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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del  23 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Jandilla   (sosos, mansos, con dificultad)
Diestros: 

  • Curro Romero pinchazo,estocada desprendida y atravesada (municipal), cuatro descabellos (silencio); media trasera (silencio). De verde turquesa y oro
  • Enrique Ponce estocada en su sitio,rueda sin puntilla (algunas palmas); estocada delantera (algunas palmas). De grana y oro
  • El Juli pinchazo, estocada tendida (oreja y vuelta); resulta cogido, estocada en su sitio (dos orejas). De rosa palo y oro

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron:  El Juli en su segundo toro

Presidente: Gabriel Fernández Rey

IncidenciasEl matador de toros  El Juli resultó cogido durante la lidia del último toro de la tarde, aunque ello no le impidio culminar la lidia. El parte médico señala  "herida por asta de toro en cara anterior de muslo izquierdo con dos trayectorias: una hacia afuera de 6 cm, que interesa piel y tejido celular; y otra con trayectoria hacia afuera que rompe venas superficiales, en una extensión de 8 cm, que llega hasta cara externa. Se interviene bajo anestesia epidural. Pronóstico menos grave".

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: soleado

Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, El Correo de Andalucía


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. Edición del 24 de abril. Un volcán de valor y torería

Una conmoción fue El Juli; un volcán de valor y torería, que acabó pagando con sangre. La cogida -que se veía venir-, llegó cuando muleteaba al sexto toro en medio de un inmenso clamor. Llegó la cogida, aparatosa, tremenda; y la cornada, que afortunadamente no resultó tan grave como se temía.

El toro le enganchó al porfiar un pase de pecho y apenas caía al suelo le volteó otra vez con peor saña. El roto sanguinolento de la taleguilla delataba la herida, que El Juli ni se miró. Y volvió a la cara del toro. Y le ligó pases en redondo impecables. Y le cuadró rápido para tumbarlo de una estocada hasta la bola.

Los tendidos de la Maestranza se cuajaron entonces de pañuelos, las dos orejas que concedió el presidente parecían insuficientes y parte del público pedía el rabo también. Hubo gritos de "¡Torero!", mientras las asistencias levantaban a El Juli en brazos y se lo llevaban apresuradamente a la enfermería.

La Puerta del Príncipe estaba abierta de par en par. La Puerta del Príncipe era el símbolo del honor y la gloria que había ganado el torero lance a lance, pase a pase, con su generosa entrega, con su valor sin cuento, con su acendrada torería.

Dio la sensación de que El Juli se había llegado a la Maestranza a merendar. Entiéndase la metáfora: a merendarse las figuras. Y -ñam, ñam- se las engulló enteras, las hizo desaparecer del mapa. Qué bochorno, las dos figuras; qué exhibición de incompetencia. Digamos de Curro Romero que dio un sainete; digamos de Enrique Ponce que intentó colar de matute su desaforado pegapasismo y acabó sumido en el mayor de los ridículos.

Curro, que andaba por la gloria, bajó para hacerse el humano y acabó ofreciendo una versión lamentable de las limitaciones y las miserias propias del ser terrenal. Precavido, azaroso, perdida la compostura y ajeno a la dignidad torera, trapaceó sin decoro y mató de infamantes puñaladas.

El primer toro de poco le atrapa en pleno trapacear y escapó del achuchón mediante un descontrolado perneo. Luego lo atravesó de parte a parte. Al cuarto, que era una piltrafa, le fingió unos someros apuntes de toreo fino y lo tumbó de cruel golletazo. Son modos absolutamente intolerables, por supuesto, que en cualquier plaza habrían provocado un conflicto de orden público, pero la Maestranza prefirió callar y se marcó una de disimulo.

