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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del  27 de septiembre de 1998
FERIA DE SAN MIGUEL
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Bernardino Píriz (uno rechazado en el reconocimiento, otro devuelto por inválido), sin trapío, inválidos, descastados. 2º, sobrero de Juan Pedro Domecq, discreto de presencia, flojo, noble. 6º de Gabriel Rojas, bien presentado, flojo, noble.
Diestros: 

  • Curro Romero. Pinchazo lateral en franca huida y descabello (silencio); bajonazo descarado echándose fuera y rueda de peones (pitos). De tabaco y oro.
  • José Ortega Cano. Cuatro pinchazos, rueda de peones y estocada atravesada trasera; se le perdonó un aviso (ovación y saludos); estocada (ovación y salida al tercio). De rioja y oro.
  • Jesulín de Ubrique. Estocada trasera caída y descabello (algunas palmas); estocada trasera y rueda insistente de peones (silencio). Gris perla y oro

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron:

Presidente:

Incidencias:  -

Entrada: tres cuartos largos

Tiempo:

Crónicas de la prensa: Diario de Andalucía, ABC, El País


diarioandalucia.jpg (22376 bytes)Francisco Mateos. Edición del 28 de septiembre´98. Sólo escasos destellos

La muñeca de Curro con el capote, la torería de Ortega en la muleta y la técnica de Jesulín

Cuanto más se esforzó Canorea por anunciar dos carteles de verdadero relumbrón para el ciclo de San Miguel, mire usted por donde esta miniferia se cierra con un paupérrimo bagaje, ya que no se ha dado ninguna vuelta al ruedo.

Pasado el mal trago del día anterior con el petardo de Joselito, la afición volvió a asistir a la plaza con nuevas ilusiones ante un cartel de gran interés. A la llamada del veterano Curro se congregaron los fieles de siempre, ávidos de ese toreo tan especial, tan único que no hay torero en la tierra capaz de quitar del primer plano taurino al Faraón. Y ya va siendo hora de que esa Sevilla que tanto presume de currista, con poderosas razones para fundamentarlo, vaya moviéndose en dirección a la construcción del busto o escultura que debe tener reservado el Faraón en esa esquinita ajardinada en los aledaños de la plaza de la Maestranza, justo en donde desemboca la calle Antonia Díaz con el Paseo de Colón.

Y Curro se vistió de tabaco y oro para hacer el paseíllo con la parsimonia de siempre, con ese lento y majestuoso caminar. A sus dos toros le dieron caña -se supone bajo sus directrices- en varas. Martín Sanz -padre e hijo- se ganaron el sueldo. Más fuerte le pegaron al cuarto, que no debió gustarle nada al camero. Hasta los medios salió el hijo de Paco Martín para quitarle el gas que poseía. Tal y como estaba cantado, se limitó a machetearlo por la cara con una pasmosa agilidad de piernas y montó la espada, para quitárselo de encima con estocada baja.  Antes, su primero esperó en banderillas y se paró a las primeras de cambio en la muleta. Tras andarle por la cara para atemperar la embestida intentó estirase en algún derechazo, pero el de Píriz no respondió. Aun así, tuvo tiempo de destaparse Curro en el quite que le hizo al tercero -que correspondía a Jesulín-, cuando lo lanceó a la verónica clásica, aunque no pudo haber ligazón porque el astado, sin fijeza, salía de cada lance vuelto del revés. Pero la media, con las zapatillas asentadas en el albero, fue de las de cartel.

