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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del  jueves, 15 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Torrestrella (bravos)

Diestros: 

  • Jesulín de Ubrique. Estocada en su sitio (palmas); estocada un poco desprendida (silencio). De grana y oro
  • Finito de Córdoba. Pinchazo que escupe, estocada en su sitio (palmas); dos pinchazos, estocada trasera y caída (silencio). De grana y oro
  • Pepín Liria. Dos pinchazos, descabello (ovación); estocada en su sitio (oreja). Verde botella y oro

Picador que destacó -

Banderillero que saludó: Curro Molina, de la cuadrilla de Jesulín de Ubrique

Presidente: Gabriel Fernández Rey

Incidencias: 

  • El segundo de la tarde fue devuelto a corrales por romperse un pitón al derrotar contra el burladero
  • La Autoridad decide proner para sanción actuaciones presuntamente cometidas durante la lidia del segundo toro, por provocar el derrote del toro contra el burladero, tal como contempla el articulo 71.3 del Reglamento Taurino.
  • El tercero de la tarde derribó al picador en la suerte de varas.

Entrada: más de tres cuartos

Tiempo: sol, fresco y viento

Crónicas de la prensa: ABC, El PaísEl Mundo, Diario de Andalucia, El Correo de Andalucía


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Edición del viernes, 16 de abril. Más toros que toreros 

Desde Madrid nos llama el doctor José María Fernández-Rañada:«¿Sabes que a Juanito le dan un homenaje?» El pequeño de la dinastía Bienvenida recibió ayer en el popular restaurante «Casa Ciriaco» el calor y la amistad de los miembros de la tertulia  del conde de Colombí. Juan siempre ha reservado buena parte de su corazón para su querida y añorada Sevilla, tan vinculada y unida a la torera familia de la madrileña calle General Mola.

Hasta que murió Rafael en trágicas circunstancias, y vino el «exilio» de Madrid para alejarse del dolor y de los recuerdos. Desde entonces, Sevilla quedó en la memoria de los Bienvenida como el dorado paraíso perdido, como la llaga nunca cerrada y doliente. Que valgan estas líneas de cariñoso respaldo al merecido homenaje, de sentida incorporación desde la distancia. Tanta o más hay entre Sevilla y Madrid que entre los muslos de Jesulín y por donde se pasa los toros. Da igual que sean de la franqueza y la bravura del primero o de la bondad del cuarto. A todos les aplica la misma técnica lineal y distante. A todos los muele a muletazos. El torrestrella que abrió plaza metió los riñones en el peto y desbordó con su larga y encastada embestida al matador durante la primera parte de la faena. Jesulín nunca sobrepasó las rayas del tercio, quizá por el viento, tal vez porque nunca le han gustado los medios. Atemperó el toro sus iniciales ímpetus poco a poco. Entonces el espigado diestro de Ubrique consiguió templar sobre la diestra sin ser superado por la codicia de su enemigo. Por uno y otro pitón perseguía la franela el extraordinario animal hasta el final de los viajes. Hasta la hora de la muerte, de un espadazo trasero y caído, demostró su brava condición. La ovación fue para el arrastre. A Jesulín, ni las palmas ni las gracias, pitos.

Apretó el cuarto, de muy justa presencia, sólo por la cara se tapaba, en el primer encuentro con el caballo. Durante la segunda vara, Jesulín se mantuvo a la derecha del jaco, muy al uso. Tampoco aprovechó las virtudes del burel, que se desplazaba largo y con fijeza. Bajo un halo de conformismo y frialdad transcurrió su insulsa faena. Volvió a matar en los bajos. A más de uno se le abren las carnes de pensar que aún le quedan dos tardes en la Feria. Desde luego, difícilmente va a encontrar un lote mejor en sus siguientes actuaciones.

Noble zambombo

Se partió el segundo del festejo el pitón izquierdo por la torpeza del banderillero Cruz Vélez, que asomó el capote por la tronera del burladero. Devolvió la presidencia al mutilado toro a los corrales. En su lugar apareció un zambombo de 649 kilos, de la misma ganadería titular. Finito lanceó a la verónica con prestancia, mejor por el pitón izquierdo. Abrochó el saludo con tres medias verónicas. Apuntó el sobrero nobleza, pero su inmenso tonelaje le impidió desarrollar movilidad. Aunque la belleza emanó de las dobladas de principio de faena, sobraron: no estaba el animal para tanto castigo por bajo. Sobre la mano diestra, el cordobés tiró en tres tandas, que por la sosa embestida no llegaron a los tendidos. Al natural intentó el toreo muy avanzada su labor: no hubo manera de sacar un solo muletazo. Escuchó algunas palmas, tras matar de un pinchazo y una estocada atravesada.

