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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 12 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Cebada Gago (bien presentados, bravos y
nobles, con casta, sobre todo 4 y 5º)
Diestros:
- Javier
Vázquez. Estocada un poco tendida (ovación); estocada (palmas al toro, pitos al
torero). De agua marina y oro.
- José Luis Moreno. Estocada que le
sale -guardia civil-, tres descabellos (ovación); dos pinchazos, dos descabello (saludos
desde el tercio). De azul claro y oro.
- Pedro Perez Chicote. Estocada
ladeada, tres descabellos (ovación); pinchazo, media que escupe y otra media, cuatro
descabellos (silencio).
Picador que destacó: -
Banderillero que saludó: Vicente Yagüe "El Chano" (le
tocó la música)
Presidente: Fernando Carrasco
Incidencias: -
Entrada: tres cuartos
Tiempo: sol
Crónicas de la prensa: EFE,
El País, ABC, El Mundo,
El Mundo de Andalucia, Diario de AndalucíaDiario de Andalucía, El Correo de Andalucía
El Mundo. Javier
Villan. Edición del martes, 13 de abril´99. Un
gran toro de una corrida relativa
El año pasado en el Pilar, Cebada Gago echó una corrida que acreditó el valor de
quienes la mataron, emocionó a los verdaderos aficionados, inquietó a todo el escalafón
de matadores e irritó a los defensores del toro babosa como modelo impecable para la tauromaquia.
Aquello se convirtió en una corrida maldita, como si siguieran alguna secreta
consigna, los toreros empezaron a hacer ascos a los cebadas. La corrida de ayer en La
Maestranza no fue así.
Y no sé qué pensarán de ella aquéllos a quienes lo del Pilar les pareció un
atentado contra la norma taurina vigente y una vuelta a la prehistoria. La corrida de ayer
no fue, ni de lejos, aquel corridón ejemplar y temeroso; pero explica algunas de las
razones por las que las figuras, las figuritas y los figurones del tinglado, abominan de
estos toros: pitones, cierta movilidad y, pese a
la mansedumbre exhibida, picante e intenciones.
Por eso, en Valencia, los cebadas se quedaron en los corrales. Tampoco es que sean fieras corrupias o
monstruos del averno, satanases o barrabases impíos. El sexto de ayer, sí que tenía
algo de eso. Son, simplemente, lo que se supone que han de ser toros de lidia. Relativamente.
Ayer, la corrida de Cebada Gago fue una corrida relativa. Muy bien presentada, seria de
cabeza; aunque relativa de casta, relativa de fuerza y relativa de movilidad. Alguna culpa
de estos parones ensimismados habrá que achacarle a la forma en que se picó y se
castigó a los toros.
Hace unos días, la Asociación Tierra de Toros, de Colmenar Viejo -pueblo duro y
torista- le dio a Cebada Gago el premio al toro más bravo de la Feria de los Remedios. No
sé si ese galardón puede merecerlo alguna de las reses de ayer, aunque no estaría de
más ir pensando seriamente en el cuarto. La corrida tuvo la incertidumbre que hay siempre
en el ruedo cuando aparece, no la babosa mocha y baldada, sino el toro con todas sus
virtudes y defectos.
Toreo reconcentrado
Por desgracia para él ese toro le correspondió a Javier Vázquez, que había estado
muy torero y decidido en el primero; aquí cambió el panorama y para mal. No fue un toreo
brillante el de Javier Vázquez en el que abrió plaza; no fue un toreo de dengues,
melindres y florituras: fue un toreo reconcentrado, atento al latido interior y, sobre
todo, atento a los latidos del corazón caliente y hostil del cebadagago. Esta era la
cuestión.
Atemperar el carácter un poco selvático e inteligente del animal a base de
adelantarle la muleta y llevarle prendido en la
misma. Si el cuarto no se desloma con aquella voltereta circense, no sé lo que hubiera
sido. Se comía la muleta por los dos pitones;
mas Javier Vázquez no se comió el toro.
El buen trazo se le descomponía, la casta del toro le desbordaba y no halló el sitio
ni el tiempo ni la circunstancia. Lo que sí halló el madrileño fue el sitio de la
muerte, al igual que en el primero, con una espléndida estocada.
