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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 16 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Victorino Martín (bien
presentados, mansos, excepto el 6º)
Diestros:
- Juan Mora Cuatro pinchazos, estocada
baja y tendida (ovación); estocada baja (saludos desde el tercio); pinchazo, estocada
caída y trasera (vuelta). De verde manzana
- Enrique Ponce. Pinchazo,
estocada en su sitio (palmas);estocada tendida y trasera, descabello (palmas al torero,
bronca al toro). De azul pavo
- Manuel Caballero. Dos pinchazos,
estocada en su sitio (saludos desde el tercio). Resultó cogido
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron: José Luis Benavente, de la
cuadrilla de Juan Mora; José Antonio Carretero, de la cuadrilla de Manuel Caballero (en
la lidia del sexto, con Juan Mora)
Presidente: Fernando Carrasco
Incidencias: El
matador Manuel Caballero sufrió cornada muscular en el gluteo izquierdo, y varetazo en la
cara, en la lidia del tercero de la tarde. No pudo lidiar el segundo de su lote.
Pronóstico menos grave.
Entrada: lleno
Tiempo: fresco, nublado y lluvia
Crónicas de la prensa: El País , El Mundo, ABC, Diario de Andalucía, El
Correo de Andalucía
El País. JOAQUIN
VIDAL. Edición del 16 de abril. Victorino
hace un roto
Victorino Martín llegó con el enorme cartel que traía de ferias anteriores y le hizo
un roto. A quién se le ocurre. No debería ser excusa aquello de que nadie sabe lo que un
toro lleva dentro: Victorino lo sabe. Eso, o es que ha perdido facultades.
La corrida vino deslucida desde la presentación hasta el comportamiento, y además uno
de los toros se llevó por delante a Manuel Caballero, al que le pegó una cornada. Se lo
llevó por delante de mala manera dos veces en el transcurso de la misma faena.
El caso es que se veía venir. La única vara que recibió el toro resultó
insuficiente, sacó genio, tomó la muleta
pidiendo pelea, y como Manuel Caballero la aceptó arriesgando mucho pero dominando poco,
el victorino desarrolló sentido y se echó a lomos al torero, tirándole luego un
espeluznante menudeo de gañafones. No acertó a herir en la primera voltereta mas sí a
la segunda y aún se temía que podría producirse la tercera porque Caballero continuó
en la arena, intentando temerariamente, inútilmente, el toreo por naturales y derechazos.
Mató al toro y pasó por su pie a la enfermería. El pabellón de torero pundonoroso
que ya tenía ganado y reconocido Manuel Caballero, quedó en lo alto.
No fue ese tercer victorino el peor de la corrida,
en el sentido de toro malo; toro que pone un baldón a la ganadería. Los hubo peores, de
esos tan mansos y tan descastados que dejan al
ganadero con las posaderas al aire, sufriendo el mayor de los ridículos. Entre estos
destacó el quinto, un impresentable ejemplar, paradigma de la mansedumbre y la burrería,
abroncado durante el arrastre por su mala cabeza.
No es que la ganadería tuviese al público en contra. Antes al contrario estaba a su
favor y dedicaba una ovación cerrada a cada toro en cuanto saltaba al redondel. Daba
igual que el toro tuviese pocas chichas y luciera aspecto de novillo. Es natural: entra ya
la feria en su parte mollar, con carteles aproximadamente rematados, y se llegan a la
plaza las masas triunfalistas, dispuestas a convertir cada tarde en la corrida del siglo.
El procedimiento adecuado es aplaudirlo todo. Y, por supuesto, todo lo aplaudía.
Aplaudía los toros burros, los lances bufos, las bregas toscas, los puyazos asesinos, los
pares de banderillas colgando del costillar, los
pinchazos, los bajonazos.
Salió algún toro desarrollando la característica casta victorina -que nadie
ha dicho sea fácilmente digerible- y se fue sin torear. No se hace referencia aquí a los
derechazos ni a los naturales sino al repertorio lidiador aplicable a los toros de la más
variada condición. Y cuando los derechazos y los naturales procedían, solía faltar la
decisión y la técnica necesarias para embarcar las vibrantes embestidas.
Las lidias de los dos primeros toros planteaban esta cuestión, que los respectivos
espadas resolvieron a medias. Juan Mora, que lleva unos años remedando los aires de los
toreros aflamencados -tal que el Paula-, realizaba un trasteo sin unidad ni sentido
lidiador, poniéndose vertical mientras pasaba al toro por la periferia o prodigando
parones, que eran truco para aprovechar el viaje y dárselas de artista.
