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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del martes, 13 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Martelilla (sin castas y sosos, excepto el 5º,
que sirvió)
Diestros:
- El Tato. Estocada
desprendida, trasera y tendida (silencio); dos pinchazos, estocada (silencio). De nazareno
y oro.
- Pepín
Liria. Estocada desprendida y atravesada, aviso, tres descabello (silencio); estocada
tendida, aviso y descabello (vuelta al ruedo). De rosa palo y oro.
- Víctor
Puerto. Media estocada, descabello (silencio); media estocada (silencio). Amarillo y
oro.
Picador que destacó: -
Banderillero que saludó: Alejandro Escobar, de la cuadrilla de
Pepín Liria.
Presidente: Juan Murillo
Incidencias: La Autoridad, una vez reconocidas las astas de las reses
lidiadas, decide remitir al laboratorio competente las correspondientes a las reses
lidiadas en 2º, 3º y 4º lugar, por existir sospecha de manipulación.
Entrada: menos de ters cuartos
Tiempo: sol y fresco
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, El Mundo, El Correo de Andalucía
El País. JOAQUÍN VIDAL. Edición del 14 de abril. Un
asunto vidrioso
Algo debía de haber para que los toreros nos pegaran aquella paliza. Mar de fondo, por
lo menos. Los toreros o tenían pendiente una cuestión reivindicativa o no se explica.
Quizá latía en el fondo un asunto vidrioso. Y no dieron una; como si hubieran declarado
huelga.
La afición se preguntaba qué les había hecho a los toreros para merecer eso. Y
hacía cábalas. A lo mejor alguien no había pagado la entrada. O no habían cobrado
ellos y decían que toreara Rita.
Ojalá hubiese toreado Rita. Habría tenido por lo menos salero.
Los tres del cartel parecían australianos. Jugadores de fútbol australianos
parecían. Especialmente El Tato, no sólo por la talla, sino también por los aires
deportivos. A El Tato le cuadra más hacer footing que parar, templar y mandar.
Víctor Puerto da otra apariencia. Menos alto, más moreno, no tendría problemas en un
casting para representar papeles toreros. Pero sólo era apariencia. Tal cual se le
vio, daba la sensación de que está sin estar, de que vive sin vivir en él. Al lancear
de capa no aguantaba ni un pelín; los de muleta renunció a ejecutarlos: unas
superficiales probaturas, unos cites sin convicción, unos pases inconexos, desistía y se
marchaba a por la espada.
Pepín Liria rompió la huelga. Eso ocurrió a la altura del quinto toro, cuando ya
llevábamos casi dos horas allí aguantando el palizón.
Hasta entonces la afición buscaba pretextos para entretener el rato: unos entraban en
conversación con los vecinos de localidad, otros dormían a pierna suelta, en tanto
algunos habían sido comisionados para averiguar cuáles eran los motivos que provocaron
la vidriosa situación.
De repente se produjo un clamor, los dormidos despertaron sobresaltados, parte del
público se empinaba para rastrear los tendidos: alguien acababa de anunciar la llegada
del padre Apeles. Luego se comprobó que el padre Apeles no estaba en la Maestranza y a
quien se buscaba entonces para pedirle responsabilidades era al que había dado la voz de
alarma.
Un empleado se cayó estrepitosamente en el callejón, las mulillas salieron de
estampida dos veces galopando enloquecidas por medio del redondel y estos incidentes
sivirvieron para amenizar la fiesta. Se daba por seguro que los había provocado Canorea,
el empresario, por si el público se hartaba y se levantaba en revuelta exigiendo la
devolución del importe de las localidades.
Los toros -nos referimos a la masa amorfa con un par de cuernos que salía de los
chiqueros- no se comían a nadie. Antes al contrario, los oscuros y amorfos toros se
dejaban zurrar la badana como tontos y llegado el último tercio se ponían a
disposición.