Desde la raya, clavado en el albero, erguida la figura y muy torero, José Luis Moreno
-redondo, pase de pecho, natural, pase de pecho- abrió camino hacia los medios. El cebada
blandeaba, pero en una de ésas se revolvió y le dio una carrera a José Luis Moreno que
le arruinó los esquemas. Los esquemas de José Luis Moreno, en éste y en el quinto,
estuvieron claros: compás abierto, juego de cintura y remate atrás.
No redondeó faena en ninguno de los dos,
aunque en dos tandas de redondos y una de naturales en el quinto levantó los ánimos de
una plaza postrada. La casta de este quinto toro le mantenía en pie. Pero el picador
había hecho en él prospecciones en profundidad, como si buscase la sangre brava para
aniquilarla.
Chicote, al igual que Moreno, se presentaba en La Maestranza: una presentación
desafortunada y gris. El sexto era un barrabás y en el tercero estuvo desdibujado.
Quien levantó clamores fue El Chano, que banderilleó asomándose al balcón y
poniendo el corazón, el arte y la técnica en banderillas. La cruz fue para otro
subalterno, de la cuadrilla de Chicote, Francisco Tejera, creo, que se tiró de cabeza al
callejón y se lastimó su atemorizada anatomía.
El País. JOAQUÍN VIDAL,
Sevilla. Edición del martes, 13 de abril´99. El toro soñado
Y apareció el toro con que sueñan los toreros.
Apareció y, al rato, se había convertido en una pesadilla. El torero supuestamente
soñador que luego acabó teniendo pesadillas fue Javier Vázquez. El toro, bravo y
boyante, que en cada embestida le estaba dando
un pasaporte para la gloria, murió embistiendo y cuando lo arrastraron llevaba las orejas
puestas. Todo es empeorable pero quizá Javier Vázquez acababa de consumar el fracaso de
su vida.
El toro con que sueñan los toreros... La frase tiene mucho de literaria. No todos los
toreros sueñan el mismo toro. Hay algunos, que toros como estos no quieren verlos ni en
pintura. El toro sería noble, sería un dije, pero prefieren perdonar la
torta por el coscorrón.
Toros de Cebada Gago, cuyo hierro llevaba la hermosura que Javier Vázquez dejó escapar
con las orejas puestas, no son de fiar. Toros como los de Cebada Gago son de casta, lo que
equivale a decir que les corre por las venas sangre ardiente y suelen plantear serios
problemas.
Un toro de estos abrió plaza y resultó paradójico que Javier Vázquez estuviera en su
lidia torerísimo. Parecía distinto torero al que después fracasaría estrepitosamente.
¿Un episodio de amnesia? ¿Un caso de desdoblamiento de personalidad? Al primer toro, que
manseaba y tardeaba pero que embestía con tremenda codicia, Javier Vázquez lo pasó por naturales y hubo de tragar paquete pues cada
acometida constituía un chorro de casta indómita capaz de arrollar cuanto se le pusiera
por delante.
Mejoró Vázquez en los redondos y volvió a intentar los naturales con el amor propio y
la torería que ha demostrado tantas veces a lo largo de su intensa carrera artística.
Con los toros de casta se habrían de medir las capacidades de los otros espadas, a
quienes un triunfo en la Maestranza les podría abrir camino para mayores empresas.
Pero no hubo caso: los otros espadas parecen estar por el toreo moderno, que requiere un
toro distinto, en realidad el no toro, el que nunca aparece en los sueños de gloria que
tienen los toreros verdaderos.
Y para lidiar lo de Cebaga Gago allegaron una lamentable carga de vulgaridad. José Luis
Moreno, con el mejor lote, instrumentó derechazos con el pico, los empalmó dejando la
pierna contraria muy atrás o ponía terreno de por medio, que es otro de los trucos de la
tauromaquia contemporánea. Chicote ni siquiera eso, pues al tercero de la tarde, muy
probón, le aplicó una faena desangelada, y al
sexto, que se hizo el amo, se limitó a machetearlo.
