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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del martes, 20 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Zalduendo (siete rechazados en el
reconocimiento), de escasa presencia, flojos, aborregados, excepto el 4º, con trapío y
de bravura y nobleza excepcionales. 6º, de Carmen
Borrero, escurrido, sin trapío, pastueño.
Diestros:
- Emilio Muñoz: estocada
descendida (bronca); estocada en su sitio (dos orejas). De nazareno y oro
- Rivera Ordoñez: pinchazo, media
estocada, aviso, dos descabellos (silencio);dos pinchazos, una estocada un poco
descendida, rueda sin puntilla (algunas palmas). De turquesa y oro
- José Tomás: tres pinchazos,
aviso, dos pinchazos, dos descabellos (silencio); estocada caida (oreja). De lila y oro
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron:
Presidente: Fernando Carrasco
Incidencias: -
Entrada: hasta la bandera
Tiempo: soleado
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, ABC y Diario de Andalucia
El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.Edición
del 21 de abril. Emilio Muñoz y el toro de Zalduendo
El toro y el torero. De repente se produjo la conjunción del toro bravo
y el torero bueno. Qué maravilla. Tiempo hace que no se veía este fenómeno cuya
síntesis es el toreo auténtico, la verdad de la fiesta.
El toro de Zalduendo: un guapo ejemplar, bravo en todos los tercios, boyante para cualquier suerte, noble hasta que exhaló el último suspiro.
Emilio Muñoz: el torero bueno, artífice puro de las reglas del arte, un temperamento
arrebatado cuya inspiración generaba una cascada de emociones.
Emilio Muñoz: un veterano ya de vuelta de tantas cosas que se daba perdido para la
fiesta; Zalduendo: una ganadería comercial, torifactoría de productos bobalicones,
antítesis de la casta brava.
Y resulta que con ellos surgió la sorpresa. Y la fiesta volvió a ser aquella que
apasionaba a los públicos, que los convertía en aficionados fieles y la veneraban comi
si se tratara de una religión.
El toro se arrancó de largo al caballo con enorme fijeza, lo estrelló contra las
tablas y lo derribó con estrépito. Recargó en el segundo encuentro metiendo los
riñones. Acudió recrecido al cite de los banderilleros, galopando con sostenida
templanza que facilitaba las reuniones. Y llegó noble y enterizo a la muleta...
Ahora se necesitaba la presencia de un torero cabal que supiera hacer honor a esa
nobleza. No es fácil encontrarlo. Los toros bravos descubren a los toreros malos, se
suele decir, y estos son lo que abundan. Claro que también engrandecen a los toreros
buenos. Y allí estaba Emilio Muñoz, a quien nadie va a enseñar este oficio; Emilio
Muñoz, que ha bebido, desde niño, en las fuentes del toreo clásico.
Y le salió la vena torera. Desde el primer muletazo le salió. Y a los pocos compases
ya estaba en el platillo ligando los naturales;
ligándolos de verdad, imprimiendo hondura en cada pase,abrochando las tandas mediante el
de pecho, que barría al bravo toro de cabeza a rabo. O con un fastuoso despliegue de
muletazos bellísimos, el molinete a izquierdas, el afarolado, la trincherilla, el pase de
pecho otra vez.
La antología del toreo desgranaba Emilio Muñoz, que mudó a los derechazos y los
instrumentó con relajada apostura y suave cadencia. Uno -ha de confesar- no quería
verlos. Para qué los derechazos. Quién sería el que los inventó; quién el impúdico
que los convirtió en toreo exclusivo, relegando arteramente la categoría del toreo
fundamental, que es por naturales.
El propio público intuía aquello. Y bajó la intensidad de las ovaciones, que
volvieron a encenderse cuando otra vez Emilio Muñoz se echó la muleta a la izquierda, y
se entregó en la suerte, y se pasó ceñido al toro, y seguramente fuera de sí -pues
estaba absorbido por el arte- perdió la mesura en los desplantes; como si hubiese enloquecido, como si se
hubiera emborrachado de torear...
El resto de la corrida fue lo de siempre. Ganado impresentable, borregos usurpando el
papel de toros. Pegapases... El propio Emilio Muñoz dio un sainete en el primero. Rivera
Ordóñez aburrió con su vulgaridad y sus derechazos. José Tomas estremeció la
Maestranza en un quite a la verónica, juntas
las zapatillas. Luego, en su primera faena de muleta, las juntaba también y ya era
demasiado juntar. Faena de unipases, ligazón ninguna, y ése no es el estilo de José
Tomás. Le enviaron un aviso, de poco dos.
Con el sexto volvió el José Tomás que todos conocemos y queremos. El José Tomás
que se trae a los toros toreados, que les carga la suerte. Y hubo pases, principalmente
derechazos, de enorme quietud y aterciopelada parsimonia. Pero también los hubo
destemplados, menudearon enganchones, sufrió un desarme...
