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Festejo 12º de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del miércoles, 29 de abril de 1998
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Jandilla. De escaso trapío; 2º
(devuelto por inválido), 3º y 5º, anovillados impresentables; muy flojos, aborregados.
4º premiado injustificadamente con vuelta al ruedo
Diestros:
- Ortega Cano. Pinchazo
hondo tendido y ocho descabellos (silencio); estocada (dos orejas y clamorosa vuelta al
ruedo). De verde botella y oro
- Julio Aparicio. Estocada
corta y rueda de peones (bronca); cuatro pinchazos y estocada caída (protestas). De azul
pavo y azabache
- El Tato. metisaca
bajo (ovación y salida al tercio); estocada (minoritaria petición y vuelta). De nazareno
y oro
Picador que destacó:
Banderilleros que saludaron: Carlos Casanova, Antonio Caba
y Manuel Rubio
Presidente: Fernando Carrasco
Incidencias: -
Entrada: casi lleno
Tiempo: sol
Crónicas de la prensa: , El Mundo, El País, ABC, El Correo de Andalucía
El Correo de Andalucía. José
Enrique Moreno, Sevilla. Edición del 30 de abril´98. Ortega Cano hizo
el toreo
Bordo el toreo y corto dos orejas a un gran toro de Jandilla al que le
dieron la vuelta al ruedo en el arrastre
Despedida con lagrimas en los ojos, pero no de tristeza, sino de emoción.
Lagrimas en los ojos de Ortega Cano y lagrimas en los ojos de los presentes. Lagrimas de
emoción, porque el toreo tiene tal fuerza comunicativa que es capaz de provocar el
llanto, igual que es capaz de llenar el corazón de la gente.
Y el TOREO, así, con mayúsculas, es lo que hizo Ortega Cano en la
Maestranza ayer. Por eso se desataron las emociones.
Que un torero haga el toreo no es algo que pase todos los días, es, mas bien, un
acontecimiento. Como tal fue celebrada ayer la faena que Ortega Cano le hizo a
Pantalano,
el toro de Jandilla con el que sueñanan todos los toreros y al que Ortega Cano
aprovecho para fraguar un triunfo de clamor.
Ortega quiso cuidar tanto a Pantalano que incluso pidió el cambio de
tercio con un solo puyazo. Pese a recibir la segunda vara, el toro quedo bien para la
muleta, donde se creció en la pelea, condición indispensable de la bravura. Ortega
necesito un mínimo margen para entenderse con un toro que embestía con brío y mucho
recorrido, de modo que a la tercera serie llego el acoplamiento y comenzó la magia. El
torero se fue abandonando cada vez mas hasta romperse en preciosos redondos ligados y
rematados bien por alto con el de pecho o bien por bajo con muletazos bellísimos. Al
natural, Ortega toreo con la cintura, con las manos, con todo el cuerpo, demostrando que
era verdad eso de que este ao sentía el toreo en la yema de los dedos. Y otra vez
carteles de toros en los remates por bajo, que impedían que la gente siguiera sentada en
los tendidos.
Ortega se rompió, se desmeleno, se sintió, se gusto y gusto a Sevilla,
volviendo a ser en su despedida de la Feria -si es verdad eso de que se va este año- el
torero grande de las grandes faenas y las grandes tardes. Cuando Ortega voló detrás de
la espada y soltó la empuadura fue como si el torero liberara un bando de palomas
blancas que se posaron en las manos de los aficionados. Como el torero se había roto con
un toro que tuvo ritmo y calidad en la embestida, la gente se rompió con el en lo que
hasta el momento es el triunfo mas rotundo de la Feria.
Por cierto: suele pasar en muchos casos que la vuelta al ruedo de un toro
en el arrastre resta importancia al triunfo del torero. En este caso, no. Fue una
celebración mas del triunfo, un reconocimiento mayoritariamente aceptado para un animal
medido en el caballo, pero que tuvo la virtud Ðbendita virtud de ir a mas en la muleta.
