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Festejo de abono
Inauguración de Temporada

REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 4 de abril de 1999
Corrida de toros

Crónicas de la prensa

Ganadería: toros de Torrealta. Bien presentados, sin fuerza ni casta, inválidos; uno -el segundo- de Hermanos Sampedro , anovillado y también inválido.

Diestros:

  • Curro Romero, de azul claro y oro. Media estocada baja, media estocada tendida, 3 descabello (silencio); media y media estocada entera (saludos).
  • Espartaco, de nazareno y oro. Dos pinchazo, pitos al toro (palmas); estocada en su sitio, pitos al toro (palmas).
  • José Tomás, de tabaco y oro. Debutaba en plaza, con brindis al público. Estocada en su sitio, rueda el toro sin puntilla (saludo desde el tercio); dos pinchazos sin soltar, media estocada (palmas).

Picador que destacó-

Presidente: Juan Murillo

Incidencias:  -

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: sol

Crónicas de la Prensa: El Correo de Andalucía, Diario de Sevilla, El País, El Mundo El Mundo de Andalucía, Diario de Andalucía


diarioandalucia.jpg (22376 bytes). Sevilla, Francisco Mateos. Edición del lunes, 5 de abril´99. Tarde de expectación...

Y es que la razón siempre reside en el pueblo, y cuando de éste sale uno de esos dichos populares se suele cumplir con un alto porcentaje de regularidad. Y si es de contenido taurino es aún más alto el porcentaje, porque en el toreo está todo inventado. Ven ustedes, ya salió otro dicho, que no es al que me estaba refiriendo, sino a ese que dice tarde de expectación, tarde de decepción.

Todo estaba preparado. Los maestrantes le habían dado esos retoques a la placita para que estuviera más mona todavía. El cielo no quiso enturbiar tan señalado día y la luminosidad inundaba cada rincón del albero. Calor, mucha caló. Y Diodoro Canorea en su burladero frotándose las manos: la gente que responde y se cuelga el primer ‘No hay billetes’, que no será el último. Curro encabeza el cortejo de lujo en la Maestranza, como tantos años. Y junto a él dos hombres felices. Espartaco porque vuelve a pisar el albero de la Maestranza tras dejar de hacerlo en el año 95 por la maldita lesión de rodilla. Y el madrileño José Tomás, el torero de mayor expectación de las dos últimas temporadas, que hacía su debut en Sevilla después de dejarlo fuera Canorea en el 98.

Todo muy bonito, todo muy preparado. ¿Y el toro? ¿Ha dicho usted algo? ¡El toro! ¿Pero eso es importante? Por lo que se ve, a algunos —y aquí se han de incluir a los taurinos, ya sean toreros, apoderados o empresarios— no les preocupa demasiado. El año anterior Torrealta había dado al traste con la corrida inaugural. Pues nada, que como el hombre es el animal que tropieza dos veces con la misma piedra, le dejamos que lo vuelva a hacer este año. No ven, ya estamos otra vez con los dichos populares.

Todos salieron igual: venidos a menos, sin recorrido, sosos, parados, sin fuerzas, y algunos, como los de Espartaco, hasta se pusieron complicados al defenderse. Segundo, tercero, cuarto y sexto se abrieron profusamente, además, algunos de sus pitones al mínimo contacto con el albero, que fue donde únicamente derrotaron al doblar las manos, y no como dicta la teoría taurina.

A Curro no le hizo gracia su suelto primero y se limitó a doblarse con él brevemente y pasaportarlo de dos metisacas muy delanteros y tres descabellos. Además de algún lance con el capote, en el cuarto logró estirarse en algunos derechazos y desplantarse toreramente. Pero se vio que esta tapita que sirvió como aperitivo a sus hambrientos incondicionales puede convertirse en una buena ración en cualquiera de sus dos tardes feriales.

Volvió Espartaco y la gente estuvo a la altura de la sensibilidad que el hecho requería. Hubo algún apunte con el capote, sobre todo la media de remate en el quite por delantales de su primero. Después agunató y tragó en la faena ante un animal que se defendió y que fue imposible por ambos pitones. Fue una prueba satisfactoria para el torero. Y el mironcete quinto fue muy parecido, con muletazos de uno en uno y sin respuesta alguna al esfuerzo del de Espartinas. En éste estuvo más acertado con los aceros.

