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Festejo 10º de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del lunes, 27 de abril de 1998
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Tres toros de Manolo González (rechazaron cuatro en el reconocimiento), de escaso trapío, 4º pastueño, 5º y 6º mulos. Tres de González Sánchez-Dalp (dos rechazados en el reconocimiento), 1º y 2º discretos de presencia, inválidos, manejables; 3º impresentable, pastueño

Diestros: 

  • Joselito. Pinchazo, otro hondo perdiendo la muleta y rueda de peones (silencio); estocada ladeada y ruedas insistentes de peones (silencio)
  • Enrique Ponce. Pinchazo, estocada - aviso - y dobla el toro (ovación y salida al tercio); pinchazo hondo, rueda de peones y descabello (silencio).
  • Rivera Ordóñez . Cuatro pinchazos - aviso -, pinchazo perdiendo la muleta, estocada muy tendida atravesada traserísima y descabello (gran ovación y salida al tercio); pinchazo y otro hondo (ovación) . 

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron: Antonio Tejero

Presidente: Francisco Teja

Incidencias:  -

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: sol y caluroso

Crónicas de la prensa: El Correo de Andalucía, El Mundo, El País, ABC


El Correo de Andalucía. José Enrique Moreno, Sevilla. Edición del 28 de abril´98. En Rivera y en Ordóñez

Cuajo una gran faena al tercero y puso la plaza boca abajo en el recibo de capa al sexto, pero mato muy mal

Impresionante Rivera, que suma y sigue, pero que ayer pudo haber puesto terreno de por medio si mata al tercero de la tarde. De haber sido así, hubiera cortado dos orejas de las que ponen a todo el mundo de acuerdo. Pero pincho como un desesperado y se quedo sin trofeo, acumulando una rabia que luego soltó en el recibo al sexto, sin duda el momento mas intenso, el mayor estallido de emoción de lo que llevamos de Feria.

Sin duda es importante que todo el mundo hable en la Puerta del Príncipe de lo bien que estuvo Rivera Ordóñez–, pero mas importante es que todo el mundo hable de las dos orejas que corto Rivera. Un triunfo moral sirve Rivera lo logro en la tarde de ayer, pero vale mas el triunfo real, materializado en los trofeos que el torero pasea por el ruedo.

La espada se cargo la tarde de Rivera. Es como un látigo que le golpea sin piedad. Pero si nos olvidamos de este importante detalle, apreciaremos que Francisco Rivera Ordóñez– cuajo ayer en Sevilla su faena mas artística. No hubo tragantones y tampoco consistió en una visible demostración de valor como otras veces. Fue una obra serena, reposada. Por primera vez nos acercamos en esta plaza hasta esa otra dimensión del torero y fue todo un placer. Rivera fue un torero inteligente y profundo.

Comenzó por templarse de capa cuando el toro se fijo en el engaño–o, luego se aseguro de que no picaran mucho a Herrerito y, mas tarde, le supo dar la lidia perfecta. Como el animal le apretó hacia adentro en la primera serie, lo saco a los medios y allí aprovecho la bondad del toro para ligar los muletazos con pulso, temple y buen gusto. En ese terreno de fuera transcurrió toda la faena, que no tuvo ni un mal paso y que creció en profundidad cuando Rivera toreo al natural y llevo largo, muy largo y despacio, al toro del hierro de Sánchez Dalp. Rivera estaba a gusto y se le notaba en cada movimiento, de modo que la faena tuvo además la compostura y escenificación que a veces se echan en falta en este torero. Rivera termino con un circular completo y bonitos y estéticos muletazos por bajo dedicados a los que todavía le llaman vulgar. Pero tanta compostura, seguridad y prestancia se derrumbaron cuando Rivera monto la espada... Mejor no contar el desastre. Volaron las orejas.

Rivera se trago la rabia, la guardo en las tripas y le dio rienda suelta en el recibo de capa al sexto. Si su primera faena respondió mas a los genes ordoñistas–, esta reacción estuvo mas en Rivera. Fue un ataque sin tregua: primero la portagayola acongojante en la que aguanto las dudas del toro hasta que vacío la embestida en la larga; después dos largas cambiadas de rodillas mas, persiguiendo al toro como si quisiera comérselo; y finalmente lances sin dejar que el manso se le fuera. Sonó la música y el torero tuvo que desmonterarse para recoger la ovación. Y tanto para que luego el manso se rajara en el ultimo tercio y no le permitiera sacarse la espina. De cualquier modo, Rivera puso terreno de por medio en cuanto a entrega.

