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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 21 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros, de Carmen Borrero el 1º, de
Daniel Ruiz el
2º, 3º, 4º, 5º y 6º, y de Antonio
Ordoñez los dos sobreros. Mansos, sin movilidad y peligrosos
Diestros:
- Juan Mora. Pinchazo, más de media
estocada (silencio); estocada en su sitio (silencio). De azul celeste y oro
- José Tomás. Tres pinchazos,
aviso, dos pinchazos, tres descabellos (silencio); estocada caida, delantera y tendida
(saludo desde el tercio). De verde manzana y oro
- Morante de la Puebla. Estocada
tendida y delantera (aplausos); más de media estocada bien señalada (saludo desde el
tercio). De blanco y plata
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron:
Presidente: Juan Murillo
Incidencias:
El tercer toro de la tarde y el primer sobrero fueron devueltos a los corrales, el
primero por inflamación ocular, el segundo por cojera manifiesta.
La Autoridad toma muestras biológicas de las reses 3ª y 6ª en el orden de lidia para
su análisis en el laboratorio competente
Entrada: hasta la bandera
Tiempo: sol, nubes y viento
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, El Correo de Andalucía
El País. JOAQUÍN
VIDAL, Sevilla. Edición del 22 de abril.
Un toro devuelto porque sí
Al tercer toro, único con trapío
y fortaleza de la corrida, el presidente lo mandó al corral porque sí. Nadie sabía la
razón y se constituyó una comisión rogatoria para preguntárselo. Había tiempo pues al
toro no le daba la gana regresar al corral. Debió sentirse ofendido. Eso de que le echen
a uno con cajas destempladas, con aquel cuerpo serrano capricho de las vacas que lucía, y
de haber estado embistiendo brioso, y de tomar tres varas supinas, y de amagar la cuarta,
y de no caerse ni una vez, constituye una afrenta intolerable, un atentado a la dignidad
bovina. Se entera la OTAN y bombardea el palco.
Hubo protestas inconcretas e inconexas. Como el toro tomó con genio los valientes
capotazos con que le había saludado Morante de la Puebla, y ése es comportamiento
inusual en el ganado que hoy se lleva, algunos listos se pusieron a especular: que si
salió cojo, que si estaba tuerto, que si se
había vuelto sordo. O sea que lo ponían verde. Y cada sugerencia promovía alguna
tímida manifestación de protesta. Y entonces fue el presidente y devolvió el toro al corral.
Lo de tuerto hizo mayor fortuna en los movimientos especulativos pero les contradecía
la evidencia. El toro tenía vista de lince. El toro lo veía todo. El toro lo primero que
vio fue a Curro Romero. Le bastó con echar una mirada al tendido y lo encontró de
inmediato en una tercera fila, acompañado de su mujer, intentando ocultarse tras unas
hermosas gafas de cristales negro-noche, ideales para vender cupones.
No se saludaron pues no habían sido presentados. Mas el toro tomó nota. Y en menos
tiempo del que dura un mujido se hizo cargo del estado de la cuestión: ahí el Faraón de
Camas, acá el joven Morante, aquella la cuadrilla y sus bregas, acullá el individuo del
castoreño, vara en ristre, que viene con las del beri.
Tres varas tomó el señor toro, las últimas por su cuenta, y el peonaje le cortaba el
camino para que no se arrancase a la cuarta cuando apareció en el palco el pañuelo
verde.
A lo mejor el presidente pensó que así no es. Que la fiesta actual no admite toros
enteros y verdaderos sino borregos descastados y febles. Y se puso en línea. Y todo
cuanto salió de los chiqueros tuvo esta condición. El presidente de la Maestranza, igual
ese que sus colegas, tiene una identificación plena con los taurinos, sus teorías, sus
borregos.
Al sobrero de Antonio Ordóñez, que estaba
tullido y lo protestó con indignación el público, tardó más en devolverlo. El segundo
sobrero padecía la misma invalidez pero ya se quedó, no por nada sino porque se llevaban
corridos sólo dos borregos y ya iba hora y media de función. Morante de la Puebla lo
muleteó afanoso, intercalando alguna pincelada torera.
El toro ha empezado a no importar a casi nadie en la Maestranza. Esta plaza cargada de
historia, que tenía a gala medir con exquisitez la armoniosa presencia de los toros y su
encastada bravura, se ha vuelto indiferente y
aplaudidora. A semejanza de otros cosos de menor raigambre lo que aquí importa es que los
banderilleros prendan palos, allá penas dónde; que los toreros peguen pases, no interesa
cómo.
Juan Mora los dio adoptando aires pintureros que no podían disimular la vulgaridad y
la destemplanza de su ejecución. Morante se fajó con el descastado sexto exprimiéndole
las escasas embestidas mediante naturales y
derechazos de arrojada porfía y un aderezo de pases de pecho, kikirikíes o
trincherillas, sin que finalmente nada de eso tuviera lucimiento porque el arte de torear,
con una burra, ni excita el gusto ni da color.