José Tomás lució parte de su repertorio de capote, muy ajustado siempre. Lo mejor lo logró en los inicios de la faena al tercero, con un toreo muy vertical y rematado con uno de desprecio de mano muy baja que enlazó con el de pecho. A la segunda tanda ya se paró. Se esforzó en el sexto; tanto que se puso pesado. Y la de ayer fue la primera. ¿Habrá más como ésta?


El País. ANTONIO LORCA, Sevilla. Edición del lunes, 5 de abril´99. El capote majestuoso de José Tomás

Fue visto y no visto, pero ha quedado ya en el recuerdo como un ejemplo mayúsculo del toreo excelso con el capote. Lo ejecutó José Tomás, y lo hizo con naturalidad, con profundidad y solemnidad. Lo hizo como debe hacerse el toreo bueno, aunque hoy parezca un auténtico milagro.

Ocurrió en el tercero de la tarde al que recibió en el tercio con la figura erguida, las zapatillas asentadas y las manos bajas. Y así, dibujó verónicas largas y hondas que remató con una ceñida media. Volvió al toro tras el primer puyazo, y en esta ocasión toreó por verónicas a pies juntos. Cuando volvía entre aclamaciones hacia el burladero, apareció Curro: dos verónicas rápidas y una media de ensueño. Ahí queda eso... Y el joven Tomás se atrevió a replicar al veterano; ahora, por gaoneras muy ajustadas, magníficamente ejecutadas, que pusieron la plaza en pie. También toreó por chicuelinas, pero eso fue en el toro primero de Espartaco, y demostró que no está perdido este pase tan ajustado y emocionante. En total, un minuto; quizá, minuto y medio de toreo de verdad; y quedará por mucho tiempo en la memoria de los buenos paladares.

Y, además, tiene que quedar, porque no hubo más. Bueno, había mucha expectación por los 40 años de Curro y la vuelta de Espartaco, y porque un Domingo de Resurrección sin expectación es como un jardín de flores en esta Sevilla cargada de tópicos.

Hubo una cosa que llaman corrida que se parece a una corrida de toros como un huevo a una castaña. Y un señor, al que llaman ganadero, que cría caricaturas de toros bravos, que fracasa todos los años y todos los años vuelve. Los cinco que le aprobaron eran inválidos, bien presentados pero dormidos, enfermos, drogados  o vaya usted a saber. Una auténtica tomadura de pelo.

Ni para triunfalismo dieron los toros de Torrealta. Todos anduvieron como almas en pena y murieron aburridos. Así no hay quien se luzca, se habrá quejado la terna actuante, como evitando la responsabilidad que le concierne en tan presunto
fraude.

Así no es capaz ni de triunfar Curro Romero, que está cada año más joven y más desconocido. Tiene hoy la dignidad y la vergüenza torera que se le negaron hace 15 ó 20 años, y un amor propio impropio de su edad. No quiere vivir de las rentas del pasado, sino aumentar el fervor de los suyos tarde tras tarde. Es verdad que no quiso ver a su primero, que tenía unos pitones astifinos que daban miedo. Y el cuarto se quedó en pie y permitió que Romero se luciera en una faena ventajista y rápida muy del gusto de los nuevos romeristas. Toreó en redondo, lo intentó por naturales, esbozó trincherillas y cambios de mano, pero todo fue un arrebato de amor propio más que de sentimiento.

Espartaco fue recibido y despedido con cariño, y puso la nota sentimental al brindar su primer toro a sus dos hijas, que estaban en una barrera. Dejó la impronta de su contrastada voluntad y poco más. Su primero era un novillo, sospechoso de pitones, inválido y descastado. Porfió con el capote y la muleta, y toda su labor careció de emoción. En el quinto, aunque se afanó por arrancar muletazos insulsos a un animal moribundo.

José Tomás se presentaba en Sevilla y dejó una tarjeta de mucho peso. Muleta en mano consiguió algún redondo estimable, pero ya se sabe que cuando uno no quiere dos no se pelean.


El Correo de Andalucía. JOSÉ ENRIQUE MORENO. Torrealta, otro año igual

El cadencioso toreo a la verónica de José Tomás y los apuntes de Curro, lo mejor

Sevilla vivió la resurección taurina a su forma. Llenó la plaza, reventó de ilusión la tarde y sucumbió ante la misma historia de todos los años. Todo lo soñado quedó en casi nada por culpa de una corrida de Torrealta que se paró: igual que el año pasado, igual que muchos años. La falta de raza del ganado -el problema no es de fuerza, sino de bravura- dio al traste con una tarde colmada de esperanzas en la que un torero cumplía 40 años de presencia en Sevilla y otro reaparecía después de un calvario de tres años.

