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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 17 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Juan Pedro Domecq


Diestros: 

  • Curro Romero. Pinchazo, estocada delantera (vuelta); estocada entera caida (dos orejas y vuelta). Verde-turquesa y oro
  • Espartaco. Pinchazo, media estocada en su sitio (ovación);estocada en sus sitio un poco caida, rueda sin puntilla (dos orejas y vuelta). Nazareno oscuro y oro
  • Francisco Rivera. Estocada entera, en su sitio, fulminante, rueda sin puntilla (ovación); estocada en lo alto caidilla(oreja).Nazareno claro y oro

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron: Juán Manuel Fernandez Alcalareño de la cuadrilla de Curro Romero

Presidente: Juan Murillo

Incidencias: El banderillero Juán Currín de la cuadrilla de Espartaco sufre cogida, con posible rotura de costillas. Pronóstico menos grave

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: soleada

Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, ABC, El Correo de Andalucía y Diario de Andalucía. Acceso al artículo de Antonio Burgos: "El capote del árbol del amor"


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.Edición del 18 de abril. Curro Romero asciende a los cielos

Curro Romero ascendió a los cielos. Espartaco de poco también porque se encontraba en estado de gracia. Rivera Ordóñez iba para allá pero le dejaron a la espera haciendo méritos en el purgatorio. El ganadero no necesitaba subir ni bajar: estaba ya en la gloria, y la gente del toro se le acercaba por el callejón para cantarle aleluyas.

El público de la Maestranza tuvo una tarde feliz y, al salir, aún creía estar soñando: cinco orejas había concedido, aunque no consiguió las seis, mecachis en la mar; de ellas, dos para Curro Romero.

Curro con dos orejas: lo nunca visto, el acabose, la desconcatenación de los exorcismos. No paseó Curro esas dos orejas en su triunfal vuelta al ruedo. Se nota que no está acostumbrado y no sabe. Apenas las tuvo unos segundos en las manos. En cuanto las recibió del alguacilillo, sanguinolentas y peludas, las miró con aprehensión y las entregó a un subalterno.

Y empezó entonces la vuelta al ruedo triunfal, el ramito de romero oloroso en la mano, la expresión feliz, en medio de aquel clamor, de aquellos vítores y, al terminar, aún querían que diera otra.

Curro -por éstas que es verdad- había matado a la primera. Curro -por estas también- había hecho una faena larga, maciza, hermoseada mediante fugaces centelleos de inspiración. Había hecho una faena no se sabe a qué ni a quien. A un toro no. El toro no existía ni en la imaginación de sus más devotos.

Al primero de la tarde le había hecho asimismo faena llena de estampas toreras pintadas a pincel. Llega a matarlo pronto y le dan la oreja. Y entonces habríamos tenido el acontecimiento histórico de Curro Romero saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe.

A ese toro primero lo recibió Curro Romero por verónicas. Le dio lo menos veinte ganándole terreno hasta la boca de riego, con tanto empeño que se pasó y remató las medias verónicas más allá, cerca del portón de cuadrillas. Cierto que el toro se escupía en cada lance, pasaba a distancia, ajeno a la presencia del autor, y Curro podía estirarse a placer.

Otras verónicas resultaron aún mejores. Por ejemplo, las que instrumentó para recibir al fantasma de toro del éxito, superadas a continuación por otras tres que dio a manera de bis, dos de ellas y la media de antología.

La mínima expresión de la vida -un hálito, diríamos- era el toro imaginario y Curro le acarició por alto, le mimó por bajo, ejecutó unos redondos de cadencia sutil, embarcó relajado y apuesto, recreó trincherillas y kikirikíes, entonó kirieleisones, volvió a los naturales y al ver los dos últimos -el mando, el arte y la gracia en fusión nuclear- fue San Pedro y le entregó las llaves del cielo.

Unas cosa es Curro, otra todo lo demás de la Creación, pero la gente ya se sabe cómo es; vio el cielo abierto y por ahí ya se podía colar todo el mundo. Concluido el faenón de Curro entró Espartaco e hizo una faenita, al principio cuidando a la ficción de toro, que se derrumbaba; y le aclamaron. Vivir para ver: su anterior mentira de toro se caía igualmente y protestó el público, no aceptó que le hiciera faena.