Ponce estuvo todo lo bien que se podía estar con dos toros como los que le tocaron. En el primero de su lote estuvo mejor de lo que cabía porque el toro tuvo problemas derivados de la falta de entrega y Ponce lo toreo con una superioridad pasmosa. Tanto es así que acabo por tapar la mala condición del toro en una faena técnica, pero no carente de belleza. Todo lo puso el torero, que, de no pinchar, hubiera cortado una oreja. El quinto fue otro manso como el que Rivera mato en sexto lugar. Por tanto, otro toro imposible. Incluso para Ponce, que lo persiguió por la plaza sin conseguir meterlo en la muleta.

Los que si tuvieron alguna posibilidad fueron los toros de Joselito. El primero, aunque manso, no t


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. O Terror dos Mares

El tercer toro era un novillo flacucho, desmedrado e imberbe, y Rivera Ordóñez lo toreó con una prosopopeya, una jactancia y una bravuconería como si se tratara de O Terror dos Mares.  Le daba los pases Rivera Ordóñez, al acabar se le quedaba mirando de soslayo, esbozaba un ademán de darle en el morro con la badila, hacía mutis contoneante y marchoso.  Y la Maestranza, que estallaba de júbilo, se ponía en pie. Y la banda atacaba el pasodoble.

La faena que Rivera Ordóñez le hizo al novillo flacucho, desmedrado e imberbe fue de las buenas. Claro que depende del referente. Si se compara con las faenas merecedoras de pasodobles y ovaciones que solían verse hace apenas dos décadas, fue en realidad faenita cumplidora y aseada. Si se compara con las de los modernos pegapases que llaman figuras, fue grandiosa.

Tras el tanteo, Rivera le dio al pastueño novillejo dos tandas de derechachos sin excesivo fundamento y, ya en el platillo, tres de naturales largos, con temple y ligazón, estupendamente rematados con los pases de pecho. Hubo un circular de espaldas, que sería creación de Llapisera y suerte habitual de los enanitos toreros, pero que al público actual sorprende, emociona y le impulsa a saltar de sus asientos.

Unos por bajo bien trazados empleó Rivera para acercar el novillo al tercio, cuadró, y en los ensayos mal resueltos del volapié perdió el triunfo clamoroso que tenía sobradamente ganado. Lo que debieron ser dos orejas se quedó en un aviso y la enorme ovación que recibió desde el tercio.  Los maestros Joselito y Enrique Ponce, al lado de Rivera Ordóñez, parecían aprendices.

A los maestros Joselito y Enrique Ponce lo que les ocurre es que cuando se empeñan son aburridísimos. Los maestros Joselito  y Enrique Ponce enchufan la máquina de pegar pases y les sale una producción seriada.

Que esos pases se ajusten a las mínimas prescripciones técnicas exigibles en un rutinario control de calidad, ya sería mucho pedir. Las figuras no están para eso. Las figuras, con poner en marcha la máquina, ya han cumplido.
Joselito tenía la máquina averiada. Joselito estaba en otra onda. Joselito se pasó la tarde recitando para su chaleco el Ser o no ser.  Debería comprender Joselito que el público puede hartarse de esperar sentado en un tendido a que le venga la gana depegar un pase.

Entre pase y pase, ninguno templado ni reunido por cierto, Joselito se tomaba su tiempo. Su trasteo al primer torejo acabó pronto. Con el cuarto se pusopesadísimo pasándolo por la izquierda en un triste remedo del toreo al natural. Se impacientó  entonces la afición y hubo algunos silbidos.

La primera faena de Enrique Ponce...  La primera faena de Enrique Pone es difícil de recordar. Según los apuntes dio unos ayudados y se cayó el toro. Instrumentó dos tandas de derechazos sinapreturas. Siguió con una de naturales acelerados. De nuevo tomó la derecha y esta vez dibujó unos redondos cadenciosos y reunidos. Volvió a los naturales, los ejecutó trapaceros, y la música, que entonaba el pasodoble, frenó en seco. La famosa banda del maestro Tejera no toca cuando el toreo está reñido con el arte;   ella que es pura armonía.  El quinto toro huía de los picadores, de los banderilleros, de Enrique Ponce y su insistente propósito de sacarle algún pase.

Al sexto lo recibió Rivera Ordóñez a porta gauola, le tiró tres largas de rodillas, lo veroniqueó con arrojo y la Maestranza se hizo un clamor, al que hubo de corresponder montera en mano. Ese toro ya no era O Terror dos Mares ni de broma. Ese toro,gemelo del buey anterior -hasta tenían la misma capa cárdena burraca- escapaba de la muleta berreando. Se ve que sólo quería conversación. E impidió al afamado diestro alcanzar un triunfo para el que venía lanzado y que pudo ser inolvidable. Entiéndase: hasta que encendieran los farolillos de la feria. Lo que ocurrió a las 12 de la noche.