Pero lo poco que hubo fue sublime. Me refiero sin duda al capote de José Tomás en el tercero de la tarde, y dejo fuera -por incompleto, claro está- el toreo de muleta de Curro en el cuarto. Lo del capote del debutante José Tomás fue algo extraordinario. Pocas veces se verá en la Feria torear tanto y tan bien a la verónica como lo hizo el madrileño en el toro de su presentación como matador en Sevilla. José Tomás expuso sin alarde, con sencillez, como se hacen las grandes cosas de la vida, cómo es el toreo a la verónica, ése en el que el capote se adelanta, embarca al toro, torean las muñecas, torea la cintura y el cuerpo se vuelca sobre la embestida del animal. No fue una verónica aislada y perfecta, fueron un racimo de ellas bien ejecutadas y cosidas unas a otras con un hilo mágico. La serie terminó por fuera de las rayas con dos medias y la plaza estalló por primera vez en una ovación cerrada y merecida. Pocas veces se ve torear con tanta cadencia y naturalidad a la verónica en estos tiempos que corren.

Ya había puesto de manifiesto José Tomás su buena disposición en el segundo de la tarde. A este toro de Espartaco le hizo un ajustado quite por chicuelinas que remató muy bien con una larga. Pero su presencia en el tercio de quites se rotundizó en ese tercer toro al que ya había cuajado de capa en el recibo. Resulta que Curro Romero usó su turno de quite para dejar una media estimable que provocó la respuesta del madrileño. ¡Y qué respuesta! José Tomás toreó por gaoneras llevando al toro despacio, convirtiéndolas en verdaderos lances con el capote a la espalda y bajando las manos con pureza. Con decir que lo de Curro quedó minimizado...

La pena fue que el nivel artístico de los primeros tercios no tuvo continuidad en la muleta. No pudo tenerlo porque el toro de Torrealta se paró en redondo. Lo que se esperaba como una gran faena quedó en el intento porque el toro agotó su repertorio de embestidas en la movida de los quites. Con todo, José Tomás -que pecó de buena voluntad al brindar al público este toro- hizo las cosas bien todo el tiempo, salvo cuando insistió más de la cuenta ante el sexto.
A esas alturas la tarde se iba para todos. El desastre no tenía remedio y teníamos que rebobinar hasta ese tercer toro para encontrarle sentido a aquello. Bueno, otros se quedaban con los apuntes de Curro Romero y su buena voluntad de torear al cuarto, un toro al que -como siempre ocurre- vio antes que nadie. Por eso pidió cambio de tercio con un puyazo y con dos pares de banderillas, lo que el presidente no permitió. Con la muleta, Curro se estiró en algunos derechazos y dejó constancia de su empaque en remates como trincherillas y kikirikís. Pero curiosamente el toreo de Curro no tuvo el eco de otras ocasiones, incluso sonó más el ole del sol que el de la sombra. Curro no hizo hervir la Maestranza, pero algo hizo, y eso, para Curro, ya es mucho. A su primero, ni verlo. Pese a que el toro era pronto y se desplazaba, Curro le quitó las moscas, le tocó las orejas y a matar.

Espartaco no tuvo ninguna ventaja al torear dos toros de ganaderías distintas. El castaño chorreao de hermanos Sampedro que remendó la corrida pareció hermano de los de Torrealta por parado e incompetente, de modo que el reencuentro de Espartaco no pudo ser feliz. No pudo Juan Antonio ni siquiera hacer honor al emotivo brindis que dedicó a sus hijas en el toro de la vuelta. Sólo pudo mostrarse decidido en los dos e intentar sacar agua de pozos secos. Las emociones las vivió ayer Juan Antonio fuera de la cara del toro y seguro que quedó descontento al no poder corresponder con una buena faena al cariño que le demostró el público de Sevilla después de tres años en el dique seco.

