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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 18 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Jose Luís Pereda y Joaquín Nuñez (complicados y con peligro)

Diestros: 

  • Emilio Muñoz, pinchazo y un descabello, (silencio); dos pinchazos y un descabello, (silencio).Azul marino y oro.
  • Jesulín de Ubrique, estocada caida,(palmas); media estocada en su sitio, rodó sin puntilla, saludó desde el tercio (palmas). Azul pavo y oro
  • Pepín Liria, estocada en su sitio (algunas palmas); estocada entera en su sitio (una oreja).Grana sucio y oro

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron: Curro Molina y Carmelo García de la cuadrilla de Jesulín de Ubrique

Presidente: Francisco Teja Delgado

Incidencias:  El banderillero Alejandro Escobar de la cuadrilla de Pepín Liria resultó cogido en la lidia del sexto con una cornada en el muslo derecho. Pronoxtico menos grave.

Entrada: casi lleno

Tiempo: soleado

Crónicas de la prensa: El Mundo, El PaísEl Correo de Andalucía y Diario de Andalucia


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.Edición del 19 de abril de1999. El purgatorio

De la tarde de gloria a la tarde infernal; eso decían por el tendido. Y no era para tanto: el purgatorio y gracias. Y además, a eso está ya acostumbrada la afición. Cada corrida es un purgatorio de toros inválidos o de pegapases pelmazos o todo a la vez. Y, si puede, la afición se agarra a un clavo ardiendo. Si por ejemplo va uno y cuaja tras pases, o un toro toma dos puyazos sin caerse, vale para decir que salvaron la tarde. Hay sus excepciones, por supuesto. Una de ellas fue el día que llovieron orejas en la Maestranza; el de la glorificación de Curro, Faraón de Camas, capricho del Baratillo, que está desde entonces sentado a la diestra de Dios Padre intentando explicarle cómo se da el kikirikí.

La tarde del día después la salvó Pepín Liria, quien contrastando con la pelmada que perpetraron sus colegas de terna, estuvo pundonoroso y valiente. Pepín Liria pechó con los dos únicos toros realmente dificultosos de la corrida, les plantó cara, les sacó faena a su manera y a uno de ellos, el de peor catadura, hasta le cortó la oreja.

El toro de la catadura peor había salido sexto y le cambió el carácter, para mal, al concluir el tercio de banderillas. Posiblemente le cambió porque le pegó una cornada a un peón. Toro que alcanza el bulto y hace presa, cuidado con él: ése ya sabe.

Una cornada seca le pegó el sexto toro al peón Alejandro Escobar cuando reunía un par de banderillas. Son las cornadas peores. Tira el toro contundente el derrote y si lleva buido el pitón puede entrar el cuerno hasta la mazorca. Es como una puñalada tabernaria. La suerte será que no afecte zonas vitales, y eso es lo que ocurrió, afortunadamente.

No está uno muy seguro de que hiciera bien Pepín Liria interviniendo en la brega del toro para ponérselo en suerte al peón Escobar. Presentaba el capote Ecijano II con ese propósito, el toro parecía no hacerle caso de momento y entonces Pepín Liria, que aguardaba la conclusión del tercio junto al burladero de capotes, se adelantó montera en mano, llamó la atención del toro y este se movió lo suficiente para encarar al banderillero.

No es así, avisado y encampanado -según quedó- como suelen querer al toro para la suerte los banderilleros, pero Alejandro Escobar lo aceptó y corrió de frente. Justo al reunir salió prendido, le giró el cuerpo sobre el pitón y cayó desmadejado e inerme. La sensación era de cornada seria, lo que desmintió el parte facultativo y pudo concluir la fiesta en paz.

En paz aunque no sin sobresaltos. El toro, al que recibió Pepín Liria a porta gayola, desarrollaba sentido y el diestro se fajaba con él por derechazos recrecido y fragoroso. Lo tumbó de una estocada y le dieron la oreja. El tercero también resultó incierto y lo muleteó con similar entrega, sin que tuviese entonces el mismo reconocimiento del público.