Nada importó la servil entrega: ninguno de los diestros de la terna se sintió capaz
de dar un pase a derechas. Las supuestas lidias de los tres primeros toros llegan a no
existir y eso habríamos salido ganando. El cuarto lo brindó El Tato al público y,
brindado, no toreó lo que se dice nada, nada, nada.
A la salida del quinto toro -alto, escobillado, cara punky, enhiesto el pelo de la
dehesa-, Pepín Liria ciño lances y en las suertes de muleta se dio lo que ahora llaman
un arrimón. Decidido, frenético, veloz y montaraz pegó naturales y derechazos a su
manera, que es una mezcla de ardor torero y de incivilidad artística. El público
reconoció su mérito, agradeció el detalle y le habría entregado de mil amores la
oreja, perdida al fin por la insolidaridad del toro, que tardó en rendir su aperreada
vida. Dio, sin embargo, una ovacionada vuelta al ruedo y dejó donde estaba su bien ganado
cartel.
Todo lo contrario le ocurrió a Víctor Puerto que, en el sexto, volvió a las andadas,
a torear de capa echando el paso atrás, a traslucir su indisimulado desánimo, a ponerse
allá donde el toro apenas podía embestir, a quitarse si por casualidad embestía, a
cortar la faena a los pocos minutos de empezarla, pedir la espada, acabar de una vez.
Salvo que, efectivamente, alguien hubiese entrado sin pagar o que Canorea estuviera
deudor con los toreros, no había motivo -que se sepa- para semejante actitud; para el
aburrimiento que protagonizaron los espadas, para su manifiesta falta de torería. No
llenaron la plaza. Y, después de eso, es difícil que nadie quiera volver a verlos.
ABC. ZABALA DE LA SERNA. Edición
del 14 abril. Liria evitó el muermo total
Hace más de quince años tuve la inmensa suerte de conocer a Pepín Martín Vázquez. Fue
aquí, en Sevilla, en el bar «Albero», en la calle General Polavieja, en el mismo lugar
donde hoy, ayer para ustedes, me comunicó Manolo Carmona, su primo y también matador de
toros, que Pepín está internado a consecuencia de un pequeño achuchón. Al gran torero
sevillano, el inolvidable Currito de la Cruz, le deseamos una pronta recuperación.
Habrá sido el hijo del señor Curro uno de los toreros que mejor haya interpretado el
arte de Cúchares. La mala suerte se cebó con él y rompió su trayectoria, marcada por
la terrible cornada de Valdepeñas. Aún ahora las viejas fotografías de Pepín Martín
Vázquez siguen desprendiendo un aroma especial, una gracia sin igual e irrepetible.
Cuánto daríamos porque hoy en día saliera un torero así.
La recia y sobria concepción del toreo de El Tato nada tiene que ver con aquel luminoso
toreo de Pepín recogido en la fabulosa película de Luis Lucia. El maño lanceó a la
verónica en el saludo, con poder y temple, hasta desembocar en los medios. A la virtud
noble del serio y astifino primer toro de Martelilla se contraponía el defecto de no
humillar. La escasa bravura que poseía se la dejaría en el caballo. A la muleta llegó
con la cara por las nubes, distraído y totalmente descastado. Tras dos series vanas sobre
la mano derecha, abrevió El Tato: una estocada desprendida y trasera puso el punto y
final.
Absurdo brindis
El cuarto desarmó de salida, y de manera consecutiva, a El Tato y a su peón Antonio
Caba. El diestro de Zaragoza brindó inexplicablemente al aburrido público, ¿para
arrancar algunas palmas?Serían aquellas las únicas que se escucharon durante la faena.
Ni por uno ni por otro pitón obtuvo nada. Para colmo, no anduvo fino con los aceros. El
gentío continuó con la gran siesta en que se había convertido la tarde.