Tan acusada fue la sequía de embestidas que cuando salió el sexto, una parte del público quiso que lo devolvieran para ver si en el cambio estaba la solución a la corrida. No hubo devolución ni cambio, lo que desesperó a un público que observó con respeto las reiteradas intentonas de José Tomás, pero que ya no pudo aguantar más e increpó al ganadero. Sus razones tenía la gente para ejercer su derecho a la protesta y puso las cosas a su sitio al ovacionar a la terna -ellos no tuvieron la culpa- para, a continuación, lanzar almohadillas.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Sevilla. Edición del lunes, 5 de abril´99. Peste de toros

Ni resurrección ni milagro; hay que rendirse a la evidencia. Curro Romero, sobre cuyos hombros se ha puesto la dignidad de la Feria de Abril y de algunos aspectos del toreo actual, tiene más de 60 años; Juan Antonio Ruiz, Espartaco, que acaba de reaparecer tras un calvario de operaciones quirúrgicas y soledad, todavía anda de tentadero; y José Tomás, el redentor de los últimos tiempos, no acabó de romper.

Aunque los que, de verdad, no acabaron de romper fueron los toros titulares de Torrealta y el remiendo de Hermanos Sampedro que recompuso el descompuesto cartel; ésos salían ya rotos de chiqueros. Rotos de remos, con los cuernos escachifollados y el alma, o sea, la casta, hecha unos zorros: por los suelos y para el arrastre.

Sí hubo un momento en la tórrida tarde de La Maestranza en que pareció que podíamos tener el milagro en la punta de los dedos; pero se nos escapó. Fue en el toreo de capa de José Tomás en el tercero. Verónicas de inquietante quietud, fijos lo  pies en el albero, atornillados a la arena por una fuerza magnética, mientras los brazos iban y venían a compás. Un respiro en la pastosa tarde que no fue a mayores; mas el clima ya se había preparado para algo grande que no llegó a suceder.

Quite de Romero

Concluía el tercio de varas y el peonaje se disponía a banderillear. Romero salió del burladero; se paró el caballo del picador, se pararon los monosabios y se pararon los peones que empuñaban banderillas. Sólo José Tomás recuperó, en prevención, el capote; Romero salía a quites, advertida la apacible embestida del torrealta: dos verónicas movidas y una media como un suspiro. Ahí queda eso, suspiró la gente; y el de Camas también suspiró distante y lejano. Movimiento hacia el patio. Y otra vez se paró el caballo y se pararon los banderilleros, pues José Tomás salió a replicar.

El de Galapagar se echó el capote a la espalda y replicó con un suavísimo quite de frente y por detrás, sin castigar al toro, y que fue como un repique a gloria. Cada uno por su lado, silenciosos y distantes: Romero quieto en el tercio; José Tomás, despacioso de regreso a las tablas; humilde y cumplidor sin mirar al maestro, a Curro Romero, que apenas había trazado dos verónicas de golpe grueso y una media a plumilla. José Tomás, como si nada hubiera ocurrido.

En realidad, no fue mucho lo que ocurrió, aunque fue casi todo de una tarde reventona de sol y calor, repleta de aficionados del universo mundo y abarrotada de presagios gloriosos. No hubo gloria, sino discreta mediocridad laboral, funcionariado, burocratismo. Y no hubo, sobre todo, toros.

Curro Romero dibujó dos cambios de mano con pretensiones y sello de kikirikí, dos trincherillas que parecían adioses sentimentales y unos cuantos redondos del montón, arqueando groseramente el culo. Y un desplante marchoso con toda la arrogancia cabal y torerísima de sus 66 años.

A Espartaco, en este problemático regreso a los ruedos, le falta rodaje, aunque no tenacidad; veremos si recupera aquél y mantiene ésta.

Y José Tomás, en una tarde globalmente amorfa, fue como los buenos alfareros: tuvo las formas del toreo en la cabeza y en el corazón; mas le faltó arcilla.

Los de Torrealta tenían más de escombros que de barro germinal; escombros parados, escombros claudicantes, escombros en estado comatoso.

Trazaba José Tomás el natural perfecto y, a medio camino, el torrealta se arrodillaba penitente. O no andaba. Con lo cual, claro, no sabíamos si el natural era perfecto o no. Pese a todo, creo que José Tomás ha dejado abierto cierto crédito en La Maestranza. Y ha demostrado que, hoy por hoy, es el torero que más cerca de la barriga se pasa los toros.

Peste de toro. Los de Torrealta parecían la procesión del Santo Entierro; o la Santa Compaña: almas en pena sin presente ni porvenir.

Para decirlo en plata, una mierda de toros: blandengues, fofos, con más kilos que trapío, y eso que algunos no tenían demasiada romana. ¡Vaya corrida para un Domingo de Resurrección en Sevilla! Y, además, se astillaban los cuernos a poco de salir; lo que, quizá, no quiere decir nada. O, quizá, lo dice todo del momento por el que atraviesa la cabaña brava en las más  afamadas dehesas de Iberia.