No siempre fue de esta guisa. De repente abría el compás, embarcaba largo, el toro
seguía el engaño hasta donde le mandara y
quedaba la suerte preciosa de empaque y
magnífica de ejecución.
Salvando las lógicas distancias, con la primera
faena de Enrique Ponce sucedía algo parecido: que unas veces el toro se revolvía
fiero, obligándole a torear crispado y rectificar apresuradamente los terrenos, otras
corría la mano con templanza y llevaba al toro embebido en la pañosa.
La incógnita es si tanto Mora como Ponce interpretaban esos pasajes de toreo excelso
porque sus toros embestían boyantes a rachas o si la boyantía de los toros se
manifestaba cada vez que a Ponce y Mora les venían soplos de inspiración y se atrevían
a parar, templar y mandar.
Le correspondió a Mora el lote de mayor manejabilidad, en el que se incluye el sexto
toro, que lidió en sustitución de Manuel Caballero, y el público celebró sus pases
largos, sus pases cortos, sus parones, sus verticalidades y sus desarmes con la jubilosa
vehemencia de quien asiste a la reencarnación de la tauromaquia
eterna.
A Ponce, en cambio, le tocó pechar con el manso, burro, descastado, anovillado, flaco
e impresentable quinto, que se iba suelto del engaño, o cuando se lo presentaba el
matador reculaba escarbando. Varias vueltas por el redondel haciendo el burro dio el toro,
mancillando el honor de su estirpe y dejando en el más espantoso de los ridículos al
ganadero, que no sabría dónde meterse ni dónde guardar su cartel, para disimular el
bochorno.
El Mundo. JAVIER VILLAN .Edición del 16 de abril. Caballero, herido; Mora, torero
Juan Mora se quedó sin las orejas de los victorinos por matar mal; las
suyas tenían que cortarle por pinchauvas. Después del infame bajonazo trasero que atizó
al sexto, tras un pinchazo, no podría esperar
más que la clamorosa vuelta al ruedo. Este toro
le hubiera correspondido a Manuel Caballero y, a estas alturas, no cabe hacer conjeturas
de lo que pudiera haber pasado. Cabe sólo lamentar la cogida con la que pagó su casta
torera y su vocación de triunfo en el tercero.
Caballero estaba pasando las de Caín, no acertaba a bajarle la muleta al victorino y éste se lo echó a los
lomos. Menudearon los derrotes en el suelo, revolotearon capotes indecisos y menos mal que
un subalterno acertó a colear al toro. Tras el palizón, Caballero se echó la muleta a
la izquierda, bordó dos naturales largos y de
mano baja y, al tercero, el victorino, un cazador furtivo, le echó mano. Fue espectacular
y dramático: lo volteó y, al segundo envite, lo corneó. Caballero, en un alarde de
pundonor torero, lo mató como pudo; después se fue a la enfermería, de la que ya no
salió.
Los victorinos trajeron arrogancia, bella estampa, mansedumbre y peligro a raudales.
Los victorinos no tuvieron problema con los veterinarios; y eso que dicen que los
veterinarios de La Maestranza son muy quisquillosos y que no cesan de buscarle cinco pies
al gato y de rechazar toros a docenas. Lo primero que tienen que hacer los ganaderos es no
traer gatos a La Maestranza. Así los veterinarios no les buscarán cinco pies sabiendo
que los gatos tienen cuatro. Los victorinos, ¿son toros de Sevilla, toros de Madrid,
toros de ninguna parte o toros del universo mundo? Aunque sea una verdad de perogrullo,
los victorinos son toros de lidia, o sea, de
todas las partes donde se tenga una idea clara, o por lo menos, un respeto por el toro sin
manipular.
Luego, como ayer, salen algunos barrabases, algunos mansurrones, algún que otro blando
de remos; pero nadie podrá decir nada contra la raza y contra el trapío de la
victorinada. Eso del toro de Sevilla, el toro de Valencia o el de Madrid es una mandanga;
una maniobra de distracción de quienes defienden la uniformidad del utrero y del afeitado
al socaire de la pluralidad de gustos y aficiones.
La corrida de ayer de Victorino seguro que no va a entusiasmar a nadie. Hubo toros de
matadero, como el quinto; hubo toros muy mansos. Y hubo dos toros de Puerta Grande. Hubo,
en especial, pitones, fortaleza y trapío.