Tampoco le manifestaron a Enrique Ponce el rechazo que producía su toreo adocenado y ventajista. Algún pitido aislado, algún murmullo... y después el silencio. Quizá el silencio sea lo peor, si -como era el caso- expresa indiferencia o desdén. Y no era para menos. A un torillo que sacó cierta viveza Enrique Ponce le quiso dar los derechazos y pudo apreciarse que no podía con él. Hablando en plata: al genio del toro correspondía poniendo pies en polvorosa.

Al quinto de la tarde, de hermosa cabeza pero asardinado palmito y aborregado temperamento, le pegó corriendo los derechazos, sin mando los naturales, y vistas las capacidades del artista parte del público le pidió que terminara de una vez, por favor.

Venía a continuación El Juli, otra disposición, otro concepto del arte de torear. El Juli lanceó a la verónica, entró a quites, se empleó a fondo en las faenas de muleta, y cada una de sus intervenciones constituía un motivo de asombro, un sobresalto, un desgarrado grito de angustia por la hondura con que ejecutaba las suertes, por la espontaneidad con que resolvía las situaciones comprometidas, por el aguante con que se pasaba los pitones rozando los alamares, por la serenidad con que consentía los derrotes.

Banderilleó al sexto toro El Juli y lo hizo rápido y seguro: tres pares distintos, bien reunidos y ejecutados. Su actuación en la Maestranza iba de alarde. Decimos como un volcán, y acaso no haya otra forma de expresar la intensidad con que derramaba el valor y la torería.

Una exposición acabada del toreo en sus variadas gamas pretendía desgranar El Juli, no importaba si había de ser atropellando la razón. Hubo naturales extraordinarios en su primera faena, redondos de similar factura en la segunda. Impresionantes estatuarios en ambas, que pusieron boca abajo la plaza. Trincherilas a derechas o a izquierdas. Molinetes improvisados. Recursos toreros vistos rara vez, que había sacado de las tauromaquias añejas.

Y, naturalmente, los pases de pecho clásicos, fuera o no oportuna su ejecución. El sexto toro se quedaba en la suerte y ante la tenaz porfía de El Juli tiraba derrotes traicioneros. Quedaba con ellos avisado el diestro, qué duda cabe; pero volvió a insistir, y en una de esas fue cuando el toro le volteó con espeluznante saña.

No se crea que le arredró: dolorido, cojeando, ligó pases de nuevo, entró a matar en corto y por derecho; y sólo cuando vio doblar al toro accedió a que se lo llevaran las asistencias. Una prueba de valentía, un gesto de pundonor propio de los toreros auténticos.


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.Edición del 24 de abril. Cuiden a El Juli; de verdad

El Juli no salió por la Puerta del Príncipe porque el sexto le pegó una cornada. El Juli se mantuvo en el ruedo hasta acabar con el toro de una estocada. La cornada le quitó la fotografía bajo la Puerta del Príncipe. Si no mediara sangre por medio, me atrevería a decir que la gloria de la Puerta del Príncipe ya la había perdido: las dos orejas fueron un regalo de una plaza y un presidente impresionados por el volteretón. El derramamiento de sangre siempre es heroico, pero no siempre es, necesariamente, torero.

Por lo hecho hasta ese momento, El Juli, en una plaza de primera, apenas hubiera dado la vuelta al ruedo. El Juli se hizo coger por un acto irreflexivo de falta de madurez o de recursos; el toro se le quedó parado a pocos centímetros. Aguantó El Juli y el jandilla se limitó a alargar el cuello y echárselo a los lomos.

La corrida adquirió temperatura en el tercero. Pues no puede considerarse temperatura y tensión la espantada pánica de Curro Romero ni la voluntad terca de Enrique Ponce. Rafael El Gallo llegó a definir la espantá como una suerte torera de igual mérito que cualquier otra: con Romero no es necesario llegar a tanto. Por lo que se refiere al amor propio de Ponce, no está patentado, aunque es ya marca ineludible del poncismo.

Quite muy ceñido de El Juli. Tres estatuarios, con los que abrió faena en tablas, y una trinchera levantaron clamores.