La gente cómo es. La gente a veces es según le dé. Por lo que pudo apreciarse le había dado por Emilio Muñoz, que es de la tierra, y le aplaudía lo poco que hiciera, pero no tuvo en el torero ninguna correspondencia. Al primer toro, porque se le coló una vez, lo liquidó de inmediato. La nobleza del cuarto sólo le sirvió para dar unas tandas a izquierdas y derechas sin ánimo ni templanza.

Vino luego Jesulín y pegó la paliza. Desde luego con el dócil segundo pero sobre todo con el flojo quinto, superviviente del hierro Núñez, que sacó una nobleza excepcional. Y estuvo siete minutos moliéndolo a derechazos, varios de excelente factura, el resto embarcando con el pico, la pierna contraria atrasada, pasándoselo por la lejanía. A los siete minutos, con el toro seguramente ya enfermo de derechazos, se le ocurrió echarse la muleta a la izquierda. A lo mejor lo hizo por cumplir, porque no dijeran que es manco. Y, claro, a ese cite el toro ya no embistió. De manera que rindió su vida y su encastada nobleza, sin que lo hubieran llegado a torear de verdad.

Criar el toro bravo para que caiga en manos de un vulgar pegapases debe de ser otro purgatorio. Igual que verlo allí, en el albero, embistiendo pronto, suave, humillado, sin tirar ni una sola cornada y comprobar que no le inspira nada al pegapases, ni le hace sentirse torero. De donde no hay no puede salir, dice la sabiduría popular... Quizá por eso la irrupción de Pepín Liria, su decisión, su valentía, su vergüenza profesional hicieron reaccionar a la Maestranza. Y se llevó una oreja; un trofeo bien ganado, importante y legítimo, del que puede sentirse orgulloso.


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.Edición del 19 de abril de 1999.El drama y el gladiador

Por si a alguien le quedaba alguna duda sobre la naturaleza pedernal y heroica de Pepín Liria, éste acaba de ganarse un respeto inmortal en el corazón de los aficionados.

Cuando a Pepín Liria lo cerquen las tinieblas de una tarde infortunada y el juicio no pueda ser tan elogioso, habrá que pensar en esta Feria de Abril, en la que demostró, sin aspavientos ni retóricas, su temple de gladiador y su angustioso sentido de la lidia. ¡Olé los toreros machos! Y decirse, luego, en esa posible tarde infortunada, ojo con Pepín Liria que es un gladiador, un guerrero, un torero de pelo en pecho.

Una gesta la de Pepín Liria en la que no caben lirismos, sino el drama: la tragedia que pudo ser y que fue en la seca cornada al banderillero Alejandro Escobar; el derrote al muslo que lo dejó encogido y ausente sobre el albero de La Maestranza.

Uno queda siempre impresionado, cuando sale el toro con todos sus malos atributos, por la crudeza de esta Fiesta. Pese a todo, la Fiesta es una purificación por la sangre, una poética cruel y trágica. La tragedia rondó ayer, siempre, sobre la cabeza de Liria y acabó posándose sobre el muslo de su banderillero.

Toda la corrida tiene sus momentos de depresión y sus momentos altos. Y, si no los tiene, mala cosa. La de ayer se desarrollaba llena de tedio, y algún que otro sobresalto, como una sucesión de momentos bajos, como una depresión continuada. Hasta que al filo de las ocho, Pepín Liria se fue al portón de chiqueros, se hincó de rodillas, aguantó la fragorosa embestida del núñezdelcuvillo, largó tela y se puso de pie para librar la batalla definitiva.

Estruendo

Allí fue el estruendo y el fragor: verónicas vibrantes y rápidas para frenar el vendaval; y las medias para frenarlo más. Aquella embestida colérica amenazaba con llevarse a Pepín Liria por delante y con desmontar los cimientos de La Maestranza. Pero La Maestranza está tan firme como las zapatillas de Liria en el albero.

