de Iberia. Y que ordenen, sobre todo, el sinsentido de considerar virtud en unos lo que refutamos como vicio y baldón en otros. De tal manera están las cosas que el desgraciado percance de una cornada, afortunadamente leve, mas innecesaria e inmaduramente consentida, vale dos orejas; quizá porque nos conmueve un chaval, un niño, un ciclón metido en peripecias inciertas y prematuras.

No es que la cornada sea un precio barato, es que son cosas distintas. Y desproporcionadas. Lo rastrero no es el análisis inevitable y necesario de una faena más que discutible, sino mercadear con la sangre y la emotividad de una circunstancia dramática.

No quería yo dejar pasar esta Feria de Abril sin dedicar un recuerdo a la memoria de Paco Apaolaza. Y no sé por qué se me ha ocurrido iniciarlo en esta crónica con el nombre de Joselito y de Ponce, toreros a los que Apaolaza tenía poco aprecio. Quizá porque el aguante estoico y frío de Ponce ayer me ha suscitado no sé qué extrañas concatenaciones. O la decisión con que en la raya caliente cuajó dos tandas de redondos al quinto; o la tercera serie en los medios, ésta pajareando ya un poco más, ligando menos; más el forzado de pecho, excelente y atracándose de toro.

Por la izquierda el toro se venía violento y Ponce aguantó, sobre todo en un parón de escalofrío al intentar un pase de pecho. Montó la espada, entró a morir y fulminó al de Gabriel Rojas, que por poco se lo lleva por delante en la agonía.

El manso cuarto, pregonao en banderillas, sacó temperamento en la muleta y El Litri enjaretó dos tandas de redondos verdaderamente emocionantes entre tarascadas y gañafones; lo cual justifica su paso por esta tarde. Fue heroico. Y la estocada, espléndida y arriba, casi fulminante. Esta justificación no logró alcanzarla El Cordobés, que no pudo superar la insuperable blandura, la insuperable mansedumbre de su lote.

Los veterinarios de La Maestranza se cargaron los toros de El Torero: unos, por falta de trapío; y otros, por falta de cuernos. Los culpables de esta escabechina de las reses de El Torero y de otras ganaderías ya se han encontrado: los veterinarios de La Maestranza a los que, dicen, hay que arrojar al Guadalquivir. De esas escabechinas pienso que hemos salido ganando: ayer, con lo de Gabriel Rojas áspero y manso, blando en ocasiones, pero con algunos toros muy temperamentales.

La cruzada antiveterinaria la ha encabezado desde las ondas un matador que tuvo fama y que, a veces, desciende al nivel de mayoral, con una frase memorable: «Es una pena que los buenos ganaderos no puedan traer a Sevilla su corrida por las exigencias de los veterinarios». Así, a golpe de verduguillo: urbi et orbi.