Pero además de esa cima de la tarde y de la Feria, ayer hubo mas cosas
porque la corrida de Jandilla tuvo toros interesantes, aunque con el defecto algunos de
ellos de venirse abajo en el ultimo tercio. Eso le paso, por ejemplo, a Ortega en su
primero, en el que no le valió estar dispuesto porque el jandilla se paro pronto.
También dejo con la palabra en la boca el tercero a El Tato. Y es que el
toro, muy bien banderilleado por Carlos Casanova, tuvo brío para embestir en un par de
series y luego se vino abajo. Raúl se había acoplado muy bien con el y había enfilado
el camino del triunfo, toreando incluso con empaque, pero a partir de un desarme por la
derecha, el torero se quedo sin toro.
Poco después, el Tato se motivo con el triunfo de Ortega Cano y se fue a
portagayola para rematar su Feria con emociones fuertes. Las hubo en ese recibo porque el
toro predio las manos antes de la larga y porque luego Raúl lanceo con temple y remato
con media de rodillas. En la faena de muleta se repitió la historia: buen comienzo y mal
final porque el toro se agoto. Quizás el torero se puso muy encima a partir de la primera
serie al natural y el toro se afligió. El epilogo fue un gran volapie que dejo al toro
sin puntilla. Se pidió la oreja, pero todo quedo en una vuelta.
La gran diferencia entre Ortega y El Tato y Julio Aparicio es que los dos
primeros fueron capaces y Aparicio fue incapaz. Así estuvo. Sobran palabras.
El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.
Ortega Cano, torerazo
Ortega Cano se despidió de la afición sevillana hecho un torerazo. Y
alcanzó un triunfo cabal, legítimo, auténticamente clamoroso.
Dice adiós Ortega Cano y se le echará de menos. Cada vez que un
torero se va, se muere un poco la fiesta. Porque son toreros los que hacen falta aquí.
Toreros que conozcan la técnica del toreo, que la sientan en el alma, que mantengan
la referencia del arte de torear frente a las vergonzantes ventajas, los trucos
triunfalistas y la apabullante mediocridad de los pegapases consumados.
Hay toreros que en un momento dado de su carrera pierden la confianza
y no dan una. Es el caso de Julio Aparicio. Cada lance y cada pase que amagaba Julio
Aparicio los convertía en un sobresalto. Para que se estuviera quieto lo habrían tenido
que atar. Las cuitas se las producía el toro, evidentemente, y esto es lo extraño puesto
que no le sacaron toro alguno.
Novillos y gracias. Novillejos famélicos, impresentables,
aborregados. Casi toda la corrida salió de semejante tenor. El que más, no lucia el
trapío exigible en una plaza de primera categoría. Y ninguno tenía media torta. os
de El Tato, igual de aborregados que el resto, dieron en pararse a mitad de las faenas. La
parte móvil de las faenas la aprovechó El Tato para muletear tremendamente
voluntarioso y sacar unos derechazos de extraordinaria vulgaridad. Con la izquierda aún
bajó los tonos.
El mulo que hacía sexto, tras embestir como borrego se paró como
mulo y dio al traste con un triunfo que ya tenía ganado El Tato desde que salió del
toril el espécimen aquel. Lo recibió a porta gayola con la larga cambiada, lo
veroniqueó juntas las zapatillas y puso en pie a la Maestranza.
El toro perdía las manos y a veces se desplomaba, a pesar de lo cual
lo consideraron válido, y llegó a la muleta hecho una piltrafa. Tomó dócilmente los
ayudados por alto y los derechazos que le diera El Tato, con reservas los naturales, se
paró y ya su única intención era irse a las tablas y que lo dejaran en paz.
Igual comportamiento tuvo el que abrió plaza y Ortega Cano apenas
pudo esbozar una serie de redondos. Pero ¡atención! porque Ortega Cano había estado
torerísimo en todos los tercios, manejaba el percal con el gusto propio de los capoteros
buenos. Y así siguió la tarde entera: meció la verónica, dibujó las medias, ciñó
chicuelinas, bregó suave y dominador.