José Tomás se ponía prosopopéyico. Juntas las zapatillas la mayoría de las veces
-habrá quien diga en posición de firmes- hizo un inconcluso quite capote a la espalda; luego faenas tesoneras de monótono espesor ensayando la
suerte natural y la contraria, a derecha y a izquierda, sin que lograra, pese a la
indudable voluntad, ni acoplamiento ni reunión; ni templanza ni hondura. A su primer toro
lo mató a la última y escuchó un aviso. A su segundo, a la primera, lo que le valió
unos tenues aplausos de comprensión, y tuvo la ocurrencia de irse a recibirlos a los
puros medios, montera en mano, cual si la Maestranza se hubiera vuelta loca de entusiasmo.
Pero no estaba loca de entusiasmo la Maestranza, sino harta de los borregos, de los
inválidos, de los pegapases, de los presidentes absurdos, de las corridas que no se
acaban nunca, de ese insufrible aburrimiento.
El Mundo. JAVIER
VILLAN, Sevilla.Edición del 22 de abril. Vuelta a
la cruel normalidad
Esto de la banda de música en La Maestranza tiene bemoles; bemoles,
pero no criterio. Rompe a tocar y corta la faena cuando al señor Tristán le sale de los
bemoles. Y unos toreros salen más favorecidos que otros por los bemoles arbitrarios del
señor Tristán. En su exquisito libro sobre José Miguel Arroyo, Joselito, María José
García hace decir al madrileño que no le gusta la música acompañando una faena, que el
toreo hay que escucharlo y la música también: por separado. Bergamín habló de «la
callada música del toreo»; mas quien debiera estar callado por siempre jamás amén es
el señor Tristán y su banda. ¿Qué extraño poder es el que detenta el palco musical de
La Maestranza? No lo sé. Aunque, hoy por hoy, tiene más autoridad que el palco presidencial. A ver quién
es capaz de mandar los tres avisos reglamentarios al señor Tristán de la batuta.
Ayer la cosa no estuvo para músicas. Ayer, después de tres tardes de gloria, volvimos
a la cruda realidad. Por culpa de los toros. Se esperaba un duelo en la arena plana y
dorada de La Maestranza. Algunos creían que iba a dilucidarse un imaginario cetro de la
joven maestría, dos escuelas, dos ciudades enfrentadas: Morante de la Puebla y José
Tomás. En realidad, no se dilucidó nada. Salvo que queramos ver en la valentía de
Morante de la Puebla en el sexto -el único que se mantuvo precariamente en pie- un
triunfo. No hubo tal, aunque sí, vergüenza torera, ganas de alzarse sobre un pedestal y
tres tandas de redondos forzados y de mucho mérito. Con demasiada frecuencia se levantan
banderas y se exhiben patriotismos heridos en una plaza o en otra, singularmente por los
enamorados de La Maestranza. Esto del patriotismo torero -sean Las Ventas, o sea en La
Maestranza- es una forma menor de los patriotismos políticos. Pero con una
sentimentalidad común. Convendría reflexionar sobre ello y dejar de mentar fantasmas
colonizadores que sólo existen en algunas mentes de forofos y articulistas.
El presidente de la corrida de ayer, de cuyo nombre no quiero acordarme, devolvió el
tercer toro. ¿Por qué? No se cayó, no tenía síntomas de chute o de cogorza ni bailaba
sevillanas que, en un toro, aunque sea en La Maestranza, no es cosa muy torera. ¿Por qué
se devolvió?; no hacía caso de los capotes y
se iba al caballo tan pronto lo tenía a tiro. Parecía manso sin solución, aunque eso no
es motivo suficiente para devolver un toro. A lo peor, lo devolvieron por su querencia a
los caballos. La tendencia a la desaparición progresiva a la suerte de varas, quizá no puede tolerar eso.
Así que el señor presidente sacó el pañuelo verde. El de Daniel Ruiz se tomó su
venganza y permaneció en el ruedo más de un cuarto de hora sin hacer caso a los cabestros. Menos mal que el señor presidente
devolvió el sobrero de Ordóñez, éste con pleno merecimiento, pues era de pie quebrado
y andares cojitrancos. Entre devoluciones y parsimonia de los areneros, que parecen
orfebres de la arena, nos pusimos en las ocho de la tarde. Y salió otro inválido,
patético y lastimoso, y así hasta el final. Esta vez no se repitió el milagro: el toro
que cerraba plaza se rajó. Frenazo al entusiasmo. No puede decirse que Juan Mora, Morante
de la Puebla o José Tomás hayan fracasado. Fracasaron los toros y arrastraron a los
toreros.
Los toros de Daniel Ruiz, por otra parte, no fueron excepcionalmente malos. Fueron
normales, dentro de la normalidad codificada por el taurinismo militante. Fueron toros
descastados e inválidos que vemos casi todas las tardes. Lo que ocurre es que viene un
día, o dos o tres un bravo zalduendo y nos creemos que estamos en el mejor de los mundos.