Los toros no es que se hubieran escapado de los infiernos, los había incluso con
síntomas evidentes de nobleza; mas el trapío que traían y la seriedad que llevaban en
sus acometidas sembraron el desconcierto. El quinto saltó a la arena pidiendo pelea,
desarmó a José Luis Moreno que tomó precipitadamente el olivo y al rematar en tablas de
poco las parte por gala. Al sexto lo bregaron
sin orden ni concierto y en banderillas fue ella. El peón Tejera, en su huida, se tiró
de cabeza al callejón y cayó pegándose una
tremenda costalada.
Acaso esa alarma generalizada influyera en Javier Vázquez cuando dio las espaldas a la
gloria con aquella preciosidad, aquel paradigma de la casta brava que salió en cuarto
lugar.
El toro, de luminosa capa cárdena, largo y
cuajado, luciendo por delante un pecho poderoso, más adelante aún una cornamenta
armoniosa, acaramelada y buida; el toro, un monumento a la belleza propia de su especie,
embestía a cuanto se moviera.
Y embestía también humilladísimo; tanto, que al tomar un capote apalancó las astas en la arena y pegó un
volteretón del que salió desbaratado. Sin embargo se rehizo tercio adelante, acudió raudo a las suertes de
banderillas y llegadas las de muleta tomó la pañosa con pastueña entrega.
Javier Vázquez debió advertirlo, y demoraba los cites por prepararlos con esmero;
componía pintureras aposturas. Mas en el momento de la verdad, que es torear, se quedaba
fuera cacho, destemplaba los pases, tenía perdida la referencia del arte y su fundamento.
Cobró un estoconazo que fulminó al toro. Pero en su último estertor aún pegó el toro
una arrancada fiera sobre el torero, al que no alcanzó pues en su camino rodó muerto.
El sueño había terminado. Y sólo le quedaba al contrito diestro el amargor de la
pesadilla, la humillación de ver aclamado al toro, mientras el público le reprochaba que
no hubiese hecho honor a su excepcional nobleza; que no se hubiera sentido torero.
Agencia EFE. 12 de abril´99.
Juan Miguel Nunez
Tres buenos toros de Cebada Gago, segundo, cuarto y quinto, y un magistral tercio de banderillas a cargo de Vicente Yanguez
''El Chano'', fue lo mejor con diferencia del tercer festejo de la Feria de Abril de
Sevilla (sur de Espana), en la que la terna, sin embargo, se fue de vacio.
Se lidiaron toros de Cebada Gago, bien presentados, encastados y de juego interesante,
aunque algunos terminaron viniendose abajo. Los mejores, segundo y, sobre todo, el cuarto
para el que se pidio la vuelta al ruedo. El quinto fue tambien buen toro, aunque duro
poco. El primero, complicado. Tercero y sexto, sencillamente ''no se vieron''.
Javier Vazquez: estocada casi entera (ovacion) y estocada (silencio). Jose Luis
Moreno: estocada que asoma y cuatro descabellos (palmas) y dos pinchazos y tres descabellos (ovacion).
Pedro Perez ''Chicote'': estocada casi entera y tres descabellos (silencio) y dos
pinchazos, media caida y cuatro descabellos (pitos). Cuadrillas: Vicente Yanguez
''El Chano'' puso dos soberbios pares de banderillas al cuarto, lo que hizo que sonara la
musica mientras se desmonteraba para corresponder a una clamorosa ovacion. La plaza
registro media entrada en tarde de calor soportable. La tarde fue para uno de los
nombres que no figura con letras grandes en el cartel, el banderillero Vicente Yanguez
''El Chano''. Y no faltaron motivos para el lucimiento de los primeros espadas, pues hubo
toros de triunfo. Paso que no terminaron de entenderlos. Hay que insistir y
detenerse en ''lo'' del banderillero. Protagonista del momento de la tarde, y
posiblemente, en su especialidad, tambien de la feria. Ocurrio en el cuarto de la tarde.
''El Chano'' se dejo ver mucho en el cite antes de clavar un primer par con mucho aguante
y ajuste.
El toro, enrazado, presto mucha emocion por la fiereza con la que galopaba. Fue, lo que
se dice ahora, poner mucha ''transmision''. El refrendo de la plaza a ese primer par fue
un ''bieeenn'', onomatopeyica exclamacion para ensalzar las cosas bien hechas en el ruedo.