Brindó al público la muerte del cuarto toro y recibió una gran
ovación que equivalía a un homenaje de despedida. Pocos confiaban en que la faena
podría ser importante pues el toro, medio inválido, había mostrado la borreguez
característica del resto de la corrida. Mas surgió la maestría, brotó la inspiración,
arribaron las musas, todo ello armónicamente amalgamado transfiguró a Ortega Cano y se
produjo la maravilla -¡acaso el milagro!- del arte de torear. Arte de
torear puro. Lo de parar, templar y mandar cargando la suerte; lo de ligar los pases; lo
de llevar embebido al toro, borrego de toro, en los vuelos de la muleta. El tiempo
suspendió su marcha, la Maestranza se aisló del prosaico mundo y quedó convertida en el
templo mágico del toreo.
Restallaban los olés, apenas se oía vibrar la música en medio de
aquel estruendo, mientras Ortega Cano ligaba los redondos, estos con los pases de pecho,
ceñía la trincherilla, y cuantos muletazos dio, aunque clásicos y minuciosamente
definidos por las tauromaquias, parecían surgir de la fantasía. Se echó tarde la muleta
a la izquierda -por ahí debió empezar- y el toreo al natural, en dos excelentes tandas,
lo cuajó con igual fundamento. Faltaba coronar la faena con el volapié. Y ahí derramó
también Ortega Cano su categoría de torerazo al cobrar una estocada por el hoyo de las
agujas.
La conmoción en la Maestranza fue enorme. Ortega Cano lloraba de la
emoción parado en el albero, el tendido se cuajó de pañuelos y hubo aficionados a
quienes se les saltaban asimismo las lágrimas. El arte de torear, cuando se produce, trae
estos sentires profundos e inconmensurables. El presidente concedió las dos orejas, y
como debe ser tan triunfalista como mal aficionado, metió la pata ordenando la vuelta al
ruedo del borrego. Algunos protestaron esta decisión. Mas luego se aunó la plaza entera
en las ovaciones, en los piropos de «¡torero!» a Ortega Cano, que recibía múltiples
parabienes y dio una vuelta al ruedo lenta, emocionante, apoteósica.
El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.
Ortega Cano se agigantó y triunfó al cortar dos orejas
Excesivo premio, al igual que la vuelta en el arrastre para el toro de Jandilla
Pues el pesimismo volvía a acalambrarnos el alma y la tarde se deslizaba
hacia los más negros abismos. Acabábamos de contemplar a El Tato moliendo a derechazos
al jandilla y asesinándolo de un infame bajonazo, más alevoso por cuanto lo hizo en la
traidora modalidad del metisaca.
Se perdía el alma en un laberinto de recuerdos, crespones y
desdichas, no sólo por el más vil sartenazo que vieron los siglos, sino por la ovación
con que premiaron este degüello. Y en éstas apareció José Ortega Cano dispuesto a
comerse el mundo, y un encastado jandilla dispuesto a comerse al torero; y casi se lo come
porque, tras el discreto juego capotero, la primera parte de la faena fue un quiero y no
puedo, muletazos en los que el jandilla se perdía oteando desconcertado el horizonte. Y
la muleta de Ortega sin decidirse a acariciar el albero, a ceñirse toreramente.
UN RESPETO.- Pero José Ortega Cano quería; un respeto para Ortega
Cano, cuando Ortega Cano quiere. Una tanda de derechazos, trascurridos ya los primeros
tiempos de la faena, fijó las verdaderas posibilidades del jandilla; unas trincheras
impecables.
Ortega se creció, se agigantó. Y, después de un cambio de mano por
delante, sacó a relucir su izquierda primorosa, su sentido del temple supremo, en dos
tandas de naturales. Cuando las rubricó con pases de pecho y trincherillas, Ortega Cano
estaba transfigurado, omnipotente; tanto que se echó tras la espada con la fe de un
profeta y la venganza de un dios: un profeta de la muerte que tumbó, sin remisión y
cabalmente, al encastado jandilla.
Para éste, el honor póstumo de la vuelta al ruedo; para Ortega, dos
orejas que una plaza hambrienta de emociones y de triunfos le otorgó. Y que l de
Cartagena, en este año de despedida, lo rejuvenecen. A mí, tanto
la vuelta al ruedo del toro como las dos orejas me parecen un triunfo de la generosidad
más que un triunfo de la justicia. Aunque, si valen para que un ilustre veterano, una
figura clave de estos años, cosida a cornadas, recupere la fe en sí mismo, pues que sea
feliz.