Mató pronto y le dieron una oreja que, en realidad, fue una de tantas: no hará historia.
Rivera y Tomás se tomaban su tiempo; agotaron el que alcanza al aviso. Y ésta es mala
señal. Las faenas largas alguna carencia traen. Suele ser la de la hondura, la de la
verdad del toreo. La faena de Emilio Muñoz duró, en cambio, cuatro minutos. No hacía
falta más: cuatro minutos de toreo puro con un toro de excepcional bravura son
suficientes para alcanzar la gloria.
El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla
Edición del 21 de abril. Emilio Muñoz: cante grande
No hay que ponerse a malas con Emilio Muñoz cuando las cosas le salen
mal, porque luego pasa lo que pasó en el cuarto.
Retrasaba descaradamente la pierna en el primero, pero eso no tiene importancia: son
tiquismiquis y mariconadas de puristas. ¿No dicen que una estocada cuatro dedos arriba,
cuatro dedos abajo, es lo mismo?, pues igual con los terrenos paso alante o paso atrás.
Según esa filosofía, tanto da toro bravo y encastado, que toro manso y babosa.
Pues no. Parece que no da igual. Porque salió el cuarto toro de Zalduendo y, desde los
primeros trancos, evidenció clase, casta y bravura. Y, desde los primeros lances, Emilio Muñoz inundó La Maestranza del
hondo, denso y, a veces, excesivo perfume de azahar. Por el Guadalquivir, desde Triana,
volaban a La Maestranza bronces y duendes belmontinos. El toro se fue al caballo y por
poco lo voltea al callejón. Dos puyazos muy severos y la bravura del zalduendo
quedó intacta; dos pares soberanos de Curro Cruz la avivaron.
La faena de Emilio Muñoz, de principio a fin, maciza, intensa; desde los redondos
primeros hasta los naturales últimos que resumieron toda una tauromaquia del arte de torear con la izquierda:
cante grande, cante puro, cante desde las heridas del alma. Fue una mezcla de pasión y de
caligrafía limpia. De sentimiento y de perfección. Hubo naturales relajados,
lentísimos, completos; y hubo naturales arrebatados, aunque sin perder nunca ni el ritmo,
ni el temple ni el compás.
Hubo redondos de trazo suave y otros más recios, más largos, más eternos, bajando la
mano una enormidad. Y dándole al toro la cadera, la figura en escorzo y el corazón en la
muleta. Lo mejor, la concepción unitaria,
global de la faena. Una idea del toreo como sucesión necesaria de lances y de suertes, y
no como yuxtaposición de pases. Tras los ayudados por alto, Muñoz se tiró a matar
poniendo el alma en la espada. Buena estocada.
José Tomás, en el primer toro de Rivera, meció el capote, jugó los brazos, giró la cintura y
dibujó un quite por verónicas a pies juntos, que fue como el grito del silencio.
Cualquier cosa que hiciera después Rivera Ordóñez había de ser, necesariamente,
vulgar. La vulgaridad de Rivera no lo fue, sólo, por comparación con Tomás: lo fue por
sí misma, por derecho propio. Otro toque y otro tono tuvieron las verónicas de saludo al
tercero. Compás abierto, mucho vuelo, muy baja la mano de dentro y muy templada la de
fuera.
El de Zalduendo se paraba, manseaba, reculaba
y José Tomás empleaba más tiempo en preparar el muletazo que en consumarlo. Naturales
aislados, redondos aislados. Demasiados silencios entre pase y pase; magnífica
colocación, mas la pureza necesita, a veces, un poco de contaminación, un poco de
pasión. Muchos pinchazos. Y el toro de Zalduendo, manso total.
Coraje de Rivera Ordóñez en el quinto; Rivera tuvo el santo de espaldas y le tocó en
suerte el peor lote. La pasión que le había faltado en el tercero, la puso José Tomás
en el sexto. Sobre todo en las trincheras iniciales, los pases de pecho y los redondos
para sacarse el toro a los medios. Cuando comprendió que, si seguía bajándole la mano
tan drásticamente, el toro se le rompería del todo, la levantó un poco y le dio más
aire, le forzó menos. Por dos veces se arrancó la música y por dos veces el madrileño
se vio castigado con la interrupción y el silencio por salirle enganchada la muleta.
Si Tomás hubiera mantenido la temperatura de una tanda de naturales, de otra de
redondos y de algunos muletazos aislados, a estas horas estaríamos hablando de una faena
de clamor. Pero los banderazos, la bajada de tensión en el temple y algunos atropellos y
garabatos, emborronaron faenas mejor pensadas que ejecutadas en plenitud. Alcanzó una
oreja, tras una estocada ligeramente baja. La
tarde fue de Muñoz, aunque José Tomás dejó una marca de fábrica de muchos quilates.