Dos orejas venían cayendo y Espartaco se las ganó pegando derechazos. Una sola tanda de naturales le quedó de bajo nivel por lo que cambió raudo de mano y en ella fundamentó el triunfo. Toreaba no ya fuera cacho sino a la distancia que permite la longitud del brazo, encadenando los pases por la periferia a ritmo de noria, y cada vez que cerraba con el de pecho, prorrumpía la Maestranza en un delirante griterío. A veces se deslomaba el supuesto toro y quedaba rendido a los pies del lidiador, lo cual no era traba ni impedimento para que continuara, incluso recrecida, la manifestación de entusiasmo, el público puesto en pie.

Le correspondían a Rivera Ordóñez las dos siguientes orejas por derecho propio, hiciera lo que hiciese. Y lo que hizo consistió en repetir, derechazo arriba o abajo, su faena al falso tercer toro: naturales, pocos y vulgarcitos; derechazos, a docenas, distanciado y metiendo el pico de la muleta. Tardó el toro en morir y por este absurdo motivo el premio de las dos orejas quedó reducido a la mitad. No hay derecho pues la estocada estaba en su sitio. No tanto como la de Espartaco, que hundió por el hoyo de las agujas. Y mejoró con creces la de Curro,tendida, caída y feucha.

Claro que si Curro llega a matar por el hoyo de las agujas a lo mejor le mueve la silla a Dios Padre y provoca en los cielos una crisis. Lo de Curro es una cosa que no-se-pue-aguantá. Su fama -fantástica, contradictoria y estrambótica- hace creer a algunas gentes que nunca ha cortado dos orejas, que nunca conoció la gloria. Pero sí la conoce. Ha estado en la gloria muchas veces. Sólo que había bajado a merendar. Y ayer volvió a subir.


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla. Edición del 18 de abril. La novillada del milagro

La respuesta a los victorinos de anteayer, mansos, duros, peligrosos -y alguno que otro encastado de ley- no se ha hecho esperar mucho: los novillos dulces, inválidos e inocentes de Domecq.

Por ver torear a Curro Romero, yo me apunto hasta al carretón de entrenamiento. Mas las cosas como son: los novillejos de Juan Pedro Domecq tenían casta monjil, susurro de arcipreste bien merendado y bonanza apacible de canónigo. Aunque uno de ellos arrollara al peón Juan Currín y le diera una paliza.

Es un crimen sacar esas criaturas, los novillos de Juan Pedro, a una plaza de primera como La Maestranza. Y menos mal que los tres últimos del festejo se mantuvieron dolorosamente en pie. Ello trajo la recompensa de cinco orejas, cinco, a las orillas del Guadalquivir. Mejor así, palabra. Porque de haber seguido la rechifla que suscitó el primero de Juan Antonio Ruiz, Espartaco, aquello hubiera acabado mal.

La grada del cuatro pedía, respetuosamente, toros. Y por muy irresponsable que uno sea, no quiere ver motines en La Maestranza. Lo que uno quiere ver son toros.

Todo valió para el júbilo de Romero, la recuperación de Espartaco y el triunfo menor de Rivera Ordóñez, el Niño de la bomba. No sé si Rivera sigue pensando en ponerles a sus detractores goma-2 bajo el culo o si esta oreja le va a reconciliar con la afición de toda España. A quienes parecía que les habían puesto goma-2 en las patas y en el alma era a los juanpedros.

Pero hablemos de Romero y, si me apuran, hablemos también de Espartaco y de Rivera Ordóñez; hablemos de lo divino de uno y de lo humano del otro, hablemos de las campanas de júbilo que hoy repican en Sevilla por la vuelta al ruedo y las dos orejas de don Francisco.

Veterinarios

Milagro fue que esta novillada pasara el filtro de esos veterinarios tan exigentes, dicen algunos que están poniendo en peligro el equilibrio de la cabaña brava y el equilibrio artístico de La Maestranza.