Tras el percance de Escobar, el toro de Núñez del Cuvillo acentuó su siniestra condición. Y Pepín, su corazón de gladiador. Tragó lo indecible y lo intragable, mientras se pasaba el toro con abruptos derechazos; sorteaba gañafones, y las astas revoloteaban en torno a su cabeza como aspas furiosas de molino enloquecido. A punto estuvo Pepín Liria de zozobrar, al igual que en el tercero, de parecida condición. Quería ceñir el natural, mas lo natural para el torero no siempre es lo natural para el toro. Tiraba con pasión el redondo y los toros le hacían líneas quebradas, le ponían las agujas de sus cuernos en las proximidades del corbatín o en la femoral: torva y cruel ballestería indiscriminada. Cuando acertó con una estocada corta, las emociones se desataron y La Maestranza fue un volcán.

Directo al abdomen

Emilio Muñoz esquivó la cornada en un alarde de reflejos y tiró por la calle de enmedio. El núñez del cuvillo se le había ido directamente al abdomen. No hubo colada en el cuarto, hubo huida y cobarde retirada hacia las tablas. Tras una tanda de naturales en que pareció que el toro podía romper, fue el ánimo del trianero lo que se quebró.

Tantas cuantas veces intentaba Jesulín dar ritmo y cadencia al natural, el toro le atropellaba la muleta. Banderazo va y banderazo viene. En el centro del ruedo, Jesulín hizo menos garabatos en los redondos. No andaba muy fino Jesulín ni en este que no admitía exquisiteces, ni en el quinto, que era un inválido postrado. Y su cuadrilla -Curro Molina, Carmelo y Emilio Fernández- no cesaba de saludar. Y con todo merecimiento.

Toros ásperos, toros con finísimos puñales coronando su testa; una cornada; y el triunfo de un gladiador. Pareciera que lo de Pepín nada tiene que ver con los sones divinos de Romero anteayer. Pero es la misma Fiesta. Aunque algunos no lo crean.

Parte médico: Escobar fue atendido de una «cornada en la cara interna del tercio inferior del muslo derecho con dos orificios de entrada, uno que levanta un colgajo de piel y otro que rompe aponeurosis y fibras del músculo vasto interno en una extenión de 8 a 10 centímetros. Pronóstico menos grave».


 diarioandalucia.jpg (22376 bytes)  FRANCISCO MATEOS. Edición del 19 de abril 1999 Miedo por un bravo Liria

Dejando a un lado lo del sexto, no hubo toreo de capote. La suerte de varas pasó de puntillas, por más que un caballo se cayera –que es distinto que derribar–. En banderillas sí hubo algunos momentos destacados. Y faena, lo que se dice faena, salvo la última, no hubo ninguna. Tarde, pues, de escaso contenido. Todo, además, bajo la tremenda influencia de lo vivido la gloriosa tarde anterior; los aficionados más bien se dedicaban a hablar de la faena de Curro y las dos orejas cortadas que de lo que sucedía en el ruedo.

De nuevo se encontraron en los corrales de la Maestranza el presidente Francisco Teja y el representante de la divisa gaditana de Cuvillo, Álvaro Núñez. No deben entenderse muy bien; o, al menos, tienen conceptos bien distintos de lo que debe ser el trapío de un toro para Sevilla, porque si el año pasado ya tuvo problemas en los reconocimientos, este año ha ocurrido igual. En mayor grado incluso, porque en el 98 consiguió cinco toros aprobados, mientras que para ayer sólo pasaron el examen dos, ante las iras de los taurinos. Se completó la corrida con toros de Pereda, que lucieron defensas muy astifinas (esta divisa no tenía previsto torear en Sevilla).

Y pasó que lo único que pasó fue en el sexto, que recordaba, por su lámina, al número 63 de Sánchez Ybargüen, castaño también, muy armado y muy astifino, que lidió el mismo Liria en este ruedo hace dos temporadas en su corrida en solitario y tras la que abrió la Puerta del Prncipe. Lo recibió a portagayola para después enjaretarle vibrantes lances que remató con una media de rodillas. Quería arrancarle la oreja Pepín y dio instrucciones desde el tercio a sus banderilleros. Entró en el tercer par de banderillas Alejandro Escobar sin tener en suerte al toro. A la salida lo empitonó por el tercio medio interior del muslo derecho en una certera cornada. El boquete se vio grande, aunque no sangró abundantemente. Lo llevaron a la enfermería con celeridad.