Ya les comentaba ayer que existían fundadas razones para que Ortega Cano no escribiera su última página en la Maestranza en esta corrida. Todo apunta una posible última ocasión -que siempre sería la penúltima- en la noble fecha del 12 de octubre. Antes de que su primero de Píriz fuera devuelto por manifiesta endeblez, dejó lances cadenciosos rematados con una media con sabor, a pies juntos. El toro, escurrido y sin cuajo, que sólo se tapaba por delante, aunque sólo los cuernos no es el trapío, ya había blandeado en el capote y se derrumbó con estrépito tras la vara. El sobrero de Juan Pedro, anovillado, le permitió lucirse en el quite a la verónica, echando los vuelos del capote por delante y desplazándolo muy enganchadito. Hay que apuntar también un quite templado de Jesulín. Aunque el toro tenía fijeza, se quedaba cortito y por el izquierdo gazapeaba. Los mejores momentos llegaron por el derecho, aunque sólo fueron destellos, porque el toro se apagó, sin romper. Lo mejor, los de pecho y los remates por bajo.

El quinto debió ser devuelto por manifiesta invalidez. Hasta Ortega y ElJaro le echaban la mano abajo en el capote para que el presidente se diera cuenta que ese toro no aguantaba una faena ni a la de tres. Pero ni por eso, que el presidente no se atrevió a defender al público. El animalito no tuvo recorrido por pura y simple ausencia de fuerzas. Y así fue imposible. Y Jesulín dejó una grata impresión, como en él es habitual en esta fecha en los últimos años. En el tercero, pese a los loables intentos del gaditano por enlazar faena, la endeblez del astado lo tiró todo por tierra. Además, mansito, con tendencia a irse suelto en dirección a chiqueros. Y el sexto de Rojas le puso varios problemas: sin terminar de pasar, quedándose y algo de brusquedad al rematar los muletazos. No se entregó el toro y sí el torero, que superó holgadamente las dificultades con su excelente técnica. A otro torero le habría puesto a cavilar.

AL NATURAL. FRANCISCO MATEOS.
Era la de ayer una tarde de incógnitas, por cuanto Canorea había anunciado que esperaría -entre otras cosas- a conocer el resultado de las dos corridas de San Miguel. Descartada -vamos, que supongo yo- la posibilidad de que Joselito esté el 12 de octubre en la Maestranza después de lo del sábado  -aunque me cuentan que ese mismo día declaró el empresario que, si José quería, podía volver en esa fecha- , restaba por saber lo que ocurría ayer. José Tomás acaba de dar por cerrada ya su temporada, El Juli no está por la labor, a Ponce tampoco le encaja la fecha y Rivera está de boda. ¿ Qué mimbres quedan? Pues socorridos toreros que ahora son de casa, como Juan Mora o Emilio Muñoz, la posibilidad de Morante o Dávila Miura -que no ha toreado este año en Sevilla-, o el remate para una cartel de sevillanía de Pepe Luis Vázquez. Pero ayer pudo cuajarse parte del cartel. Me consta que el sábado departió largo y tendido Manuel Cisneros -apoderado de Curro- con Canorea. Podría haber nuevo paseíllo del Faraón. Y ayer, que se presumía la despedida sevillana de Ortega, éste no cogió el puñaíto de albero para besarlo, ni siquiera quiso saludar en el quinto efusivamente ante la cariñosa ovación de Sevilla. Su apoderado Simón Casas se reunirá hoy con Canorea. Así que...


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. Edición del 28 de septiembre´98. La culpa, al maestro armero

Fue una corrida insustancial y aburrida como las que se han visto a lo largo de la temporada. Una corrida sin toros, que es la moda. Y nadie acepta  esponsabilidades. Siguiendo  una de las más arraigadas tradiciones patrias, las reclamaciones y las culpas, al maestro armero.

Los toros salían sin trapío e inválidos; vaya novedad. Estaban, además, absolutamente descastados, si no es que los descastaron de camino, lo cual también podría suceder. Algunos tenían reacciones absurdas. El tercero, por ejemplo, remataba de salida en tablas con la fiereza propia de los verdaderos toros de lidia, llegó a traspasar un burladero del tremendo derrote, y luego deambulaba medio lila y crepuscular por medio del redondel.