El Mundo de Andalucía. CARLOS CRIVELL. Edición del  5-abril.1999. TODOS CONTENTOS, MENOS LOS BUENOS AFICIONADOS

Fue una corrida de grandes triunfadores, aunque parezca paradójico después del desastre consumado, habitual por otra parte, de la corrida inaugural de la temporada. Fue un triunfo para muchos, excepto para los buenos aficionados, que aún quedan algunos.

El primer triunfador fue el empresario, que puso el cartel de 'no hay billetes', el sueño de todos los organizadores. Canorea, amparado en la masa que asiste a las corridas, porque así lo mandan los usos sociales, llenó la plaza y triunfó por todo lo alto.

Otro triunfador fue Curro Romero, que hizo de nuevo el paseíllo en Sevilla, pudo dejar destellos de su arte y se marchó al hotel sin que se le puedan poner reparos a su actuación. Los toros no le permitieron lucirse más que en contadas ocasiones.

Fue un triunfo para Espartaco. El paseíllo, el cariño del público, el brindis a sus hijas, que ocupaban uan barrera, sus disposición ante dos animales llamados toros, el final con el fervor de los tendidos, todo lo que ocurrió fue un gran triunfo para quien tanto ha sufrido.

Hubo triunfadores anónimos, como Martín Arranz, el apoderado de José Tomás, cuyo triunfo fue que, en su vuelta a la Maestranza, no le brindaron ningún toro. En septiembre pasado, cuando su torero de turno, Joselito, actuó en solitario en Sevilla, recibió un brindis histórico de los que no apetece recibir. Ayer, con otra corrida de lamento, se marchó sin que le brindaran. Todo un éxito.

Algunos dirán que el ganadero fracasó, pero están equivocados. El propietario de Torrealta tiene un abono para lidiar en Sevilla en Domingo de Resurrección. Si sus corridas fueran bravas, encastadas y poderosas, se entendería el fervor de los toreros y la empresa por semejantes toros. Es un triunfo vender la baratija de ayer a precio de oro y saber que el año próximo repite en la misma fecha. Y, además, los mulos lidiados ya están muertos, así que no le darán ningún disgusto en otra plaza.

Los que no triunfaron fueron los buenos aficionados, en el caso de que hubiera algunos en la plaza. Es complicado saber donde estaban ubicados. La vista de los tendidos era un muestrario variopinto digno de la prensa rosa, poblado de ejecutivos, señores de alta alcurnia bien acompañados y gente de buen vivir. Algunos aficionados habría, pero apenas podían expresar su malestar por la tomadura de pelo del festejo.

El buen aficionado asistió perplejo a la lidia de seis toros descastados, inválidos, de pitones lamentables, más mulos que toros, que no sufrieron el rechazo cuando rodaban por el albero. Silencio de Sevilla de nuevo. Sólo cuando José Tomás lanceó con lentitud al tercero se pudo comprender que la plaza estaba tomada por muchos llegados de Madrid. Los lances eran buenos, el torero era un valiente de zapatillas atornilladas, pero el clamor de algunos rincones de la plaza nos hio entender lo que pasó al comienzo de la corrida.

Lo que pasó fue que las palmas del buen aficionado apenas pudieron contagiar al resto del coso sevillano para que Espartaco saliera a saludar. Al final, pudo más el detalle de sensibilidad que la frialdad de una plaza que no entendía casi nada.

Pasó la corrida más esperada y no pasó nada. A pesar de ello, triunfaron algunos y el buen aficionado salió pensando que esta fiesta está en peligro, que el toro no tiene emoción, que todo es un acto social. Pero no importa, el año próximo volverá Torrealta y se llenará la plaza.


Diario de Sevilla. Luis Nieto. Edición del lunes, 5 de abril´99. Torrealta, un hierro a la baja

 Por la mañana, líos en el apartado —por cierto, la Prensa no tiene acceso a ver los toros una vez concluido el mismo—. Hasta diecinueve toros se vieron para aprobar una corrida de Torrealta, que pasó incompleta, con un sobrero de Hermanos Sampedro. Una corrida que perfectamente, por su trapío y su juego, se podía haber quedado en el campo, sin lidiar.

La tarde comenzó con emociones fuertes: un minuto de silencio y una ovación dedicada a Juan Antonio Ruiz Espartaco por sus cuatro años de ausencia por la grave lesión de su rodilla y que estalló al romperse el paseíllo.