Pepín Liria estuvo muy por encima del segundo, un toro bajo de agujas, reservón y de
nula casta. Abrió faena genuflexo y por bajo, para, a continuación, presentar batalla
sobre la mano izquierda. El torero de Cehegín optó por no atosigar a su enemigo, aun a
costa de obviar la cuestión de cruzarse. Así, tiró de él en tres series al natural que
fueron «in crescendo». De hecho, la tercera se compuso de los mejores naturales, muy
largos y con la mano muy baja. Ahí se acabó el toro. Nada más pudo sacar Liria. Se
demoró en cuadrar al cornúpeta y, por ello, escuchó un aviso tras dejar media estocada
muy atravesada. Pasó apuros para descabellar y escuchó una ovación.
Alejandro Escobar protagonizó con los palos, ante el grandullón quinto, uno de los
escasos momentos brillantes de la tarde. A Liria le volvió a funcionar muy bien la cabeza
y supo darle a su noblote enemigo el sitio y la distancia necesarios. Derrochó valor
cuando fue menester y sabiduría. Sobre ambas manos, construyó una faena técnica, con el
epicentro situado en tres tandas diestras. Los constantes paseos entre cada tanda dieron
al de Martelilla el fuelle necesario para seguir con largura la franela. El murciano
elevó el decaído final de faena con una estocada en todo lo alto. Ejecutó la suerte con
mucha rectitud, aunque perdió la muleta en el embroque. Como la espada se hundió algo
tendida, necesitó descabellar. En ese compás de espera sonó un aviso, que no fue óbice
para que diera una merecida vuelta al ruedo. Sólo le faltó el detalle de pasear el
anillo con más torería:bien podía haber cogido el capote en la mano izquierda.
De los toros de Guisando parecía el tercero, castaño y falto de ese remate necesario
para alcanzar la seriedad del toro. Víctor Puerto se quedó prácticamente inédito.
Escaso respeto transmitía la cara del sexto. Liria estuvo muy oportuno durante el segundo
tercio para meter el capote a la salida de un par y cortar el viaje al toro, que seguía a
un apurado Manolo Osuna. A pesar de que Puerto apechó con un lote malo, se le vio con
cierta apatía y desazón. Resolvió breve y con media estocada.
Afortunadamente, Pepín Liria salvó la tarde del muermo total provocado por la infumable
corrida de Martelilla.
El Mundo. JAVIER VILLAN. Edición del 14 de abril. Mármol, piedra, oscuridad, silencio
Negra tarde de toros: toros-piedra, toros-sombra, toros con vocación
áspera de carreta, más que de lidia. Si viéramos los aficionados los toros con el
ánimo y el ojo del torero, ¿qué veríamos? ¿O si se contemplaran los tendidos con el
ojo del toro? Yo lo vi todo negro, salvo el corazón aguerrido de Pepín Liria, que en el
toro menos mármol, menos piedra de la tarde, se entregó valiente y honrado; y menos el
par de banderillas de Alejandro Escobar.
Cuando algo de eso se produce en el teatro, lo llamamos efecto inmersión. Un personaje
es ciego, por ejemplo, Lorena, en El lector por horas, y viene el director y el autor y
ponen el escenario en sombras; el espectador ve la oscuridad en que en ese momento se
supone está sumergida la ciega. Ese es, creo yo, uno de los grandes aciertos de Sanchis
Sinisterra y de García Sánchez en la citada obra; acierto que no es posible en una plaza
de toros porque, ¿qué veríamos si viéramos a los toreros con los ojos de un toro al
que le han metido veneno en la sangre, el espíritu esclavo de los bueyes de yugo en su
armazón arrogante de bravo? ¿Y si contempláramos el ruedo con los ojos del miedo de los
toreros?
El efecto inmersión ni siquiera pudo ser válido ayer para el ganadero, que mira
siempre sus toros, o casi siempre, con ojos de criador enamorado. Pero no voy a seguir en
este símil teatral, por más que en el estreno de El lector por horas ese momento de
tinieblas se me agarrara al alma y me dijera: «Así debe estar muchas tardes el alma de
los toreros: ciega. Y así está tantas veces el espíritu cabreado del aficionado». Como
ayer.