El Correo de Andalucía. JOSÉ ENRIQUE MORENO. Ponce da un paso más

El valenciano avanzó en su conquista de Sevilla y lavó la cara a una tarde baja de tono
Los cambios introducidos en el guión -la corrida de El Torero no pasó el reconocimiento y se cambió por una de Gabriel Rojas- no evitaron que la tarde pesara como el plomo, debido, sobre todo, a lo justa de raza y fuerza que salió la corrida sustituta. De no ser por Enrique Ponce, que ayer volvió a hacer de torero prestidigitador, la corrida hubiera sido una mala resaca de la del día anterior, en la que Julián López El Juli puso muy alto el nivel de entrega y redaños de la Feria.
Ponce le dio lustre a una tarde que se perdía irremediablemente con su proverbial capacidad torera. El valenciano dio un paso más en la conquista de la única plaza que aún se le resiste en el toreo, un paso trabajado y no exento de dificultad. Porque en Sevilla, ayer, no se vio más que una centésima parte de lo que es este torero, puesto que Ponce sólo pudo mostrar su superioridad en esta ocasión, muy limitado por la condición de sus toros que, con todo, fueron los que más se dejaron de la descastada corrida de Rojas. En este sentido se puede matizar. Cabe plantear la duda de si fueron realmente los toros los que se dejaron más, o si fueron las mágicas manos de Ponce las que los convirtieron en agua potable. Para dar a cada uno lo suyo, digamos que hubo un poco de todo. Lo importante es que el torero pudo salir con dos orejas ayer de la Maestranza si mata a su primero, en una actuación muy completa que ha supuesto un considerable avance en esa tortuosa relación del valenciano con esta Sevilla taurina que cada vez le acepta más.
Ponce sentó las bases de su disposición en un templado recibo a la verónica en el primero de su lote. La pena fue que este toro, que había apuntado clase en la embestida, fuera devuelto por su debilidad quizás con demasiada premura. Al sobrero no lo pudo torear con el capote Ponce, pero sí lo hizo con la muleta en una faena que tuvo dos fases. En la primera, Ponce amoldó la embestida del toro, que en principio iba y venía en oleadas. La fabricó. En la segunda, ya con la muleta en la mano izquierda, Ponce se lució y logró, más enfadado, que la faena rompiera. Sonó la música y todo fue por muy buen camino, pero el toro se agotó al sentirse podido. Todavía le quedaban a Ponce unos doblones en la manga, con los que adornó bellamente el final de la obra antes de fallar clamorosamente con los aceros y perder un posible trofeo.
Comoquiera que Enrique había notado la mejor receptividad del público a sus formas en ese primero de su lote, en el sexto se fue a brindar. Este animal, que se había mostrado orientadito en la brega, no fue fácil porque nunca remató sus viajes abajo, sino por encima del engaño. Pero Ponce lo entendió muy bien: lo llevó tapado en tres series ligadas por la derecha arrancando la música con su ligazón. Ponce dio pausas al toro para que el animal recuperara el aliento y aun así, el de Rojas no llegó a la quinta serie. También se agotó, como el otro, pero con la diferencia de que esta vez Ponce no se anduvo con titubeos y lo puso patas arriba de una estocada espectacular. La oreja fue el premio justo con el que Sevilla le hacía partícipe de su reconocimiento. "Se hace camino al andar", como dijo el poeta sevillano.
Por su parte, Litri no guardará muy buen recuerdo de su última tarde en la Feria de Abril. Seguro que el torero la había imaginado distinta, a lo mejor sin ese primer toro de su lote que lo puso en apuros por orientarse muy pronto, o quizás sin los pititos que le dedicaron algunos desde el tendido por lo breve que fue con él. Pero el cuarto, un sobrero que parecía que iba a ser peor por las cosas que hizo desde que salió al ruedo, le permitió arreglar un poco la cosa. Ese toro se emplazó en chiqueros y se comportó como manso integral en los primeros tercios. Sin embargo, cuando Litri se fue a plantarle cara con la muleta a la misma puerta de chiqueros, el toro rompió a embestir por el pitón derecho con no mala clase. Duró poco, eso sí, pero lo suficiente para dejar que Miguel salvara su imagen y recibiera una ovación tras matarlo de estocada desprendida.
A El Cordobés no le dejó ni su primero ni el sexto. Manuel Díaz se llevó el lote más parado de la tarde y no pudo dar ni un muletazo en condiciones. A su primero, un zambombo que ya se paró en la capa, encima lo castigaron mal y en exceso, de modo que se convirtió en un toro de mármol que permaneció inmóvil todo el tiempo. El sexto tuvo como principal problema la falta de fuerza. Este animal se desplomó cuando El Cordobés tiraba de él en la faena de muleta y ya no se recuperó, defendiéndose todo el tiempo ante la desesperación del torero, que lo había toreado con temple y compostura a la verónica en el recibo. Algo es algo, pero ¡qué poco...!
Qué le vamos a hacer: todos los días no se puede vibrar como lo hicimos con El Juli.

 

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