ABC. Zabala de la Serna.
Sevilla. Edición del 21 de abril. Muñoz se reencontró con Belmonte
A la luz de los farolillos ha arrancado la Feria de Abril, que la feria
no es feria hasta que no se enciende el ferial. Faralaes y manzanilla, lujosos tiros y
enganches, flores y peinetas, luz y aire de Sevilla. Y, además, toreo del caro, toreo del
bueno: fueron Emilio Muñoz y José Tomás quienes lo hicieron. El trianero se reencontró
con su público, mientras que el diestro de Galapagar entró en la Maestranza con la
verdad de la pureza por delante.
Emilio Muñoz se reencontró con Sevilla durante la faena al sensacional
cuarto; Muñoz se reencontró con Belmonte y Triana; Emilio se reencontró. Y lo hizo
sobre la mano izquierda, desde una serie rítmica y acompañando el toreo con la cintura a
una última totalmente abelmontada, abandonadas las formas, quebrada la figura. Pero todo
desprendía aroma añejo. Qué bien sabe hacer el toreo Emilio Muñoz, retorcido o no.
Mejor cuando no, pero qué bien. Sobre la mano derecha, erguido entonces, intercaló una
tanda estupenda. Y antes, para rematar otra al natural, había alumbrado un farol, se
había enroscado en un molinete sobre la mano izquierda, puro Juan, puro Belmonte. Los
vídeos y las películas sepia no engañan, ahí están. El ejemplar de Zalduendo,
completísimo durante toda la lidia, entregó sus orejas a Muñoz con su larga y franca
embestida en el último tercio, a pesar de que la faena se desarrollara de la raya hacia
dentro. No sería justo omitir el importante papel del picador Francisco Peña o del
banderillero Curro Cruz con los palos. No fue óbice la estocada trasera y defectuosa para
la concesión de los dos apéndices, que estamos ya en plena Feria. Y cada cual que
celebre el reencuentro de Emilio con Juan como quiera. Desde luego, este que firma lo
hará con la alegría provocada por volver a ver a un torero bueno y personal.
Sin embargo, toda una lección de antitauromaquia había corrido a su
cargo ante el buen primero. Usó los trastos, tanto el capote como la muleta, siempre a la
defensiva. No se asentó, ni asentó las zapatillas, ni el ánimo, que ya lo haría ante
el cuarto, de cuya faena recordaremos muchos momentos, como un obligado de pecho que se
nos quedaba en el tintero.
¿Cuál es el misterio por el que se está imponiendo la moda de rematar
los lances de recibo con tres medias verónicas?
Tal vez Rivera Ordóñez podría explicarlo, a tenor del triple broche con que cerró la
corrientita salutación al cornalón segundo. De corriente no tendría nada el
templadísimo quite a pies juntos de José Tomás, prodigio de cadencia y lentitud,
incluida la media. Francisco Rivera inició por bajo la faena, ¿para someter qué?
Siguió por el pitón izquierdo, por donde su enemigo llevaba la cara a media altura y no
remataba el viaje. Más largo y humillado se desplazaba por el contrario. Dos tandas
diestras, siempre al hilo del pitón, no le
hicieron comprender al noble bovino, porque volvió a la zurda. ¿No había visto por
dónde fueron los mejores lances de José Tomás? Escuchó un aviso.
Espeso y vulgar como él solo estuvo Rivera Ordóñez con el manso y
noblote quinto, al que, por cierto, mató mal.
Excelentes verónicas
No culminó una sólida obra con el capote José Tomás ante el terciadito
tercero, y eso que dibujó excelentes verónicas de recibo. Justo fue el castigo en varas,
como justas eran las fuerzas del burel. Quitó
por chicuelinas el diestro de Galapagar: dos surgieron ceñidas, y espléndida la media.
Arrancó el último tramo por bajo ¿? Al natural continuó las siguientes tandas,
paradójicamente, con la constante de la intermitencia. No valía mucho, más bien nada,
el toro, que terminó por rajarse. Muy pesado y sin ningún sentido de la medida se
pondría entonces José Tomás, que se pasó de faena tres paradas. Manejó muy mal la
espada y escuchó un aviso. ¿No hay nadie que
le diga a los toreros desde el callejón cuando deben cortar las faenas? Antes lo había.
La cara lavada y las hechuras asardinadas del blando y noble sexto,
remiendo de Carmen Borrero, se tapaban por los pitones.
La faena discontinua de JoséTomás transcurrió marcada por la ligazón, por la buena
colocación, por la parsimonia de pasajes sublimes de mano muy baja y temple exquisito.
Lástima de algunos enganchones. Hubo muletazos, por uno y otro pitón, como carteles de
toros: de Despeñaperros para arriba también hay arte. Otra vez debió cortar un poquito
antes. Aunque la mano se le fue a los bajos a la hora de matar, cortó una oreja y entró
en Sevilla. .