Finito de Córdoba recibió con una larga cambiada en el tercio al quinto, otro toro que serviría, que se dice ahora. Sería el saludo, a pies juntos, lo más ovacionado de la lidia. En el último tercio, el noblote cuatreño se vino abajo poco a poco. El diestro cordobés anduvo digno, sin más. Pinchó dos veces con endeble voluntad antes de dejar una estocada. De nuevo, se anotó algunas palmas.

Como Finito en su primero, Pepín Liria cerró la salutación con tres remates. Igual pasamos ahora de la moda del doble pase de pecho a la triple media. Derribó con estrépito este tercero, que se arrancó al caballo desde la lejanía, sin que el matador lo pusiera en suerte. Al picador José Bernal, que cayó bajo el estribo de la barrera, Dios le echó un oportuno capote: a muy  pocos centímetros de la cara le pasaron las astifinas defensas. Alcanzó el último tercio el torrestrella con una arrancada temperamental y larga. Liria, por el pitón derecho, toreó con la muleta retrasadita. Nunca se la dejó en la cara. Un mayor esfuerzo haría al natural, por donde intentó ligar los muletazos. Fue desarrollando sentido el animal. A la hora de matar, prendió al murciano por la pechera. Tras este pinchazo, en el que se quedó en la misma cara del cornúpeta, hizo la suerte una vez más, de nuevo sin tino. Tuvo que descabellar. Sonaron algunas palmas a la voluntad, pero bien podía haber apretado un poco más el acelerador.

Larga cambiada

Fue el sexto el único torrestrella que hizo cosas de manso en el caballo. Liria, que lo había recibido con una larga cambiada de hinojos, tardó en entenderlo en el último tercio. En los albores de su obra, por el pitón izquierdo, el toro llevaba su pobre cara alta. Tras intentarlo en vano al natural, sometió la embestida en tres tandas diestras de pases largos, meritorios. El respetable, que tenía las manos frías, se volcó con el diestro de Cehegín. Como mató a la primera y por arriba, recibiría una oreja, escaso balance para las posibilidades que ofreció la corrida, aunque a Liria le sabría a gloria.

Hubo más toros que toreros, y no es una cuestión numérica.


El PaísJOAQUÍN VIDAL. Edición del viernes,16 de abril. La guardería

Anunciaron a Jesulín, Finito y Pepín y parecía que iban a salir los niños de la guardería.

Salieron, y pudo comprobarse que se trataba de hombres hechos y derechos. Pasa mucho con los toreros principiantes, casi todos unos niños, a quienes ponen apodos llamativos o que estremezcan los corazones: que se les queda el nombre y al llegar a mayores ya no les cuadra.

Algunos tienen el acierto de cambiárselo a tiempo. Ocurrió, por ejemplo, con Vicente Pastor, que fue conocido por El Chico de la Blusa y se quitó enseguida el mote. Otros, en cambio, por cargar con el apodo, se encuentran con surrealistas situaciones. A Gregorio Tébar le pusieron El Inclusero y cuando presentaba a su padre había de dar explicaciones. Uno salió llamándose El Escorpión, pero no hizo carrera, y al volver a la vida civil algunos recelaban de su catadura, con ese nombre. Son típicos los conocidos por Niño (hay muchos: desde el Niño de la Taurina hasta el Niño de las Monjas) y en estos casos la zozobra les viene a sus hijos porque resulta paradójico ser hijo de un niño.

Los tres del día de autos se llamarían Jesulín, Finito y Pepín pero con sólo verlos se daba por seguro que ya habían perdido la virginidad. Unos más altos que la Giralda, otro con montaraz apostura y barba cerrada, no era como para tomarlos por niños.

El de la barba cerrada es Pepín, Pepín Liria en los carteles, que se quería pegar con los toros, y resultaba excesiva la intención porque los toros no querían pegarse con nadie. Antes al contrario: Álvaro Domecq, propietario de la ganadería Torrestrella, envió una corrida encastada, noble en el carácter y hasta un poco baja de temperamento. Quiere decirse que los toros no ofrecían dificultades y únicamente hacía falta presentarles la muleta donde y como es debido para torearlos bien.