Liria brindó al público y se jugó la vida; no la cornada, sino la vida. Áspero, pegajoso, mirón, reservón y no sé cuantos ingredientes más se pueden utilizar para describir el gran peligro de este animal de Pereda. Por la derecha le basó una faena titánica. Cuando tras una tanda Pepín se retiraba no era para dar sitio al animal, sino para poder respirar él, porque lo que debió pasar el bravo torero con esos pitones rozánoles una y otra vez las femorales y las sienes en los derrotes es para cortarle la respiración a cualquiera. Yo no sé él, pero desde arriba estuvimos casi todos en un tris del infarto. Ganó la batalla, una batalla que se sabía a muerte más que nunca. Estocada y una oreja arrancada a fuego. No podrá haber una oreja de tanta verdad en esta Feria.

Antes, el tercero, del hierro de Pereda, había esperado una barbaridad en banderillas. Estuvo tremendamente firme y serio con el reservón y mirón animal, con un peligro sordo de guasa. Por el derecho medio se los tragó; pero el izquierdo era imposible y se jugó limpiamente la cornada.

En quince minutos –las siete menos cuarto en el reloj– se había hecho el paseíllo, había salido e primer toro, se había lidiado y estaba ya en el desolladero. Fue Emilio Muñoz el encargado de tan ligera actuación, que se inhibió ante un astado sin contenido, que no hizo nada extraño hasta que llegó el quinto pase –no hubo muletazos– y el de Cuvillo se le coló de forma peligrosa, lo que terminó por amilanar a Emilio, que cogió la espada y lo pasaportó para ante el enfado de algún sector del público.

El cuarto dejó algún rayo de esperanza para la faena, cuando Emilio se estiró en dos o tres naturales y el toro respondió. Pero, descastado, cuando se conoció vencido, se rajó y derechito a tablas enfiló rumbo. Lo intentó sacar Emilio a los medios pero todo quedó en el intento al recular y rehusar toda pelea.

El toro tenía movilidad y seguía la muleta, aunque con molestos cabezazos y rebrincado. Jesulín se fue al cenro del ruedo –nada común en él– en los inicios de muleta, en donde se había emplazado el astado de Pereda. Jesús dio muletazos sin chispa, muchos enganchados, sin aprovechar la emoción y transmisión que tenía el animal, con un poso de casta que llegaba a los tendidos. No logró exprimirlo del todo.

El lidiado en quinto lugar tenía escasas fuerzas y ello hacía que no rematara los muletazos y se viniera abajo cuando intentaba el de Ubrique bajarle la mano. Bobalicón y noblote, justo de trapío, seguí el animal la muleta con un aborregamiento que apenas emocionaba. Jesús le dio muletazos, algunso estimables sobre la mano diestra, pero hubo poca emoción.