FRANCISCO MATEOS. Edición
del 21 de abril de 1999.Emilio emerge con un gran toro
Parece que la Feria de Abril sigue enrachada. Y todos que nos alegramos
de ello. Casi todos los días sucede algo importante. Ayer le tocó a Emilio Muñoz el
gordo con el extraordinario cuarto astado de Zalduendo, al que desorejó. José Tomás
volvió a dejar sus excelentes maneras y cortó una oreja. Rivera Ordóñez, sin pena ni
gloria.
Desangelado con el capote en
el primero de Zalduendo estuvo Emilio Muñoz, a pesar que el toro se prestó a ello; sólo
destacó en las medias belmontinas. Pero supo a poco. En la faena de muleta se vio
desbordado, sin saber cómo plantear faena a un manejable animal. Pero el de Triana no
estaba por la labor, sin ánimo, sin decisión ni confianza. Una lástima por el toro.
Entró como un obús el cuarto al caballo de Juan Francisco Peña que
quedó semiderribado, aunque, a duras penas, siguió agarrándose arriba. Muy aplaudido el
piquero también en la segunda vara. También tremendamente alegre entró el toro en
banderillas, facilitando la emoción de un gran par de Curro Cruz. Jarabito, negro, de 579
kilos, número 82, era noble a más no poder, repitiendo, humillando, poniéndole el
triunfo en bandeja al trianero, que se inspiró y dejó una faena memorable, ya que
dibujó tandas por la izquierda extraordinarias, ligando con los de pecho, rematando con
afarolados y otros recortes del improvisado
repertorio de Emilio. Se sintió a gusto y cambio su ánimo, con una amplia sonrisa
mientras toreaba porque estaba disfrutando de verdad. La plaza crujió y el torero cuajó
una gran faena a un pedazo de toro, un toro bravo. Una locura. El mejor toro de la Feria,
que recordó a Pantalano de Jandilla que desorejó el pasado año Ortega Cano.
Precisamente otro veterano maestro fue el que ayer cuajó a este toro. Montó la espada
Emilio y enterró el acero, que quedó algo desprendido y trasero, tardando en morir.
Incluso con la espada dentro aún quiso embestir. Una oreja era segura, mientras que la
petición de la segunda no fue claramente mayoritaria, aunque se concedió. Lo que no se
entiende de ninguna forma es cómo el presidente Fernando Carrasco, que además es
veterinario, no premió al toro con la vuelta al ruedo, honores que se había más que
ganado. Exagerado queda el premio del torero en comparación con el racanero que se llevó
el toro. Demasiado torerista el palco y parte del público un amplio sector sí
solicitó la vuelta para el astado y muy poco torista.
El segundo de Zalduendo tenía poquitas fuerzas, aunque era noblote. En
el quite tras la segunda vara se pudo ver la calidad con el capote de José Tomás, al dar lances a pies juntos
de mano baja y con sentimiento. Rivera planteó una faena sobre el pitón derecho con
acusados altibajos. En conjunto le faltó acoplamiento, aunque es cierto que el toro
comenzó a pararse a mitad del muletazo por la escasez de fuerzas y no terminó de
humillar. De hecho, le costó trabajo meterle la mano con la espada porque el animal no
obedecía al cite de la muleta en la mano izquierda.
Noblón el quinto, con el que no se entendió Rivera, que anduvo
torpón, con muchos enganchones. Dio multitude
pases y pocos muletazos. Se puso, además, pesado. Pero se le fue el toro, como también
el anterior. Hombre, no es que fueran tan buenos como el extraordinario cuarto, pero sí
que estuvieron por encima de la labor de conjunto de Rivera. Mal con los aceros.
Aunque al tercero blandito le faltó continuidad en el
capote, José Tomás dejó chicuelinas y lances
de calidad, tanto en el saludo inicial como en el quite. El de Zalduendo se fue apagando
en la muleta; incluso queriéndose rajar. El diestro de Galapagar quiso aprovecharlo como
fuera, pero era casi una misión imposile, porque sólo podían ser de uno en uno y, por
tanto, faltó el fundamental y principal ingrediente, que es la emoción. No le ayudó el
toro, pero tampoco el torero estuvo fino al manejar los aceros, ya sea la espada o el estoque de cruceta.
Codicioso el último, de Cramen Borrero, humillando, aunque lo hizo
mejor José Tomás con tandas de derechazos de mano muy baja, enganchándolo por delante y
llevándolo muy empapado en la franela. Cuando se echó la muleta a la zurda le molestó
el viento y bajó el buen tono del trasteo. Pero el temple del madrileño templó hast al
viento. Qué forma de bajar la mano y de ligar. Un toreo para paladares exquisitos.
Estocada caída y una oreja.
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