Estatuarios

Estoy a punto de descubrir que el estatuario es un pase esencial del arte de torear; estábamos a punto de descubrir que los fundamentos del toreo radican en ese pase de escaso mando. Algunos naturales también levantaron clamores; y los hubo de buen corte. Pero las carreras, la rectificación de terreno, la pérdida de espacio propio, también levantaron olés y clamores.

O sea, que yo no sé qué se aplaudía más: si esos adornos pinturerísimos, de trincheras, molinetes un poco arrebujados y pases bellísimos del desprecio, o la celeridad que ponía El Juli en buscar nuevas posiciones porque no había mandado en el toro ni rematado el pase. César Jalón, Clarito, llamaba a esta técnica de torear urraquera, por la similitud con las carreras de la urraca, enigmático y acaparador pájaro. Hoy por hoy, El Juli está empezando a ser un torero urraquero. El pinchazo y la estocada defectuosa, ejecutada a ley, pusieron en las delicadas manos de El Juli el peludo y sanguinolento trofeo.

El Juli tiene desparpajo y una seguridad aplastante. El Juli va a vivir holgadamente de esto y va a mandar en esto. De hecho, El Juli ya está mandando. Quiero decir que, posiblemente, El Juli en dos, tres o más temporadas, puede manejar los resortes de la economía del negocio; pero los derroteros del arte puede que vayan a marcarlos otros. Es una duda que estoy dispuesto a rectificar en cualquier momento.

Puede marcarlos Morante de la Puebla si sigue tan motivado y sin concesiones a la pinturería epidérmica; José Tomás si... Bueno, no sé qué tendrá que ocurrir con José Tomás. De entrada, haberle marcado el año pasado con el marbete de «torero de época» es una puñalada trapera. El Juli es un Ponce con menos plasticidad y más alegre desparpajo, y no sé si con menos frialdad de cabeza.

Enrique Ponce es un caso complejo. Yo me aficioné a Ponce viéndole torear de chavalín. Luego me desaficioné. Y, por el momento, sigo desaficionado.

Mas reconozco que, cuando Enrique Ponce se para, su toreo es poderoso y bello. Además, ha demostrado que si hay que jugarse el mando del escalafón, puede con el toro duro y manso.

El caso de Curro Romero es más sencillo: o la perfección o el caos, la pasión o el desastre. Es una idea sagrada, lustral y patética del toreo: por lo que tiene de pasión sublime y por lo que sufre. Los curristas son una raza muy egoísta: ellos disfrutan incluso con la idea de cómo va a mecer Francisco Romero el capote o la muleta; mas no saben lo que esa felicidad suya le cuesta a Romero.

Lo que a estas horas conmueve Sevilla es la filfa de esa Puerta del Príncipe cerrada por una cornada sin ton ni son. Por eso hay que cuidar a El Juli. Los que tengan que cuidarlo. No se puede jugar con la suerte.


El Correo de Andalucía. JOSÉ ENRIQUE MORENO. El joven torero madrileño pagó con su sangre un triunfo de Puerta del Príncipe