El de Espartinas, con la humildad que le caracteriza, invitó a sus compañeros, Curro Romero y José Tomás, a compartir esas palmas que echaban humo.

Todo era maravilloso en este Domingo de Resurrección: la reventa había hecho su agosto particular unos minutos antes, era tarde de calor y moscas, como quieren los taurinos. Todo era espléndido hasta que salió el toro y nos devolvió a la cruda realidad. Toro, el señor toro de hoy, con título, pero sin entidad. El toro de lidia actual, que pide permiso hasta para arrastrarse.

El primero de la corrida, de nombre Batuta ya nos marcó en los primeros compases el concierto que nos esperaba: un desconcierto de descastados astados. Ese toro zaíno salió suelto de los capotes de los banderilleros, acudió al peto a cabezazo limpio y perdió las manos tras el segundo puyazo. Romero, que no se anduvo con chiquitas, lo macheteó descaradamente, cortándole el viaje. Y aquí paz y después gloria. Aunque en el segundo de Romero tampoco se había avanzado en el calendario, y de Gloria, nada: seguíamos en el Viernes de Dolores. Un dolor tremendo por unos toros que herían las ansias de triunfo de los toreros y de los cimientos del espectáculo y de la propia Fiesta. Únicamente el castaño cuarto quiso salirse de la norma de la corrida y saltó con pies, aunque era bravucón y echaba las manos por delante. Romero estuvo muy dispuesto con el bravucón que llegó noblote a la muletilla del camero, quien tuvo algún detallito y esa gracia tan personal que atesora en algunos kikirikíes, en esta o aquella trincherilla suelta con la que adornaba unos pases desceñidos o en algún desplante con sabor torero. Todo ello, luego, lo remató pésimamente con los aceros, huyendo en la suerte suprema.

A Espartaco, su primer toro, de la ganadería de Hermanos Sampedro, le sirvió para explicarles a sus hijas, a las que dedicó el brindis de su retorno, por qué es figura del toreo: entrega, honestidad al máximo y profesionalidad. Escribiendo en plata: vergüenza torera ante un astado suelto y tan descastado, que acudía a los cites defendiéndose y que se echó tras dos pinchazos del torero. Otra baratija que sumar al resto de la corrida de Torrealta.

El quinto astado, Acumudado, derribó al picador de turno. Pero la caída no la propició un comportamiento de toro bravo, en el que empujara con los riñoñes; sino más bien el de un mansote que consiguió tirar a la cabalgadura a base de topetazos.

Luego, el negro bragado de Torrelta esperó a los peones en el tercio de banderillas.

Espartaco tuvo que hacerse el ánimo ante una res que, en principio, era para quitársela con un simple trasteo.

El de Espartinas lo sobó por doquier. El animalito era un auténtico marmolillo, que apenas se fijaba en la muleta del torero. Espartaco luchó lo indecible, en un gran arrimón, intentando sacar agua de un pozo seco.

Tampoco el debutante José Tomás se libró del pésimo juego del ganado. El diestro, que fue acogido con una sonora ovación cuando brindó el toro de su debut desde los medios, hizo el toreo más puro de la tarde: unas verónicas con las manos bajas, muy bajas, templadas y ceñidas al tercero. Fue realmente un monumento al toreo de capa, que caló en los tendidos.

Tomás también tuvo un buen tono un quite por gaoneras. El toro se vino abajo por falta de fuerzas.

El animal tardeaba hasta en los mismos medios y el de Galapagar, en su afán de querer agradar, estuvo a punto de pasarse de faena. Se empecinó como Espartaco en demostrarnos que el toro no servía.

El sexto, que renqueaba, fue protestado. Se llamaba Galés. Doy fe que podría serlo. En su juego, desde luego, no había indicios de que fuera un toro bravo que hubiera pastado en Medina Sidonia, donde está la finca ganadera de Torrealta. Al toro, que perdía las manos, le costaba seguir el engaño de José Tomás.

Así terminó la primera corrida de Resurrección, con pena, sin gloria, con dolor, con un fuerte dolor por ese primer toque de atención en el que se encuentra en general la cabaña brava: carencia de fuerzas y, lo peor, falta de casta.

Ayer comenzó ese camino hacia el calvario. Mal andamos. Un toro de la ganadería de Sampedro, un garbanzo negro, descastado, que se echó tras dos pinchazos y los otros cinco de la divisa titular, los Torrealta... a la baja.

 

 

 

 
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