Juan Mora intentaba recrearse, muy pinturero él; y, cuando más se recreaba venían
los victorinos y le pegaban un rebañón que le descomponían la figura. Pese a todo, Mora
decidido y torero alcanzó momentos cumbres de esa estética desgarrada y barroca que le
es propia. En el primero lo peor fue que, al no rematar, y ajustar el muletazo, el toro se
revolvía y Mora tenía que rectificar terrenos a la carrera. Flojo de remos, aunque
buscón, el cuarto no tenía un pase. Murió de un bajonazo innoble. Y salió el sexto que
se le acostó por el izquierdo en una verónica
y se le volvió a acostar en un natural. Y no se
le venció definitivamente por la derecha porque Mora lo tapó muy bien. Por ahí se
tragó el victorino los mejores muletazos. Y una vez que había humillado por la derecha,
la izquierda fue de dulce. Una serie a pies juntos, soberana. Después el victorino se
frenó.
No estuvo muy clarividente y técnico Ponce con el correoso segundo. Más bien parecía
perplejo. Trazaba el natural largo y, al siguiente, el victorino, que no era tonto, le
buscaba los tobillos. Aquello acabó como el rosario de la aurora: a trapazos. Un natural
limpio y largo y un trincherazo maquillaron un poco la cosa. Le dio tablas Ponce al sexto,
mas ni por esas. Fugitivo, reculante, asustadizo. Y rajado. Allí andaba Ponce sin saber
por dónde meterle mano a ese ser receloso y cobarde.
La tarde se llamó Juan Mora. Y la cornada de Manuel Caballero. Y, en otro plano,
Miguel Núñez, Carretero y Alcantud.
ABC ZABALA DE LA SERNA, Edición del 16 de abril .La
casta y la sangre de Caballero
Los victorinos trajeron el agua, ya ocurrió en
Castellón, pero esta vez no vinieron acompañados de bravura. La casta ayer corrió de
parte del albaceteño Manuel Caballero, que se jugó la vida sin cuentos ni miramientos y
regó con su sangre su debut como matador en la Maestranza. A pesar de la mansedumbre, la
corrida se movió y dio dos toros de estupendo juego, que Juan Mora no supo o no pudo
aprovechar como debiera.
Sobrevoló la tragedia la Maestranza. El victorino que hacía tercero
prendió a Manuel Caballero de horrible manera y buscó la sangre en el suelo. La
voltereta se veía venir, se presentía. El toro se revolvía como una exhalación, como
un rayo asesino, por el pitón derecho. Pero la
dignidad y la casta del albaceteño trataban de imponerse cuando sobrevino el percance.
Revolotearon los capotes tardíos al quite, y también los negros pájaros de la muerte.
Los afilados pitones se estrellaron contra la chaquetilla, cerca del cuello. Se levantó
Caballero aparentemente indemne, y volvió hacia el toro, con un valor que asustaba al
miedo. Para más inri, cogió la izquierda. Por ese pitón también desarrolló sentido. A
la segunda serie, en el primer muletazo, se venció el viaje sobre el cuerpo del matador,
que de nuevo vio la vida del revés. Otra vez resplandeció el filo de la guadaña, y otra
vez los capotes aparecieron milagrosos. Sin embargo, ahora sí había calado al
valentísimo diestro, que se incorporó gallardo, sangrante, digno, muy macho para
resolver la papeleta. El toro, muy entero, entrañaba un peligro terrorífico. Había
emoción, mucha emoción. La Fiesta vive de ella. El albaceteño mató tras dos pinchazos,
escuchó una cerrada ovación desde los medios y pasó a la enfermería.
No había sido el primer victorino el paradigma del toro bravo: remoloneó en el tercio de varas y fue a morir a la puerta de
toriles. Pero tuvo un pitón izquierdo de bandera, astifino y bondadoso. Juan Mora se
había gustado en varias medias verónicas: dos tras el saludo, otra al ponerlo en suerte y una última de un quite. Tuvo la lidia
demasiados espacios muertos. A Carlos Mora, hermano del matador, le aplaudieron un par que
prendió en el cuello. Digo que las palmas serían porque el toro esperó y el peón le
llegó muy cerca, digo. El diestro placentino inició faena por bajo, muy poderoso. Remató con un
fenomenal cambio de mano. Después, sobre la zurda, muy metido en tablas, hacía Mora el
desmayo, sin mandar el franco y largo viaje de su enemigo. De cada serie, sólo valían
uno o dos naturales. Fueron así varias tandas, por debajo de las condiciones del toro.