Las maneras de Pepín Liria -es obvio- no se adecuaban a semejantes propósitos. Ponerse tremebundo y acabar demostrando mayor incivilidad que el propio toro no conduce a nada. La voluntariosa entrega se le agradecía, mas el arte de torear discurre por distintos derroteros.

Y he aquí que, de repente, Pepín Liria se percató. Le costó pero consiguió percatarse. No hay que atribuirlo a la casualidad: esto mismo a Pepín Liria le ha sucedido montones de veces. No hay duda de que atesora en su mente y en su corazón un fondo de torería innata. Sólo que debe de estar muy profundo y llegar allí cuesta su tiempo.

Seis minutos llevaba Pepín Liria de ajetreo fragoroso con el sexto toro; seis minutos de corretear y zapatillear, afanarse de un lado a otro pegando pases rústicos y ofreciendo imágenes rupestres. Y en éstas que se percató. Y paró quieto. Y adelantó la muleta. Y se trajo embebido al toro, para ceñirle los redondos con armonía y ceñimiento, con templanza y ligazón. Tres tandas instrumentó así, abrochadas mediante los clásicos pases de pecho. Y pues ése era el toreo verdadero, el que ilumina la magia del arte, y prende y emociona en cuanto se produce sin necesidad de saber nada de la tauromaquia, la Maestranza entera reaccionó coreando olés rotundos, rompiendo a aplaudir, poniéndose en pie impulsada por el entusiasmo. Los seis minutos anteriores de faena no habían servido para nada. Los seis minutos anteriores de faena se podían haber tirado a la basura. Porque el toreo es así -breve, conciso y puro-, o no es toreo.

Demostración del toreo que no es toreo la ofrecieron los portadores de los otros diminutivos, el Jesulín, más largo que mayo; el Finito, recio y galán. Se pusieron a pegar pases, que es lo que no deber ser. Lo de Jesulín de Ubrique tuvo peor sombra. A Jesulín de Ubrique le correspondió un primer toro de preciosa estampa e incuestionable boyantía que embestía humilladísimo al primer toque, y se dedicó a pegarle pases con el pico, fuera cacho, la suerte descargada, sin que en momento alguno se le pasara por la imaginación hacer honor a su casta brava. Y en el segundo de su lote, anovillado y dócil, estuvo igual de vulgar, pegapasista y pesado.

El primer toro de Finito de Córdoba se arrancó bravísimo en el primer puyazo y derribó al caballo con tanto estrépito que mientras el picador caía al descubierto la vara salía despedida por los aires y tras dar un fulgurante volteo en lo alto, fue a parar al tendido. Menos mal que no dio a nadie y cayó de regatón.

El toro no repitió la proeza aunque se recreció en el segundo tercio, e igual que toda la corrida, se iba pronto, largo y fijo al lejano cite de los banderilleros; en el turno de muerte embestía si le daban la distancia precisa y le presentaban debidamente la pañosa. No se encontró con torero dispuesto a eso, sin embargo. Finito de Córdoba, al toro agresor y al inválido quinto, ambos pastueños, se empeñó en darles derechazos a docenas, hogando las embestidas, utilizando trucos, pegando gritos Y fracasó en el empeño.

Tendrán nombre de niños pero ya son hombres hechos y derechos. Y daba pena verlos allí, tan grandullones, conformistas y decadentes, sin vender una escoba.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Edición del viernes, 16 de abril. Melancolía y resurreción

La Maestranza se va vaciando de espectadores y aficionados; me funciona mal el teléfono y una almohadilla cae a mis pies como un sueño roto, como un águila abatida. El fin de la corrida, con los empleados amontonando almohadillas, es como un mal vino que deja resaca y dolor de cabeza. Empiezo a dictar venciendo una melancolía irremediable.

Pepín Liria acaba de poner una guinda de oro a otra tarde de desecho. En los últimos segundos, cuando la gente huía aterida y la tarde agonizaba, tres tandas de redondos a puro huevo rematados con una estocada defectuosa. Eso le ha valido una oreja. Tres tandas de redondos meritorios en particular, aunque engañosos en general, que han vuelto a maquillar una tarde cadavérica. Eso es lo que se llama pintar al muerto. Pepín lo ha hecho todo, pues el torrestrella no era mejor que los anteriores.