Muchos que van de expertos culpan a los ganaderos del descastamiento al que han llevado la ganadería de bravo. Y quizá sea verdad. Pero la invalidez es distinto asunto. Un toro descastado no embiste, a lo sumo topa, huye coceando de las plazas montadas, a lo mejor brinca despavorido al callejón. Pero no tiene por qué caerse. El poder y la bravura, la mansedumbre y la flojedad no guardan relación de causa a efecto.

Y con éstas sigue la fiesta. Uno supone será porque a los taurinos les conviene. A los toreros, principalmente, les conviene. Algunos afirman que el toro inválido no conviene a nadie pues el espectáculo se desluce. Y, sin embargo, es el toro inválido el único que la mayoría de los toreros -preferentemente las figuras- saben torear; el único que se atreven a torear. Sale un toro enterizo desarrollando codiciosa bravura y pierden los papeles; en cuanto hay ocasión lo liquidan rápido. Sale un borrego tullido y le pegan cien pases, suena el aviso y continúan la faena, seguramente porque se encuentran a gusto. Después dirán sus aduladores de cámara: "Qué pundonor, qué maestría y qué poderío: ¡se inventó el toro!".

Inventores de toros, ¡oh! Y, por extensión, inventores de la nueva tauromaquia; la que regirá -¡oh!- en el siglo XXI. Si es que dura hasta entonces, pues con estas modas, estos borregos y estos maestros inventores la fiesta va de capa caída. Gran parte de la afición ha huido escarmentada y al público no aficionado es difícil llevarle a la plazas. ¿Para qué va a ir? ¿Para ver toros que se desploman e intentar encontrarle la gracia a la manta de derechazos que les da un individuo los escasos ratos que consiguen mantener el equilibrio?

Torero abrazado a la modernidad finisecular es Jesulín de Ubrique, que utiliza un capotón similar a la carpa de un circo y cuya productividad muletera no conoce límites. Suele ser, empero, diestro templado en el manejo de los engaños, mas en la presente ocasión tenía perdida esta destreza; y alternando continuamente el toreo con la derecha y con la izquierda, siempre fuera cacho, el pico por delante y descargando la suerte, montó dos plúmbeas faenas.

Detalles toreros los trajo Ortega Cano, que se despedía de los aficionados sevillanos. Lo hizo en diversos pasajes de su actuación, principalmente al dibujar las verónicas; en la brega, siempre medida y dominadora, en una interesante faena a su primer toro, ciertamente desigual, aunque alcanzó momentos de gran emotividad al ligar una tanda de redondos, al ceñir trincherillas hondas y pases de pecho de cabeza a rabo. A su otro toro, tan inválido y desnortado estaba, no había forma de sacarle ni un pase. La afición sevillana agradeció la entrega de Ortega Cano -únicamente perdida en la suerte suprema-, jaleó sin reservas sus inspiradas intervenciones, y le dedicó una calurosa ovación. Ortega Cano se despidió de la Maestranza con toda dignidad. Con la dignidad consustancial a los toreros cabales.

No se prodigan estas manifestaciones de dignidad. Curro Romero, que tiene al respecto una personal concepción, pegó par de trapazos con el capote a sus respectivos toros, los macheteó luego y los acuchilló en franca huida. Entró a quitar por verónicas a un borrego inofensivo e inútil, dos y la media le salieron finas, y dice el currismo que sólo por eso merecía la pena haber acudido a la plaza. A lo mejor quieren que quede reducida a eso la que llamaban fiesta del arte y del valor. 


ABC. Vicente Zabala de la Serna, Sevilla. Edición del 28 de septiembre´98. La torería de Ortega Cano no cuajó en importante faena ante un buen «juampedro»

El brindis de Joselito a su apoderado en medio del naufragio ha levantado en Sevilla un torbellino de rumores que hablan de ruptura de la relación o de una retirada eventual. En los corrillos de aficionados que se juntan a las puertas de La Maestranza, todo el mundo se pellizca por saber el contenido del misterioso ofrecimiento. El tiempo acabará con los interrogantes, tan abundantes en su carrera. Pero ayer nos ocupaba otra historia.