Sobre la derecha, que tampoco era mal pitón, siguió envarando la figura. Algún muletazo
concluyó como y donde debía. Como los misterios de la Fiesta son inescrutables, todavía
recogió una ovación desde el tercio tras cuatro pinchazos, una estocada desprendida y un
aviso.
Soberano par
Miguel Núñez se anotó un segundo par de
banderillas soberano, asomándose sobre las agujas del hondo y cuajado cuarto. Más
complicaciones ofreció este segundo del lote de Mora, que se frenaba a partir del segundo
pase de cada serie. El placentino estuvo valentón, tirando con largura de su enemigo en
ocasiones. Volvió a saludar desde el tercio a pesar del infame bajonazo con el que
resolvió. Lo dicho, misterios de la Fiesta.
Mora se encontró con que hubo de matar el sexto. Y el sexto dio la casualidad de que
era un toro fenomenal, que humillaba por ambos pitones, con mejor son por el izquierdo. A
Carretero le tocó la música tras salir de una muy torera reunión con los palos. El
placentino templó al natural, muy despatarrado, en una tanda francamente buena. En la
siguiente volvió por sus fueros, cerró el compás y guió sólo con los vuelos la larga
embestida. ¡Qué toro! La faena decayó de golpe y porrazo, con un final un tanto
deslucido. Atacó Mora la suerte suprema con muchos metros de por medio, y pinchó. En el
siguiente encuentro dejó una estocada caída y muy trasera. Se le escapó una importante
posibilidad de haber triunfado con rotundidad en la Maestranza, aunque dio la vuelta al
ruedo.
Estampa asaltillada
Dos afiladas dagas como cuchillas coronaban la estampa asaltillada del serio segundo.
Enrique Ponce, que se había apuntado a la victorinada en un gesto que le honra, anduvo
valiente e importante. Buscaba el manso victorino por el pitón derecho. También por el
izquierdo. El valenciano, en los medios, mientras su enemigo echaba la cara entre las
manos y escarbaba, se mostró muy firme y le robó muletazos sobre ambas manos,
meritísimos, prolongados y mandones pases que trataban de evitar la tendencia del toro a
terminar en las zapatillas. Una serie al natural, cerca de las tablas, fue sencillamente
extraordinaria. Ponce realizó un notable esfuerzo, sin perder nunca la cabeza, que el
personal, con los paraguas entre las manos, no valoró con la debida justicia. A pesar de
la ovación.
Se vio la cara Ponce con un manso «pregonao», que completaba su complicado lote. Por
todo afán tenía el victorino la huida. El torero de Chiva consiguió retenerlo en una
meritoria serie frente a la puerta de toriles. Pero después vendría una continuada e
imparable fuga. Ponce corrió detrás de su enemigo hasta que consiguió despacharlo de un
pinchazo, una estocada atravesada y un descabello.
La victorinada, muy mansa, dio, sin embargo, emoción, y tuvo en el primero y en el
sexto sus dos mejores exponentes. La casta la puso ayer Caballero.
FRANCISCO
MATEOS, edición del 17 de abril.Mora apuntó
triunfo
¿Decepcionó Victorino? La corrida estuvo muy bien presentada. En el
caballo los hubo que sí la mayoría y que no. Y en la muleta también hubo de todo. Pero, exceptuando
quinto el peor, por manso y el sexto el más boyante, los demás
sacaron, en menor o mayor grado, peligro. El primero también se dejó, pero los demás
fueron peligrosos y mansitos. Un peligro que se llevó por delante a un Caballero del
toreo. Y ya sé que el peligro es emoción. Pero la corrida de Victorino, porque ella
misma se ha puesto un listón muy alto, decepcionó, aunque todos nos apuntaríamos, como
mínimo, a lo que ayer vivimos.
El primero de Victorino, cuya lámina fue aplaudida al salir al ruedo,
tardeó en el caballo, aunque una vez llegado al peto se dejó pegar. Mora dejó destellos
con el capote. El toro criado en Monteviejo, que
ya había hecho cositas de mansito en los tercios anteriores, se abrigó en los terrenos
de chiqueros. Mora lo sacó con estéticos doblones, obligando al enemigo. Ya más en las
afueras se fajó con él en tandas al natural, algunos de ellos con el cuerpo muy relajado
y la mano baja. Rebañaba al final de cada muletazo, sobre todo en los finales de tandas,
cuando el diestro ya estaba con el compás abierto y la muleta en la diestra, con la
música atacando el pasodoble. No se comía a
nadie, pero sí tenía las dificultades propias de un astado encastado. Mora, que hacía
seis años que no toreaba en la Feria, no pudo remediar que se le escapara un "va por
Sevilla" cuando se perfilaba para entrar a matar. Pero hasta en cinco ocasiones hubo
de hacerlo hasta agarrar la estocada.