Pepín, en el tercero, al matar se había dejado la pechera de la camisa en los pitones; Pepín Liria se deja el alma cada tarde en los ruedos. Y eso se agradece.

Jesulín se pasaba los toros aproximadamente a un kilómetro de su juncal anatomía. Entre él y los bichos cabían la torre del Oro, La Giralda, el parque de María Luisa y el puente de Triana. Cabía Sevilla entera y todas las sevillanas con bata de cola y clavelones en el pelo. En esa separación infinita se disolvió la casta del primer torrestrella y el inocente colaboracionismo del cuarto.

Salió el sobrero y el capote de Finito brilló y fulguró, mas en la muleta el torrestrella se paró. Y salió el quinto y el capote de Finito brilló aún más. Con la muleta, un sopor, con la espada, un suplicio.

Hay una hermosa luz, violácea y entredorada, en La Maestranza: textura de acuarela. La Maestranza, pase lo que pase en el ruedo, tiene el don magnífico de desatar los ángeles y los demonios de la poesía. Hay demonios y hay ángeles líricos, como hay toros buenos y toros malos. Yo prefiero los demonios, que son más goyescos y prefiero los toros bravos, los toros recios y poderosos. No ha habido toros de esos, ni de los otros. Los torrestrellas, ni buenos, ni malos, sino todo lo contrario: sin definición, sin tono, opacos, traslúcidos y blandos. Blandos de remos y blandos de carácter. Lo mejor, olvidar. Pero la melancolía no permite la desmemoria. Tardes siniestras, toros por los suelos.

Uno quisiera olvidar lo grotesco de la Fiesta, las manipulaciones de la Fiesta, los toros victimados. «Lo mejor del recuerdo es el olvido», escribió Manuel Alcántara en verso memorable. En cambio, no más lejos de ayer, Umbral decía que el olvido siempre engaña; y Raúl del Pozo en su última y crudelísima novela, escribe que el olvido es una coartada. Y pese a todo, uno quisiera olvidar, pero la realidad es insistente y anula el pacto de desmemoria que todos aceptados para sobrevivir dignamente.

La Maestranza se ha quedado vacía, definitivamente vacía, como un paisaje después de una batalla. Y hace frío. Las sombras de Jesulín y de Finito revolotean a oscuras por el albero. Y los torrestrellas difuntos vagan como almas en pena entre las almohadillas de los graderíos y la oscuridad de las galerías de la plaza.

Uno quisiera olvidar que Torrestrella es una ganadería sancionada por afeitado, mas eso no importa, porque las sanciones son temporales y se cumplen, creo, cuando no hay ferias importantes. Uno quisiera olvidar tardes como ésta, aunque agradezca profundamente los arrestos de Liria. Lo mejor, olvidar que hubo la pasada temporada, y ésta, toros tullidos, afeitados, esquizofrénicos por el tripi y la maldad humanos; o picadores carniceros o estoques carnívoros de ala dulce y homicida.

Pero la realidad cada tarde trae toros que doblan las manos, afeitados, que son la negación del toro y de la bravura. Toros como, por ejemplo, los torrestrella de ayer.

El teléfono tartamudea, las sombras crean fantasmas, hace frío y estoy solo. Qué frágiles son las luminarias del vestido de torear; qué frágil es el ser humano. Sólo los afectos nos sostienen y apuntalan. Lo dice la copla: «Si me quieres soy de bronce, si no me quieres, de vidrio». Hace mucho frío en La Maestranza


  diarioandalucia.jpg (22376 bytes) FFRANCISCO MATEOS. Edición del 16 de abril Oreja al esfuerzo de Pepín

Ni por favor. Ayer pedíamos en nuestro titular toros para la Maestranza hasta por favor, de la forma más que respetuosa. Pero nada. Los toros de Torrestrella adolecieron de emociones y la tarde volvió a ser pesada. Incluso frustrante por cuanto se vio a dos toreros –Jesulín sigue en otro mundo– con ganas de amarrar un triunfo. Y lo logró in extremis Pepín Liria en el último de la tarde. Y más que en el último, en las últimas tandas de la tarde, cuando ya se iba el festejo. Una oreja que recompensaba la disposición del bravo torero, algo que no es nuevo en esta plaza.