Toda la tarde quiso estar Ortega en torero. Tuvo sus momentos cumbres,
ya reseñados, además de un bellísimo quite por chicuelinas, y sus zonas de depresión,
incluso en la faena del triunfo.
Enhorabuena, maestro: ponga usted en una hornacina de oro la primera
oreja, y cómase con alubias la segunda, que es un guiso muy rico de sabor; dicho esto con
el mayor de los respetos. Comparado lo que usted hizo, e incluso sin compararlo, con lo
que hizo El Tato y no hizo Aparicio, lo de usted fue una lección magistral.
Claro que los toros de Aparicio blandearon, mansearon, anduvieron
bajos de casta y fuerzas. Mas quien verdaderamente anda descastado y mansea en exceso es
Julito Aparicio, que vino de mesías salvador y se ha quedado, de momento, en sacristán
sin ceremonias. Sin ceremonias y a almohadillazos, que fue como le despidió ayer La
Maestranza.
Pero la Fiesta sobrevive a todo: a entusiasmos excesivos y a
esesperanzas. La sostienen los aficionados, incluso los derrochones y generosos, que son,
a la postre, los que pagan los platos rotos; y, en especial, las entradas. Un momento,
más o menos cumbre, alienta los ánimos, desata los dioses de la pasión e inyecta en los
espíritus toneladas de alegría.
Imponente, sacra, ritual, la imagen de El Tato ante la puerta de
toriles para recibir al sexto. Silencio de iglesia, sumo sacerdote Raúl Gracia en esos
momentos, quizá los más gloriosos de su jaleada faena, con la que se despedía de la
Feria de Abril. La salida de los toros por una manga tan ancha como
la de La Maestranza es incierta y peligrosa: un albur. Los toros salen orientándose,
buscando, lo que supone casi siempre un riesgo añadido a la dificultad del lance.
Quizá por el recuerdo de tensos momentos, y por los briosos lances de
capa de El Tato, la plaza se le entregó y le pidió el desmesurado premio de una oreja
que se quedó en vuelta al ruedo.
Vuelta al ruedo en la que, además de por protocolo, le acompañó por
méritos propios su cuadrilla, que había clavado espectacularmente y bregado con
decisión y entrega.
ABC. Vicente Zabala de la Serna. La resurrección de
Ortega Cano se consumó en la Maestranza
«Pantalano» se llamaba el gran toro que se enamoró de la muleta de
Ortega Cano, resucitado y redivivo, que yo lo vi. De Jandilla era, y de carril. Toros así
descubren a los malos toreros, y resucitan a los grandes que siempre fueron. José Ortega
Cano lo ha sido y lo es. Patente quedó ayer en la faena que le valió las dos orejas al
maestro cartagenero y la vuelta al ruedo al extraordinario ejemplar de Borja Domecq.
Enloqueció la Maestranza y enloqueció José.
Fue la obra de menos a más, hasta llegar a la plenitud al natural. El
toro se embebía entonces en los vuelos de la franela cartagenera y primorosa que lo
conducía hasta la excelsitud, detrás de la cadera. Emanaba la belleza de su toreo
clásico, desmayado a veces y espléndido en unos soberanos ayudados por bajo. Se
transfiguraba Ortega Cano al término de cada serie, y botaba de alegría, botaba por
elreencuentro de sí mismo, botaba. Y el toro embestía y embestía. Y, prácticamente, se
colocaba solo para el siguiente muletazo, y al toque del torero, que lo llamaba con los
vuelos, obedecía. La faena fue de menos a más, que ya está
dicho, porque Ortega Cano se fue sosegando, entregando, extasiando. Las precipitadas y un
tanto aceleradas primeras series de redondos dieron paso al temple supremo y señorial.