Emplazado se quedó el cuarto en los medios y hasta allí fue el
diestro de Plasencia para dejar algún buen lance a pies juntos, desplazando con
parsimonia el capote. Volvió a lucirse en templados y clásicos lances en el quite. Tras
brindar la faena al pintor colombiano Fernando Botero autor del cartel de este
año, comenzó a plantear el trasteo por la derecha, pero cortaba el viaje y no
terminaba de rematar. Por el izquierdo se desplazó algo más, pero tampoco rompía. Digno
y valiente Mora. Se le fue la mano y lo mató de bajonazo.
En el sexto, que mató en lugar del herido Caballero, logró los
mejores momentos de la tarde, ante un animal boyante y con nobleza dentro de lo que un
toro de Victorino siempre se guarda dentro. Por la derecha, bien, pero al natural fue
cuando llegaron los momentos estelares, al desmayar la muleta y rematar con sevillanos y
pintureros recortes. Pero es más que discutible si el toro necesitaba eso o hubiera
lucido más si se hubiera trazado un trasteo más poderoso, mandando más. Seguramente.
Muy buenos muletazos se entremezclaban con enganchones
que deslucían mucho. No acertó con los aceros.
Aplaudido de salida el segundo y serio toro de Victorino, que se
emplazó en los medios, Ponce hubo de salir más allá del tercio con el capote. Molesto
por el viento, quiso ser más eficiente que estético. Esperó en banderillas y Antonio
Tejero se la jugó, sobre todo en el tercer par. Listo había que andar con el victorino y
no equivocarse ni una sola vez, porque era de los que no perdonaban el fallo y se echaba
al torero a los lomos a las primeras de cambio. No se entregó y le puso complicaciones al
diestro de Chiva, sobre todo al revolverse al rematar el muletazo, lo que le obligaba a
estar ligero de piernas y hábil de reflejos. Firme el torero y rajándose el toro, que se
fue acercando a tablas progresivamente. Estocada buena al segundo intento y un golpe de descabello. Por cierto, que en ningún momento
abrió la boca el astado.
Manso el quinto, al que se le picó en casi todos los terrenos,
repuchándose. Reculó y rehusó de la muleta, siempre al abrigo de las tablas. Cualquier
intento fue baldío. Le plantó cara y el toro bordeó la plaza huyendo de la franela. No
hubo ni una vez que el toro admitiera pasar en un muletazo, manso de solemnidad. Varias
circundó el ruedo Ponce detrás de Braverón para intentar cuadrarlo y matarlo.
Dejó crudito en el caballo Caballero al tercero. En banderillas
esperó y, cuando pudo, apretó. Las aviesas intenciones de la alimaña de Victorino se
tornó en angustiosa cogida cuando se lo pasaba por la diestra. El toro se acostaba y se
revolvía en un palmo de terreno. ELo empaló en la pierna izquierda y lo alzó a los
lomos, para buscarlo con saña, librándose de puro milagro de la cornada, aunque no de la
paliza. Volvió a la lucha con raza, ahora ya por la izquierda. Y finalmente llegó una
cornada en el glúteo izquierdo, aunque, sin alaracas ni aspavientos, muy sereno, volvió
a plantarle cara y entrar a matar, algo que consiguió al tercer intento. Tras la fuerte
ovación pasó a la enfermería por su pie, en donde el doctor Vila procedió a operarle.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. Al borde del precipicio
La corrida de Victorino estuvo a punto de ser un fiasco por la complicación de los toros
Se sabe que a Victorino le vale el toro bueno y el malo, pero eso depende de dónde y de
cuándo. Si se trata de Sevilla y de la Feria de Abril el toro malo le vale menos, porque
aquí no gustan esas alimañas que ponen el corazón en un puño por el angustioso peligro
que crean en el ruedo. Ayer salieron dos que, unidas al manso quinto y al cortísimo
desempeño de los toros en el primer tercio, pusieron la corrida de Victorino al borde del
precipicio. Eminentemente mansos de salida, los cuatreños del paleto se salvaron por los
pelos de la quema de la mano, fundamentalemente, de dos toros: primero y sexto. Estos
lavaron la imagen de una mala corrida porque rompieron en el último tercio se dejaron
hacer el toreo.