El Correo de Andalucía. JOSÉ ENRIQUE MORENO. Liria remata su Feria

Entregado y valiente, el torero murciano volvió a tocar pelo en la Maestranza
Otra vez la noticia surgió a última hora, en el sexto de la tarde. Noticia amarga para el banderillero Alejandro Escobar, corneado de forma espectacular, aunque por fortuna el percance no reviste gravedad; y algo más dulce para Pepín Liria, que remató su Feria particular cortándole una oreja al serio y agresivo toro Fiscal, de Pereda. Y se escribe arriba que sólo un poco más dulce porque el final fue feliz, pero no lo fue en absoluto el trago que condujo al corte de ese único trofeo de la tarde.
En efecto, Pepín lo pasó mal, muy mal, en ese toro. Peor que en su primero, que pese a tener también guasa reconcentrada, se fue negando paulatinamente a embestir, dejando al torero estar más desahogado -es un decir, claro- ante sus afilados pitones. Pepín fue, en definitiva, el más perjudicado por el baile de corrales que precedió a esta décima corrida del abono sevillano. Resulta que la mayoría de los toros de Núñez del Cuvillo fueron rechazados y que sólo quedaron dos tras la criba. Y resulta que, de esos dos, ninguno correspondió al torero murciano. En sustitución se trajeron toros onubenses de Pereda de afilados pitones y aviesas intenciones en su mayoría. Los peores de ellos fueron a parar a la muleta de Pepín, exigiéndole un esfuerzo importante en su última comparecencia ferial.
La importancia del torero radicó precisamente en no volverle la cara a un reto del que podía salir mal parado. Por ese riesgo latente -y a veces patente- que tuvieron sus dos faenas, nadie apartó de ellas la mirada. Había un torero jugándose la vida en el ruedo, en primer lugar con un toro pensante y encampanado que estuvo todo el tiempo a verlas venir. Pepín estuvo serio y firme en esa primera faena, tragándole al manso complicado que tenía delante, animal que le puso varias veces los pitones en la hombrera cuando el torero se echó la muleta a la mano izquierda. Esa vez, el reconocimiento del público quedó en una ovación; en el sexto llegaría la oreja.
A ese sexto se fue el torero a recibirlo a portagayola en un gesto definitivo de entrega hasta el final. Sabía Pepín que lo que había dentro era un toro muy serio por delante y quiso dar un golpe de efecto a una tarde que no había acabado de romper. Lo logró. Por primera vez la gente vibró de verdad en un trepidante recibo de capa que acabó con una media de rodillas. Liria logró así la adhesión total del público, que a partir de ahí le aplaudió en todos los detalles. Pero este sexto toro de Pereda -que lucía dos perchas afiladas como puñales- tampoco iba a ayudarle. Empeoró la condición del animal la cornada que le dio en banderillas a Alejandro Escobar. A partir de ese momento el toro Fiscal empezó a cazar moscas, por lo que la faena tuvo tintes de batalla. En ella, Liria se pasó muy cerca de los muslos los pitones de Fiscal, que rebañaban como guadañas, en series angustiosas. El torero impuso su mando a base de realizar un esfuerzo sobrehumano que le dejó exhausto.Tanto es así que, ni siquiera con la oreja en la mano, sonrió Pepín.
Otra de las lecturas positivas de la tarde fue la de ver a Jesulín más repuesto. Prueba de ello es que el torero de Ubrique hizo la faena más estética y dio los mejores muletazos de la tarde. La propició un toro muy justo de fuerza de Núñez del Cuvillo pero de gran calidad en la embestida. Un toro que supo ver Jesulín desde el principio y al que cuidó a base de temple -ayer sí estuvo templado el de Ubrique- hasta afianzarlo. Una vez que lo hizo, Jesulín irguió la planta, metió los riñones y se gustó en un par de series diestras que tuvieron empaque y ligazón, otra de las notas características del toreo de este hombre. Estos inspirados momentos ayudaron sin duda a mejorar la imagen decrépita que paseó Jesulín por su primera tarde sevillana. Fue faena de oreja -el burraco del Cuvillo agotó pronto su fuerza, que no su calidad- que Jesulín dejó en saludos con la espada.
En su primero, un toro áspero y temperamental en su embestida, Jesulín se limitó a aguantar el carbón del animal y sus constantes tornillazos. Por cierto que ayer Jesulín lidió a sus dos toros en las afueras -casi en los medios-, lo que en su caso es noticia y prueba de su mejor talante.
Por último, Emilio Muñoz fue breve en los dos toros de su lote. En el primero porque algo raro le vio al de Núñez del Cuvillo -el torero hizo gestos de que el cornúpeta no veía bien-, que efectivamente se le vino al pecho en el primer muletazo pese a que el torero lo tocó bien y a tiempo. En el cuarto, de Pereda, fue el animal quien forzó una faena de corta duración. Este toro se tragó una tanda de naturales -algunos de buen trazo- y a renglón seguido se rajó, impidiendo cualquier lucimiento posterior. Emilio no pudo aportar nada al desarrollo de una tarde que se vivió como una resaca de la anterior. Y es que no todo el monte es orégano.

 

 


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