Excepto cuando salió el quinto y Pepín Liria, con o sin efecto inmersión, se lió la
manta a la cabeza y quiso ponerse el mundo por montera. Y hacer de lo que, a veces, es una
representación vana, una tragedia heroica. Pepín Liria, ora por la derecha, ora por la
izquierda, sometió a un animal nada claro, un punto violento y con más genio agresivo
que con raza. Esos son los indicios que debe aprovechar el ganadero de una corrida muy
bien presentada y de buida cornamenta. Cuernos como las agujas del primero, que hicieron
un desgarrón en las tablas del 4, sacaron chispas del maderamen y se quedaron incólumes,
limpias y vírgenes como templadas a fuego.
Sangre sin casta
Fuego de fragua en las astas, aguachirle en la sangre. Menos el quinto que, a estas
horas, debe haber redimido en parte la conciencia del ganadero. La corrida de La
Martelilla fue mansa y se comportó más como recua mular que como torada. La Martelilla
es ganadería reciente, formada por división de la vacada del Marqués de Domecq; seguro
que aún anda en probaturas.
El lote de Pepín Liria, el menos desabrido del encierro, acabó tragándose muchos
más muletazos de los que quería, gracias al poderío de la muleta del murciano. Pepín
Liria, en dos tandas de naturales y dos tandas de derechazos abrochados con espectaculares
pases de pecho, levantó la temperatura de una tarde que había caído bajo cero. El Tato
jugó bien brazos y cintura en las verónicas. Asentó los pies. Y ahí acabó todo.
Víctor Puerto ni siquiera pudo derramar su sonrisa, su desparpajo, que regala como flores
por los ruedos de Iberia.
Si en toros pudiera producirse ese efecto inmersión a que aludíamos al principio, esa
suplantación del espíritu de un personaje desde los graderíos por parte de los
espectadores, ¿cómo hubiéramos visto ayer los toros de La Martelilla? Como piedras; una
ciudad encantada, llena de piedra, de figuras fantasmagóricas y pétreas, de fantasmas de
toros a los que se les había inoculado sangre de piedra y de arena.
Lo vi todo negro, salvo el corazón guerrero de Liria, como Lorena en El lector por
horas. Siniestra oscuridad en el rubio ruedo de La Maestranza; oscuridad y nada, oscuridad
y piedra. Ni siquiera pude clamar, como Don Estrafalario en Los cuernos de Don Friolera:
«Quiero para el teatro la pasión de los toros». En tardes así, mejor que cada cosa,
teatro y corridas, se queden en su sitio.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. Un toro y cinco estatuas
La baja raza del ganado volvió a convertir la corrida en un auténtico padecimiento
Comparada con la de ayer, la de Cebada fue un corridón de toros. La de ayer fue una
corrida sin raza, que apenas se movió, muy en la línea de la que se lidió -de
Torrealta, recuerden- el pasado Domingo de Resurrección. Y así pasó lo que pasó: que
estar en la plaza se convirtió en una especie de suplicio compartido, un castigo que no
merece la afición. Pero así son las cosas y desgraciadamente así parece que van a ser a
lo largo de la Feria si no hay sorpresas de última hora.
Si les digo que es fácil y difícil al mismo tiempo contar lo sucedido, no estaré
faltando a la verdad. Es fácil porque la lidia de un toro fue un calco de la lidia del
siguiente. Una faena de muleta fue muy parecida a la anterior, y también a la que le
sucedió porque prácticamente no hubo toreo, sólo cites que no tuvieron respuesta en
toros parados como una cabina de teléfono. Pero también es difícil porque resulta
altamente complicado separar el poco grano de la abundante paja y dar a cada uno lo suyo.
Al menos, lo intentaremos...