Pero no es así. La normalidad de la cabaña brava está siendo lo que vimos ayer.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. Dura vuelta a la realidad
La baja raza del ganado impide que la terna siga la racha de triunfos de la Feria
Todo el mundo hablaba de ello en Sevilla. Los toros van muy bien, ¿no?, preguntaban por
todas partes. A lo que los afortunados que hemos asistido a todos los festejos
contestábamos con orgullo que sí, que menos mal, que para eso hemos tenido que soportar
otras veces tantas tardes de aburrimiento, de ganado descastado, de ayuno forzoso de toreo
y triunfos... Pero ya duraba mucho la racha, tanto que parecía demasiado. No podía ser
que saliéramos a triunfo por tarde, y ya el colmo fue que a una Puerta del Príncipe el
lunes le siguieran las dos orejas de Muñoz y la lograda por José Tomás en esa tarde de
martes de farolillos. Era como una provocación, igual que las 17 orejas que muestra el
balance de la temporada maestrante.
Pedir más era un atrevimiento, pero, tal y como iban las cosas, por pedir que no quedara.
Por eso mismo cuando llegó la décimotercera de abono -lagarto, lagarto- la gente se las
prometió felices. Por lo menos que se parezca la tarde en algo a las anteriores, pedían
los menos exigentes. Pero la tarde no se pareció casi en nada. Lejos de ello fue una dura
vuelta a la realidad, un choque frontal con el pan de casi todos los días. Y subrayo lo
de casi porque ya digo que este año no nos podemos quejar en Sevilla.
Pero maticemos y analicemos: La vuelta a la triste normalidad fue propiciada por una
corrida baja de raza de Daniel Ruiz, o, mejor, por cuatro toros de este hierro que
parecieron contagiar a los dos de otras ganaderías que aparecieron en primer y tercer
lugar. Pero la tarde también estuvo marcada por un tremendo parón sufrido en su
desarrollo por la doble devolución del tercero a corrales. La larga espera motivada por
la poca eficacia de los cabestros sumió a todos en un aburrimiento imposible de
solventar. Imposible, claro está, con el material que tuvieron delante los espadas.
Pero sigamos matizando. La devolución de ese tercero se debió, según los gestos de
Morante, a que el toro no veía por el ojo izquierdo. Sea como fuera, el toro no había
gustado a nadie por su violencia y fue protestado de inmediato por un público que quería
mejor material para el hijo predilecto. El presidente lo devolvió y abrió la puerta al
calvario de una lenta devolución. Cuando concluyó, salió el sobrero y resultó estar
cojo, por lo que hubo de ser devuelto. Entre unas cosas y otras, transcurrió media hora
hasta que Morante se las vio definitivamente con el primero de su lote. Una vez que lo
logró, Morante lo recibió bien a la verónica -lo mejor fue la media- y pudo apreciar
que tenía en sus manos un toro muy débil que protestaba ante cualquier esfuerzo. Morante
tiró bien de él en muletazos correctos al natural, pero carentes de emoción. El toro no
tenía chispa y acabó rajado.
Una historia similar le tocó vivir en el sexto. Morante le pudo al bravucón de Daniel
Ruiz en un poderoso recibo de capa y empezó de forma igualmente vibrante la faena de
muleta. Tanto que arrancó la música, que tuvo que parar cuando el toro hizo lo propio
después de la segunda serie diestra. Ahí acabó todo. Morante no pudo sumar ningún
trofeo a su cuenta particular. Y que conste que por su parte no quedó, ya que mostró la
misma disposición que el primer día.
El caso de José Tomás es muy parecido. En su primero sufrió la callada tortura del
viento. Se equivocó al comenzar la faena muy afuera y tuvo que cerrar al toro para dejar
tres series zurdas que tuvieron quietud, pero menos limpieza de lo esperado por el viento.
Cuando toreó con la muleta montada en la derecha dominó mejor el engaño y hubo más
limpieza, pero la faena no pudo remontar vuelo por la sosería del animal y, para colmo,
el de Galapagar no lo vio claro con los aceros.
El segundo de su lote hizo concebir esperanzas por su alegría y su buen son en la brega y
en banderillas, pero duró lo que duró una bella apertura de faena con ayudados por alto.
A partir de ahí perdió su brío y privó de emoción a la faena del madrileño.
Juan Mora tuvo esta vez el lote menos apto dentro del bajo nivel general de la corrida. Su
primero fue soso en extremo y sólo le dejó firmar un estático y estético recibo de
capa y algún que otros muletazo suelto antes de irse a tablas. Por cierto que en este
toro un quite de José Tomás, con gaoneras ceñidas, entonó por primera vez al público.
El cuarto fue uno de los toros más limitados por su poca fuerza. No pudo embestir en el
último tercio pese a simularse el castigo en varas. Mora tuvo que desistir muy pronto.
Visto lo visto se entiende que la gente saliera casi en desbandada de la plaza, buscando
la querencia del Real de la Feria. Y esta vez no para dar envidia al compañero de caseta
con una gran tarde de toros, sino para ahogar las penas en una copa de manzanilla.
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