Curiosamente ese material toreable -en el que con algún esfuerzo cabría incluir al
cuarto, un animal que no rompió del todo- cayó todo en manos del reaparecido en Sevilla
Juan Mora, un torero que gozó además del calor del público maestrante, que le recibió
con los brazos abiertos. Juan Mora tuvo toros para un triunfo y no lo logró por culpa de
la espada, que le quitó la oreja que le tenía cortada al sexto. Pero no fue sólo la
espada. A Juan Mora le faltó ayer continuidad en lo bueno, algo que se manifestó desde
el principio. Y me explico: Mora dejó algunos lances estéticos en el recibo al toro que
abrió plaza y algunos muletazos estimables cuando se decidió por llevarlo largo. Pero la
faena tuvo altibajos precisamente por una duda metódica que parece surgirle siempre a
este torero. A Mora le pierde el dilema entre ponerse bonito o espatarrarse y llevar a los
toros muy largos. A mí, particularmente, me llena más cuando hace lo segundo, algo que
consiguió de forma intermitente en ese toro primero de la tarde, un animal que además le
dejó estar a gusto en su cara por poseer un importante fondo de nobleza. Esos cambios de
personalidad y de toreo no le dejaron redondear en ese toro, aunque la gente le dio por
buena la faena y le ovacionó.
En el segundo de su lote -cuarto de la tarde-, Mora tuvo la disculpa de que el toro no
acabó de romper. El victorino se quedó corto en la muleta y pese a no pertenecer al
grupo de las alimañas, tampoco fue toro destacado.
Pero Mora todavía tuvo más suerte todavía. El toro que le tocó matar por la cogida de
Manuel Caballero -el sexto- rompió a bueno en el último tercio. Era una tercera
oportunidad, que el torero aprovechó mejor. Salvo el desarme inicial, Juan Mora estuvo
más centrado en este toro, al que primero llevó largo, para luego hacer ese toreo
vertical que tanto le gusta. Esta vez le salió bien, tanto que los tendidos vibraron con
la naturalidad de esos muletazos tan estéticos logrados con la mano izquierda, el mejor
pitón del toro y el que mejor vio el torero. Mora dibujó auténticos carteles de toros y
pudo haber acabado en triunfo una tarde en la que lo tuvo todo a favor. Pero la historia
no tuvo final feliz porque Juan no anda fino con la espada. No le ve la muerte a los
toros.
Y ahora la historia para no dormir...
Comienza en el segundo de la tarde, un toro que de no caer en manos de Ponce hubiera
durado minuto o minuto y medio en las de otro torero menos capaz. Pero Ponce venía con
mentalidad de consumar el gesto y se midió y se metió con un toro manso reservón que
perdonaba la vida al torero en cada muletazo. El elemento se llamaba Palillero, aunque le
hubiera encajado mejor lo de Tobillero, porque se quedaba por debajo y rebañaba cada vez
que pasaba. Ponce tragó lo suyo, no perdió nunca la compostura y le sacó muletazos
imposibles a un toro peligroso. Fue una pelea en la que el torero triunfó, dejando estela
de importancia tras de sí.
Pero la tragedia rondó la Maestranza en el toro siguiente. Para que la pesadilla de
Caballero fuera completa, comenzó a diluviar. Sólo faltaban truenos y relámpagos para
que la cosa fuera de película de Stephen King. La guasa del toro se puso de manifiesto
desde el primer momento, en sus embestidas violentas y en su forma de rebañar en cada
muletazo. Estaba cantado que podía pasar lo que pasó porque Caballero no cedía ni un
ápice de terreno al toro. Primero llegó una voltereta y unos momentos angustiosos entre
los afilados pitones del toro, que rozaron y marcaron el cuello del torero. Pero ni por
esas perdió la compostura el torero, que volvió a la cara para recibir de nuevo, ahora
por el pitón izquierdo. Esta vez el toro fue más certero y atravesó la carne del
torero, que siguió en la cara con gallardía, mató al enemigo y se ganó el profundo
respeto de Sevilla, yéndose luego por su pie a la enfermería. Ya no salió.
Estos dos toros y el quinto, manso rematado al que Ponce tuvo que perseguir por toda la
plaza, fueron los que colocaron la soga al cuello de Victorino. A punto estuvo de sucumbir
en el patíbulo de Sevilla. Se libró por tablas.
Curro, el no va más
Espartaco respondió con una faena templada al despliegue del Faraón de Camas
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