Es fácil destacar al mejor torero de la tarde. Pepín Liria lo fue de lejos, consiguiendo
él y sólo él levantar la ovación del tendido. Bueno, él y su banderillero Alejandro
Escobar, que se desmonteró en el quinto de la tarde, el único toro móvil -los demás
fueron fijos e inmóviles- de la corrida de Martelilla. Simplificando las cosas, a ese
toro se podría reducir la crónica de hechos de esta quinta del abono, de ahí que nos
detengamos un poco en describir sus acciones en el ruedo y lo que le hizo Pepín Liria.
De entrada, este quinto fue el toro más voluminoso de la tarde, con trapío suficiente
para ser lidiado en Bilbao. Liria no logró lucirse con la capa, pero ordenó cuidar al
animal en el caballo. Esto sirvió para que el toro, que tenía voluntad de embestir, lo
hiciera en la brega, desplazándose más que todos los lidiados hasta el momento. Esta
movilidad continuó cuando Liria cogió la muleta, pero resultó ser una movilidad surgida
del temperamento, lo que no hizo cómoda la estancia del torero ante sus pitones. Liria se
lució en los muletazos iniciales y luego tuvo algún que otro problema para atemperar la
embestida de Resfriado. Hubo por ello algún enganchón en las dos primeras series, pero
hubo también emoción, la misma de la que estaba ayuna la tarde hasta ese momento. Liria
superó este problema inicial a base de aguante y logró que las series siguientes fueran
limpias y ligadas. Con todo, era difícil torear despacio a un toro con temperamento.
Liria creó el ambiente necesario para cortar una oreja, pero perdió el trofeo al no
hacer efecto una estocada tendida y necesitar de un descabello.
Este torero fue el que más pases pudo dar en la tarde de ayer. O el único que los pegó.
En su primero, un toro que escarbaba y que embestía como enfadado -con carbón, como
dicen los toreros- también pudo torear. Lo hizo siempre con la mano izquierda porque ese
fue el mejor pitón del toro desde el principio. Liria se hizo con el temple del toro en
la tercera serie, casi cuando se habían acabado las arrancadas de un toro que duró
bastante menos de lo justo.
Pero ese segundo por lo menos duró algo. Los demás -y con la excepción hecha del
quinto- no duraron nada. La gente se enfadó algo con El Tato en su primero, cuando el
enfado debía estar dirigido al primer toro aplomado de la tarde, que lejos de entregarse
se defendió por su falta de raza y poder. En el segundo de su lote, Raúl tuvo más de lo
mismo, o sea, un toro parado en banderillas que no le ayudó ni lo mínimo exigible. Con
todo, y guiado más por su corazón que por su cabeza, lo brindó al respetable sin poder
ofrecer nada destacado tras el monterazo.
Lo de Víctor Puerto fue una historia muy similar, aunque en este caso empeorada por el
hecho de que el torero no se esforzó demasiado en sacar pases a toros ineptos. Víctor
fue breve, quizás demasiado conciso en sus acciones delante de los dos toros de su lote.
Un intento de toreo diestro en ambos toros, una constatación de las pocas condiciones de
los animales y a matar. En su primero no se vio mal del todo porque el toro se paró en
redondo, pero en el sexto se echó en falta un poco más de interés en, al menos, mover a
un toro que tampoco quería colaborar, pero que si se le insistía se arrancaba y seguía
la embestida un par de veces o tres.
Tan mal fueron las cosas que al final, y pese a que un toro había roto a embestir, la
gente se fue descontenta, como maldiciendo la idea de alguien de dar toros en una fecha
gafe. Y menos mal que no pasó nada, que hasta ahí podría haber llegado la cosa.
Esperemos que hoy cambie la decoración, aunque la empresa ofrece más de lo mismo. Hoy
veremos de nuevo a Puerto y a El Tato. Esperemos que a la segunda vaya la vencida, porque
de lo contrario mal lo tienen ambos.
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