El primero de Torrestrella se abrió el pitón derecho más de diez centímetros longitudinalmente desde su punta al menor contacto con el albero. Ya se sabe que Torrestrella ha sido recientemente sancionado por la Junta de Andalucía por un toro que afeitó para El Puerto de Santa María, no siendo ésta la primera vez, ya que también lo fue por otro en el año 94 en Málaga. El astado de Los Alburejos tenía clase en la muleta, aunque la falta de fuerzas lo hacía sosón. Pero es que Jesulín, frío y despegado, tampoco lo animó, porque tenía mejores y más muletazos de los que sacó el gaditano, que no tuvo un buen comienzo. Silencio, de esos que duelen, fue su balance.

El cuarto era un novillote, de escaso trapío. Jesulín aburrió hasta las ovejas con muletazos y muletazos, sin decir nada de nada. El animalito era noblote, justo de raza y de fuerzas, pero al menos iba y venía, que en estos tiempos que corren en la Fiesta no es poca cosa. Ahora bien, había que alegrarlo, y Jesulín parece que ultimamente no se alegra ni jarto de vino. Al menos lo despenó con dignidad.

Y si el primero de la tarde se despitorró al mínimo contacto con el albero, el segundo es que se despitonó por completo al rematar en el burladero de matadores. Vamos, que se partió por la cepa el cuerno derecho. El presidente Fernández Rey lo devolvió con buen criterio. El sobrero, un zambombo de 649 kilos, permitió que Finito jugase los brazos con estilo y cadencia en lentas y buenas verónicas. En la muleta acusó el animal el exceso de kilos y no terminó de romper, aunque tenía un cierto son y era noble. Finito se gustó, a pesar de todo, en algunos derechazos.

Al quinto lo recibió en el tercio con una larga cambiada, para después intentar lucirse en verónicas a pies juntos, aunque el astado le obligó a rectificar la posición. La impresión fue que Finito venía con el chip del triunfo y las enormes ganas de redondear una faena en Sevilla. Pero no se lo iba a permitir un ejemlar de Álvaro Domecq, que medio se dejó hacer algo por la derecha, con poco estilo y menos emoción, de uno en uno, sin poder ligar. Al natural era peor, porque se revolvía y buscaba la cadera del torero. Finito estuvo, como en el anterior, por encima de las condiciones del toro.

Tremendo susto el que todos nos llevamos cuando el tercero se fue derecho al caballo de José Bernal y lo derribó con estrépito, quedando bajo la tronera del burladero a merced del toro, que rozó con sus pitones la chaquetilla del buen piquero. El toro, pese a lo que en un principio pudo parecer, fue incierto. Conforme transcurría la faena de Liria, el toro iba poniéndose más molesto, más mirón, pendiente del torero. Lo que ocurre es que hasta el final no se vio el picantito que tenía este Pescador porque el murciano le hizo las cosas muy bien, llegando incluso a ligar una serie al natural estimable. A la hora de matar le tiró un hachazo al pecho y quedó prendido, aunque sin consecuencias.

El sexto, que a punto estuvo de llevarse por delante a Pepín en el saludo de capote, se hizo trizas el pitón izquierdo, que quedó hecho añicos, una auténtica brocha tras derrotar levemente. El animal se movió en el tercio de banderillas. Buscó el acople el torero, pero no era fácil, porque entraba con poco recorrido, se revolvía y cortaba el viaje. Cañadillo, que así se llamaba, no se entregó. Pero, como ocurriera el día anterior, aunque en esta ocasión se hizo esperar al final de la faena, el triunfo llegó. La técnica de Pepín, el ir sobándolo y metiéndolo en la canasta con temple dio resultados y sacó tandas de derechazos que hicieron sobar a la callada banda ayer. A diferencia de Dávila Miura, Pepín agarró la estocada y tocó pelo. Se lo mereció.