Las verónicas incompletas del saludo de Romero no tomaron cuerpo, y sólo su espíritu revoloteó por el ruedo como una ilusión. Ya entonces un gesto de contrariedad en su rostro reveló que el toro de Piriz no le gustaba nada de nada. Tres puyazos a modo le arreglaron el cuerpo al animal, que quedó aplomado y ciego de muerte. Muleta en mano, Curro le quitó las moscas por delante, desconfiado aún. Tras cortarle los viajes y tocarle los «costaos», cogió la espada. Una sola intentona en fuga acabó en pinchazo. El cuatreño buscó las tablas. Un certero golpe de verduguillo remató la labor del picador.

El Faraón de Camas lo tuvo fácil con la cuadriplejia del cuarto, y pronto se lo quitó de en medio con un alevoso bajonazo y sin despeinarse. ¿Para qué a estas alturas?

El toreo a la verónica

Qué despacio toreó Ortega Cano a la verónica al segundo, con qué empaque y torería surgieron los lances de recibo. Lástima que la ausencia total de fuerzas del burel provocara su devolución.

Al estupendo sobrero de Juan Pedro Domecq no le cuajó, esta vez, el saludo, que no pasó de entonado. De un quite, también a la verónica, brotaron un lance y una media de excelente trazo. Jesulín le replicó por verónicas con pocas luces y ese capote que es la carpa del antiguo Circo Price. Le costó, luego, al cartagenero un mundo y parte del otro confiarse. Una primera serie diestra y acelerada, en la que el toro repetía con nobleza y entrega, sólo parió de altura un derechazo y un pase de pecho. Al natural, Ortega Cano no tragó. Volvió a la derecha y reposó el ánimo, y la faena cogió los vuelos que requería y merecía el «juampedro». Sin embargo, otra tanda más por el mismo pitón, de nuevo, cortó la trayectoria ascendente. La espada le cerró cualquier opción de triunfo. La intermitencia de su labor, también. El astado de Domecq, por su presencia y su comportamiento, era el ideal para haber cimentado una importante faena.

Inválido quinto

Mantuvo la presidencia al vareado, astifino y blandísimo quinto en la arena por sus santísimos apellidos. Entre unos y otros, el papel del público de toros cada día está más claro: de primo. Entre lo que le quitan, lo que le echan y los que vienen a llevárselo, no es para menos.

Resolvió Ortega Cano con dignidad ante el escaso recorrido de este segundo de su lote. En esta ocasión anduvo habilidoso con el estoque. Saludó desde el tercio a una cariñosa ovación de teórica despedida, que con Ortega nunca se sabe.

Vio Romero la calidad del tercero y sus nulas fuerzas y se fue para los medios. El empaque y el aroma del quite a la verónica se cerró con una media de lujo, soltando la punta de un capote denso de torería. Después, Jesulín luchó inútilmente contra la invalidez de su enemigo, todo y sólo pitones, por otra parte.

Faena laboriosa

Cerró plaza un toro de Gabriel Rojas, falto de un mes para ser cinqueño, noble aunque con un punto incómodo de violencia y genio. Jesulín construyó faena larga y laboriosa: cuatro series diestras y dos al natural compusieron su silenciada obra. El espigado diestro de Ubrique mantuvo el tipo con firmeza y valentía ante algunas indecisiones de su enemigo. Cobró una estocada atravesada y algo desprendida y le tocaron las palmas en la despedida.

La tarde, a pesar de la excesiva flojedad de los toros de Piriz, resultó francamente entretenida, sobre todo la primera parte de la misma. Lástima que la torería de Ortega Cano no cuajara en faena importante ante el buen sobrero de Juan Pedro Domecq.

La breve Feria de San Miguel tocó a su fin y ha puesto, una vez más, de manifiesto que Sevilla está descuidando demasiado la presentación del toro. Ni su categoría ni su historia ni su afición se lo merecen; pero da la impresión de que aquí se admite todo. Asistió al Palco Real la Condesa de Barcelona.

 

 


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