Me aferro al milagro del capote y la muleta de Romero, a su marchosería, a sus desplantes, a un quiquiriquí maravilloso y a un trincherazo mágico. En el cuarto, Curro Romero consiguió lo imposible: ser sublime sin interrupción.

Ya digo que Romero, y sus 65 años, incluso con el carretón de entrenar: cada uno tiene sus mecanismos para activar la emoción y la melancolía. A lo mejor, es cosa de embrujo o del elixir de las maravillas; a lo mejor, es que la muleta y el capote de Romero algo tienen que ver con que esos torillos blandos, tontorrones y obedientes a la primera no se le caigan mientras se les desploman a los demás.

La figura, superior; el empaque, divino; el temple, cosa de magia; el aroma, embriagador. Pero reconozco que, en el primero, el capotillo de Curro Romero tuvo el toque de milagrería de coger al toro por el cuerno de dentro, mientras el otro, el de fuera, huérfano de capote, iba a su aire abandonado y solo. Eso es lo que se llama torear a medio toro. Y medios toros, por su puesto, eran los juanpedros.

En el cuarto de la tarde, en cambio, ya fue otra cosa: el mismo empaque, la misma armonía, el mismo soplo divino, mas cogiendo ya al toro por los dos cuernos, llevándolo en la panza del capote y de la muleta.

Curro Romero llegó a torear casi como en las fotos que Rafa Fernández expone en el Colón: una antología para los siglos presentes y venideros. Romero, en las fotos de Rafa, en sus más sublimes momentos.

Las orejas de Espartaco

Más milagro fueron las dos orejas de Espartaco. Y milagro absoluto que algunas intemperancias del juanpedro quinto, como un parón y cabezazos por agotamiento, revalorizaran ante el público su casta ovejuna y su condición utrera.

Espartaco toreó muy bien con el capote, templó en la muleta y mató de un estoconazo. Quizás algunos consideren agravio que, si Espartaco se llevó dos orejas, Francisco Rivera sólo se llevara una.

Yo en esas querellas ni entro ni salgo: me da igual una que ninguna. Me dan igual las dos, aunque celebro que un hombre como Espartaco que ha sufrido tanto en los quirófanos se recupere.

Lo que yo temo, después de esta tarde triunfan a orillas del Guadalquivir es que, al arrimo del soplo divino de Curro Romero, se consagre la virtud del medio toro, las excelencias de una tauromaquia apócrifa basada en la inocencia blandorra y despitonada del utrero. Porque la corrida de ayer, aunque noble, fue casquería, salvo que algún busto parlante de la tele diga lo contrario; y si lo dice, también.

Romero: «Me alimento de mi afición»

SEVILLA.- A pie, rodeado de curristas y de ramas de romero, abandonó el Faraón de Camas La Maestranza. Desde que logró los dos apéndices del cuarto de la tarde no se borró la sonrisa de su rostro. En el callejón, Curro Romero desgranaba las razones de su éxito de ayer: «Yo siempre digo lo mismo: a los toros que salgan y que obedezcan... Estoy terminando como empecé, al toro que me lo permite lo toreo despacio, con 14 o 15 pases». En tardes como ayer, el currismo cobró más sentido que nunca. Hasta los areneros del coso sevillano lucían en las solapas de sus chaquetillas al fin del festejo ramitas de romero. De la afición también se acordó Romero en uno de sus momentos más felices de las últimas temporadas: «Si sigo después de tantos años es porque me alimento de estos grandes aficionados que esperan tanto de mí y que, por suerte, todavía se lo puedo dar de vez en cuando». Además, Curro Romero lanzó un aviso a los presidentes, en alusión al cambio de tercio del cuarto toro con un solo puyazo. «Aplicar el Reglamento a rajatabla es jugar con la afición y con el éxito de un torero», dijo Romero. El Faraón de Camas hará el paseíllo una nueva tarde en esta Feria de Abril: el próximo 23, con Enrique Ponce y El Juli en el cartel (en directo, a través de Vía Digital).