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla. Tarde de figuras y maestros sin magisterio

Rivera estuvo a punto de salvar el festejo ante un novillo encastado

El momento cumbre fue cuando, otra vez de rodillas ante la puerta de toriles, Rivera Ordóñez aguantó el parón del sexto, se lo quitó de encima como pudo y después se lió a largas cambiadas de rodillas en el centro del ruedo. Y remató de pie, y aquello era un manicomio. Pero los momentos cumbres no siempre tienen continuidad: se acaban en sí mismos. Y ahí se acabó la tarde de los maestros de la torería: Joselito, Ponce, Rivera Ordóñez. La mansedumbre del toro acabó con el cuadro de
gloria que se presentía.

Antes, en este marco incomparable de La Mestranza, habían ocurrido otras cosas; más malas que buenas, pero cosas.  La Maestranza es un templo del toreo, el templo; vale. Es un marco incomparable de bellísima arquitectura, vale. Parte del público es entendidísimo, vale. Pero a esa razón histórica y artística que yo venero sin sombra de sospecha hay que llenarla de contenido en estas horas. Y la corrida de ayer tuvo poco contenido y pocos argumentos: Joselito, Ponce y Rivera Ordóñez.
Empecemos por el que se la jugó aunque no acabara de cuajar  faena: Rivera Ordóñez.   mpecemos por el que supo calibrar su emoción y la emoción del público para transmitir las sensaciones más aproximadas a la épica del toreo.

La espada puso las cosas en su sitio. Los cinco o seis pinchazos de Rivera Ordóñez al tercero devolvieron la cordura a unos entusiasmos que habían puesto los tendidos de La Maestranza al rojo vivo incandescente.

Menos mal que Rivera marró con el estoque, porque si no, a estas horas, yo tendría que estar hablando de saldo de orejas, pues todo llevaba camino de una inundación orejil y peluda. Y a fe que el novillo embistió y que Rivera Ordóñez aprovechó esa claridad y fijeza de embestida para torear decidido y valentón.

Pero el animal era un novillo; y en el cartel nos habían anunciado toros y matadores de alternativa. A este noble y menor de edad animal de Sánchez-Dalp, Rivera lo prendió en la muleta con ese toreo periférico, e incluso perifrástico, de acelerón que se ve a diario. Lo entendió en los medios dejándole la muleta en la cara, ligando los pases sin molestarle; sin cruzarse ni una puñetera vez, templando pero sin pasárselo cerca: consintiéndole a él y consintiéndose más a sí mismo. Rivera Ordóñez entendió al animal, menos a la hora de matarlo; el de Sánchez-Dalp pedía a gritos muerte gloriosa en el centro del ruedo. Y el torero intentó dársela en tablas.

Lugar incomparable, afición con sus propias características y su pasión torera, la de La Maestranza; lo que ocurre es que a algunos toreros les basta con el marco incomparable; y a muchos espectadores también. En vez de pensar que ese marco incomparable obliga a faenas incomparables y a toros incomparables. Y ayer de esto, salvo lo poco reseñado al principio, no hubo nada. Ponce pegó banderazos, pegó carreras para buscar la posición, pegó el petardo y, en ocasiones, fue aclamado por los mismos méritos que le han aclamado en otras plazas del mundo; cuando la ocasión lo demanda, nunca he dudado en decir que la llamada primera plaza del mundo (Las Ventas) se comporta como una plaza de pueblo.

Enrique Ponce, en su primero, no remató un pase, no dominó, no se cruzó (con perdón), no hizo nada de nada. Ponce fue un pegapases vulgar que en su pecado halla la penitencia. Por ejemplo, no supo sujetar al mansísimo quinto; y eso, a mi entender (con perdón de nuevo), tiene otra explicación además de la mansedumbre del toro: torear hacia afuera, no ceñir la embestida, con lo cual la tendencia a la tablas del animal se agrava.

Vientos de fronda sonaron cerca del Guadalquivir para Joselito, o sea, que La Maestranza se le ha puesto de uñas al madrileño. Y con razón. Incluso yo creo que con demasiada templanza y comedimiento. Templanza que no tuvo José Arroyo, correcalles, inhibido, distante. Sin ilusión y, lo que es peor o lo parece, sin esperanza. Joselito en su noche negra, en la negación absoluta de sí mismo.

No está recuperado, dicen, de inoportunas lesiones. Yo creo que las peores lesiones son las del alma. De ésas no hay médico que nos cure; de ésas no nos salva ni Dios; sólo nosotros mismos. 


ABC. Vicente Zabala de la Serna.  Gran tarde de   Rivera, frustrada por la espada

Sevilla y sus cosas no se relatan en cuatro líneas, porque  Sevilla tiene muchas y buenas. Las cosas de Sevilla son, por ejemplo, encontrarse a un hombre de nombre Azpiazu que sienta el Sur en su garganta privilegiada y enamore una noche cualquiera a una guitarra, o afeitarse cada día en la barbería Berro en el mismo sillón que Rafael el Gallo se arreglaba, o poder pasear la callada ciudad en compañía de un genio tarifeño llamado Juan Luis, sin más apellidos que la simpatía y la amistad.