Y habria mas, mucho mas, cuando otra vez ''El Chano'' al cerrar el tercio se cuadro entre
los pitones, firme como un poste antes de sacar
''los palos'' de abajo, para a continuacion erguir de nuevo la figura y ''asomarse al
balcon'' en el momento de clavar. Una teoria que explican los manuales de
tauromaquia, pero esta vez llevada a la practica. La Maestranza bocabajo, es decir,
aplaudiendo en pie, mientras sonaba la musica. ''El Chano'' tuvo que corresponder montera
en mano y devolviendo prendas. Estampa de torero antiguo, de torero recio.
Y poco mas en los artistico dio de si la tarde, aunque, hay que recordar otra vez, hubo
toros para el lucimiento. Ahora a buscar disculpas.
Meritoria actuacion de Javier Vazquez en el primero, un toro que permitio poco, con el
que el madrileno fue capaz de ir mas alla de lo que cabia. El astado, violentito y
revolviendose, tuvo un punto de ''guasa''. Javier estuvo firme y la plaza siguio el
trasteo con silencio de respeto y de emocion.
En el cuarto, en el del triunfo del banderillero, sin embargo, no rodaron bien las
cosas para Javier Vazquez. Muy entregados el hombre y la fiera al comienzo de faena, no obstante el unico que supo mantener el
tono fue el toro. Y eso que el animal tuvo que superar el quebranto de un fuerte costalazo
al meter los pitones en la arena y girar sobre los mismos.
Jose Luis Moreno estuvo tambien resuelto y gustandose tanto con el capote como con la muleta en el segundo de la
tarde, un toro que asimismo se vio mermado por el cruel e innecesario segundo puyazo que
llevo. Faena a menos, con unas primeras series
buenas, pero demasiado cortas y un epilogo con muchas intermitencias. En el quinto, otro
toro bueno que llego a ''hacer el avion'' en los primeros compases del trasteo, Moreno no
redondeo, esta vez porque el animal terminaria desfondandose. Fue faena tambien a menos,
como el toro.
''Chicote'' paso como una triste sombra. En su descargo hay que anotar que pecho con el
lote menos propicio, pero aun asi no se le vio animo suficiente. Le vencio pronto la
desconfianza en su primero, y ni eso en el sexto, hasta el punto de acabar con un
desordenado macheteo.
ABC. ZABALA DE LA SERNA. Edición
del martes, 13 de abril´99. «Olivito», un toro de cortijo
Todavía no hay ambiente de Feria en esta semana previa. Se nota en las calles y en la
plaza. La céntrica Barbería Berro sirve de termómetro: ayer se hablaba más de fútbol
que de toros. Que si el Sevilla no vuelve a Primera hasta que el «probe» Miguel baje de
la montaña; que anda que el Betis; que si el Madrid no defiende ni con J.B. ni con
«ná». Yasí. El Gallo, desde una vieja fotografía, parecía mirar la situación con
perplejidad.
Los tiempos han cambiado, don Rafael. No sólo de pan y toros vive ya el españolito de a
pie. El fútbol le ha comido mucho terreno a la Fiesta desde entonces. La cosa ha tomado
tintes más de acto social, y que no falten. Cuando pasan las ferias, decae la afición, y
sólo vuelven por la plaza los cabales. Poco más de medio aforo había ayer en La
Maestranza para ver lo toros de Cebada Gago, los «terroríficos» cebadas que
fueron excluidos de las Fallas porque nadie quería lidiarlos. Ni las figura ni las
no figuras. Y mire usted por dónde, ayer saltó al albero maestrante un toro de bandera,
de cortijo, de consagración «Olivito» era su nombre, precioso y burraco de capa.
El pobre de Javier Vázquez no se acopló, no lo entendió. La repetitiva embestida
del cebada le desbordaba. Sólo en unos cuantos naturales le cogió el aire, pero sólo
eso no bastaba. A Vázquez le terminaron reprobando su falta de entendimiento, mientras
«Olivito» perseguía la muleta con el hocico a rastras, y hasta algunas veces la
alcanzaba, y la enganchaba. La ovación en el arrastre se escuchó en Triana. Y las
figuras, y las no figuras, huyendo de los cebadas. Así está el toreo.