El Correo de Andalucía. JOSÉ ENRIQUE MORENO. Pepín Liria vuelve a rendir

La firmeza del torero en el sexto lavó la cara a una tarde sin suerte para los toros
Los toros también tienen que tener suerte. Cuando el banderillero de turno coge el papelillo de fumar del sombrero en el sorteo, desea que a su matador le toquen los dos mejores toros. Pero si trasladamos el asunto al plano ganadero, el criador de bravo desea que sus toros caigan en las mejores manos. Ayer, el banderillero de confianza de Jesulín sacó el mejor lote en el sorteo, con lo cual -a priori- benefició a su matador. Pero, tal y como sucedieron las cosas, resultó que Jesulín tuvo suerte en el sorteo, pero no la tuvieron los toros que le correspondieron al torero de Ubrique porque Jesulín no les dio fiesta, o sea, no les sacó el rendimiento oportuno.
Si esos toros hubieran caído en manos de Finito o Liria, mucho más puestos y dispuestos ayer que el susodicho, la decoración de la sexta corrida del abono sevillano hubiera cambiado de forma radical. Pero así son las cosas del toro, donde tantas veces se cumple eso tan taurino de que "el toro descompone", en este caso concreto no por malo, sino por todo lo contrario. Que a Jesulín le toque un lote apto -más que apto en el caso del primero- y que consiga tan escasa -por no decir nula- brillantez es un despilfarro en los tiempos que corren. No sé si Jesulín está en condiciones de despilfarrar así, pero lo cierto es que lo que pasó ayer en Sevilla suena casi a pecado. Así se lo hizo saber la gente con su desprecio al final de la lidia de sus dos toros.
Para ser justos y poner las cosas es su sitio hay que decir que es cierto que el primero fue el toro más completo e importante de la corrida de Torrestrella, pero no lo es menos que sopló el viento y esta circunstancia descompuso a Jesulín. Por esta razón u otra relacionada con la falta de sitio, el torero de Ubrique no se templó nunca -su mayor virtud torera- con la embestida de Barbarrubia, un hondo burraco que se empleaba mucho en cada arrancada y que tuvo un buen fondo de bravura. Como la faena no tuvo limpieza y a Jesulín se le vio un tanto ido, se tuvo la sensación de oportunidad perdida. Pero lo malo es que el cuarto también se movió y Jesulín se templó más con él al principio, pero perdió el hilo de la faena. Tampoco dijo nada en este toro, confirmando el primer descalabro de la Feria.
Ahondando en el asunto de la suerte, quien no tuvo ninguna con los dos toros de su lote fue Finito de Córdoba. Su primero se partió un pitón al rematar en un burladero y fue cambiado -muy bien, presidente- por otro que pesaba nada menos que 649 kilos. Una mole así necesitaba un motor de alto caballaje para moverse, de modo que como no tuvo el suficiente fondo de bravura se paró ante la insistencia del diestro cordobés. En el quinto Finito estuvo igualmente dispuesto -incluso dio una larga cambiada- y firme ante un toro sin clase que no se empleó y que siempre llevó la cara alta. Más que encandilar con las formas de su toreo, Finito dejó, a base de tesón, una impresión de fondo bastante buena.
Esta apreciación vale igualmente para Pepín Liria, pero en su caso es menos noticia porque ya Liria estuvo muy entonado en su primera tarde. Con todo, Pepín fue protagonista de la corrida al cortar la única oreja. Los toros del diestro murciano sí tuvieron suerte de caer en sus manos. La suerte de los animales, en este caso, fue mayor que la del torero, que estuvo muy por encima de la condición de los dos cornúpetas. Su primero, que derribó espectacularmente en el primer puyazo, poniendo en peligro al picador José Bernal, no acabó de romper, costándole al animal repetir la embestida. Pepín lo toreó primero en series cortas por la derecha, pero consiguió mayor acoplamiento en una tanda al natural, antes de que el toro se orientara y le rebañara los muslos al quedarse muy corto. No hubo ni un renuncio en la actitud del torero, que demostró su superioridad.
Liria también tuvo un gesto de disposición al recibir al sexto con una larga cambiada, y la gente lo agradeció. En este toro, el diestro murciano necesitó pasar por una fase de acoplamiento, entre otras cosas porque equivocó el pitón. Liria comenzó la faena por el lado izquierdo -tal y como ha hecho en tres de los cuatro toros que lleva lidiados en la feria-, sacando muletazos de uno en uno a un toro que daba la impresión de estar muy apagado. Pero lo que pedía el animal era que el torero se colocara en el sitio y lo citara por el pitón oportuno. Liria hizo ambas cosas enseguida y el toro pareció resucitar. Entonces hubo ligazón de los muletazos, sonó la música y se restauró la emoción en el tendido. En la segunda serie por ese lado el torero tocó con fuerza y tuvo que tragar hasta que el torrestrella pasó, confirmando con su forma de estar que era el salvador de la tarde, de una tarde de toros sin suerte, de un torero desafortunado y de uno que volvió a darlo todo. Liria rindió como merece Sevilla.

 

 

 
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