Si anteayer hubo muletazos para inspirar a los mejores artistas de la
cartelería taurina, los de ayer no desmerecieron lo más mínimo. Los tendidos se
frotaban los ojos para quitarse las legañas de la incredulidad, para acertar a tocar
aquello, como Santo Tomás la herida abierta del Crucificado. Era él, sí, el José
Ortega Cano de los viejos y no muy lejanos tiempos en los que triunfaba por todas las
plazas de España. Era él, sí, que yo lo vi.
Fue él, el gran torero, hasta para la hora de matar de una estocada
arriba. Y arriba y arriba brincaba y brincaba José, casi incrédulo del sueño que se
materializaba en la realidad de dos orejas, los apéndices de «Pantalano», que había
nacido para embestir, para facilitar el arte con su comportamiento de carril. Irrepetible.
Ortega Cano estuvo bien hasta para saber cortar la faena en el momento justo en el que
«Pantalano» miró de reojillo a las tablas.
Corto viaje
Muy corto se quedaba el astifino primero de Jandilla, bajito ycuajado.
Ortega Cano había manejado con buenos aires el percal ene l saludo y en un quite
posterior a la primera vara. Intentó el quite Aparicio, sin más.
El «jandilla» se defendía en el último tercio, sin recorrido
ninguno, desfondado de fuerzas. El torero de Cartagena mató de media estocada que
escupió el morrillo y ocho descabellos, que, de nuevo, como anteayer, fueron coreados por
los tendidos en una actitud más propia de Pamplona que de la Maestranza.
Quedarse a la derecha del caballo se ha convertido en rutina por arte
y gracia de todos los matadores del escalafón. Uno, que no es reglamentista en absoluto,
piensa que el Reglamento se elaboró para algo, aunque ahora ese algo no valga para nada.
Julio Aparicio siguió la rutina con el sobrero, mansito y noble, que había sustituido al
renqueante y esmirriado segundo. Hubo un quite de El Tato a la verónica. Dice un amigo
que la sonoridad del término capotazo adquiere con el maño todo su esplendor. No le
falta razón. El «jandilla» murió desaprovechado de media
estocada ejecutada desde la lejanía, donde siempre se colocó Aparicio. Ni verlo quiso.
Al rajado y manso segundo de su lote le quitó las moscas y lo
acribilló a pinchazos. Qué más se puede decir para calificar su pésima actuación.
Nada.
Sin trapío
Apenas le tapaban los pitones al noble tercero su falta de formación
física. Echaba por delante las manos en vanos intentos de alcanzar el capote de El Tato
durante la salutación a la verónica. Dos lances por el pitón izquierdo tuvieron mando y
poderío. Ortega Cano quitó pundonoroso por chicuelinas antes de
que Carlos Casanova clavara un estupendo segundo par, que provocó la cerrada ovación del
respetable. El primero había sido a toro pasado. De la labor de El
Tato en el tercio postrero sobresalieron dos pases de pecho con los que cerró las dos
primeras tandas de largos derechazos. Atacó demasiado el diestro de Zaragoza y el
«jandilla» se vino abajo, desinflado ya de casta. A partir de entonces se defendió
hasta que murió de un feo metisaca en los blandos. La educación del público provocó la
ovación final, recogida desde el tercio por el ovacionado. La estocada de la Feria
Vibró hasta la Giralda con la larga cambiada a portagayola de El
Tato, con la que saludó al buen sexto. Recuperada la total verticalidad, lanceó a pies
juntos en la misma puerta de toriles hasta rematar con una media verónica de rodillas que
volteó la plaza. Esta secuencia y el extraordinario volapié final, probablemente la
mejor estocada de la Feria, le valieron la petición de oreja, que sólo cuajó en una
vuelta al ruedo ausente de trofeo, aunque solo el espadazo lo merecía. Durante el trasteo
se repitió la misma película que en el anterior de su lote, y se pasó el maño de
encimista. No queremos, no debemos, dejar pasar de largo la buena
brega de Carlos Casanova, que dio los capotazos justos y necesarios, con largura y temple,
y el buen quehacer de Antonio Caba con los palos.
La corrida de Jandilla, noble hasta decir basta, pasará a la historia
or el toro «Pantalano», que encumbró a Ortega Cano en hombros por la puerta de
cuadrillas.
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