Capítulo aparte merece el segundo par de banderillas que Vicente Yangüez «El Chano» le
puso a «Olivito». La Maestranza se volcó en una sincera ovación. Y es que El Chano
había realizado la suerte con torería y
verdad. Tampoco la primera reunión desmereció de las palmas. Es Vicente de los mejores
subalternos del momento.
La firmeza que demostró Javier Vázquez ante el serio y manso primero de nada le
valdría. Se había apretado en un quite por chicuelinas, una de ellas muy hermosa, y se
mostraría, luego, muy firme en el último tercio.
Pronto cogería la izquierda, por donde tragó con las temperamentales embestidas de su
enemigo, que solía meterse por dentro. Dos series así antecedieron tres
tandas diestras con el denominador común del valor. Una ovación recompensaría su
esfuerzo, después de matarlo por arriba.
Pudo haber dado más de sí el manso y buen segundo con una mejor lidia. Para empezar,
Moreno permitió un castigo demasiado duro en varas. Después, Rafael Figuerola bregó sin
mando ni ideas, a merced de lo que marcaba el toro. Sobraron capotazos. El joven
cordobés, que ya había brillado con el capote,
protagonizó momentos extraordinarios que carecieron del hilván de la continuidad, porque
el astado terminó desfondado. El principio de faena
resultó superior. Bajó, a continuación, la mano en un natural asombroso. Otro brotó de
la siguiente tanda. Vuelta a la diestra, tiró de su humillado enemigo con
largura a muleta a rastras.
Siempre faltó continuidad, insisto. Una última serie, con la obra vencida, también
diestra, exprimi totalmente el recorrido del burel. A la hora de matar, abandonó
Moreno la rectitud de la suerte. Aunque la
espada se hundió arriba, hizo guardia. Tardó el animal en echarse y enfrió un tanto los
ánimos, pero no evitó la ovación.
José Luis Moreno a punto estuvo de cuajar faena importante con el noble quinto. Sin
embargo, éste se apagó y se acabó de pronto. Dos tandas sobre la mano derecha tuvieron
largura y poderosa factura. Falló a espadas, y todo se quedó en una salida al tercio.
Pedro Pérez «Chicote» se presentaba en la Maestranza, como también Moreno. Transmitió
ante el tercero las escasas corridas que hay en su haber. Tampoco suplió las carencias
con decisión. El toro se frenaba por ambos pitones,
aunque el joven granadino nunca enganchó adelante la embestida ni tiró con firmeza de
ella. Se silenció su labor, después de tres descabellos y una estocada atravesada.
El sexto fue un manso rebrincado. El debutante Chicote resolvió sobre las piernas, con un
trasteo breve y liviano, presuroso por acabar. El toro fue el amo y señor de la lidia, de principio a fin. Ni el matador ni su
cuadrilla estuvieron a la altura de la categoría de esta plaza.
La corrida de Cebada Gago resultó muy interesante, a pesar de su contrastada mansedumbre
en los primeros tercios. Sólo por ver a «Olivito» mereció la pena la tarde, aunque
algunos de sus hermanos también dieron un más que aceptable juego. Desde luego, los
cebadas no se comieron a nadie
El Mundo de Andalucía.
CARLOS CRIVELL. Edición del 13 de abril. Las figuras no
querían a los de Cebada Gago
Llegarán los días de los grandes fastos en Sevilla, la Maestranza se vestirá con sus
mejores galas, el abonado no regalará sus entradas, el público rebosará de manzanilla
en los tendidos, el Real de la Feria hervirá de calor, llegarán los toreros denominados
figuras y el buen aficionado se acordará de los toros de Cebada Gago.
Esta fiesta camina por derroteros que la llevan a un futuro imprevisible. El torero
guapo es carne de revista del corazón; la fiesta de los toros sólo interesa cuando los
diestros aparecen en lugares públicos lejos de los ruedos. A casi nadie le importa si el
toro tiene casta, si está íntegro o lo han manipulado. En unos días, la gente llegará
a la plaza y ni sabrá el nombre de la ganadería que se lidia esa tarde. ¿A quién le
importa? Sólo al aficionado, especie, que por lo que se ve, casi ha desaparecido.