El triunfo de Curro Romero impresionó a otro diestro que mantiene una relación muy especial con Sevilla, Espartaco. Antes de comenzar la faena del quinto toro, al que desorejó, Juan Antonio Ruiz reconocía la dificultad de volver a entusiasmar a la afición «después de lo que ha hecho el maestro Romero». Tras su faena, Espartaco se declaró «el hombre más feliz de la Tierra». Además, añadió que su triunfo supone «un premio al sacrificio por no venirme abajo». Al final de la corrida, los tres diestros se saludaron y, uno a uno, a pie, abandonaron el coso sevillano. En la calle los esperaron remolinos de aficionados ansiosos por palmear a los toreros.


ABC. Vicente Zabala de la Serna.Edición del 18 de abril . Curro Romero corta dos orejas en la Maestranza

¡Qué escándalo, qué alboroto!. Curro Romero acabó ayer con el cuadro en la Maestranza. Era la octava corrida de la Feria de Abril, histórica corrida. El Faraón de Camas bordó el toreo con el capote en sus dos toros. De salida, con el primero, marcó una senda, pasito a paso, hasta el mismo platillo, una vereda alfombrada de verónicas de seda, por lances durmientes que despertaban las más encendidas pasiones en los tendidos. Las luces del toreo siempre prenden en el alma. El escándalo era mayúsculo porque era el saludo y porque hace falta mucho valor para superar la boca de riego a los 65 años con un toro de salida y seguir soñando el toreo. Aquello desembocó en una media divina. Romero quitó a la verónica: brotó la media excelsa. Los lances previos no cimentaron en obras macizas como aquellos de la inolvidable salutación. El torito quedó ideal para el Faraón de Camas, que abrió faena templado y por alto. Hubo muletazos llenos de empaque y gracia, pero ninguno como los que conseguiría ante el cuarto, al que cortó las dos orejas.

Volvió a deleitar a la afición sevillana con el percal, con su pequeño capote. Y después se creció y dibujó dos naturales en diferentes tandas extraordinarias. Un ayudado por bajo fue a morir como un cartel de toros a sus pies, cerca de las espinillas. Inolvidable. También se sucedieron trincherillas y cambios de mano.

A la hora de matar, hundió la espada ligeramente desprendida, pero a la primera. La plaza estalló de júbilo. Tardó en morir el noble toro, cambiado por un puyazo. El Reglamento no existe para Romero. Cuando cayó, los tendidos se cubrieron de pañuelos. Y las dos orejas fueron a parar a sus manos.


diarioandalucia.jpg (22376 bytes). FRANCISCO MATEOS. Edición del 18 de abril 1999 Sublime Maestranza

¿Quién dijo que abrir cartel siempre es incómodo? Que si la gente está fría en el primer toro, pendientes de acomodarse en sus localidades, y sin prestar atención al ruedo, sin entrar en el calor del espectáculo. Que se lo pregunten a Curro. No son más que pamplinas de figuritas modernas que quieren buscar la comodidad hasta ese extremo. "Póngame usted, señor empresario, en segundo lugar, que en el primero la gente está muy fría y en el último no echan cuenta y se empiezan a levantar". Pues ayer, con la plaza reventá, con el ‘No hay billetes’ colgado en taquillas, con gente aún por llegar a sus localidades y lo incomodísima que es esta plaza para acceder a ellas, el Faraón de Camas sólo tuvo que abrir su capotillo, dar una docena de lances y rematar al juampedro en la misma boca de riego con una media lentísima, de ensueño para romper el tópico. ¿Ha dicho usted algo? ¿Y quien fue capaz de atraer la atención de 13.000 personas en el primer minuto de la corrida? El abuelo de las figuras del escalafón, Curro Romero. Música de honor a su toreo tocó. El de Juan Pedro Domecq, noble y con poquísimas fuerzas, todo un merenguito. Se le picó de forma mínima –Curro quería hacer cante grande con la muleta– y el veterano diestro pidió ostensiblemente el cambio de tercio con dos pares de banderillas. El presidente fue condescendiente porque presumía buena faena. Curro estuvo animoso y apuntó buenos derechazos y naturales. Y digo que apuntó porque no terminó de sacar casi ninguno limpio. Los remates, sobre todo las trincherillas, sí que fueron muy buenos. Y los desplantes,... esos son desplantes.