Pasó lo que tenía que pasar. Lo del día anterior fue lo raro. Que no pase nada cuando El Juli está en un cartel es casi imposible, pero lo fue en su primera comparecencia. En la segunda -la de ayer- El Juli llenó la plaza y la tarde con su impresionante capacidad torera y la hizo levantarse de sus asientos durante una actuación que pudo haber terminado con una salida triunfal por la Puerta del Príncipe. No fue así porque El Juli se dejó coger por el sexto en un derroche de entrega y de raza torera que conmocionó a la plaza y provocó la escena con más carga emotiva de lo que va de Feria. El Juli reivindicó la verdad de la fiesta de los toros.
El Juli sabía que en aquel parón que le pegó el sexto por el lado izquierdo estaba la cornada. Era consciente de ello, pero también de que ahí precisamente residía el triunfo. El toro se había aplomado después de un precioso comienzo por alto y una serie ligada a la que embistió con transmisión, por lo que -a partir de ese momento- el torero tuvo que emplearse a fondo, dejando que los pitones le rozaran los muslos mientras él insistía en su impresionante quietud. Cuando se echó la muleta a la izquierda, la cicatera embestida del animal lo dejó colocado en una situación en la que o había retirada a tiempo por parte del torero, o había cornada. Y como Julián no se quitó, muy consciente de que ese renuncio podía mellar el alto prestigio conseguido durante toda la tarde, llegó el percance. El torero, que cayó muy mal, se levantó herido, pero su mirada no era la del dolor, ni siquiera la del miedo. Su mirada era la determinación personificada: en sus ojos brillaba el triunfo. Por eso apartó a todos los que querían llevarle a la enfermería y siguió toreando. Un redondel de sangre manchaba la taleguilla en la parte superior del muslo izquierdo. Pero el torero no se miraba. Cuando cogió la espada se fue tras ella con rabia. El Juli, clarividente como pocos toreros, sabía que tras ese espadazo latía el corazón de la Puerta del Príncipe, una gloria que se ganó, pero que no pudo saborear porque sus compañeros se lo llevaron a la enfermería.
Y no piensen en sensiblería cuando echen un vistazo al balance de la tarde. El triunfo del Juli, su Puerta del Príncipe lograda pero no consumada, se hubiera producido de todas formas. Desde luego que fue más puro así, con la sangre derramada, pero el torero había hecho méritos suficientes a lo largo de la tarde para descerrojar esa puerta soñada que da al Paseo de Colón. Empecemos por contabilizar sus quites: hizo uno a cada toro de Ponce y otro a cada uno de los suyos. En el primero sentó las bases de su quietud, y en los de los toros de su lote dio paso a la variedad.
Pero centrémonos ahora en sus dos toros. El primero no le dejó apenas lucirse con el capote de salida y el viento descompuso un quite de los surtidos: tafallera para echarse el capote a la espalda, caleserina y fregolina. En la muleta el jandilla Jurista se dejó hacer. El Juli comenzó con cuatro estatuarios impresionantes y dos pases de desprecio de preciosa factura. En esta faena hubo toreo ligado y bueno, pero sobre todo capacidad de improvisar en la cara y dejar detalles de muchísima calidad. En el toreo al natural, Julián se pasó los pitones muy cerca y toreó con verdad de frente a pies juntos, amarrando de esta forma un triunfo que no impidió un pinchazo previo a una estocada. El Juli paseó la primera oreja. Ya tenía la llave de la Puerta del Príncipe en su mano, pero había que rematar.
Lo hizo cuajando con el capote al sexto en buenos lances por el pitón izquierdo y en un galleo por chicuelinas que puso de manifiesto la soltura lidiadora del joven torero; mostrándose sobrado con las banderillas, y dejándose matar en la faena de muleta. ¿Quien da más? El Juli fue ayer un torero total en la Maestranza, tanto que ésta no tuvo más remedio que rendirse ante la capacidad, los arrestos, el arte y la entrega de este superdotado del toreo. Ayer fue su tarde de demostrar, en otra ocasión disfrutará de sus triunfos. Habrán más puertas del Príncipe. Seguro.
La tarde fue tan suya que apenas dejó espacio para nada más. Curro Romero y Ponce, a los que dicho sea de paso no le ayudaron los descastados y poco colaboradores toros de Jandilla, fueron simples testigos del triunfo del nuevo genio del toreo. Era una quimera que el Romero de ayer se pareciera al del sábado. Volvió a ser Romero, con razón en su complicado primero, pero sin ella en el noble cuarto al que mandó matar en el caballo. De igual forma, cada vez parece más difícil que Ponce tenga suerte en Sevilla. Ayer no la tuvo porque su primero se orientó muy pronto -aunque Ponce no lo enseñó lo suficiente- y el segundo de su lote fue un toro descastado que rompió cualquier intento de emocionar por parte del torero. Menos mal que el Juli lo arregló.

 

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