Son lamentos que a nada conducen. Lo que importa, según los que cuentas sólo lo
positivo, es que aquí vale todo. Si el torero está mal, la culpa será siempre del toro.
Es preferible un toro blando y bondadoso a uno encastado y fiero. Ayer se anunciaban toros
de casta que nadie había querido torear. Sólo por ello, mis respetos a los espadas que
hicieron el paseíllo. Reclamo con energía que
la afición exija que las supuesta figuras se pongan frente a los mejores toros.
La corrida de Cebada Gago no defraudó. Salieron toros bravos y mansos; algunos con
más casta que otros. El toro no se cayó y siempre pidió lidiadores. Ahí estaba el
problema. La lidia fue un desastre en los seis
astados.
El que abrió plaza se quedó algo crudo en el caballo; al segundo, por el contrario,
le hicieron papilla, aunque al que dejaron para el arrastre fue al tercero. También
recibió cruel castigo el precioso quinto y se adueño de la plaza el sexto.
La plaza se enamoró del cuarto. Era un toro muy bello, de pelo burraco, de fuertes
pechos, con carita de animal maduro. Se quedó derrengado en una costalada y apenas lució
en varas. Cuajó dos enormes pares El Chano y la plaza rugió viendo la alegría creciente
del astado. En la muleta Olivito comenzó a embestir
ante la sorpresa de Javier Vázquez, que no acertó a templar la codicia del animal.
El amor de la Maestranza por Olivito se tornó en desamor por su matador. El
madrileño no pudo templar ni ligar. Desde el tendido le dijeron de todo y tampoco hacía
falta. Javier Vázquez se ha dejado un ojo en su camino para ser torero, nadie le ha
regalado nada y no puso reparos en matar los de Cebada Gago. Esa dureza, justa por otra
parte, la espero en los días de lujo con los matadores con sello de figuras cuando llegue
el toro blando y aborregado.
El desastre de la lidia se consumó en el sexto. Los capotazos eran malos, no hubo
quites, se picó mal, la cuadrilla de Chicote pasó un quinario. Era un toro manso y
encastado. Un banderillero se lanzó de cabeza al callejón. El toro, llamado Cineasta,
fue el protagonista de la película. Chicote, pobre de contratos y de ánimos, no
podía hacer nada, salvo machetear por bajo y matar de la forma más rápida. ¿Quién
puede hablar de valor en tarde de toros encastados si el torero es de pocos contratos? Las
exigencias hay que guardarlas para los que no han visto un toro de verdad en su vida.
A Moreno, el torero de mayor proyección del cartel, le pudieron otra vez los cebadagagos
. De su muleta salieron los mejores pases de la tarde, pero en su primero, machacado
en varas, el toro se quedó corto, mientras que
en el quinto el torero ahogó la embestida del astado. Dejó buenos pases, apuntó, pero
no llegó a disparar. La tarde había sido para los toros.
FRANCISCO MATEO.
Sevilla,edición del 13 de abril´99 Un cumpleaños muy feliz
La corida de Albarrán deslució mucho toda, la verdad el
primero de los dos festejos de rejones del ciclo ferial. Pero hubo de ser en el quinto,
cumpliéndose aquello de no hay quinto malo, cuando llegara el momento más álgido de la
calurosa tarde. El navarro Hermoso de Mendoza, que ayer cumplía 33 años, lo quiso
celebrar a lo grande y cuajó una extraordinaria labor con el buen quinto.
Con un tordo llamado Labrit recibió Hermoso de Mendoza al astado más
ligero de carnes. Especialmente aplaudido fue un espectacular quiebro de adorno en las
tablas del tendido uno. Una enorme ovación recibió al conocidísimo Cagancho. Temple
infinito el de este torerísimo caballo, con el que se adornó a dos pistas, con recortes por los adentros, colocando banderillas
reculando con el toro ya arrancado y quebrando en un palmo de terreno. Y para rematar una
espectacular actuación lució también en este tercio a Chicuelo, otro magnífico equino.
Lástima que marrara en varias ocasiones con la espada y todo quedara reducido a una
oreja, porque tenía cortadas las dos.