Noble y pastueño el cuarto astado, como les gustan a Curro. Y a Juan Pedro; un toro de esos artistas. Aunque más artista estuvo el camero, que se estiró en lances eternos y clásicos, más lentos imposibles; y más cadenciosos también. El remate de la media, de escándalo. Y cuando la plaza estaba en pie y era un abatir de palmas sin cesar, con los picadores accediendo al redondel, otra vez que, inesperadamente, se dirige al astado, Parlanchín, que quedará ya para la historia de Romero, y vuelve a levantar un monumento al toreo de capote. Pidió el cambio con un único puyazo y el presidente, ante la presión del público, tuvo que acceder. Después, lo inenarrable de la faena. Primero por la derecha y después con la zurda, lentísimo, relajado. Y lo que apenas ya se le puede ver: ligando hasta con el de pecho. Y dicen que nació en el 33. Hagan ustedes las cuentas, que a mí no me salen. Y a esa edad, dejar una estocada tendida es como un estoconazo de uno de veinte años. Dos orejas que apenas quiso coger cinco segundos y la apoteosis en Sevilla.

El segundo –primero del lote de Espartaco– era un auténtico inválido que debió ir para atrás. Supongo que pensando el presidente que la corrida podía salir por esos derroteros, prefirió esperar y hacer oídos sordos a la fuerte protesta del respetable (?) y casi taparse los ojos para no ver a un pobre animalito que desde el capote deambulaba por la plaza con la boca abierta. Espartaco no pudo hacer nada.

El quinto, con el que se lució con el capote con mucho gusto, lo brindó a toda Sevilla. Y llegó un toro de esos que necesitaba Juan Antonio para volver a ser Espartaco. Ocurrió en el momento justo y en el sitio adecuado. Por la derecha lo templó a las mil maravillas. Lo llevó largo, mandando siempre, con ese toque de su depuradísima técnica, aguantando algún parón y rematando artísticamente. Una importante faena, templada y medida. De maestro. Del maestro Espartaco. Se tiró como un cañón y enterró el fantasma de la espada, que quedó arriba y entera. Dos orejas para el torero y la vida para el hombre.

El medio toro que salió en tercer lugar –medio porque era blando, con casta justa y rajado– tampoco dio opción a Rivera Ordóñez de obtener lucimiento. Se le picó minimamente y siempre llevando el capote por las nubes para que no claudicara el animal, siempre con la boca abierta. Lo intentó pero el animalito cortaba el viaje no por malas ideas, sino por falta de fuerzas para rematar la taryectoria que le dibujaba la muleta. Los alardes de valor en forma de desplantes cerca de los pitones del final tenían poco sentido ante animal tan escaso de todo. Mató bien.

Una voltereta al rematar Rivera el buen saludo con el capote dejó maltrecho al astado, que después lo acusaría en la faena, que tuvo que ser muy cuidada porque se quedó parado y con las fortaleza mínima, aunque noble. El torero lo entendió, dándole distancia y dejándolo reposar, a media altura y rematando por arriba. Las tandas fueron a más y la gente ya estaba enrachada. Se sintió torero y agarró buena estocada. Una oreja para redondear la tarde. La tarde apoteósica y sublime de la Maestranza.


El Correo de Andalucía. JOSÉ ENRIQUE MORENO. Espartaco respondió con una faena templada al despliegue del Faraón de Camas