Las cosas de Sevilla son, por ejemplo, cenar con el cuidador cuyas manos acicalan mimosas cada invierno la Maestranza y que su apellido sea tan torero como Aparicio, o escuchar el toreo acompasado por Nerva en un auditorio tan privilegiado como esta plaza.

Las cosas de Sevilla son, por ejemplo, el respeto sempiterno por los toreros, la sensibilidad para valorar el arte, o adorar a Curro Romero con todas las razones humanas, toreras y divinas.

Pero las cosas de Sevilla, este año, también son, parece ser, por ejemplo, permitir toros de tan pobre trapío como el tercero, absolutamente impresentable pero de una calidad y una franqueza irrepetibles.  Dos puyazos bastaron para atemperar su noble embestida y su escaso potencial. Rivera supo aprovechar y explotar perfectamente las cualidades de su enemigo en los mismos medios. Templó y cuidó al de Sánchez-Dalp, dándole siempre acertados respiros y la distancia justa.

La boca de riego soportó el peso de su faena sosegada y serena, compuesta de muletazos terriblemente largos sobre una y otra mano. Obvió el torero forzar y quebrar la figura, como otras tardes, yse mostró natural hasta para cerrar la obra con dos circulares invertidos, que volcaron la plaza en una fortísima ovación.

Pero después, Francisco Rivera pinchó hasta cinco veces antes de cobrar una estocada trasera y tendida, previa al descabello último. Elfallo con los aceros desembocó en un aviso y dio al traste con las  dos orejas, que hubieran sido, sin lugar a la menor duda, la merecida recompensa a su magnífico quehacer.

La casta de Rivera para postrarse a portagayola ante el manso y rajado sexto y, además, luego, tirarle otras dos largas cambiadas, también de hinojos, enloqueció a la plaza. El gesto terminó porculminar el baño al que sometió a sus dos compañeros, un tal   Joselito y un tal Ponce. Según se desarrolló la tarde, en el cartel podía haber figurado «Rivera Ordóñez y dos más».

Lástima que ni la espada ni su acobardado segundo le permitieran culminar su actuación como hubiera merecido. Ahora, que el repaso ahí quedó;aunque, lamentablemente, si se hubiera refrendado con las deseadas dos orejas, qué duda cabe que habría sabido mejor.

Sin sonrojo

Sevilla siempre ha utilizado el silencio como arma de doble filo, por respeto o por indiferencia. Sevilla castigó ayer a Joselito con el silencio indiferente en su manso primero, porque Joselito flageló a Sevilla con su mutismo apático y mandanguero. El silencio de Sevilla albergaba los mugidos desbravados del toro de Sánchez-Dalp y los latigazos del torero. Joselito no se puso ni una vez en el sitio. Ni siquiera hizo por torear los viajes de ida y vuelta del animal.

Las cosas de Sevilla han marginado la bronca, aunque la bronca a veces es necesaria. Joselito la mereció en éste y en su siguiente toro, que era mucho mejor.

El diestro madrileño anduvo peor que mal, fatal. En otros tiempos se hubiera dicho que vino a llevárselo calentito, sin exponer un alamar. Yeso es lo que hizo, sin ningún tipo de sonrojo ni acaloramiento ni contrariedad.

Ovación a Tejero

Las cosas de Sevilla consisten también en apreciar con buen criterio  la torería y la valentía de los hombres de plata, y así ovacionó a Tejero por la bizarría desplegada para llegar con los palos a la cara del emplazado y manso y alto segundo.

Enrique Ponce quemó otro cartucho para entrar como debe en Sevilla, aunque anduvo, a nuestro entender, por encima de su enemigo y de su embestida siempre a media altura. La intermitencia de su faena brilló en muletazos sueltos por uno y otro pitón. Al lógico planteamiento del unipase le faltó, por definición, la conexión.

Tal vez el esfuerzo del valenciano por agradar, los doblones postreros y la estocada final, posterior a un pinchazo, fueran la materia más loable de su labor, cuya prolongación acabó en aviso.

«¡Dale el biberón, Ponce!», gritó un aficionado desde el tendido cuando el valenciano se enfrentaba al manso y rajado quinto. Y es que la carita triste y desarropada de pitones del de Manolo González movía al bochorno.  ¡Qué bien ha hecho usted tirándose de cabeza de la corrida de Victorino Martín! ¡Qué equivocación, torero! Lo suyo, con este su segundo ¿toro?, fueuna persecución sin sentido e invertida que  acabó en un golpe de verduguillo, tras un pinchazo hondo. La corrida de Manolo González y Sánchez-Dalp, muy mansa, ofreció toros para que el balance definitivo hubiera sido mucho mayor. 

 

 

 
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