La virtud fundamental de todo cuanto hizo Antonio Ignacio Vargas con el
astado que abrió plaza que dio en la báscula 627 kilos fue el temple que
imprimió a sus cabalgaduras para que siempre mantuvieran convenientemente encelado al
animal. Lo mejor fue la colocación de una banderilla a una mano por los adentros, ya muy
cerrado en tablas del cuatro, y un par a dos manos entrando muy derechito y ganando bien
la posición. Serio cuanto hizo. Tras dos intentos de rejonazos echó pie a tierra y
necesitó de cuatro descabellos.
Moura se lució en banderillas montando a Azúcar, un caballo que es
una delicia verlo arrancarse con un pequeño cambio de dirección al inicio de la
galopada. Estaba muy cerrado ya el toro cuando aún tenía la última banderilla en la
mano el portugués y para sacarlo del abrigo de las tablas hubo de acercarse hasta la
misma testuz y; lo enceló y lo sacó a dos pistas, con un gusto exquisito, de maestro. El
rejonazo que dejó no fue suficiente y utilizó el verduguillo.
Resultó deslucido el saludo de Javier Buendía usando su habitual
garrocha campera, porque el toro salió de chiqueros muy distraído y no siguió la estela
que le dibujaba el jinete sevillano. El ejemplar de Albarrán, de más de 600 kilos,
resultó sin brillo, parado, manso y se fue
parando conforme iba sucediéndose las suertes.
El caballero se esforzó por sacar partido de un pozo sin agua. Estuvo mal con los rejones
de muerte y llegaron a sonar dos avisos mientras intentaba, ya descabello en mano y pie a
tierra, que humillara lo necesario.
Tuvo que ser Leonardo Hernández el primero que se diera cuenta de que
tres rejones de castigo eran excesivos habida cuenta de lo parado que iban saliendo los
toros de Albarrán, y cambió el tercio con dos rejonazos. El rejoneador cordobés sacó a
Duque para banderillas, un excelente caballo, muy fino de lámina, que galopa a dos pistas
de forma muy suelta. Pero ni tan siquiera tan experimentada y valiosa cabalgadura, que
derrochó todo tipo de esfuerzos, fue capaz de encelar a un animal pesadamente manso y
huido, aquerenciado como un imán a las tablas maestrantes. Tanto esfuerzo tuvo recompensa
en un buen par de banderillas a dos manos por los adentros al final del tercio. Sacó a
Altanero para el rejón de muerte, ya con el tercio
cambiado. Solicitó permiso al presidente para colocar una banderilla corta que fue
denegada ante el enfado del caballero de la ciudad califal. Dejó la banderilla y, para no
saltarse la normativa pero sí hacer lo que pretendía y de paso dejar en ridículo al
presidente, simuló la colocación de la banderilla corta con la mano. Muy buena fue la
ejecución del rejón de muerte, entrando en corto y en rectitud para dejarlo
completamente enterrado. Tan impactante que fue decisivo para la petición de oreja, que
fue atendida.
Guitarra y Quito fueron las monturas que utilizó en banderillas el
joven Andy Catagena. Con el primero y sus espectaculares giros logró grandes ovaciones.
Hubo mucha vibración, mucha espectacularidad, pero el rejoneo no fue tan puro, sin clavar
al estribo y con muchos topetazos a sus caballos. Tanto que Quito fue alcanzado de mala
manera. Su enemigo se fue apagando y se fue diluyendo la emotividad. A pesar de todo, se
le recompensó con un trofeo.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. El primer gran toro
Sevilla pidió la vuelta al ruedo para 'Olivito', el cuarto toro de Cebada Gago
Pues resulta que salió el primer gran toro de la Feria y que se fue con las orejas
puestas al desolladero. Resulta también que la gente se enfadó mucho por este
despilfarro, que la plaza interpretó como si en los años del hambre se tirara un jamón
a los perros. Tan escasitos estamos de toros que embistan que la gente se enfada -con
razón- cuando sale uno y no es convenientemente toreado por el espada de turno.
Tanto es así que la cosa puede llegar a adquirir tintes de venganza: el personal se pone
cada vez más de parte del toro, al tiempo que crece el nivel de desprecio hacia el torero
incapaz de sacar partido de la buena materia prima. Eso precisamente le sucedió ayer a
Javier Vázquez en Sevilla. Y eso debe ser lo peor que le puede pasar a un torero en una
plaza de la categoría de la Real Maestranza.