Tanto arte es demasiado. Es como un despilfarro. Es más de lo esperado, más de lo soñado. Y si en materia artística la realidad supera a la ensoñación, la experiencia puede resultar hasta traumática para quien tiene la suerte de vivirla. No es fácil asimilar tanta sublimidad. Ayer, el arte desbordó la Maestranza, se salió a chorros por sus tejadillos, por las rendijas de sus puertas, y a punto estuvo de mover el cerrojo de una de ellas, la más importante.
El arte más sublime surgió de las muñecas de un hombre veterano, sin edad física para esto del toreo, pero que tiene el toreo tan dentro de sí que a veces, cuando los toros le embisten, fluye en pequeñas porciones. Por eso, en el caso de Romero, se habla siempre de esencias: lo suyo es lo poco, pero concentrado y muy bueno. Pero ayer no fue tarde de esencias, aunque hoy vayan a leerlo o escucharlo muchas veces. Ayer a Curro le salió el toreo a chorros en la actuación más completa del camero desde que en 1980 saliera por la Puerta del Príncipe. Curro, esta vez, no fue el encantador de públicos que pone la plaza bocabajo con cuatro detalles incompletos. Curro, esta vez, hizo el toreo.
Comenzó el recital en el recibo de capa al primer juampedro de la tarde. No hubo tregua. Curro lo vio, se fue a por él y lo llevó más allá de la boca de riego pegándole lances despaciosos, con ese empaque tan único que tiene el Faraón. Fueron ocho o diez verónicas tan lentas como compuestas, aprovechando que el toro se le volvía al revés y le dejaba aire para reponerse y ganar terreno entre una y otra. La plaza reventó y hubo quien -ya a esas alturas- dio por bien empleado el dinero de la entrada. Pero es que Curro siguió. No hubo más capote, pero el torero vio lo justito que andaba el toro, e hizo que le cambiaran el tercio con dos pares de banderillas. Luego cogió la muleta y se fue a torear. Esta faena estuvo presidida por el temple, pero le faltó ajuste, sin que ello impidiera que el viejo Faraón dejara detalles marca de la casa. Tanto es así que de haber matado a la primera se le hubiera concedido una oreja. Y es que el capote de Romero seguía parado en la memoria de todos los presentes...
Pero donde Romero se rompió de verdad toreando a la verónica fue en el cuarto. Otra vez vio al toro inmediatamente y ahora lo llevó más, toreando quizás más despacio que en su primero. Tan a gusto estuvo que, cuando ya los picadores estaban en la plaza, volvió a torear con el capote antes del primer puyazo y esa vez fue el no va más. Ahora el toreo estuvo más que nunca en sus muñecas, cuando dibujó una media por el pitón derecho de ensueño. En el quite hubo otra enorme antes de que el toro se le colara y le quitara el capote. A esas alturas todavía estaba el público en pié, como paralizado por similar derroche de arte capotero.
Había a quien ya no le cabía más toreo caro en el cuerpo. La plaza estaba invadida por una emoción única cuando Romero siguió a lo suyo y cinceló una bella faena de muleta, con sus mejores momentos en el toreo al natural -hubo un par de ellos completos y enormes- y en los remates salerosos y profundos de las series. Nadie dudaba que cortaría las dos orejas del toro Parlanchín de matar bien. Y mató. Curro paseó dos orejas e introdujo la corrida en una dimensión histórica.
Y lo grande de la historia es que después de lo de Curro hubo más, con lo difícil que es eso. Mérito tuvo lo de Espartaco, que en el toro siguiente a la apoteosis histórica romerista se entretuvo en cortar dos orejas, sin ceder ni un ápice de su supremacía en esta plaza. Si Romero se sintió artista con el capote, Juan Antonio también lo fue, toreando más despacio que nunca. Y si Curro se gustó con la muleta, Espartaco también lo hizo en una faena tan inteligente y bien concebida técnicamente como lograda estéticamente. Juan metió los riñones y se sintió torero, cuidó al juampedro y se lució con él en una faena que le hizo sentir de nuevo el calor de Sevilla. Sobre todo después de que su inválido primero coartara con su incapacidad cualquier intento del torero de Espartinas. Espartaco se reencontró con el triunfo tras el triunfo de Romero.
Después de las cuatro orejas que ya campeaban en el marcador, era difícil no sentirse un convidado de piedra. Pero la grandeza de Rivera radicó en eso precisamente: en responder de tú a tú a dos grandes del toreo. No pudo hacerlo en su primero, un toro desrazadito que se le rajó y que sólo le dejó estar por encima y matarlo muy bien. Pero el sexto tuvo ese buen fondo de nobleza de toda la corrida de Juan Pedro y además la fuerza justa para desarrollarlo, de modo que ese toro permitió ver las evoluciones estéticas de Rivera en una faena a más, presidida toda ella por un temple infinito y que acabó con otro volapié soberbio. La oreja que cortó le hizo partícipe del triunfo en una tarde grande

 

 

 
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