Y concretamente pasó que salió Olivito, un precioso burraco de esos que los taurinos
dicen que no puede fallar, y no falló. Hizo temer por los ímpetus del burel la voltereta
que dio en los primeros compases de la lidia al clavar los pitones en el albero. El toro
quedó desconcertado, pero después de dos puyazos medidos comenzó a desarrollar las
virtudes de su bravura en la brega. El Chano, banderillero de Javier Vázquez, utilizó
tan buena materia prima para lucirse en uno de sus espectaculares tercios de banderillas,
de esos que hasta hacen sonar a la banda de Tejera. Hubo música en banderillas y no sonó
el pasodoble en la muleta. Con eso está dicho todo, y más si se tiene en cuenta que el
tal Olivito fue a más en este engaño, uniendo a su brava acometida condiciones tan
favorables para el torero como la fijeza, la humillación, la entrega y el recorrido. Sin
rodeos: el burraco Olivito fue un toro para encumbrar a un torero en Sevilla. ¿Y por qué
no se encumbró con él Javier Vázquez? Esa es otra historia...
Cuando se está delante de un toro tan bravo como éste hay que sentar pronto las bases y
dejar muy claro quién manda en el ruedo. Lejos de hacerlo, Vázquez se dejó enganchar la
muleta en las tres primeras series diestras, con lo que el toro fue tomando terreno,
haciéndose dueño de la situación. Al natural, Javier se recompuso un poco y templó
más, pero a esas alturas ya había comenzado la toma de partido por el toro y ya era muy
difícil remontar la situación. Todo lo que hizo a continuación fue ponerse en evidencia
porque cuantos más muletazos le daba, más clara dejaba la excelente condición del
enemigo. Salieron incluso pañuelos para pedir la vuelta al ruedo del toro y sonaron pitos
para el torero. El pueblo se pronunció así.
Javier Vázquez tampoco rompió en su primero, aunque en éste estuvo más firme y seguro.
Este cebada fue un manso encastado nada fácil, aunque se le puede definir bien como uno
de esos toros interesantes para todos menos para quien lo tiene delante.
Tuvo que pensar el torero madrileño mucho en la cara de ese toro que abrió plaza. Sin
embargo, la corrida de Cebada no fue ni tan dura ni tan complicada como algunos esperaban.
Sin ir más lejos, el lote de José Luis Moreno se dejó hacer, aunque sus dos toros
pecaron de apagarse en la muleta quizás por el castigo recibido en varas. Este torero
cordobés fue quien mejor sensación dejó entre los aficionados sevillanos por un valor
fundamental: firmeza, una virtud que parte casi siempre de la determinación de los
toreros.
El primer toro de Moreno buscó chiqueros con descaro en los primeros tercios, por lo que
uno de los méritos del torero radicó en romper esa querencia inicial. Hubo un comienzo
de faena vibrante porque el toro transmitía, destacando un precioso cambio de mano. Luego
le plantó cara con la muleta en la izquierda y logró buenos naturales sobre todo en la
segunda tanda. Cuando cambió de mano el toro se vino abajo y sólo le dejó ligar una
tanda. Pese a todo, la impresión fue muy buena, de modo que no se entendió bien que la
gente silenciara su labor pese a fallar con los aceros. Moreno mereció más. En el
quinto, un toro que embistió siempre a media altura, no dio tregua: toreó desde el
primer muletazo quizás temeroso de que el toro también se agotara pronto. La cosa
comenzó bien con un par de tandas diestras ligadas, pero sucedió lo que el torero temía
y la música calló. El toreo profundo de José Luis Moreno no pudo tener continuidad y
aunque la tarjeta de presentación fue buena, no se produjo el esperado triunfo.
Quien no aportó prácticamente nada a esta corrida fue el granadino Chicote, a quien le
vino grande la corrida y la tarde. Muy arromerado en su vestimenta, Chicote toreó muy
rápido a la verónica en su primero y no estuvo claro de ideas en este toro, el más
desrazado de la corrida. En el sexto, un manso con genio tiró por la calle de enmedio
ante el descontento general.
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